A secas

Se había acostumbrado a perder y como algunos dicen aquello es la peor costumbre que el ser humano puede adquirir. Es que le habían roto el corazón tantas veces, que cada chispa que surgía solo demostraba cuan testarudo puede ser ese músculo para nada similar a tarjetas melosas de San Valentín.

La primera vez apenas pudo levantarse del bus que la transportaba a su casa. Literalmente sentía todo como arcilla. Fue incapaz de llorar y mucho menos fingir indiferencia. Era tan forzoso demostrar que todo estaba bien, que pronto supieron en casa que no lo estaba. Pasó encerrada dos días continuos. No lloró, solo se mantuvo con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago. Al tercer día, se levantó y en soledad lloró.

La segunda vez lloró también, en soledad, durante la noche. También dos. Lloró porque se sintió tonta. Lloró porque no pensó que la historia ocurriría dos veces.

La tercera no pudo llorar, porque él estaba ahí. Estaba ahí contándole de su novia, de cuanto la quería y que pronto llegaría. El muy cabrón la llevó a su defensa de tesis. El muy cabrón sabía que ella lo quería, porque leía el aura y podía sentir la tristeza.

La cuarta vez, lo lloró de nuevo porque finalmente comprendió que no conseguía nada callando sus sentimientos. Decidió confesarse, pero él la rechazó cordialmente. Tenía novia. Ese día lloró, pero solo resultó un congojo. Lloró un poco más en la noche, en su habitación. Su fiel consejero estaba ahí, un oso tan viejo como ella y bueno preparando té con canela para relajarse.

La quinta vez, fueron muchas quintas veces. Lo quería, lo odiaba y lo volvía a querer. Siempre lo vio lejos de su alcance, siempre lo vio con otras. Lo lloraba en clases de yoga, repitiendo OM para vibrar con el universo y que las vibras llamasen a quien respondiera sus cantos.

A contar de la sexta, su corazón ya no era un cristal liso y brillante. Era el cumulo de muchas grietas que con cuidado pegaba con sabia de algunos alerces. Le gustaba abrazarlos, la cargaba de energía y aliviaba su espíritu.

La séptima vez, no supo si le rompieron el corazón porque no necesitó repararlo. Más bien fue un instinto bélico. No quiso saber nada más de él y su corazón tampoco.

Hace un tiempo no se rompe, simplemente surge una chispa. Algo que ilusiona, solo un poco. Luego, más pronto que tarde, se decepciona, pero ya no se rompe. Simplemente se agobia con un nudo en la garganta. Pequeño, sutil, fútil.

Le asusta un poco, porque comienza a preguntarse si alguna vez volverá a sentir. Como la falsa sonrisa, aquella que otorgas para decir que todo está bien. Ella se lo pregunta también, se pregunta si alguna vez volverá a sonreír.

Daniela Olavarría Lepe