El curso del río

El gran problema de mi existencia es que soy mujer. Mujer a secas. No valgo nada, mi palabra tampoco. No me alcanza, no llego, no cumplo. Estoy sola. Sola. 

Me apoyo en la baranda de un puente. El viento frío pega en mi rostro, quema mis orejas y párpados. Siento el aroma del metal de la baranda pintada de blanco. Veo el río abajo del puente cruzar hacia el horizonte rumbo a la cordillera nevada. La paz del entorno se confunde con mi aliento insípido. La soledad, los pensamientos iracundos. ¿Y si ya no estoy aquí? ¿Y si ya no estoy aquí…?

Observo el puente sobre mí. Respiro la calma del río que conduce rumbo a la cordillera nevada. Veo las aguas turquesas que se deforman por el corte del bote. Mi hijo juega con un muñeco de los “Pogüer renyer”, creo que se dice así. El juguete es viejo, era mío, se lo robe a mi hermano cuando era chica porque a él no le gustaban los “Pagüer Renyer”. Él, prefería Dragon Ball. 

Sostengo mi caña de pescar, el letargo me confunde. Los árboles desdibujan el curso de las aguas, un akita, perro malo, eso dicen, me mira desde la orilla del río. Yo estoy lejos. Veo jugar a mi hijo. Yo espero. Inhalo el viento frío que reseca mi boca y tiñe mi piel de rojo. 

-Mami, cierra la boca—escucho al niño, se ríe de mí. Siempre se ríe de mí. Me recuerda a su abuelo, que en paz descanse. Siempre que veo a mi hijo, veo a mi padre…

-¡Niña lesa afirma bien la caña que le arranca el pesca’o!

Despierto ante la tensión de la caña, al tiempo que mi hijo se apoya al borde del bote. Algo busca, pero no le doy importancia. Hago fuerza, más fuerza, el condena’o salió pesa’o. Mi padre estaría contento, “que buena salió mi hija para tirar la caña”.

-¡NO NIÑO!—escucho de súbito. Vuelvo a mí. Mi brazo deja la caña y aferra al chico leso de la pata. La agarré justo a tiempo. Un poco más y se lo lleva el río.

-Que niño de miechica. ¡Te voy a quitar ese mono!—exclamo alterada. Maldito niño. No estoy molesta. Rio de alivio, nerviosa, enojada, contenta. Todo al mismo tiempo. Miro al cielo y en la baranda del puente una muchacha me observa aliviada. Me pregunto por qué llora. La saludo y agradezco su ayuda. ¡Salvó al chico! ¡Salvo a mi hijo!

-¡Dios la bendiga!—grito, pero creo que ella no me escucha. Mira rumbo a la cordillera, se restriega los ojos. Pienso que es lo que hace. Yo olvidé mi pesca, ya habrán otras mejores. Suspiro, recojo los remos del bote, miro a mi hijo y agradezco de corazón que la muchacha del puente haya estado ahí. 

Daniela Olavarría Lepe.

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