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La escritura es mi amante. Autora de “Los ojos de la discordia” y “A los pies de Neptuno”. Este es mi espacio y me encanta que lo disfrutes. Pienso en la capacidad ilimitada del ser humano por hacer tantas cosas como su imaginación lo permite, debido a que ese es su único limite.

El pasajero

Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico. 

No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio. 

Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos? 

Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.

Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.

-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.

Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo. 

Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.

-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.

-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.

Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.

Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre. 

Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír. 

Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.

¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.

-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.

La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.

-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.

Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.

El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.

Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.

Daniela Olavarría Lepe.

Un cuento de fin de semana

La mañana era gris, impredecible. Con asomos de luz y vientos que impedían caminar hasta que el sol surgía entre las nubes y todos olvidábamos la lluvia que nos mantenía atorados en casa.

En ese momento, no llovía y yo esperaba la llegada de un delivery. No era un delivery cualquiera era un delivery de la tierra bajo la Tierra. Era un duende o como se conoce por acá, un anchimallen. 

Vivimos años muy extraños. Los cuentos se han olvidado y los seres de fantasía conviven con todos los seres, incluso los humanos. De un día para otro se cansaron de estar ocultos. Dijeron que el hombre había perdido toda esperanza. Había sucumbido ante el dinero, la IA y las drogas. Que estaba destruyendo el planeta y la Madre Tierra había perdido la paciencia. Por lo tanto ellos, como guardianes de la Madre Tierra, debían dejar de mirar y actuar. Claro está, que no pensaban salvar nuestro pellejo, sino el propio y el de cualquier ser distinto al homo-stupidus. 

-¿Te das cuenta de la boludez chiquilla?—me dijo una vez un hada, de un vozarrón tremendo, que llevaba algunos años viviendo al otro lado de la cordillera—¿Con qué fin quieren más y más plata, más y más edificios, más y más lujos, si luego no tendrán en qué gastarla, dónde vivir y cómo disfrutar? ¡Hay que ser pelotudo!

Yo también lo pensaba, pero tal vez porque mi sangre era cien por ciento humana, me era inherente defender a mi propio linaje. Mi novio, que era mitad elfo y besaba exquisito—que no va al caso, pero quería dejarlo en claro—, lo tenía más difícil. Los almuerzos familiares siempre resultaban una disputa sobre quién tenía la culpa de que se hubieran secado las Siete Tazas y que ahora Santiago fuera un desierto. Según los humanos, la culpa era de la Gran Serpiente Blanca, cuyo terremoto el 2028 cambió el curso de los ríos, partió el Lago Llanquihue en dos y cuanto desastre trajo la tragedia que se conmemora cada 20 de junio. Los elfos, por otro lado, tenían mejores argumentos, culpando al calentamiento global. Lo que pasó ese día no era culpa de los seres fantásticos, era una advertencia de la Madre Tierra por los actos de los hombres.

-¡Ese día murieron millones!—decía el lado humano de la familia.

-¡Y por siglos! ¿Cuántas especies ha extinguido el hombre?

Las discusiones eran tales, que mi novio dejó de asistir a las reuniones familiares. A las mías también, porque a nadie de mi familia le gustaba que estuviera saliendo con un hibrido. “Es o no es”, decía mi padre. «O es un maldito como nosotros o un mojigato como Legolas». 

Ese día yo envié a mi padre a “freír monos”. De mi madre nada que decir, menos de mi hermana. Ellas preferían mi felicidad. Les bastaba verme enamorada y de alguien que me quisiera, como se quería en tiempos de antaño. Similar a las prosas románticas que escribían los humanos durante el siglo XIX o que décadas después, mostraba el cine en comedias románticas durante los 90’.

El delivery me envió un mensaje por WhatsApp 2.8 para informarme que estaba “por llegar”. Los duendes eran cascarrabias y muy inteligentes, más que la inteligencia artificial que por estos días está en declive porque los humanos vivimos de modas y la moda de hoy es lo antiguo y lo fantástico. 

