Mirada a la Mezquita - Categral

El abrazo de la Mezquita

El calor quema mi nuca, pero la brisa me refresca los hombros. Escucho un coche metros adelante. La campanilla resuena más fuerte que los cascos del caballo que dirige el carro. Las pisadas de los turistas surgen como un ruido secundario. El sonido de miles de talones tocando cientos de años de historia. 

El Alcazar de los Reyes Cristianos me recibe con la figura de un caballero templario. Magnánimo observa indiferente al público. Hablan en inglés, francés, coreano y español. Hay más, pero es lo que reconozco. No es importante, todos estamos ahí, rodeados de ecos tallados entre las pareces que nos reciben. 

Veo mosaicos, restos romanos y cristianos. La obra de Edipo figurada en miles de cuadritos coloridos que configuran su rostro y el de Medusa y el de Eros y Psique.

Camino entre cámaras que en otros tiempos resguardaron gigantes, entre arquitectura romana, árabe, visigoda y cristiana. Me convierto en la viajera del tiempo que escribo en mis historias. Historias paralelas de momentos distantes en mi vida y otros que forman parte de amores fugaces y ficticios. 

Cuando llego a Alcazar, percibo la sombra de sus limones y escucho el agua que rocía sus piscinas. Me veo sola entre un conjunto de extraños que bromean entre ellos o buscan estresados la salida. Deseo desviar mis emociones hacia el presente. Estoy en paz, me apoyo en estatuas que colaboran para que tome las mejores fotografías. Consigo un par y, cuando estoy satisfecha, pienso… Pienso. Pienso en una nueva historia:

-¿Imaginas si los arcos de la mezquina fueran en realidad gusanos?—dijo Antonio abrazando a Javiera por la espalda. 

-O muchos dulces—dijo ella. 

Lo expresó con gracia. Siguiendo el juego de su novio. Era su primer viaje juntos. Con todo, se sentía extraña. Momentos antes, afuera de la Mezquita, un par de gitanas la habían cogido por el brazo y a modo de regalo quisieron leer su mano:

-Recibo lo que tengas cariño—dijo la gitana luego de darle una rama fresca.

-Es que no tengo nada.

-Lo que sea cariño.

-No tengo, sólo monedas. 

-Las monedas son de mala suerte. Anda, que ahí hay un cajero. 

Javiera insistió en que no tenía nada, salvo un euro con cinco centimos. La gitana terminó por aceptarlo. Javiera se resignó a perder un euro, cuando cargaba 5 en su bolsa. Lo que la gitana no sabía es que ella también leía la suerte. Lo hacía a través de sueños y cartas. Los espíritus hablaban a través de ella. Su brazos solían estar morados por largo tiempo y otros tantos, debía cerrar los ojos para no ver demasiado.

Esa mañana la gitana le había dicho a Javiera que un abrazo cambiaría su futuro y dejaría de doler. 

Ella, poco antes de salir de la hostal donde alojaban, había barajado sus propias cartas y por sí sola cayeron dos. Los amantes y el Colgado. 

Javiera sabía que se trataba de Antonio. Pero poco después, cuando recibía su abrazo, tuvo una visión extraña y temió. Vio un fantasma, más bien dos. Un anciano, vestido de toga sentado con un bastón en una de las bancas de la Mezquita. Su color traslúcido se mezclaba en la luminaria que colgada entre el haram. El espíritu observaba hacia ella mientras señalaba a Antonio con una sonrisa. A su lado, otro espíritu que oraba en dirección a la catedral, desvió sus oraciones hacia la pareja y con él, otros surgieron. Javiera percibió el dolor en sus brazos. Marcas que los amorataban y también sus piernas. 

“Un abrazo cambiará tu vida” recordó y se asustó. 

-Tengo que salir—dijo al tiempo que el campanar resonó en la ciudad. 

Antonio la siguió, pero turistas interrumpieron el paso. 

Javiera se abrió camino entre el gentío. Cruzó el patio de acceso a la mezquita rumbo a la salida. “Si le pasa algo, me muero”. Surgió en su cabeza. Tal vez la gitana le había echado un maleficio. A Antonio, no a ella, porque ella no quiso darle plata. “Si le pasa algo es mi culpa”. 

Una mano la detuvo y ella, pensando que era un espíritu que la requería se defendió. 

-Tranquila. No pasa nada, solo solo soy—dijo Antonio.

-Oh…

-Ya, ya… ¿Qué pasa?

-Vi gente muerta.

Antonio pareció dudar un instante. Entonces sonrió.

