La mañana era gris, impredecible. Con asomos de luz y vientos que impedían caminar hasta que el sol surgía entre las nubes y todos olvidábamos la lluvia que nos mantenía atorados en casa.
En ese momento, no llovía y yo esperaba la llegada de un delivery. No era un delivery cualquiera era un delivery de la tierra bajo la Tierra. Era un duende o como se conoce por acá, un anchimallen.
Vivimos años muy extraños. Los cuentos se han olvidado y los seres de fantasía conviven con todos los seres, incluso los humanos. De un día para otro se cansaron de estar ocultos. Dijeron que el hombre había perdido toda esperanza. Había sucumbido ante el dinero, la IA y las drogas. Que estaba destruyendo el planeta y la Madre Tierra había perdido la paciencia. Por lo tanto ellos, como guardianes de la Madre Tierra, debían dejar de mirar y actuar. Claro está, que no pensaban salvar nuestro pellejo, sino el propio y el de cualquier ser distinto al homo-stupidus.
-¿Te das cuenta de la boludez chiquilla?—me dijo una vez un hada, de un vozarrón tremendo, que llevaba algunos años viviendo al otro lado de la cordillera—¿Con qué fin quieren más y más plata, más y más edificios, más y más lujos, si luego no tendrán en qué gastarla, dónde vivir y cómo disfrutar? ¡Hay que ser pelotudo!
Yo también lo pensaba, pero tal vez porque mi sangre era cien por ciento humana, me era inherente defender a mi propio linaje. Mi novio, que era mitad elfo y besaba exquisito—que no va al caso, pero quería dejarlo en claro—, lo tenía más difícil. Los almuerzos familiares siempre resultaban una disputa sobre quién tenía la culpa de que se hubieran secado las Siete Tazas y que ahora Santiago fuera un desierto. Según los humanos, la culpa era de la Gran Serpiente Blanca, cuyo terremoto el 2028 cambió el curso de los ríos, partió el Lago Llanquihue en dos y cuanto desastre trajo la tragedia que se conmemora cada 20 de junio. Los elfos, por otro lado, tenían mejores argumentos, culpando al calentamiento global. Lo que pasó ese día no era culpa de los seres fantásticos, era una advertencia de la Madre Tierra por los actos de los hombres.
-¡Ese día murieron millones!—decía el lado humano de la familia.
-¡Y por siglos! ¿Cuántas especies ha extinguido el hombre?
Las discusiones eran tales, que mi novio dejó de asistir a las reuniones familiares. A las mías también, porque a nadie de mi familia le gustaba que estuviera saliendo con un hibrido. “Es o no es”, decía mi padre. «O es un maldito como nosotros o un mojigato como Legolas».
Ese día yo envié a mi padre a “freír monos”. De mi madre nada que decir, menos de mi hermana. Ellas preferían mi felicidad. Les bastaba verme enamorada y de alguien que me quisiera, como se quería en tiempos de antaño. Similar a las prosas románticas que escribían los humanos durante el siglo XIX o que décadas después, mostraba el cine en comedias románticas durante los 90’.
El delivery me envió un mensaje por WhatsApp 2.8 para informarme que estaba “por llegar”. Los duendes eran cascarrabias y muy inteligentes, más que la inteligencia artificial que por estos días está en declive porque los humanos vivimos de modas y la moda de hoy es lo antiguo y lo fantástico.
Dejamos la ciencia ficción para otra época. Desde que los seres fantásticos intervinieron en nuestra vida y posterior al terremoto del 2028, sufrimos un blackout que nos mantuvo sin energía eléctrica y sin redes por seis meses. En ese tiempo aprendimos de las viejas usanzas y si soy honesta, gracias a los seres fantásticos. Por ellos no nos volvimos locos, porque ya lo estábamos con la tecnología y las guerras y las pandemias, y por sus enseñanzas logramos sobrevivir.
Luego, cuando volvieron las comunicaciones, fuimos nosotros los que enseñamos a los seres fantásticos a vivir con ellas, al menos para las llamadas de emergencia. Es cierto, nos odiamos a veces y ellos nos mantienen a raya cuando nos asoma el demonio que tenemos dentro, que nos pide más y más y más, pero también colaboramos entre nosotros y hasta el día de hoy, funciona.