Dejamos la ciencia ficción para otra época. Desde que los seres fantásticos intervinieron en nuestra vida y posterior al terremoto del 2028, sufrimos un blackout que nos mantuvo sin energía eléctrica y sin redes por seis meses. En ese tiempo aprendimos de las viejas usanzas y si soy honesta, gracias a los seres fantásticos. Por ellos no nos volvimos locos, porque ya lo estábamos con la tecnología y las guerras y las pandemias, y por sus enseñanzas logramos sobrevivir. 

Luego, cuando volvieron las comunicaciones, fuimos nosotros los que enseñamos a los seres fantásticos a vivir con ellas, al menos para las llamadas de emergencia. Es cierto, nos odiamos a veces y ellos nos mantienen a raya cuando nos asoma el demonio que tenemos dentro, que nos pide más y más y más, pero también colaboramos entre nosotros y hasta el día de hoy, funciona.

Una brisa enfrió mis hombros a pesar del sol. Les dije desde el principio, el día estaba muy extraño. Leí en el chat de la junta de vecinos que unos titanes estaban sosteniendo un partido de futbol a unos kilómetros. Algunos humanos, me incluyo porque vivo con mi novio en una parcelita a 30 kilómetros de la ciudad, nos quejamos porque siempre para estos partidos se escapa la pelota y terminamos con un socavón de media hectárea o con una cosecha completa perdida. En fin, varias discusiones han surgido en la Junta de Vecinos. Incluso los enanos y algunos gigantes se han quejado.

Mi atención se dirigió al gallinero cuando escuché los granizos azotar el techo. La tormenta venía. Del delivery nada se sabía. Alcé la vista y mis temores tomaron forma. Un Titan, un ser de tormentas corría hacia mí. Sus piernas cual tornado, avanzaba a zancadas. Mi novio, Filis, salió de la casa y me llamó a gritos. Nuestra perrita, Nieve, salió a la siga. Ladraba a la tempestad que pronto nos aplastaría. Yo también intenté frenarlo. “¡Para!, le dije, ¡PARA INFELIZ! Fue inútil. No tuve más opción que correr. Me protegí de los granizos y el viento con los brazos. Filis salió a mi encuentro. ¡Mierda! ¿Debía acabarse así? Hacía unas horas nos revolcábamos en las sábanas, Filis me había pedido que fuera su mujer. Por eso esperaba al delivery, porque queríamos celebrar. Él iba a cocinar y yo lo iba a observar mientras entonaba canticos élficos. Aquellos que le enseñó su abuela y él enseñaría a nuestros hijos por la eternidad.

Intenté atrapar a Nieve, pero tropecé y en el desequilibrio Filis me cogió del brazo. Lo abracé y miré sus facciones. Alargadas y serias. En ese instante pensé que íbamos a morir. Recordé el día que lo conocí. Esa tarde, caminando por el Parque Alerce Andino, sobre la copa de un alerce. Me pareció un dios griego. Imaginé que no sonreía, entonces lo hizo y me enamoré. En ese momento, bajo la tormenta y la muerte sobre nosotros, él sonrió emocionado y yo me volví a enamorar.

-También te amo—respondió él, que sabía leer la mente.

Lo besé. Con brío. Sentí el calor de su aliento. Su abrazo a pesar de la tormenta. Cerramos los ojos y no pensamos nada más. 

El viento gélido y el granizo nos empapó. Los pájaros chillaron, los perros ladraron, el chucao cantó del lado derecho. Escuché que un trueno gritó “GOOOL” y que una bocina nos llamó desde el portón. 

Confundida me alejé de Filis, que me retornó el beso con repentino alivio. El Titan se había disuelto apenas nos vio en la mitad del campo de juego. El gol seguramente lo hizo el equipo contrario y él, decepcionado, prefirió retornar a su posición.

-¡Merde, eso estuvo cerca!—dijo un duende con cabellos disparatados—¡Esta es la parcela t… mierda, sale perro!—chilló escondiéndose en la moto—¡alejen a ese perro, yo me los como!

Nieve vino a mi llamado y luego de atraparla por el lomo se la entregué a Filis.

-¿Necesitas ayuda?

