Le pesaba y mucho. No solo lo hacía más lento, sino que ocultaba quien era realmente. Era cierto, lo protegía y es que a veces la vida podía ser tan dura y tan extraña que prefería refugiarse siempre en su querida casa.
Un día sin embargo, aquella dulce tortuga, se cansó de cuanto peso llevaba a cuestas. Decidió meditar, decidió hacer yoga y hacer su cuerpo tan flexible como fuerte. Tanto como pensó que por mucho tiempo su caparazón había sido.
Se veía algo tonto, algo ridículo, incluso varias tortugas se rieron de él. Era diferente lo sabía. A pesar de eso jamás volvió a lamentarlo. Su caparazón había sido su hogar y lo seguía siendo, no obstante, ya no sentía el costo de su peso, por fin podía sonreír de verdad, dar las gracias y disfrutar de este maravilloso momento llamado presente.