Marzo del 2.012
El calor del verano azotaba la noche, pero a nadie dentro del restaurant le preocupaba demasiado. Un ventilador mal engrasado y cubierto de tierra en la parte superior intentaba a duras penas cumplir su trabajo.
En una esquina, ubicado en altura, un televisor de los cuadrados pasaba desapercibido salvo por una persona que atenta escuchaba las noticias de las 9:
-Y después de haberse aprobado hace poco más de un mes en el congreso, este viernes 9 el presidente promulgaría la nueva ley de alcoholes…
-Hey Miguel…-Escuchó unos metros tras suyo-Amigo mirá que los Barros Luco pronto van a llegar…
Miguel intentando esbozar una sonrisa asintió en silencio, poniéndose de pie tomó el control remoto del televisor y lo cambió al canal de deportes. De pronto como si se hubiese tratado de un acto de magia, las miradas de la mayoría de los clientes en el restaurant, se desviaron casi de forma hipnótica en dirección al televisor.
-¿Y…? ¿Algo interesante?
Miguel se encogió de hombros.
-Mañana se promulga la nueva ley de alcoholes-Dijo intentado evitar la mirada de su amigo.
Juan bebió un sorbo de su cerveza. Permanecieron en silencio un par de minutos. Miguel aclaró su garganta y dio un golpe sobre la barra.
-¡Esa niña se está tardando demasiado, ya ha pasado más de media hora! ¡Rocío!
-Sí, si señor…lo siento…-Dijo la mesera con evidente miedo en sus ojos.
-Ya Miguel tranquilo hombre…no es que…tenga demasiada hambre-lo calmó Juan bebiendo un sorbo de su cerveza -señorita tranquila con los sándwiches, que aquí los esperamos…-la muchacha sonrió y regresó a la cocina. Miguel lo observaba con jarra en mano -¿Qué ocurre?
-Nada -dijo este encogiéndose de hombros- Es solo que…nada olvidado.
Juan sonrió.
-¿Te molesta que no le haya reclamado a la mesera?-se limpió la boca con una servilleta- Dejála pobre mocosa, tú mismo dijiste que es su primer día trabajando. Todos tienen derecho a cometer errores.
-No cuando soy yo quien paga el sueldo.
Juan se encogió de hombros.
-Mejor que se equivoque ahora frente a su jefe y no frente a otros clientes.
Miguel lo observó en silencio un momento, sin embargo, luego de vaciar su botella de cerveza agregó:
-Quien te viera y quien te ve…te aseguro que dos meses atrás tu hubieses sido el primero en reclamar.
-Sí y lo más probable es que vos me habrías reprendido por maltratar a tu mesera…casi avergonzado de mi comportamiento.
Miguel esbozó una sonrisa, aunque ésta rápidamente desapareció ante la llegada de la mesera con los dos Barros Luco más grandes que había visto preparar en su vida. Juan sonrió amablemente a la mesera, quien airosa se retiró luego de haber puesto un par de cubiertos a cada uno y recibir el pedido de un par de cervezas más por parte de Miguel.
-Esperemos que sean tan grandes como estos-dijo señalando los sándwiches.
<<Espero que no>>se dijo Miguel.
La mesera asintió obediente. Juan esbozó una amable sonrisa.
-¿Ves? Así es como se consiguen las cosas -comentó cortando un pedazo de pan.
-Sin embargo, espero que no sigas intentando conseguir las cosas de esta forma en mi restaurant. A este paso esa niña me va a dejar en la ruina-dijo extendiendo con su tenedor una enorme porción de queso derretido. Observó a Juan que tranquilo se limitaba a cortar un trozo de pan-Veo que estás empeñado en cambiar tus mañas.
-Es lo único que puedo hacer, sinceramente ya no estoy de ánimo para ponerme de mal humor.
Miguel lanzó un bufido.
-Yo por el contrario…-calló ante la llegada de la mesera con dos jarras de cerveza-gracias mija-la mesera sonrió.
-¿Algo más?
-No por ahora, gracias -respondió Juan -¿Decías?
-Ah, si…-puso los ojos en blanco -que para ser franco yo para lo único que tengo ánimo últimamente es para discutir.
Juan observó un momento a su amigo, lucía tan cansado como él, aunque Miguel ciertamente tenía mejor aspecto. Ambos bordeaban entre los 55 y 58 años de edad. No obstante, el buen mozo siempre había sido Juan, que con el atractivo propio de un Bonaerense, aún a su edad sabía lucir su buen porte(aunque sin ocultar una pequeña barriga), su pelo canoso, ojos claros y lo que Miguel siempre tomaba a broma, un mostacho que desde su matrimonio jamás había querido afeitar.
Miguel por el contrario era la otra cara de la moneda. Nunca había sido feo, pero sus rasgos jamás habían sido los más atractivos: De pelo rizado, oscuro y una calvicie que ya era imposible ocultar. Más bajo que Juan, aunque más robusto y de brazos fuertes, según él debido a tanto lechear vacas durante su juventud cada verano que se marchaba al campo que su padre tenía en Valdivia. De ojos brillantes y risueños siempre se habían mostrado de buen humor sin importar cuán desastroso había resultado el día.
Hoy sin embargo, al igual que los ojos de su amigo, estos se mostraban tristes y cansados y si bien intentaban disimular la rabia que hervía en sus venas, bastaba con la más mínima insinuación para provocar que esta rabia saliera a flote.
-Me lo imagino -comentó Juan luego un par de minutos después como si Miguel acabara de terminar un enorme discurso -realmente…es lamentable.
Miguel lo observó con asombro. Negó con sorna.
-¿Lamentable? ¡Ja! Lamentable una mierda…¡Después que me partí el lomo trabajando, me sale con este regalito!-bebió un sorbo de su cerveza, sonrió irónico-Lamentable… ¡Una desgracia es lo que es!
-¿Realmente lo crees así?-escuchó a su lado.
Miguel que estaba por beber un sorbo de su cerveza, se detuvo a medio camino. Comprendiendo la metida de pata observó con cierta vergüenza a su amigo de tantos años.
-Puta que soy w…-exclamó rascando su cabeza. Dio un suspiro-perdón…
-No…no te preocupes, y… supongo que ninguno de los dos está en sus cabales en estos momentos…
Miguel le dio una palmada en la espalda.
-¿Y cómo…?-fue lo único capaz de preguntar.
Juan se encogió de hombros, intentó simular una sonrisa pero simplemente no pudo. Su labio inferior fue el primero en demostrar que ya no podía ocultar todo aquel dolor que le carcomía el cuerpo. Con ambas manos cubrió su rostro, mientras Miguel leal como siempre había sido, intentaba dar consuelo a algo que jamás podría ser consolado.
-Es increíble -dijo Juan entre lágrimas mientras bebía un sorbo de su cerveza- que luego de tantos años sin vernos, sean estos acontecimientos tan…-calló -los que…
Miguel apoyó una mano en la espalda de su amigo.
-Puede que el destino nos tenga algo preparado-respondió casi sintiéndolo como una ironía.
El ventilador seguía girando, intentando sin éxito enfriar el ambiente caluroso de aquella cotidiana noche de verano. Sin embargo, lo único que había logrado enfriar, eran los dos colosales sándwiches que con tanto ahínco se habían solicitado, pero que aquellos dos desconsolados hombres de familia apenas habían dado oportunidad de probar.
Extracto. Capitulo 1
B por Ventisca
Daniela Olavarría