-Tranquilo mi vida, que no pedí mucho. Entren a la casa. Ya voy.

-¿Esta es la parcela 33 o el Titan me lanzó a otro sitio?

-Es la parcela 33—noté que el cartel con el número había volado muy lejos—Perdón, a nosotros casi nos deja sin casa.

El duende miró nuestra casita. No era la mejor casa, pero los duendes eran expertos criticando lo que no construían ellos.

-Hubiesen tenido suerte—dijo—Si no la vuela el Titán, seguro lo hará el Lobo feroz que está rondando por las noches. Salió en el diario de esta mañana, tenga cuidado. Le recomiendo que forre su casa con ladrillo—miró el gallinero—y lo que está por allá también. Dicen que el Lobo feroz es buen amigo del chupacabras. 

-Gracias por avisar—dije y pensé en preguntar en el chat de los vecinos.

-Espere—me entregó la bolsa del pedido—necesito sacarle una foto y esta aplicación no es muy amiga.

-¿Le ayudo?

-No… ya está—su cuerpo brilló de pronto. Siempre brillaban de satisfacción—Hasta luego señora y ojo con el lobo. 

Asentí y miré el cielo. Parecía que llovería otra vez. Seguramente comenzaría el segundo tiempo. Preferí cerrar el portón y retirarme. Filis y Nieve me miraban desde la ventana. A pesar de las molestias pasadas, sonreí y entré a la casa. Necesitaba cambiarme, poner una queja con la junta de vecinos y preguntar si en efecto, el Lobo Feroz estaba asediando las calles. 

Daniela Olavarría Lepe

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.

Cotilla

El arte de escribir puede ser un don o un maleficio, dependiendo de quien lo mire.

Convierte al autor en una especie de espía social. Un observador meticuloso como se muestra a Sherlock Holmes en la televisión y el cine. 

En palabras sencillas el escritor se vuelve copuchento. Cotilla como se dice en España. Cada detalle es valioso. La forma en que sujeto puede hablar, expresarse o esquivar la mirada. La manera en que cierra su chaqueta, el vaivén de su caminata o el chirrido de sus carcajadas.

Recuerdo una oportunidad que caminaba rumbo al metro. Mi ruta de retorno consistía en viajar desde Santiago centro hasta las afueras de la capital. Era un viaje largo, lares que muchos no reconocen como Región Metropolitana porque no está dentro de las direcciones estándares de una calle:

Camino LO CASTRO. Parcela NªXX. Sitio XX-X. Estación Colina. Comuna de Lampa.

Para los delivery, una dirección así no pertenece a la Región Metropolitana. Para los Uber tampoco y si pides un transporte para llegar a esa ubicación, te cancelan, porque “no les sale a cuenta”. 

En fin, no quiero distraerme. Hablar de detalles a veces me pasa la cuenta. Ser copuchenta también. Esa tarde en el metro escuché tantas historias que mi memoria las mezcló todas. No quise sacar el celular para tomar notas, menos una libreta. Ya imaginan por qué, pero también porque era imposible hacer algo en ese vagón más que encontrar un espacio apto para apoyar ambos pies.

Ese día había al menos 34 grados de calor, a la sombra. Cargaba mi mochila al frente, como una gran barriga. Vestía una blusa sin mangas, jeans, sandalias y muchos parches curitas que se despegaban de las heridas de mis talones.

El vagón olía a diantres. Era plena hora punta y donde pude aferrarme era al costado de un sujeto espalda peluda, camiseta de la Cato y fanático de Luis Miguel. Usaba unos audífonos enormes. A pesar del bullicio del tren, pude escuchar “Tengo todo excepto a ti”.

-Se inicia el cierre de puertas…

Un tumulto mayor entró en el vagón y necesité hacer equilibrio. Una muchacha masticaba chicle desde su asiento. Chateaba con el teléfono. Sus ojos se movían de un lado a otro. A veces sonreía y enviaba emoticones: un beso, un corazón, otro corazón y otro corazón. Quien le escribía se llamaba, “Amorcito bebé”.

-Próxima estación. Next station… La Moneda.

