Sus raídas ropas holgaban en su silueta enjuta. Sin expresión alguna en su rostro, no causaba ternura, tampoco simpatía. Miraba con cierto rencor a todo aquel que lo ignoraba y es que no tenía nada más que ofrecer que un juguete de acción antiguo y gastado, similar a aquellos Transformers de moda en años pasados.
Sin poder evitarlo, aquella tarde triste y fría abrí mi mochila y me acerqué a él.
-A 1000 pesos –dijo entonces. Su voz rasposa se mezclaba con los sonidos cotidianos. La desesperación de su llamada me instó a sacar un billete y comprar aquel juguete que sin duda jamás usaría.
El anciano entonces, me observó indignado.
-Dije 2000.
-¿Cómo?-Exclamé mirando el desteñido juguete –Usted dijo 1000.
-No. 2000.
Mi expresión no pudo ser descrita en ese momento. ¿Y ahora?
Suspiré con enfado. Molesta, saqué la última luquita que me quedaba y pagué a regañadientes los supuestos 2000 pesos.
-Quédese con el juguete –me adelanté al anciano que lentamente extendía el brazo. Este no sé arrugó en hacer lo contrario.
Derrotada, me compadecí de mi misma.
<>
Un par de estudiantes me observaron con expresión curiosa y divertida. Fingiendo indiferencia me encogí de hombros. Nada más podía hacer y aunque sentía molestia por haber caído tan inocente, pienso que tampoco habría sido capaz de enjuiciarlo por sus honestas acciones.