-Pero si los muertos no hacen daño—Antonio señaló los brazos de Javiera. Era ella quien los estaba pellizcando. Tomó conciencia de sus actos y rompió en llanto. Antonio, conmovido, la abrazó y besó su nuca. Para Javiera fue extraño. Una revelación. De súbito toda presunción se detuvo. “Un abrazo cambiará tu vida y dejará de doler” recordó y comprendió. Aquel gesto que percibió cómo si se hubiesen dado el primer beso, fue una verdad. Simplemente lo supo. Aquel hombre estaría a su lado. Enseguida entendió el significado de la cartas y que la visión de la gitana era cierta. El colgado era ella, los Amantes… era difícil apresurarse en conclusiones. Lo que sí pensó es que tal vez debió haber sido más amable. Con la gitana, con los espíritus. Como había dicho Antonio, los muertos no hacían daño. Ellos simplemente querían entregarle una verdad.

-Sorry, can you take me a picture?

Salgo de mi ensimismamiento. Un chico moreno y grandes ojos me extiende su teléfono celular. Accedo y luego de varias tomas consigo una imagen que lo deja conforme.

-Thanks. —dice amable y se marcha con el resto de su grupo. 

Mantengo mi vista sobre las estatuas de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que se alzan al final del Alcazar. Parecen ocultarse entre los árboles de granadas, limones y la inmensidad de la arquitectura. Me pregunto si los ojos de piedad que muestra Colón significan que los reyes en ese momento le estaban negando los fondos para viajar a las Indias. Cambio de idea al instante. Tal vez el significado es otro, la estatua está conteniendo «la emoción», de lo contrario la tierra donde nací sería muy distinta. 

Camino hacia la salida. Pensando sobre reyes y caballeros. Pronto llegará noche y deseo fotografiar el Puente Romano que atraviesa el río Guadalquivir. 

“Luces amarillas” pienso mientras llego al otro extremo del puente. La ciudad entera se vuelve de color amarillo, salvo las calles. Las calles siempre son de un color blanco radiante. Rodeados de flores y música. De violín o guitarra. Estoy en terrenos andaluces después de todo, pero por ahora dejémoslo hasta acá. El relato destinado a esas calles me las guardaré para otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

La fragilidad

Su pasatiempo era observar por la ventana. Era el premio por levantarse por la mañana, tomar desayuno, limpiar la casa y preparar el almuerzo. Después de comer, siempre era agradable sentarse detrás de la estufa a leña, apoyar su mano en el mentón y mirar el patio trasero.

No era un patio extenso. Era un patio. Tenía un árbol con manzanas, un carro oxidado y unos rosales. En primavera, los rosales daban flor y ella, apoyando su mano sobre el mentón observaba el color rosáceo surgir de los brotes y las abejas recorrer los pétalos. 

Por ese entonces, era fines de agosto y los rosales bailaban al son de los vientos de septiembre. Los días eran más largos, las siestas la despertaban con el sol anaranjado en sus ojos y la estufa requería menos leña. 

Esa tarde, sin embargo, despertó por algo distinto. El chillido iracundo de una bestia.

Un mal presentimiento la obligó a levantarse. Sus huesos estaban rígidos. La vista muy mala. Caminaba de memoria, palpando el entorno. Con todo, siempre tenía vista para observar por la ventaba y el patio trasero. El florecer de sus bellos rosales.

¡Sus bellos rosales!

-¡Gatos de miechica!—exclamó al tiempo que abrió la ventana. Dos gatos en celo peleaban entre los rosales. Su ira cegaba sus sentidos. Las garras se confundían con las espinas. La anciana arrastró los pies hasta la puerta de la cocina. Salió escoba en mano, asustada por los rosales. Percibió olor a orines, fuerte, tóxico. Habían meado la escoba y los maseteros y la leña—¡Shhh… fuera, largo! 

Amenazó a los gatos, con rabia, con pena. Los botones de ambos rosales estaban en el suelo. Algunas ramas estaba partidas, ni los vendavales habían hecho tanto daño.

Un gato escapó, pero el segundo, lerdo, ahora asustado, miraba con aprensión a la mujer que alzaba la escoba para castigar al felino. ¡Le partiría la cabeza con la escoba al maldito! El gato negro la miraba con ojos grandes y dilatados. Recapacitaba de sus actos, la sangre derramada no solo correspondía a sus heridas.

Llovía. Era el temporal más fuerte de todo el invierno. Una casa de madera en medio del campo temblaba ante la ira del cielo. Luces cálidas se observaban desde el interior, con todo, el viento no lograba aplacar los gritos. La discusión entre un hombre, una mujer y una niña. 