-Atención, dama, caballero, mi intención no es molestarlos. Sólo ofrecer un momento de agrado de regreso a sus casa’…

-Y yo le dije, weona no…—dijo una señora—Pero ella se le tiró encima y se lo comió weona…Ahí mismo en la oficina.

-Pucha maire, adiós dieta entonces…

-Aloh… se escucha. Sí. Sí—entonó el cantante urbano—vamo’ a empezar con la improvisación.

-Vendo aguita, pa’ la sed, pa’ la calor…

La Moneda…

El tren frenó de súbito y varios tropezamos. Se escucharon quejas, un par de grititos. 

-Me saqué la chucha en verdad…

Yo logré salvarme. El zorrón que estaba atrás mío, efectivamente, se sacó la chucha. Su amigo pelirrojo, no lo ayudó. Estaba “cagado” de la risa. “Me meo”, lo escuché decir, cuando al fin le tendió la mano. 

En mi caso, quien me salvó fue el sujeto fan de Luismi. Le agradecí cordial y él, para mi sorpresa, sonrió. El rostro de la gente cambia cuando sonríe. Hasta lo encontré bonito. 

El sujeto bajó en la estación Los Héroes al igual que yo. Lo último que logré escuchar fue “No me busques, no me llames…”, pero mi atención se había posicionado en otra persona. Un chico que acababa de ingresar al vagón antes de que yo bajara. Tenía los ojos llorosos y las manos cubiertas de helado de chocolate.

Retrocedí años atrás, cerca al Metro Santa Lucía. Estaba sentada frente a un chico en la mesita de una heladería. Él cabizbajo miraba el helado de chocolate que yo había pagado. Me sentía culpable. Le acababa de decir que no podía salir con él, porque ya no sentía lo mismo que el día que me declaré. Era mentira. Estaba muerta de miedo y quería arrancar. En temas del corazón siempre he tenido miedo y ese día, cuando me llamó por teléfono, viajé dos horas en transporte público para verlo. Esa mañana, había escuchado su desesperación. “Necesito hablar contigo”, había dicho y yo pensé de inmediato: “me va a patear, por burra”.

Llevábamos saliendo—o algo parecido—un par de semanas en la universidad, pero luego salimos de vacaciones y yo simplemente me hice “la loca”. Les digo, soy cobarde, con todo, ese día viajé dos horas en bus para verlo y lo primero que me dijo cuando me vio fue: “estoy saliendo con una chica, pero me gustas tú, por favor dime qué hacer”. 

«A la mierda», pensé.

-Sal con ella y listo—le dije a secas y por su expresión, entendí que su plan se había ido al carajo. 

Esa tarde, mientras tomábamos helado, yo intentaba actuar como si no me importara, aunque en realidad quería darle un abrazo. Le había roto el corazón. Sus manos temblaban mientras el chocolate se derretía entre el cono y sus manos. Jamás voy a olvidar aquellas manos. 

El tren desapareció en el túnel y el chico dentro de él. Me pregunté si le habrían dado un abrazo. Yo se lo habría dado.

Mi última parada fue la estación Patronato. Para ese entonces mis pies apenas sentían las zuelas de mis sandalias. Caminé, arrastrando los pies por las escaleras, pasé el torniquete y tomé la escalera mecánica. Salí directo a la Vega. Lo primero que sentí fue un grito, el pitido de una bocina y el calor abrazador.

Esquivé a un ambulante, a otro, a otro y a otro. Pregunté por el precio del agua en un puesto de mote con huesillo, pero estaban muy congeladas. Seguí por la Vega—“donde no está Dios está la Vega”—y me ofrecieron tomates, plátanos y uvas globo. 

Escuché un silbido, una chicharra, un ofertón. Lo que más me tentó en ese momento fue el olor a cilantro, a tierra y a fruta. Olía a curtidos, a cebolla en escabeche, harina tostada y frutillas frescas. Era época de frutillas. Me tenté y compré medio kilo. Quien me atendió era bajito, calvo, aunque llevaba gorra. Me regaló una matita de ciboulette y me ofreció zapallo y tomates.

