Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.

Cotilla

El arte de escribir puede ser un don o un maleficio, dependiendo de quien lo mire.

Convierte al autor en una especie de espía social. Un observador meticuloso como se muestra a Sherlock Holmes en la televisión y el cine. 

En palabras sencillas el escritor se vuelve copuchento. Cotilla como se dice en España. Cada detalle es valioso. La forma en que sujeto puede hablar, expresarse o esquivar la mirada. La manera en que cierra su chaqueta, el vaivén de su caminata o el chirrido de sus carcajadas.

Recuerdo una oportunidad que caminaba rumbo al metro. Mi ruta de retorno consistía en viajar desde Santiago centro hasta las afueras de la capital. Era un viaje largo, lares que muchos no reconocen como Región Metropolitana porque no está dentro de las direcciones estándares de una calle:

Camino LO CASTRO. Parcela NªXX. Sitio XX-X. Estación Colina. Comuna de Lampa.

Para los delivery, una dirección así no pertenece a la Región Metropolitana. Para los Uber tampoco y si pides un transporte para llegar a esa ubicación, te cancelan, porque “no les sale a cuenta”. 

En fin, no quiero distraerme. Hablar de detalles a veces me pasa la cuenta. Ser copuchenta también. Esa tarde en el metro escuché tantas historias que mi memoria las mezcló todas. No quise sacar el celular para tomar notas, menos una libreta. Ya imaginan por qué, pero también porque era imposible hacer algo en ese vagón más que encontrar un espacio apto para apoyar ambos pies.

Ese día había al menos 34 grados de calor, a la sombra. Cargaba mi mochila al frente, como una gran barriga. Vestía una blusa sin mangas, jeans, sandalias y muchos parches curitas que se despegaban de las heridas de mis talones.

El vagón olía a diantres. Era plena hora punta y donde pude aferrarme era al costado de un sujeto espalda peluda, camiseta de la Cato y fanático de Luis Miguel. Usaba unos audífonos enormes. A pesar del bullicio del tren, pude escuchar “Tengo todo excepto a ti”.

-Se inicia el cierre de puertas…

Un tumulto mayor entró en el vagón y necesité hacer equilibrio. Una muchacha masticaba chicle desde su asiento. Chateaba con el teléfono. Sus ojos se movían de un lado a otro. A veces sonreía y enviaba emoticones: un beso, un corazón, otro corazón y otro corazón. Quien le escribía se llamaba, “Amorcito bebé”.

-Próxima estación. Next station… La Moneda.

-Atención, dama, caballero, mi intención no es molestarlos. Sólo ofrecer un momento de agrado de regreso a sus casa’…

-Y yo le dije, weona no…—dijo una señora—Pero ella se le tiró encima y se lo comió weona…Ahí mismo en la oficina.

-Pucha maire, adiós dieta entonces…

-Aloh… se escucha. Sí. Sí—entonó el cantante urbano—vamo’ a empezar con la improvisación.

-Vendo aguita, pa’ la sed, pa’ la calor…

La Moneda…

El tren frenó de súbito y varios tropezamos. Se escucharon quejas, un par de grititos. 

-Me saqué la chucha en verdad…

Yo logré salvarme. El zorrón que estaba atrás mío, efectivamente, se sacó la chucha. Su amigo pelirrojo, no lo ayudó. Estaba “cagado” de la risa. “Me meo”, lo escuché decir, cuando al fin le tendió la mano. 

En mi caso, quien me salvó fue el sujeto fan de Luismi. Le agradecí cordial y él, para mi sorpresa, sonrió. El rostro de la gente cambia cuando sonríe. Hasta lo encontré bonito. 

El sujeto bajó en la estación Los Héroes al igual que yo. Lo último que logré escuchar fue “No me busques, no me llames…”, pero mi atención se había posicionado en otra persona. Un chico que acababa de ingresar al vagón antes de que yo bajara. Tenía los ojos llorosos y las manos cubiertas de helado de chocolate.

Retrocedí años atrás, cerca al Metro Santa Lucía. Estaba sentada frente a un chico en la mesita de una heladería. Él cabizbajo miraba el helado de chocolate que yo había pagado. Me sentía culpable. Le acababa de decir que no podía salir con él, porque ya no sentía lo mismo que el día que me declaré. Era mentira. Estaba muerta de miedo y quería arrancar. En temas del corazón siempre he tenido miedo y ese día, cuando me llamó por teléfono, viajé dos horas en transporte público para verlo. Esa mañana, había escuchado su desesperación. “Necesito hablar contigo”, había dicho y yo pensé de inmediato: “me va a patear, por burra”.

Llevábamos saliendo—o algo parecido—un par de semanas en la universidad, pero luego salimos de vacaciones y yo simplemente me hice “la loca”. Les digo, soy cobarde, con todo, ese día viajé dos horas en bus para verlo y lo primero que me dijo cuando me vio fue: “estoy saliendo con una chica, pero me gustas tú, por favor dime qué hacer”. 

«A la mierda», pensé.

-Sal con ella y listo—le dije a secas y por su expresión, entendí que su plan se había ido al carajo. 

Esa tarde, mientras tomábamos helado, yo intentaba actuar como si no me importara, aunque en realidad quería darle un abrazo. Le había roto el corazón. Sus manos temblaban mientras el chocolate se derretía entre el cono y sus manos. Jamás voy a olvidar aquellas manos. 

El tren desapareció en el túnel y el chico dentro de él. Me pregunté si le habrían dado un abrazo. Yo se lo habría dado.

