El canto del chucao

La primera vez que intimé con una mujer estaba borracho o como se dice estos días, caliente. Por ello, cuando miro a esa chiquilla, me pregunto si lo que provoca en mí es eso o algo distinto. No puedo dejar de pensar en ella como un mal recuerdo. No es que me moleste, de hecho, trato de ignorarla, pero insiste en fijar esos ojos color miel en mí… tan bonitos y tan… Ay mierda…

¡Me trata como a una mascota! Piensa que por ser dos cabezas más alta puede hacer lo que quiera conmigo. Lo peor de todo, es que le hago caso. Ella dice que si yo no puedo hacerlo, lo puede hacer otro y es ahí cuando me revienta los huevos y simplemente cedo.

Ayer sin embargo, fue distinto. Recorría el parque, haciendo mi guardia rutinaria, pensando cuan tranquilo era recorrer esos bosques antes de que ella apareciera, cuando una silueta a orillas del río llamó mi atención. Estaba ahí muy tranquila, sentada como los indios y como una hippie simplemente quitó la polera.

Vi su espalda desnuda y tuve deseos de acercarme. Quería acercarme, pero no lo hice, observé su piel, las costillas, su tatuaje. Un ave color azul similar a un chucao. El canto de este se escuchó entonces desde el lado derecho. Fue cuando escuché su llanto. “¡Ándate por favor!» Me gritó desconsolada, pero no le hice caso. Permanecí ahí, con la vista fija en su figura, tratando de interpretar el cosquilleo en los dedos de mis manos y la necesidad que tenía de abrazar esa pequeña cintura. No quería poseerla, solo que apoyara su cabeza en mi hombro y continuara su llanto.

Extracto

Daniela Olavarría Lepe

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