La delgada línea del corazón

Cuando la nostalgia nos invitaba a usar ropa retro y buscar reproductores de VHS, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón.

Un día el sistema financiero colapsó por las criptomonedas y la IA, el medio de pago existente, denominado “soul”, fue lo único que la tecnología no nos pudo quitar.

Los aún consientes y contrarios a entregar su “alma” a la IA,—La revolución de las ideas sucumbió el año 2029 debido a una trampa de Chatgpet—tuvimos que escapar. “Escondernos”. Transformarnos en “Rebels of the heart”. Nosotros sabíamos lo que ocurría con el ser viviente cuando era manipulado su corazón.

La medicina en el mercado negro tenía los medios y la tecnología—la creada aún por seres humanos, estudiosos de los libros—para hacerlo. Bajo un procedimiento exhaustivo, se desprende el músculo latiente sin que el cuerpo deje de funcionar y viceversa. En su lugar, el corazón se reemplaza por un elemento mecánico. Un sistema de engranes recubierto en una jaula certificada por la FDA. El corazón, entretanto, es cubierto por silicona alimenticia y puesto en un cofre a suficientes grados para que este siga palpitando. El corazón jamás descubre que ha abandonado su cuerpo. Es enterrado metros bajo tierra, fuera de nuestro territorio. El límite es un cerco de alambrada. ¿Qué hay al otro lado? “Lo imposible”, ese es su nombre. La tierra donde habitan la creatividad, el amor, el odio, la tristeza, el miedo. Todas las sensaciones que emanan los corazones enterrados en aquella tierra que jamás podrá pertenecer a la Inteligencia Artificial.

Si bien la operación “A corazón abierto” fue un éxito, pronto se vieron los efectos secundarios. Lo leí un jueves en primera plana: 

SIN CORAZÓN, LOS IA’S DE CARNE

Recientes estudios indican que el grupo revolucionario contra el gobierno de IA, presenta desperfectos en su procedimiento de corazón abierto. Agentes informan, que los pacientes pierden toda sensibilidad unas horas después de ser separados de la bomba palpitante denominada “cordiaco”. Se transforman en maniquíes vivientes. Olvidan a sus seres queridos, se enfocan en cumplir objetivos y pierden todo sentido de vivir…

-Ignacio Labarca se ahorcó la semana pasada—interrumpió mi padre—El vacío de no sentir lo volvió loco.

Lo miré espantada y así también sobre nuestras cabezas. Vivíamos al interior de un búnker que mi padre construyó antes de fallecer nuestra madre. Él era de las pocas personas que conocía la realidad de la tecnología incipiente. “Nos va a matar un día o nosotros mismos con ella a nuestro lado”.

Se escuchaba el temblor de los bombardeos. Era el de las 15 PM, hora en que se buscaban a reclutas que se opusieran al uso de la IA para su vida. El que prefería pensar por su cuenta, recibía un disparo en la cabeza apenas ideaba cómo escapar de los robots. 

Para otros casos, existía la manipulación. Por medio de los seres queridos. Familiares, amigos o amantes. De mascotas nada. Pasamos de tenerlas a liberarlas, precisamente en la Tierra de lo imposible. Era eso o que pasaran a la Tierra gobernada por la IA, manipulada por la realidad virtual y el celular, mientras que el entorno físico se caía a pedazos.

Escuchamos tres golpes en la entrada del búnker. Insté a abrir la puerta, pero mi padre me detuvo.

-Son ellos.

-Imposible.

-Escucha.

Nada. Ni un solo suspiro. El silencio se mantuvo tenso por largo rato. Finalmente, un sobre de papel se deslizó bajo la puerta.

Mi padre me habló con señas de manos.

“Espera”.

Esperamos. Horas. Entonces, él mismo se dirigió al recibidor.

-Mierda.

-¿Qué pasa?

Me mostró una postal. Quedé helada.

Era el rostro de Rubén. Mi amigo, Rubén. Nos conocíamos hace años. No éramos amantes, pero por Dios—¿lo puedo decir ahora?—¡Lo quiero! No sé lo que él siente por mí, porque vivimos en un tiempo en que cruzar la línea de las emociones es difícil. Un abrazo, un beso, una mirada, está prohibido. Al menos para los revolucionarios. Si nos permitimos sentir, imaginar el amor, caemos en la mira de la Inteligencia Artificial.