Mi última parada fue la estación Patronato. Para ese entonces mis pies apenas sentían las zuelas de mis sandalias. Caminé, arrastrando los pies por las escaleras, pasé el torniquete y tomé la escalera mecánica. Salí directo a la Vega. Lo primero que sentí fue un grito, el pitido de una bocina y el calor abrazador.

Esquivé a un ambulante, a otro, a otro y a otro. Pregunté por el precio del agua en un puesto de mote con huesillo, pero estaban muy congeladas. Seguí por la Vega—“donde no está Dios está la Vega”—y me ofrecieron tomates, plátanos y uvas globo. 

Escuché un silbido, una chicharra, un ofertón. Lo que más me tentó en ese momento fue el olor a cilantro, a tierra y a fruta. Olía a curtidos, a cebolla en escabeche, harina tostada y frutillas frescas. Era época de frutillas. Me tenté y compré medio kilo. Quien me atendió era bajito, calvo, aunque llevaba gorra. Me regaló una matita de ciboulette y me ofreció zapallo y tomates.

-También tengo cebollines caserita…

-No, gracias—y me fui. Mi abuelo vendía cebollines, seguramente eran los mismos que ofrecía el caballero.

Caminé hacia la Estación la Paz. Por la calle pasaban vehículos y gente empujando grandes carros. Iban cargados de cajas, de verduras, frutas o cajas vacías. Por los costados, las vitrinas vendían curtidos y frutos secos. 

En la esquina, don Luis entregaba el vuelto de una señora que acababa de comprar una botella de agua sin gas.

-¡Don Luis, cómo le va!

Hola niña, bien. Aquí estamos. Cómo está la salud, la familia, los estudios.

-Ya estoy trabajando don Luis, llevo un par de años trabajando.

-¡Que bueno escucharlo! ¡Cómo pasa el tiempo! Pero me alegra saberlo. Primero son los estudios, después encontrar trabajo. Así ayuda a los papitos, que la criaron y la formaron.

-Así es…—el semáforo pasó a verde—Me alegra haberlo visto. Saludos a su familia.

-Lo mismo digo niña—y me regaló una bebida que sacó de un cooler y secó con un paño. Era de pomelo, la homologa de la “Quatro”. Se me hizo agua la boca, estaba heladísima.

Crucé la calle. Era la rutina de siempre. La hacía desde que iba al colegio. Un día don Luis me saludó y al día siguiente yo lo saludé a él. Así lo hacemos hace años, incluso si no nos vemos por mucho tiempo. El tema de conversación es el mismo. Los minutos son escasos, con lo que dura el semáforo basta. 

Un día él simplemente me dijo su nombre y yo lo recordé. Desconozco si él recordará el mío. Lo único que sé, es de lo que hablaremos la próxima vez que nos veamos. No importa ya de lo que estaba hablando cuando comencé esta historia. En ese momento ya estaba en el bus rumbo a mi casa. “En LO CASTRO” dije y el chofer se atrevió a decir “¡Ay no!” Tomé asiento donde no me llegara el viento frío. Una pasajera en el bus, sonrió desdentada y me ofreció sopaipilla mordisqueada. Para ese entonces ya era invierno. Se los dije, soy copuchenta. Buena para los detalles, salvo que a veces me confundo y ésta ya es otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

Señales

Había una vez un tal “Perico” que un día decidió comprar un auto. Esa misma tarde, el auto apareció al menos veinte veces, incluso en sus sueños. Tal vez, en aquel comercial de los 80’, estaba soñando. Por eso le gritaban “¡Cómprate un auto Perico!” y no porque prefería perseguir a su eterna novia en bicicleta.

El día que yo decidí comprarme un auto, lo pensé en color azul, o más bien “morado”, y en efecto, apenas encontré el modelo que me gustaba, el auto apareció en cada esquina hasta el día que viajé a la concesionaria y lo compré, aunque en color rojo, sólo para darme el gusto de eludir las señales del destino.

Tal vez aquella fue la razón de que nunca haya podido utilizar el auto como quería y una mañana, camino al trabajo, quedara atrapada entre una camioneta, un camioncito y un taxi, en plena rotonda de Vespucio Norte.

El auto lo vendí con menos de 10.000 km. Ahora, posiblemente le habría sacado más provecho. Desde ese entonces he aprendido muchas cosas, entre ellas a escuchar las señales de tránsito.

La vida está llena de señales de tránsito: “Luz verde, luz amarilla, luz roja”. “PARE”, “SIGA”, “NO ESTACIONAR, NI DETENERSE”. Dicen que la luz del semáforo más peligrosa no es la roja, es la verde. Porque el conductor insta pisar el acelerador a fondo antes de que aparezca la “luz amarilla”. 

En la vida, aquel jueguito del cambio de luces es peligroso. Tengo una amiga muy pava que pensó que le habían dado “luz verde” y finalmente nunca pasó de la “roja”. En fin, por allá anda llorando mi comadre, diciendo que no va a querer nunca más y que “mejor sola que mal acompañada”. Si soy honesta le creo poco, la conozco desde hace mucho. Es de las que lee las cartas, usa talismanes y busca números repetidos por las calles. Seguramente seguirá nuevas señales y una de ellas la guiará hasta otro perico, uno que sea más gallito. Que tenga su propio auto o que prefiera salir a caminar con ella. Esperando en el cruce de peatones para robarle un beso o para tomar su mano. Es probable que en ese momento aparezca yo, tocando la bocina. Primero feliz, luego pidiendo que apresuren la marcha. También quiero encontrar mi propio final feliz. Siguiendo señales; quizás, cumpliendo sueños. Los de verdad, aquellos que generan tal anhelo, que ni los desvíos del camino lograrían distraer.

Daniela Olavarría Lepe