Era difícil ignorarlo, sobretodo con la curiosidad típica de un niño. En silencio observaba como aquel abuelo; solo, enjuto y de gran entrecejo, tomaba cada sábado un helado en aquella plaza. Debía ser raro para mí tal vez, ver como su encorvada silueta pasaba casi desapercibida. No era de aquellos ancianos que gustaba lanzar migajas a las palomas, más bien, era de aquellos que gustaba pelear con ellas como posibles enemigas del barquillo que masticaba repetidas y exageradas veces. Continue reading →