-¡No, papá! ¡No! ¡Por favor! ¡Deja a mi gatito! ¡Deja a mi gatito!

El chillido de dolor indicó el destino de un cachorro. El segundo grito mostró el quiebre de una pequeña. La puerta de la casa se abrió de golpe. Una niña descalza surgió en la oscuridad. Portaba un gatito de apenas unos meses, moribundo. Otorgando el último suspiro.

-Minino…no…—dijo la niña y sus lágrimas se mezclaron con la lluvia.

La anciana pestañeó confundida. Observó al gato que permanecía quieto esperando su veredicto. 

-Shhh… vete, vete de una vez—le dijo con el escobillón. El gato dudó, pero apenas la anciana dio un paso, escapó rumbo a la pandereta—gato de miechica—utilizó el palo de escoba como soporte y recogió uno de los botones del rosal—mis rositas…

Suspiró. Cansada. El ejercicio había sido mucho para ella. Examinó los rosales. Tendría que podarlos, arreglar sus ramas. Tal vez el próximo año… Tal vez lograría verlos.

-Gatos de miechica. Tranquilas… ya verán. Ya verán. 

Guardó el botón en su delantal y usando la escoba como bastón caminó rumbo a su morada. Olía a orines. Por todos lados olía a orines.

Logró escuchar un vehículo pasar frente a su casa antes de entrar a la cocina. Un bocinazo triple indicaba que buscaban al vecino. La anciana dejó la escoba a un lado y caminó por los rincones que conocía de memoria. 

El sol se escondía a esa hora de la tarde. El sol pegaba fuerte desde la ventana hasta su asiento detrás de la estufa. Su rutina le decía que era tiempo de despertar, levantarse a preparar la once. En ese momento, sin embargo, había algo más importante. Sacó un vaso de vidrio, lo llenó con agua y suspendió el botón de rosa. Tal vez, podría salvarla. Tal vez podría ver sus colores.

-Tal vez—se dijo, pensando en un milagro. Esa noche de lluvia, también esperó un milagro. Le rezó al cielo, a la virgen del Carmen. Dejó de pedir zapatos y renunció a su muñeca de trapo. Esa noche ella pidió por su Minino. Pidió por él y por un castigo a su padre. El débil maullido del gatito, le dio a entender que habían respondido sus plegarias, el silencio de ella hacia su papá hasta la adolescencia que tendría castigo suficiente. En ese momento, tenía un nuevo deseo. Esperó, que, aunque fuera por última vez, recibiera un milagro. Mirar el brote de sus rosales a través de la ventana. 

Daniela Olavarría Lepe.

Reflexiones de un muerto por veinte segundos

Se ha descubierto que un humano puede permanecer entre dos a veinte segundos consciente después de muerto. En otras palabras, la vida después de la muerte existe. Entre 2 a 20 segundos, pero existe. Bajo una oleada de choques electromagnéticos que llegan a nuestro cerebro. Es decir, que podemos pensar que “Vi mi vida pasar en un segundo” también es real.

Pienso en La Amortajada, de María Luisa Bombal. Pienso en ella porque recuerda su vida después de muerta. Científicamente hablando, su vida la vio pasar entre 2 a 20 segundos y en 20 segundos perdona, ama, odia y comprende. También imagina, desea y se desconoce a ella misma.

Siempre he pensado lo que significa estar muerta. Debe ser como mirar a todos desde arriba, así, sin más. Mirarlos y llorar, en silencio. Desde la impotencia. Creo, que, si los científicos están en lo cierto, la impotencia es el mayor sentimiento presente en todos los muertos. 

Cuando estamos vivos, somos estúpidos. Nos enfadamos de cualquier huevada, pensamos que hasta una flor marchita es nuestro enemigo. Tememos a todo. A vivir, per se. Tememos confesarnos, dejar el trabajo que no nos gusta, a pararle los carros al imbécil que te faltó el respeto porque andaba con la neura. Cuando estamos cerca de morir, nos damos cuenta de que nada era tan complicado. Por eso cuando morimos lo vemos todo desde la impotencia. Nos ponemos creativos y se nos ocurre hacer, decir y pensar todo lo que temimos en vida. El problema, es que no podemos, porque estamos muertos.