El gran problema, desde mi nacimiento, es que nunca tuve control sobre mi imaginación.

Pasó de pronto. A través de un sueño. Lo vi frente a mí. Rogaba mi beso y yo se lo permití. “De a poco” dije, lento. Y él me besó, lento. Una, dos, tres veces. La tercera vez, sentí que mi estómago se revolvía y el calor subía a mis orejas. 

Desperté confundida y cuando hablé con él por radio, mi aliento se contuvo un momento. Tal vez, en ese instante fui descubierta. Éramos revolucionarios, pero muy tontos. Pensábamos que un robot o sus aliados, serían incapaces de intervenir una frecuencia.

-¿Qué hago papá?

Me quebré. Temblaba de miedo. Estoy temblando ahora. Mi padre salió del bunker sin decir una palabra. Volvió horas después en compañía de dos hombres robustos. Él me quería, lo sé, pero en este mundo dónde no tenemos permitido sentir, él no pudo decir: “lo siento hija, es por tu bien”. Me habría gustado que lo hubiese dicho.

Me llevaron amordazada y atada de manos, bajo el efecto de las drogas para no escapar. Desperté hace poco, en el quirófano. Rubén vigila la puerta. No puedo ver su rostro. A un lado, un doctor prepara el instrumental quirúrgico para arrebatar mi corazón.

-Tranquila—dice el cirujano—todo estará bien.

Pero no estará bien. ¡No está bien! Pienso en mi padre, en mi madre, en Rubén. Ese hombre que me da la espalda y con quien me atreví a soñar. ¡Mierda! Incluso si el amor no es mutuo, no estoy dispuesta a perder mi corazón. Para olvidarlo a él, a otros, jamás.

-Tranquila—escucho con dolor y dulzura. Viene desde la entrada. ¿Es Rubén? No voy a averiguarlo. Lo siento, no puedo. Mis brazos sienten sus amarras. Quiero escapar, mis pies sangran. El cuero que lo sujeta se entierra en mis tobillos. Me afirman entre varios, Rubén sostiene mi cabeza. Llama al anestesista. Algo punzante atraviesa mi cuello. Algo… Rubén llora, veo sus ojos… Una pequeña felicidad asoma den… Apenas sien…

A principios de siglo, estuvo de moda la “nostalgia”. Con todo, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón. 

De mi corazón, apenas recuerdo. Lo veo como algo ajeno. Rubén dice que puedo recuperarlo. Él dice que debo hacerlo. Me pregunto por qué. Por qué su necesidad de que yo vuelva a sentir. Desde que no siento todo es más simple, más liviano. ¿Pesará mucho en él? El corazón digo, tal vez por eso siempre lo veo llorar. Tal vez por eso Rubén insiste. Dice que necesita darme algo. Yo simplemente lo sigo. Caminamos entre las sombras hacia la Tierra de lo imposible. “Ya verás, dice, cuando crucemos esa delgada línea, entenderás”. 

El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

El pasajero

Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico. 

No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio. 

Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos? 

Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.

Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.

-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.

Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo. 

Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.

-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.

-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.

Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.

Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre. 

Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír. 

Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.

¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.

-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.

La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.

-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.

Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.

El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.

Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.

Daniela Olavarría Lepe.

Cotilla

El arte de escribir puede ser un don o un maleficio, dependiendo de quien lo mire.

Convierte al autor en una especie de espía social. Un observador meticuloso como se muestra a Sherlock Holmes en la televisión y el cine. 

En palabras sencillas el escritor se vuelve copuchento. Cotilla como se dice en España. Cada detalle es valioso. La forma en que sujeto puede hablar, expresarse o esquivar la mirada. La manera en que cierra su chaqueta, el vaivén de su caminata o el chirrido de sus carcajadas.

Recuerdo una oportunidad que caminaba rumbo al metro. Mi ruta de retorno consistía en viajar desde Santiago centro hasta las afueras de la capital. Era un viaje largo, lares que muchos no reconocen como Región Metropolitana porque no está dentro de las direcciones estándares de una calle:

Camino LO CASTRO. Parcela NªXX. Sitio XX-X. Estación Colina. Comuna de Lampa.

Para los delivery, una dirección así no pertenece a la Región Metropolitana. Para los Uber tampoco y si pides un transporte para llegar a esa ubicación, te cancelan, porque “no les sale a cuenta”. 

