El poder de una sonrisa

Era difícil ignorarlo, sobretodo con la curiosidad típica de un niño. En silencio observaba como aquel abuelo; solo, enjuto y de gran entrecejo, tomaba cada sábado un helado en aquella plaza. Debía ser raro para mí tal vez, ver como su encorvada silueta pasaba casi desapercibida. No era de aquellos ancianos que gustaba lanzar migajas a las palomas, más bien, era de aquellos que gustaba pelear con ellas como posibles enemigas del barquillo que masticaba repetidas y exageradas veces.

Me acercaba de tanto en tanto con mi bicicleta, llena de papelitos de colores en el manubrio y mi mochila floreada de Barbie. Aquel día de invierno, lo recuerdo bien, sintiendo el frío en mis manos, recorría de una esquina a otra esperando ir más rápido. Mi padre me observaba vigilante, aunque sin evitar conversar con todo conocido que atravesara su camino.

Fue en uno de esos momentos, que observé que aquel viejo solitario me observaba fijamente. Temerosa, quise apartar mi mirada, mas su expresión serena me causó tanta seguridad como la curiosidad que siempre me había provocado.

Me acerqué hasta llegar a su banca y éste amablemente me extendió un pañuelo. Su mano, huesuda y temblorosa insistió hasta que finalmente acepté su oferta.

-Para que limpies tus mocos-me dijo-Una señorita jamás debería tener la nariz sucia. Tampoco un caballero…-alzo sus pobladas y canosas cejas y señaló a un tipo que estornudaba sin tapar su boca-y de esos he visto varios…

Miré el pañuelo y sin poder evitar notar mocos secos pegados en el retazo hilado, rechacé con cierto asco la oferta. El frunció notoriamente el entrecejo, yo, no obstante, saqué un pedazo de papel arrugado que guardaba en mi bolsillo y algo desafiante limpié mi nariz con cierta vergüenza.

El anciano hizo una mueca. Pude notar pasar su gruesa lengua por su placa suelta mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo trasero de su pantalón. Yo insistía en sonarme débilmente, entonces el gritó:

-¡Más fuerte!

Del susto soplé tan fuerte que repentinamente sentí como si respirara por primera vez.

-¿Notas la diferencia? –preguntó. Yo asentí cohibida-Así se debe sonar una señorita, no importa si un caballero la observa. Es mejor que él vea una nariz limpia que una llena de mocos.

Sonreí sin poder evitarlo y para mi sorpresa él también lo hizo. Le faltaban dos dientes, aun así, me pareció una de las sonrisas más lindas que había visto. Mostraban un par de ojos soñadores, que posiblemente en sus tiempos mozos habían visto y vivido cuan grandes aventuras.

Decidida dejé la bicicleta a un lado y tomé asiento en la banca.

-¿Por qué siempre toma helado? –pregunté.

-Porque me regula el azúcar –respondió él a secas.

Callé un momento.

-Si come tanto dulce se le caerán los otros dientes.

El anciano dio un bufido.

-Eso ya no me importa.

-¿Por qué? Sin dientes ya no podrá sonreír nunca más.

El anciano me miró.

-La sonrisa no es algo que solo puedas hacer con los dientes, tampoco algo que puedas hacer a cualquiera. ¿Acaso no lo has notado mocosa? La sonrisa es un arma muy peligrosa, la más peligrosa. Esconde tantas verdades, muestra tantas otras. Es un arma de doble filo. Si alguien te reprende… ¿Le temes?

-Asentí.

-¿Y si llora…?

-Lloro…

-¿Y si sonríe?

-¿Son…rio?

El anciano asintió.

-¿Y cómo sabes que realmente sonríe? ¿Y si realmente está triste y simplemente no quiere demostrar tristeza? ¿Y si realmente te odia y finge que le agradas?

Lo pensé un momento.

-¿Entonces nadie sonríe realmente?

El anciano sonrió. No supe que pensar.

-Muy pocos-dijo entonces-muy pocos. Pero se disfruta ¿Sabes? Una verdadera sonrisa se disfruta, incluso se contagia. Yo conocí una vez a alguien que tenía una sonrisa tan encantadora que me contagió de ella hasta que el día que dejó de hacerlo.

Callé un momento, entonces miré al anciano y con cierta tristeza, dije:

-¿Desde ese día que ninguna sonrisa le parece real?

El abuelo con cierto brillo en sus ojos, acercó su huesudo índice hacia la punta de mi nariz. Por reflejo escondí ligeramente mi cuello entre mis hombros.

Mi padre me llamó a la distancia. Alzando la mano bajé de la banca y recogí mi bicicleta.

-¿Le dará mi saludo a esa persona?

El anciano sonrió, yo también lo hice.

-No olvides limpiar tus mocos.

Asentí y con mi manita, dije adiós.

Cuando avanzaba hacia mi padre, volteé la cabeza y observé al anciano alzar su mano para despedirse. Tuve la impresión de que lo vería de nuevo y así fue. Cada semana, cada sábado, así por mucho tiempo.

A veces hablaba demasiado, a veces solo se quedaba en silencio.

Un día, cuando decidí dejar de sonarme en público para no pasar vergüenza, fue el día que él dejó de tomar su tradicional helado de frutilla. Según me dijo, ya no lo encontraba tan sabroso. Esa tarde, reiteré mis saludos a su querida esposa. Él cordialmente asintió.

Antes de marcharme, puso su temblorosa mano sobre mi hombro, sacó un pañuelo lindamente hilado y muy limpio. Lo observé curiosa y con cierto nudo en la garganta:

-Para que nunca olvides limpiar tus mocos-y dulcemente, sonrió.

Daniela Olavarría Lepe

 

One Comment

  1. Avatar de Desconocido

    Me hiciste recordar esas dulces miradas de mis abuelos y esas sonrisas en silencio que juro que disfrutaban pero no demostraban mucho… ya que había que corregir una que otra travesura de los nietecitos…entre ellos yo…

    Le gusta a 1 persona

    Responder

Deja un comentario