-También tengo cebollines caserita…

-No, gracias—y me fui. Mi abuelo vendía cebollines, seguramente eran los mismos que ofrecía el caballero.

Caminé hacia la Estación la Paz. Por la calle pasaban vehículos y gente empujando grandes carros. Iban cargados de cajas, de verduras, frutas o cajas vacías. Por los costados, las vitrinas vendían curtidos y frutos secos. 

En la esquina, don Luis entregaba el vuelto de una señora que acababa de comprar una botella de agua sin gas.

-¡Don Luis, cómo le va!

Hola niña, bien. Aquí estamos. Cómo está la salud, la familia, los estudios.

-Ya estoy trabajando don Luis, llevo un par de años trabajando.

-¡Que bueno escucharlo! ¡Cómo pasa el tiempo! Pero me alegra saberlo. Primero son los estudios, después encontrar trabajo. Así ayuda a los papitos, que la criaron y la formaron.

-Así es…—el semáforo pasó a verde—Me alegra haberlo visto. Saludos a su familia.

-Lo mismo digo niña—y me regaló una bebida que sacó de un cooler y secó con un paño. Era de pomelo, la homologa de la “Quatro”. Se me hizo agua la boca, estaba heladísima.

Crucé la calle. Era la rutina de siempre. La hacía desde que iba al colegio. Un día don Luis me saludó y al día siguiente yo lo saludé a él. Así lo hacemos hace años, incluso si no nos vemos por mucho tiempo. El tema de conversación es el mismo. Los minutos son escasos, con lo que dura el semáforo basta. 

Un día él simplemente me dijo su nombre y yo lo recordé. Desconozco si él recordará el mío. Lo único que sé, es de lo que hablaremos la próxima vez que nos veamos. No importa ya de lo que estaba hablando cuando comencé esta historia. En ese momento ya estaba en el bus rumbo a mi casa. “En LO CASTRO” dije y el chofer se atrevió a decir “¡Ay no!” Tomé asiento donde no me llegara el viento frío. Una pasajera en el bus, sonrió desdentada y me ofreció sopaipilla mordisqueada. Para ese entonces ya era invierno. Se los dije, soy copuchenta. Buena para los detalles, salvo que a veces me confundo y ésta ya es otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

Señales

Había una vez un tal “Perico” que un día decidió comprar un auto. Esa misma tarde, el auto apareció al menos veinte veces, incluso en sus sueños. Tal vez, en aquel comercial de los 80’, estaba soñando. Por eso le gritaban “¡Cómprate un auto Perico!” y no porque prefería perseguir a su eterna novia en bicicleta.

El día que yo decidí comprarme un auto, lo pensé en color azul, o más bien “morado”, y en efecto, apenas encontré el modelo que me gustaba, el auto apareció en cada esquina hasta el día que viajé a la concesionaria y lo compré, aunque en color rojo, sólo para darme el gusto de eludir las señales del destino.

Tal vez aquella fue la razón de que nunca haya podido utilizar el auto como quería y una mañana, camino al trabajo, quedara atrapada entre una camioneta, un camioncito y un taxi, en plena rotonda de Vespucio Norte.

El auto lo vendí con menos de 10.000 km. Ahora, posiblemente le habría sacado más provecho. Desde ese entonces he aprendido muchas cosas, entre ellas a escuchar las señales de tránsito.

La vida está llena de señales de tránsito: “Luz verde, luz amarilla, luz roja”. “PARE”, “SIGA”, “NO ESTACIONAR, NI DETENERSE”. Dicen que la luz del semáforo más peligrosa no es la roja, es la verde. Porque el conductor insta pisar el acelerador a fondo antes de que aparezca la “luz amarilla”. 