Esta pequeña historia la escribo desde la perspectiva de un muerto. No es La Amortajada, porque Amortajada sólo hay una. Es la perspectiva de un muerto, que recibe veinte segundos de vida para hacer una sola cosa por todas aquellas que pudo haber hecho en su vida. Esta persona, que no era vieja, por lo tanto tenía mucho qué hacer, pensó en muchas en un segundo. Pensó en el amigo que siempre quiso besar, en el tatuaje que siempre se quiso hacer, en la moto que quiso manejar. Recordó la plata que nunca pagó, la familia que nunca formó y la vida que no disfrutó. Con todo, con los 19 segundos que le quedaban, olvidó todo lo demás y visitó a su madre. La vio sentada frente a una ventana, mirando al infinito. Posiblemente pensaba en ella, tal vez en otros que también se habían ido. Apoyaba su mano en el mentón, al tanto que acariciaba a un gato peludo en su regazo. El gato logró verla. La muerta escuchó un ligero “prrr” en el entrecerrar esos ojos felinos. Ella entonces acarició su nuca, dio un abrazo a su madre y con un nudo en la garganta dijo, “Te quiero mamita” y “adiós”.

Daniela Olavarría Lepe

El curso del río

El gran problema de mi existencia es que soy mujer. Mujer a secas. No valgo nada, mi palabra tampoco. No me alcanza, no llego, no cumplo. Estoy sola. Sola. 

Me apoyo en la baranda de un puente. El viento frío pega en mi rostro, quema mis orejas y párpados. Siento el aroma del metal de la baranda pintada de blanco. Veo el río abajo del puente cruzar hacia el horizonte rumbo a la cordillera nevada. La paz del entorno se confunde con mi aliento insípido. La soledad, los pensamientos iracundos. ¿Y si ya no estoy aquí? ¿Y si ya no estoy aquí…?

Observo el puente sobre mí. Respiro la calma del río que conduce rumbo a la cordillera nevada. Veo las aguas turquesas que se deforman por el corte del bote. Mi hijo juega con un muñeco de los “Pogüer renyer”, creo que se dice así. El juguete es viejo, era mío, se lo robe a mi hermano cuando era chica porque a él no le gustaban los “Pagüer Renyer”. Él, prefería Dragon Ball. 

Sostengo mi caña de pescar, el letargo me confunde. Los árboles desdibujan el curso de las aguas, un akita, perro malo, eso dicen, me mira desde la orilla del río. Yo estoy lejos. Veo jugar a mi hijo. Yo espero. Inhalo el viento frío que reseca mi boca y tiñe mi piel de rojo. 

-Mami, cierra la boca—escucho al niño, se ríe de mí. Siempre se ríe de mí. Me recuerda a su abuelo, que en paz descanse. Siempre que veo a mi hijo, veo a mi padre…

-¡Niña lesa afirma bien la caña que le arranca el pesca’o!

Despierto ante la tensión de la caña, al tiempo que mi hijo se apoya al borde del bote. Algo busca, pero no le doy importancia. Hago fuerza, más fuerza, el condena’o salió pesa’o. Mi padre estaría contento, “que buena salió mi hija para tirar la caña”.

-¡NO NIÑO!—escucho de súbito. Vuelvo a mí. Mi brazo deja la caña y aferra al chico leso de la pata. La agarré justo a tiempo. Un poco más y se lo lleva el río.

-Que niño de miechica. ¡Te voy a quitar ese mono!—exclamo alterada. Maldito niño. No estoy molesta. Rio de alivio, nerviosa, enojada, contenta. Todo al mismo tiempo. Miro al cielo y en la baranda del puente una muchacha me observa aliviada. Me pregunto por qué llora. La saludo y agradezco su ayuda. ¡Salvó al chico! ¡Salvo a mi hijo!

-¡Dios la bendiga!—grito, pero creo que ella no me escucha. Mira rumbo a la cordillera, se restriega los ojos. Pienso que es lo que hace. Yo olvidé mi pesca, ya habrán otras mejores. Suspiro, recojo los remos del bote, miro a mi hijo y agradezco de corazón que la muchacha del puente haya estado ahí. 

Daniela Olavarría Lepe.

Antelación de una visita

Fue una de las noches más calurosas de todo el verano.

A las tres de la madrugada, cuando el celular indicaba una máxima de veinte grados, dormir sobre la cama con el ventilador encendido era la solución más sensata.

Las luces apagadas, el silencio roto solo por el reloj y el canto de los grillos, llamaba al sueño en aquel lugar alejado de la vida citadina y llena de matices.

Era una casa pequeña, donde apenas vivían tres mujeres, aunque tan solo una se encontraba presente. Irene, que alerta cuidaba de la casa mientras su madre y su hermana salían de vacaciones unos días, trataba de conciliar el sueño sin mucho éxito.

<<No pienses—se decía una y otra vez—cuenta ovejas…una, dos, tres…¿Estarán dando alguna buena película en el cable? Podría escribir un poco…Tal vez si comienzo a pensar sobre el próximo capítulo de mi…>>

El extraño movimiento de su cama la puso en alerta. Supuso entonces que se trataba de un ligero temblor, por lo que una vez más cerró los ojos.

