Punzada

La soledad de la noche se hacía presente en las profundidades del desierto; mientras Miguel malhumorado y tambaleante caminaba a un lado de la carretera alumbrándose con una pequeña linterna.

Su f100 que había quedado en pana; estaba en manos de su jefe, quien prefirió castigar a su empleado enviándolo solo en busca de ayuda.

El inicio de una tormenta de arena, obligó a Miguel olvidar los caprichos de su patrón y comenzar a buscar refugio.

A lo lejos logró vislumbrar una capilla solitaria. Sin pensarlo dos veces corrió en dirección a esta y entró en ella. Su espeluznante interior no pudo más que perturbarlo. Persignándose incontables veces dio un par de pasos mientras con linterna en mano daba un rápido vistazo. Más tranquilo aunque no menos temeroso; logró distinguir un par de sillas, un altar y un Cristo que observaba doloroso en dirección al cielo. Fueron estos ojos que lo hicieron vacilar de su pesquisa. A pesar del miedo no quitó la vista de ellos, mas inmediatamente se sintió arrepentido, porque aquellos ojos que miraban en dirección al cielo, ahora lo observaban fijos e intimidantes. Gritó tan fuerte que por un instante su corazón dejó de latir, quiso retroceder, mas en ese preciso momento el piso comenzó a crujir hasta partirse en dos.

Despertó segundos después con una extraña punzada en su espalda. A ciegas intentó palpar donde se encontraba; su corazón nuevamente comenzó a palpitar mientras sus manos lentamente tocaban algo áspero y fibroso. Armándose de valor, continuó indagando hasta conseguir su linterna. Con el alma pendiendo de un hilo, la encendió.

-¡Mierda!– fue lo único capaz de decir, mientras sus ojos observaban desorbitados la figura de un cadáver cuyos rasgos se mantenían intactos, salvo por el cabello que sobrepasaba sus pies y sus uñas que similar a un espiral punzaban fuertemente su espalda.

Agitado se levantó y de una forma que aún no explica logró salir de aquella iglesia. Raudo corrió sin dirección alguna hasta que un sonido conocido llamó su atención. Frente a él su querida f100 en manos de su jefe que impaciente tocaba una y otra vez la bocina.

-¿Dónde te habías metido Miguel?. Rápido, sube antes de que esta chatarra se vuelva a parar.

-Jefazo por favor no pregunte –dijo mientras subía agitado a la camioneta –porque he visto la muerte y estuvo solo a una punzada de llevarme con ella.

Deja un comentario