En fin, no quiero distraerme. Hablar de detalles a veces me pasa la cuenta. Ser copuchenta también. Esa tarde en el metro escuché tantas historias que mi memoria las mezcló todas. No quise sacar el celular para tomar notas, menos una libreta. Ya imaginan por qué, pero también porque era imposible hacer algo en ese vagón más que encontrar un espacio apto para apoyar ambos pies.

Ese día había al menos 34 grados de calor, a la sombra. Cargaba mi mochila al frente, como una gran barriga. Vestía una blusa sin mangas, jeans, sandalias y muchos parches curitas que se despegaban de las heridas de mis talones.

El vagón olía a diantres. Era plena hora punta y donde pude aferrarme era al costado de un sujeto espalda peluda, camiseta de la Cato y fanático de Luis Miguel. Usaba unos audífonos enormes. A pesar del bullicio del tren, pude escuchar “Tengo todo excepto a ti”.

-Se inicia el cierre de puertas…

Un tumulto mayor entró en el vagón y necesité hacer equilibrio. Una muchacha masticaba chicle desde su asiento. Chateaba con el teléfono. Sus ojos se movían de un lado a otro. A veces sonreía y enviaba emoticones: un beso, un corazón, otro corazón y otro corazón. Quien le escribía se llamaba, “Amorcito bebé”.

-Próxima estación. Next station… La Moneda.

-Atención, dama, caballero, mi intención no es molestarlos. Sólo ofrecer un momento de agrado de regreso a sus casa’…

-Y yo le dije, weona no…—dijo una señora—Pero ella se le tiró encima y se lo comió weona…Ahí mismo en la oficina.

-Pucha maire, adiós dieta entonces…

-Aloh… se escucha. Sí. Sí—entonó el cantante urbano—vamo’ a empezar con la improvisación.

-Vendo aguita, pa’ la sed, pa’ la calor…

La Moneda…

El tren frenó de súbito y varios tropezamos. Se escucharon quejas, un par de grititos. 

-Me saqué la chucha en verdad…

Yo logré salvarme. El zorrón que estaba atrás mío, efectivamente, se sacó la chucha. Su amigo pelirrojo, no lo ayudó. Estaba “cagado” de la risa. “Me meo”, lo escuché decir, cuando al fin le tendió la mano. 

En mi caso, quien me salvó fue el sujeto fan de Luismi. Le agradecí cordial y él, para mi sorpresa, sonrió. El rostro de la gente cambia cuando sonríe. Hasta lo encontré bonito. 

El sujeto bajó en la estación Los Héroes al igual que yo. Lo último que logré escuchar fue “No me busques, no me llames…”, pero mi atención se había posicionado en otra persona. Un chico que acababa de ingresar al vagón antes de que yo bajara. Tenía los ojos llorosos y las manos cubiertas de helado de chocolate.

Retrocedí años atrás, cerca al Metro Santa Lucía. Estaba sentada frente a un chico en la mesita de una heladería. Él cabizbajo miraba el helado de chocolate que yo había pagado. Me sentía culpable. Le acababa de decir que no podía salir con él, porque ya no sentía lo mismo que el día que me declaré. Era mentira. Estaba muerta de miedo y quería arrancar. En temas del corazón siempre he tenido miedo y ese día, cuando me llamó por teléfono, viajé dos horas en transporte público para verlo. Esa mañana, había escuchado su desesperación. “Necesito hablar contigo”, había dicho y yo pensé de inmediato: “me va a patear, por burra”.

Llevábamos saliendo—o algo parecido—un par de semanas en la universidad, pero luego salimos de vacaciones y yo simplemente me hice “la loca”. Les digo, soy cobarde, con todo, ese día viajé dos horas en bus para verlo y lo primero que me dijo cuando me vio fue: “estoy saliendo con una chica, pero me gustas tú, por favor dime qué hacer”. 

«A la mierda», pensé.

-Sal con ella y listo—le dije a secas y por su expresión, entendí que su plan se había ido al carajo. 

Esa tarde, mientras tomábamos helado, yo intentaba actuar como si no me importara, aunque en realidad quería darle un abrazo. Le había roto el corazón. Sus manos temblaban mientras el chocolate se derretía entre el cono y sus manos. Jamás voy a olvidar aquellas manos. 

El tren desapareció en el túnel y el chico dentro de él. Me pregunté si le habrían dado un abrazo. Yo se lo habría dado.