En la vida, aquel jueguito del cambio de luces es peligroso. Tengo una amiga muy pava que pensó que le habían dado “luz verde” y finalmente nunca pasó de la “roja”. En fin, por allá anda llorando mi comadre, diciendo que no va a querer nunca más y que “mejor sola que mal acompañada”. Si soy honesta le creo poco, la conozco desde hace mucho. Es de las que lee las cartas, usa talismanes y busca números repetidos por las calles. Seguramente seguirá nuevas señales y una de ellas la guiará hasta otro perico, uno que sea más gallito. Que tenga su propio auto o que prefiera salir a caminar con ella. Esperando en el cruce de peatones para robarle un beso o para tomar su mano. Es probable que en ese momento aparezca yo, tocando la bocina. Primero feliz, luego pidiendo que apresuren la marcha. También quiero encontrar mi propio final feliz. Siguiendo señales; quizás, cumpliendo sueños. Los de verdad, aquellos que generan tal anhelo, que ni los desvíos del camino lograrían distraer.

Daniela Olavarría Lepe

Antelación de una visita

Fue una de las noches más calurosas de todo el verano.

A las tres de la madrugada, cuando el celular indicaba una máxima de veinte grados, dormir sobre la cama con el ventilador encendido era la solución más sensata.

Las luces apagadas, el silencio roto solo por el reloj y el canto de los grillos, llamaba al sueño en aquel lugar alejado de la vida citadina y llena de matices.

Era una casa pequeña, donde apenas vivían tres mujeres, aunque tan solo una se encontraba presente. Irene, que alerta cuidaba de la casa mientras su madre y su hermana salían de vacaciones unos días, trataba de conciliar el sueño sin mucho éxito.

<<No pienses—se decía una y otra vez—cuenta ovejas…una, dos, tres…¿Estarán dando alguna buena película en el cable? Podría escribir un poco…Tal vez si comienzo a pensar sobre el próximo capítulo de mi…>>

El extraño movimiento de su cama la puso en alerta. Supuso entonces que se trataba de un ligero temblor, por lo que una vez más cerró los ojos.

Con todo, el temblor no se detenía.

<<Es demasiado largo—se dijo tomando asiento—Es un terremoto…>>

Alcanzó a ponerse de pie y llegar al arco de la puerta, cuando una sacudida que no esperaba la elevó en el aire. Apenas pudo mantener el equilibrio. En la oscuridad, escuchaba el crujir de las ventanas, la caída de los platos y los muebles. Los perros ladraban, los gatos corrían por el techo y escapaban quien sabe dónde. Pudo tomar la linterna en su escritorio y entre tropiezos avanzó por el pasillo iluminando de un lado a otro. Pronto encontró a quién buscaba. Era una perra pequeña, de tres años y similar a un Jack Russell. Lucía indefensa y temerosa, sus ojos vidriosos intentaban comprender qué estaba ocurriendo. Oculta entre los sillones, gemía de miedo e incertidumbre.

El movimiento no se detenía, resonaban las pareces y ventanas. Platos y vasos caían en la cocina.

-Ya…tranquila—dijo tomando a la pequeña con una de sus manos y sosteniendo la linterna con la otra. El movimiento se hizo calmo. Algo aliviada se trasladaba a la salida de la casa cuando el sonido similar al vuelo de un avión la tomó por sorpresa.

El sonido aumentaba en fuerza y velocidad. Se asustó. La perra temblaba y generaba sonidos quejosos. Sin soltar al animal, corrió al patio de su casa. O era una réplica muy fuerte, o…

Miró al cielo. Un avión comercial, con las alas más grandes que había visto, caía directamente hacia su casa.

<<MIERDA>>

Un grito general se escuchó en las cercanías, no era la única que lo había visto. Por instinto quiso correr hacía el lado contrario, mas solo atinó a mirar boquiabierta como aquel avión atravesaba el cielo para estrellarse directamente en el terreno aledaño al suyo.

El fuerte impacto remeció el suelo, tanto como aquel terremoto ocurrido a las 3:34 a.m. del 27 de febrero del 2010.

Daniela Olavarría Lepe

A secas

Se había acostumbrado a perder y como algunos dicen aquello es la peor costumbre que el ser humano puede adquirir. Es que le habían roto el corazón tantas veces, que cada chispa que surgía solo demostraba cuan testarudo puede ser ese músculo para nada similar a tarjetas melosas de San Valentín.