Una brisa enfrió mis hombros a pesar del sol. Les dije desde el principio, el día estaba muy extraño. Leí en el chat de la junta de vecinos que unos titanes estaban sosteniendo un partido de futbol a unos kilómetros. Algunos humanos, me incluyo porque vivo con mi novio en una parcelita a 30 kilómetros de la ciudad, nos quejamos porque siempre para estos partidos se escapa la pelota y terminamos con un socavón de media hectárea o con una cosecha completa perdida. En fin, varias discusiones han surgido en la Junta de Vecinos. Incluso los enanos y algunos gigantes se han quejado.
Mi atención se dirigió al gallinero cuando escuché los granizos azotar el techo. La tormenta venía. Del delivery nada se sabía. Alcé la vista y mis temores tomaron forma. Un Titan, un ser de tormentas corría hacia mí. Sus piernas cual tornado, avanzaba a zancadas. Mi novio, Filis, salió de la casa y me llamó a gritos. Nuestra perrita, Nieve, salió a la siga. Ladraba a la tempestad que pronto nos aplastaría. Yo también intenté frenarlo. “¡Para!, le dije, ¡PARA INFELIZ! Fue inútil. No tuve más opción que correr. Me protegí de los granizos y el viento con los brazos. Filis salió a mi encuentro. ¡Mierda! ¿Debía acabarse así? Hacía unas horas nos revolcábamos en las sábanas, Filis me había pedido que fuera su mujer. Por eso esperaba al delivery, porque queríamos celebrar. Él iba a cocinar y yo lo iba a observar mientras entonaba canticos élficos. Aquellos que le enseñó su abuela y él enseñaría a nuestros hijos por la eternidad.
Intenté atrapar a Nieve, pero tropecé y en el desequilibrio Filis me cogió del brazo. Lo abracé y miré sus facciones. Alargadas y serias. En ese instante pensé que íbamos a morir. Recordé el día que lo conocí. Esa tarde, caminando por el Parque Alerce Andino, sobre la copa de un alerce. Me pareció un dios griego. Imaginé que no sonreía, entonces lo hizo y me enamoré. En ese momento, bajo la tormenta y la muerte sobre nosotros, él sonrió emocionado y yo me volví a enamorar.
-También te amo—respondió él, que sabía leer la mente.
Lo besé. Con brío. Sentí el calor de su aliento. Su abrazo a pesar de la tormenta. Cerramos los ojos y no pensamos nada más.
El viento gélido y el granizo nos empapó. Los pájaros chillaron, los perros ladraron, el chucao cantó del lado derecho. Escuché que un trueno gritó “GOOOL” y que una bocina nos llamó desde el portón.
Confundida me alejé de Filis, que me retornó el beso con repentino alivio. El Titan se había disuelto apenas nos vio en la mitad del campo de juego. El gol seguramente lo hizo el equipo contrario y él, decepcionado, prefirió retornar a su posición.
-¡Merde, eso estuvo cerca!—dijo un duende con cabellos disparatados—¡Esta es la parcela t… mierda, sale perro!—chilló escondiéndose en la moto—¡alejen a ese perro, yo me los como!
Nieve vino a mi llamado y luego de atraparla por el lomo se la entregué a Filis.
-¿Necesitas ayuda?
-Tranquilo mi vida, que no pedí mucho. Entren a la casa. Ya voy.
-¿Esta es la parcela 33 o el Titan me lanzó a otro sitio?
-Es la parcela 33—noté que el cartel con el número había volado muy lejos—Perdón, a nosotros casi nos deja sin casa.
El duende miró nuestra casita. No era la mejor casa, pero los duendes eran expertos criticando lo que no construían ellos.
-Hubiesen tenido suerte—dijo—Si no la vuela el Titán, seguro lo hará el Lobo feroz que está rondando por las noches. Salió en el diario de esta mañana, tenga cuidado. Le recomiendo que forre su casa con ladrillo—miró el gallinero—y lo que está por allá también. Dicen que el Lobo feroz es buen amigo del chupacabras.
-Gracias por avisar—dije y pensé en preguntar en el chat de los vecinos.
-Espere—me entregó la bolsa del pedido—necesito sacarle una foto y esta aplicación no es muy amiga.
-¿Le ayudo?
-No… ya está—su cuerpo brilló de pronto. Siempre brillaban de satisfacción—Hasta luego señora y ojo con el lobo.
Asentí y miré el cielo. Parecía que llovería otra vez. Seguramente comenzaría el segundo tiempo. Preferí cerrar el portón y retirarme. Filis y Nieve me miraban desde la ventana. A pesar de las molestias pasadas, sonreí y entré a la casa. Necesitaba cambiarme, poner una queja con la junta de vecinos y preguntar si en efecto, el Lobo Feroz estaba asediando las calles.
Daniela Olavarría Lepe