Mi última parada fue la estación Patronato. Para ese entonces mis pies apenas sentían las zuelas de mis sandalias. Caminé, arrastrando los pies por las escaleras, pasé el torniquete y tomé la escalera mecánica. Salí directo a la Vega. Lo primero que sentí fue un grito, el pitido de una bocina y el calor abrazador.

Esquivé a un ambulante, a otro, a otro y a otro. Pregunté por el precio del agua en un puesto de mote con huesillo, pero estaban muy congeladas. Seguí por la Vega—“donde no está Dios está la Vega”—y me ofrecieron tomates, plátanos y uvas globo. 

Escuché un silbido, una chicharra, un ofertón. Lo que más me tentó en ese momento fue el olor a cilantro, a tierra y a fruta. Olía a curtidos, a cebolla en escabeche, harina tostada y frutillas frescas. Era época de frutillas. Me tenté y compré medio kilo. Quien me atendió era bajito, calvo, aunque llevaba gorra. Me regaló una matita de ciboulette y me ofreció zapallo y tomates.

-También tengo cebollines caserita…

-No, gracias—y me fui. Mi abuelo vendía cebollines, seguramente eran los mismos que ofrecía el caballero.

Caminé hacia la Estación la Paz. Por la calle pasaban vehículos y gente empujando grandes carros. Iban cargados de cajas, de verduras, frutas o cajas vacías. Por los costados, las vitrinas vendían curtidos y frutos secos. 

En la esquina, don Luis entregaba el vuelto de una señora que acababa de comprar una botella de agua sin gas.

-¡Don Luis, cómo le va!

Hola niña, bien. Aquí estamos. Cómo está la salud, la familia, los estudios.

-Ya estoy trabajando don Luis, llevo un par de años trabajando.

-¡Que bueno escucharlo! ¡Cómo pasa el tiempo! Pero me alegra saberlo. Primero son los estudios, después encontrar trabajo. Así ayuda a los papitos, que la criaron y la formaron.

-Así es…—el semáforo pasó a verde—Me alegra haberlo visto. Saludos a su familia.

-Lo mismo digo niña—y me regaló una bebida que sacó de un cooler y secó con un paño. Era de pomelo, la homologa de la “Quatro”. Se me hizo agua la boca, estaba heladísima.

Crucé la calle. Era la rutina de siempre. La hacía desde que iba al colegio. Un día don Luis me saludó y al día siguiente yo lo saludé a él. Así lo hacemos hace años, incluso si no nos vemos por mucho tiempo. El tema de conversación es el mismo. Los minutos son escasos, con lo que dura el semáforo basta. 

Un día él simplemente me dijo su nombre y yo lo recordé. Desconozco si él recordará el mío. Lo único que sé, es de lo que hablaremos la próxima vez que nos veamos. No importa ya de lo que estaba hablando cuando comencé esta historia. En ese momento ya estaba en el bus rumbo a mi casa. “En LO CASTRO” dije y el chofer se atrevió a decir “¡Ay no!” Tomé asiento donde no me llegara el viento frío. Una pasajera en el bus, sonrió desdentada y me ofreció sopaipilla mordisqueada. Para ese entonces ya era invierno. Se los dije, soy copuchenta. Buena para los detalles, salvo que a veces me confundo y ésta ya es otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

Señales

Había una vez un tal “Perico” que un día decidió comprar un auto. Esa misma tarde, el auto apareció al menos veinte veces, incluso en sus sueños. Tal vez, en aquel comercial de los 80’, estaba soñando. Por eso le gritaban “¡Cómprate un auto Perico!” y no porque prefería perseguir a su eterna novia en bicicleta.

El día que yo decidí comprarme un auto, lo pensé en color azul, o más bien “morado”, y en efecto, apenas encontré el modelo que me gustaba, el auto apareció en cada esquina hasta el día que viajé a la concesionaria y lo compré, aunque en color rojo, sólo para darme el gusto de eludir las señales del destino.

Tal vez aquella fue la razón de que nunca haya podido utilizar el auto como quería y una mañana, camino al trabajo, quedara atrapada entre una camioneta, un camioncito y un taxi, en plena rotonda de Vespucio Norte.

El auto lo vendí con menos de 10.000 km. Ahora, posiblemente le habría sacado más provecho. Desde ese entonces he aprendido muchas cosas, entre ellas a escuchar las señales de tránsito.

