El Tío Pepe no es mi tío. Tampoco creo que sea tío de ningún otro, porque no he escuchado a nadie llamarlo así salvo a él mismo.
Lo conocí años atrás cuando cursaba la enseñanza media. Subía muy simpático a la micro de las 5:30 para revisar los boletos y prácticamente tirar por la ventana a quien no lo tuviera.
-¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos! ¡Empecemos por los voluntarios! ¿Quién será el amable que le pase el boleto al tío Pepe?
Recuerdo que una vez me quedé dormida y tuve la brillante idea de contarle al tío Pepe lo que me había pasado. El caballero, entre calmo y extremadamente preocupado, me dijo:
-Bájate conmigo y así no pagas pasaje-miró al chofer-¡Pare acá amigo que tengo que subir al bus que va de vuelta! ¡Ella también se baja porque se quedó dormida y pasó de largo! ¡Gracias!
En ese tiempo tenía celular prepago. Con suerte le cargaba luca porque no tenía más plata. Pinchaba un par de veces a mi mami y así ella me devolvía el llamado. Lo podría haber hecho, pero en lugar de eso me reí a carcajadas, como típica adolescente que nada le importa, pero que en el fondo se muere de vergüenza.
Cuando llegó la otra micro, bastó 1 minuto para que todos conocieran mi historia.
-¡Pobre! ¡Es que se quedó dormida! ¡Tiene que estar más atenta niña!
Pensé entonces que nunca más me encontraría con él, porque jamás volví a verlo. Salí del colegio, salí de la U, me puse a trabajar y hasta me compré un auto. Claro que poco lo uso y sigo tomando micro.
Cuando llegué al terminal de buses, sorpresa la mía cuando en el andén un hombre gordo de metro y medio, cabeza ploma y ojos pequeños, llamó mi atención. Gritaba como loco. Se quejaba con el chofer porque había dejado subir a la gente antes de tiempo.
-¡A mí me respetas! ¡Mi trabajo se respeta! ¡No ves que salgo perjudicado! ¡No te riai’ weón, que estoy hablando en serio!
-Sí, si… Ya chao-dijo el chofer que lucía enorme desde su asiento.
El tío Pepe siguió peleando con el chofer incluso cuando el chofer ya se había ido. Siguió peleando con los pasajeros que iban llegando, e incluso con el nuevo chofer que se estacionaba en el andén.
Un día, llegué a tomar la micro dando por hecho que la había perdido. Me distraje con una niña que a pesar del frío andaba con calzas negras, zapatillas sin calcetas y una bufanda. El tío Pepe pasó cerca de ella corriendo con sus patitas cortas y su chaleco rojo.
-Disculpe-lo llamé- ¿La micro ya se fue?
Él me miró fijamente y extendió su mano.
-Primero que nada, me saluda. Buenas tardes ¿Cómo está usted?
-Eh… Buenas tardes.
-¿Ve? Ahora sí, consulte.
-Sí… Quería saber si la micro ya pasó.
Sus ojos se iluminaron como si le hubiese hecho la pregunta del millón.
-¡Nooo! Llega justo, justo a tiempo. La micro se va exactamente a las 6:30. Así que instálese atrás de esos viejos y espere a que llegue…-miró su reloj-En 10 minutos más llega y es la última, porque la otra se va por Lo ‘Chever y esa no le sirve. Le sirve la que se va por Panamericana y esa pasa en 10 minutos. Hay que esperar a que llegue… debe estar cerca-Miró su reloj- En 9 minutos y es la última, porque la siguiente se va por Lo ‘Chever y esa no le sirve. Le sirve la otra que se va por Panamericana.
-Gracias…
-De nada niña. Siéntese por ahí y no se vaya a quedar dormida, mire que es la última micro. Porque la siguiente pasa a las 7 y se va por Lo ‘Chever. Esa no le sirve. Le sirve otra la que se va por Panamericana.
Daniela Olavarría Lepe