Con todo, el temblor no se detenía.

<<Es demasiado largo—se dijo tomando asiento—Es un terremoto…>>

Alcanzó a ponerse de pie y llegar al arco de la puerta, cuando una sacudida que no esperaba la elevó en el aire. Apenas pudo mantener el equilibrio. En la oscuridad, escuchaba el crujir de las ventanas, la caída de los platos y los muebles. Los perros ladraban, los gatos corrían por el techo y escapaban quien sabe dónde. Pudo tomar la linterna en su escritorio y entre tropiezos avanzó por el pasillo iluminando de un lado a otro. Pronto encontró a quién buscaba. Era una perra pequeña, de tres años y similar a un Jack Russell. Lucía indefensa y temerosa, sus ojos vidriosos intentaban comprender qué estaba ocurriendo. Oculta entre los sillones, gemía de miedo e incertidumbre.

El movimiento no se detenía, resonaban las pareces y ventanas. Platos y vasos caían en la cocina.

-Ya…tranquila—dijo tomando a la pequeña con una de sus manos y sosteniendo la linterna con la otra. El movimiento se hizo calmo. Algo aliviada se trasladaba a la salida de la casa cuando el sonido similar al vuelo de un avión la tomó por sorpresa.

El sonido aumentaba en fuerza y velocidad. Se asustó. La perra temblaba y generaba sonidos quejosos. Sin soltar al animal, corrió al patio de su casa. O era una réplica muy fuerte, o…

Miró al cielo. Un avión comercial, con las alas más grandes que había visto, caía directamente hacia su casa.

<<MIERDA>>

Un grito general se escuchó en las cercanías, no era la única que lo había visto. Por instinto quiso correr hacía el lado contrario, mas solo atinó a mirar boquiabierta como aquel avión atravesaba el cielo para estrellarse directamente en el terreno aledaño al suyo.

El fuerte impacto remeció el suelo, tanto como aquel terremoto ocurrido a las 3:34 a.m. del 27 de febrero del 2010.

Daniela Olavarría Lepe

El canto del chucao

La primera vez que intimé con una mujer estaba borracho o como se dice estos días, caliente. Por ello, cuando miro a esa chiquilla, me pregunto si lo que provoca en mí es eso o algo distinto. No puedo dejar de pensar en ella como un mal recuerdo. No es que me moleste, de hecho, trato de ignorarla, pero insiste en fijar esos ojos color miel en mí… tan bonitos y tan… Ay mierda… Continue reading →

Barros Luco

Marzo del 2.012

El calor del verano azotaba la noche, pero a nadie dentro del restaurant le preocupaba demasiado. Un ventilador mal engrasado y cubierto de tierra en la parte superior intentaba a duras penas cumplir su trabajo.

En una esquina, ubicado en altura, un televisor de los cuadrados pasaba desapercibido salvo por una persona que atenta escuchaba las noticias de las 9:

Continue reading →

Aullido

El cielo se confunde con la tierra en una mezcla de colores grises, rosas y castaños. Un lobo blanco se asoma entre la niebla, cauto avanza entre aquel ambiente de fingida calma mientras graznidos repentinos rompen la seguridad de sus pisadas. Continue reading →

Lo obvio y lo incierto

—Supongo que la equivocación ha sido mía esta vez. Pensé con certeza que miss Laura, la sobrina de Eusebio era una dama bien distinguida…pero considerando los acontecimientos…

— ¿Sobrina?—Exclamó Rodrigo dejando a un lado el trozo de beef-teak que acaba de pinchar con su tenedor—Creí escuchar que era su hija.

Continue reading →

Remembranza

El calor del fuego teñía el salón de colores anaranjados y cálidos. Sin embargo, lejos se encontraba ya de ser una agradable escena. Melancolía, tristeza… Desconsuelo. El ardor del corazón herido cuyo palpitar inquieto presiona la garganta con fuerza. Lágrimas que sin poder evitarlo caían en silencio por sus mejillas…

Luisa solitaria lloraba en silencio. Nadie quedaba ya que la acompañase en sus lamentos, nadie deseaba ya que la viera desahogar su tristeza.

Con cierto gesto cansino, cogió el periódico que hacía minutos observaba desde las sombras. Lo ojeó sin interés, aunque sus manos temblorosas arrugaban sin esfuerzo cada una de las páginas. <<Ya no puedo más…>>Se dijo y sin poder soportarlo tiró el periódico al otro sofá…

Continue reading →