La vida está llena de señales de tránsito: “Luz verde, luz amarilla, luz roja”. “PARE”, “SIGA”, “NO ESTACIONAR, NI DETENERSE”. Dicen que la luz del semáforo más peligrosa no es la roja, es la verde. Porque el conductor insta pisar el acelerador a fondo antes de que aparezca la “luz amarilla”. 

En la vida, aquel jueguito del cambio de luces es peligroso. Tengo una amiga muy pava que pensó que le habían dado “luz verde” y finalmente nunca pasó de la “roja”. En fin, por allá anda llorando mi comadre, diciendo que no va a querer nunca más y que “mejor sola que mal acompañada”. Si soy honesta le creo poco, la conozco desde hace mucho. Es de las que lee las cartas, usa talismanes y busca números repetidos por las calles. Seguramente seguirá nuevas señales y una de ellas la guiará hasta otro perico, uno que sea más gallito. Que tenga su propio auto o que prefiera salir a caminar con ella. Esperando en el cruce de peatones para robarle un beso o para tomar su mano. Es probable que en ese momento aparezca yo, tocando la bocina. Primero feliz, luego pidiendo que apresuren la marcha. También quiero encontrar mi propio final feliz. Siguiendo señales; quizás, cumpliendo sueños. Los de verdad, aquellos que generan tal anhelo, que ni los desvíos del camino lograrían distraer.

Daniela Olavarría Lepe

Antelación de una visita

Fue una de las noches más calurosas de todo el verano.

A las tres de la madrugada, cuando el celular indicaba una máxima de veinte grados, dormir sobre la cama con el ventilador encendido era la solución más sensata.

Las luces apagadas, el silencio roto solo por el reloj y el canto de los grillos, llamaba al sueño en aquel lugar alejado de la vida citadina y llena de matices.

Era una casa pequeña, donde apenas vivían tres mujeres, aunque tan solo una se encontraba presente. Irene, que alerta cuidaba de la casa mientras su madre y su hermana salían de vacaciones unos días, trataba de conciliar el sueño sin mucho éxito.

<<No pienses—se decía una y otra vez—cuenta ovejas…una, dos, tres…¿Estarán dando alguna buena película en el cable? Podría escribir un poco…Tal vez si comienzo a pensar sobre el próximo capítulo de mi…>>

El extraño movimiento de su cama la puso en alerta. Supuso entonces que se trataba de un ligero temblor, por lo que una vez más cerró los ojos.

Con todo, el temblor no se detenía.

<<Es demasiado largo—se dijo tomando asiento—Es un terremoto…>>

Alcanzó a ponerse de pie y llegar al arco de la puerta, cuando una sacudida que no esperaba la elevó en el aire. Apenas pudo mantener el equilibrio. En la oscuridad, escuchaba el crujir de las ventanas, la caída de los platos y los muebles. Los perros ladraban, los gatos corrían por el techo y escapaban quien sabe dónde. Pudo tomar la linterna en su escritorio y entre tropiezos avanzó por el pasillo iluminando de un lado a otro. Pronto encontró a quién buscaba. Era una perra pequeña, de tres años y similar a un Jack Russell. Lucía indefensa y temerosa, sus ojos vidriosos intentaban comprender qué estaba ocurriendo. Oculta entre los sillones, gemía de miedo e incertidumbre.

El movimiento no se detenía, resonaban las pareces y ventanas. Platos y vasos caían en la cocina.

-Ya…tranquila—dijo tomando a la pequeña con una de sus manos y sosteniendo la linterna con la otra. El movimiento se hizo calmo. Algo aliviada se trasladaba a la salida de la casa cuando el sonido similar al vuelo de un avión la tomó por sorpresa.

El sonido aumentaba en fuerza y velocidad. Se asustó. La perra temblaba y generaba sonidos quejosos. Sin soltar al animal, corrió al patio de su casa. O era una réplica muy fuerte, o…

Miró al cielo. Un avión comercial, con las alas más grandes que había visto, caía directamente hacia su casa.

<<MIERDA>>

Un grito general se escuchó en las cercanías, no era la única que lo había visto. Por instinto quiso correr hacía el lado contrario, mas solo atinó a mirar boquiabierta como aquel avión atravesaba el cielo para estrellarse directamente en el terreno aledaño al suyo.