La primera vez apenas pudo levantarse del bus que la transportaba a su casa. Literalmente sentía todo como arcilla. Fue incapaz de llorar y mucho menos fingir indiferencia. Era tan forzoso demostrar que todo estaba bien, que pronto supieron en casa que no lo estaba. Pasó encerrada dos días continuos. No lloró, solo se mantuvo con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago. Al tercer día, se levantó y en soledad lloró.

La segunda vez lloró también, en soledad, durante la noche. También dos. Lloró porque se sintió tonta. Lloró porque no pensó que la historia ocurriría dos veces.

La tercera no pudo llorar, porque él estaba ahí. Estaba ahí contándole de su novia, de cuanto la quería y que pronto llegaría. El muy cabrón la llevó a su defensa de tesis. El muy cabrón sabía que ella lo quería, porque leía el aura y podía sentir la tristeza.

La cuarta vez, lo lloró de nuevo porque finalmente comprendió que no conseguía nada callando sus sentimientos. Decidió confesarse, pero él la rechazó cordialmente. Tenía novia. Ese día lloró, pero solo resultó un congojo. Lloró un poco más en la noche, en su habitación. Su fiel consejero estaba ahí, un oso tan viejo como ella y bueno preparando té con canela para relajarse.

La quinta vez, fueron muchas quintas veces. Lo quería, lo odiaba y lo volvía a querer. Siempre lo vio lejos de su alcance, siempre lo vio con otras. Lo lloraba en clases de yoga, repitiendo OM para vibrar con el universo y que las vibras llamasen a quien respondiera sus cantos.

A contar de la sexta, su corazón ya no era un cristal liso y brillante. Era el cumulo de muchas grietas que con cuidado pegaba con sabia de algunos alerces. Le gustaba abrazarlos, la cargaba de energía y aliviaba su espíritu.

La séptima vez, no supo si le rompieron el corazón porque no necesitó repararlo. Más bien fue un instinto bélico. No quiso saber nada más de él y su corazón tampoco.

Hace un tiempo no se rompe, simplemente surge una chispa. Algo que ilusiona, solo un poco. Luego, más pronto que tarde, se decepciona, pero ya no se rompe. Simplemente se agobia con un nudo en la garganta. Pequeño, sutil, fútil.

Le asusta un poco, porque comienza a preguntarse si alguna vez volverá a sentir. Como la falsa sonrisa, aquella que otorgas para decir que todo está bien. Ella se lo pregunta también, se pregunta si alguna vez volverá a sonreír.

Daniela Olavarría Lepe

Rastro

Tengo la imagen de este pirata caminando en la penumbra. 500 años en el futuro. Con su pierna metálica oxidada y jocosa debido al frío. 

Va lento, trastabillando de tanto en tanto. Apoya sus manos para no perder su ojo de vidrio y otras para no escuchar más las quejas de su rodilla. 

En el trayecto piensa, calcula la posición de su objetivo. Tal vez, si atraviesa el océano, ese que alguna vez tuvo mar, encuentre un lugar donde guardar su barco.

Para un pirata del futuro, el mar es su tesoro. El mar, el presente y todo aquello que el hombre no supo tomar en cuenta. Porque pensó que el oro era más importante… El oro, pretensiones vacías y por sobre todo, el miedo.

Daniela Olavarría Lepe

Retorno

A veces olvida que es un alma antigua, aquella romántica que se transporta ante el sonido de los cascos de un caballo, suspira con burdos clichés o clásicos de los 90’.

Se inspira en días nublados y escribe historias durante noches de tormenta.

Que recuerda su último beso al sentir el aroma de una taza de café o imagina el que vendrá, mientras pellizca sus labios, cierra los ojos y escucha el goteo de la ventana que la protege contra la lluvia.

Solo quería que la invitara un café. Lo imaginaba de distintas maneras, incluso sin ser necesariamente una bebida. Era sentarse un momento y charlar. Conversar de algo interesante o un par de burradas. Reírse de ellas o terminar en silencio. Pero no un silencio incómodo, sino aquel que dices todo a través de la mirada.

Daniela Olavarría Lepe