Estoy en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Nadie me responde, el 3G vale una mierda. ¡Cresta! Tengo hambre. ¡Quiero llorar! Estoy en medio de la nada.
El corazón ingenuo no existe. En realidad, es la cabeza. Todo parte por la cabeza. El amor no es ciego, es el cerebro. El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es.
Ese día estaba en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Orillé el auto a un costado del camino. Presioné las luces de emergencia, aunque los únicos transeúntes eran vacas y chanchos. Una vaca preñada me observaba. Masticaba, masticaba y me miraba. Su vientre era enorme. Masticaba, me observaba y masticaba. Me bajé del vehículo, busqué algo de señal. Levanté el teléfono. Tal vez la señal 4G estaba unos metros arriba. Tal vez estaba a ras del suelo.
El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es. Lo que ve por televisión es de verdad, lo que ve por un video juego es de verdad y lo que imagina, también.
-Niña, andai perdida.
Volteé ante la presencia detrás de mí. Una camioneta Ford A150, verde, de los 50’, estaba estacionada al otro lado del camino. Mi abuelo se bajó de la camioneta portando una caja con uvas. Eran uvas del campo. De esas que coloreaban a mediados de marzo. Me gustaban esas uvas. Eran verdes, acidonas, pero dulces y frescas. Sentía el olor a tierra cuando las comía. Extraño el olor a tierra cuando como fruta. Ahora sabe a plástico o no sabe, porque la cortan verde. Es fruta congelada, proviene de Estados Unidos o cualquier país que no sea Chile.
…
Recuerdo una vez que mi abuelo me dio tunas. Estaba en su casa. Una casa de adobe y ladrillos, cerca de Lampa. Hacía mucho calor porque era verano. Siempre pienso en esa casa en verano. Mi abuelo era moreno, chico y calvo. También mal genio, estudioso y preguntón. Siempre me preguntaba si sabía lo que sólo sabía él. Así me acostumbré a decir que sí a todo, aunque no tuviera idea de nada.
Cuando me invitó a comer tunas, mi abuela chillaba a “grito pelado” desde el otro lado de la casa. Llamaba a su perro Rocke, o a su gato Minino o Micifuz. Corrí hasta la cocina y saqué la tuna de una bolsa plástica. El reto vino al mismo tiempo que el grito de mi abuela y mi propio grito.
-¡Con un tenedor po’h niña tonta! ¡Están llenas de espinas!
…
-Perdida estoy—respondí a mi abuelo, que dejaba las uvas sobre el capo de su camioneta y sacaba un racimo.
-¿Querí? Están buenas.
-Imagino que están buenas. ¿Qué haces acá?
-Busco tu libro, todavía no puedo leer tu libro. ¿Escribiste un libro?
-Dos, pero ahora estoy trabajando. ¿Sabes que estoy trabajando?
Mi abuelo se encogió de hombros. Ahora buscaba mi libro al interior de la camioneta.
-¿De qué se trata tu libro?
En ese momento no me pude acordar. Nunca lo hacía cuando me preguntaba. Recordé que estaba perdida en medio de la nada y que quería volver a mi casa.
-Tengo manzanas. ¿Quieres manzanas? Toma, llévale a tu mamá y a tu hermana—Dejó una bolsa en el interior del auto. ¿Querí tomates?—dio una palmada en su pierna—¡Ya sé dónde está tu libro!
Desperté con el piteo de una bocina. El sonido lo había provocado yo misma. Me había dormido sobre el volante. <<Trágame tierra>> pensé cuando vi a un anciano en bicicleta unos metros adelante. Me miraba con malos ojos, seguramente el bocinazo lo creyó para él. Me disculpé con la mano y bajé el vidrio de la ventana.
-Perdón… Me dormí en volante. Estoy perdida. ¿Cómo salgo a la carretera?
El anciano se hizo el sordo, pero yo insistí en la pregunta.
-¿A dónde va?
-A la carretera.
-Entonces hacia allá, al norte. ¿Sabe dónde está el norte?
No tenía idea, de todas formas dije que sí.
-Gracias. Buena tarde.
-Espere—dijo y sacó un par de manzanas de su bolsillo—Tome, para el camino y dos más para su hermana y su mamá.
Daniela Olavarría Lepe.