El fuerte impacto remeció el suelo, tanto como aquel terremoto ocurrido a las 3:34 a.m. del 27 de febrero del 2010.

Daniela Olavarría Lepe

A secas

Se había acostumbrado a perder y como algunos dicen aquello es la peor costumbre que el ser humano puede adquirir. Es que le habían roto el corazón tantas veces, que cada chispa que surgía solo demostraba cuan testarudo puede ser ese músculo para nada similar a tarjetas melosas de San Valentín.

La primera vez apenas pudo levantarse del bus que la transportaba a su casa. Literalmente sentía todo como arcilla. Fue incapaz de llorar y mucho menos fingir indiferencia. Era tan forzoso demostrar que todo estaba bien, que pronto supieron en casa que no lo estaba. Pasó encerrada dos días continuos. No lloró, solo se mantuvo con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago. Al tercer día, se levantó y en soledad lloró.

La segunda vez lloró también, en soledad, durante la noche. También dos. Lloró porque se sintió tonta. Lloró porque no pensó que la historia ocurriría dos veces.

La tercera no pudo llorar, porque él estaba ahí. Estaba ahí contándole de su novia, de cuanto la quería y que pronto llegaría. El muy cabrón la llevó a su defensa de tesis. El muy cabrón sabía que ella lo quería, porque leía el aura y podía sentir la tristeza.

La cuarta vez, lo lloró de nuevo porque finalmente comprendió que no conseguía nada callando sus sentimientos. Decidió confesarse, pero él la rechazó cordialmente. Tenía novia. Ese día lloró, pero solo resultó un congojo. Lloró un poco más en la noche, en su habitación. Su fiel consejero estaba ahí, un oso tan viejo como ella y bueno preparando té con canela para relajarse.

La quinta vez, fueron muchas quintas veces. Lo quería, lo odiaba y lo volvía a querer. Siempre lo vio lejos de su alcance, siempre lo vio con otras. Lo lloraba en clases de yoga, repitiendo OM para vibrar con el universo y que las vibras llamasen a quien respondiera sus cantos.

A contar de la sexta, su corazón ya no era un cristal liso y brillante. Era el cumulo de muchas grietas que con cuidado pegaba con sabia de algunos alerces. Le gustaba abrazarlos, la cargaba de energía y aliviaba su espíritu.

La séptima vez, no supo si le rompieron el corazón porque no necesitó repararlo. Más bien fue un instinto bélico. No quiso saber nada más de él y su corazón tampoco.

Hace un tiempo no se rompe, simplemente surge una chispa. Algo que ilusiona, solo un poco. Luego, más pronto que tarde, se decepciona, pero ya no se rompe. Simplemente se agobia con un nudo en la garganta. Pequeño, sutil, fútil.

Le asusta un poco, porque comienza a preguntarse si alguna vez volverá a sentir. Como la falsa sonrisa, aquella que otorgas para decir que todo está bien. Ella se lo pregunta también, se pregunta si alguna vez volverá a sonreír.

Daniela Olavarría Lepe

Rastro

Tengo la imagen de este pirata caminando en la penumbra. 500 años en el futuro. Con su pierna metálica oxidada y jocosa debido al frío. 

Va lento, trastabillando de tanto en tanto. Apoya sus manos para no perder su ojo de vidrio y otras para no escuchar más las quejas de su rodilla. 

En el trayecto piensa, calcula la posición de su objetivo. Tal vez, si atraviesa el océano, ese que alguna vez tuvo mar, encuentre un lugar donde guardar su barco.

Para un pirata del futuro, el mar es su tesoro. El mar, el presente y todo aquello que el hombre no supo tomar en cuenta. Porque pensó que el oro era más importante… El oro, pretensiones vacías y por sobre todo, el miedo.

Daniela Olavarría Lepe

El canto del chucao

La primera vez que intimé con una mujer estaba borracho o como se dice estos días, caliente. Por ello, cuando miro a esa chiquilla, me pregunto si lo que provoca en mí es eso o algo distinto. No puedo dejar de pensar en ella como un mal recuerdo. No es que me moleste, de hecho, trato de ignorarla, pero insiste en fijar esos ojos color miel en mí… tan bonitos y tan… Ay mierda… Continue reading →

Huevo Romano

Buenos días. El motivo de esta carta es comunicar que desayuno en Roma. Sí, en Roma. Lo puedes creer? Hace dos años no lo hubieras imaginado. Continue reading →