El ruido que emana el silencio

No puedo con este silencio. La parsimonia de no saber e imaginar más de la cuenta. Siento que me estoy convirtiendo en otra persona. El mendrugo de un ser que antes sonreía de emoción ante el aroma de la mañana. La que veía el sol como el inicio de una aventura, el vaso medio lleno. El aura vibrante que llama a ver lo bueno incluso en lo miserable.

Estoy triste, sí. No porque esté sola o porque la fortuna no me sonría. Es la tristeza que genera el vacío de tenerlo todo menos aquello. La remembranza de una vida que me pareció muy mala y ahora considero la mejor de todas. Donde el silencio se rompía con el canto de un ave silvestre, donde me imaginaba en tierras indómitas y místicas. Hoy el sonido de la brisa y el canto de la bandurria cambian a disparos, música foránea e incertidumbre. 

No puedo con el silencio. No aquel que vibra en las ventanas de mi habitación, sino aquel que otorga. Ese que más duele. Porque fui ciega y sorda. Me acostumbré al silencio y preferí permanecer en él porque ciega y sorda seguía sonriendo. Después de todo el sinónimo de la inocencia debería significar “aquel que no quiere escuchar ni ver”.

Con todo, este silencio pesa en mi pecho como si a mi tronco hubieran atado un saco. Me jala hasta lo más profundo de mis pensamientos. Me impide caminar, me impide pensar con claridad.

Quisiera que todo volviera a ser como antes. Desearía volver a ser más valiente y él lo fuera también. Porque ambos somos unos cobardes. Cobardes de la vida, de nuestras decisiones. No lo juzgo, no es bueno juzgar a la gente sin conocer todo el panorama. Me baso en suposiciones, ideas que surgen en mi cabeza por culpa de este silencio.

Tiempo atrás, en una iglesia, escuché un relato que jamás pude olvidar. La historia de un hombre que permanecía colgado en un precipicio, cubierto por la niebla. En su desesperación, el hombre pidió ayuda a Dios y Dios le dijo “Suéltate”. El hombre no lo hizo, prefirió aferrarse al precipicio. Cuando lo encontraron, estaba muerto, colgado a sólo unos centímetros del suelo. 

Si me hubiese soltado del precipicio, estaría en otra parte. Estaría contando una historia diferente, una que empieza en un día nublado, con la ventisca que remueve las latas de los techos, empuja los árboles y aplasta la hierba. Yo saldría de una leñera húmeda, cargando palos secos y otros con musgo entre sus recovecos. Me pesaría la carga, pero la posaría sobre una carretilla cuya rueda rechina mientras avanzo por las piedras y el barro. 

“Ya queda poco” me diría con la respiración cortada. En mi imaginación me esperaría el agua hervida, un trozo de kuchen de manzana y una taza de té lista para servir. 

En el arribo a la entrada de mi casa, la carretilla tropezaría en pleno con una piedra y yo perdería el equilibrio. Seguramente maldeciría el clima, al dios de la tormenta o las carcajadas de la Madre Tierra. 

-¿Estás bien?—me diría él, tendiéndome una mano. Yo aceptaría su ayuda y me pondría de pie—¿Te pasó algo?

Yo no diría nada, pero en un arrebato rompería a llorar y le daría un abrazo. “Ya…ya” me diría él en un consuelo apenas audible.

-¿Por qué tardaste tanto?—yo diría entre sollozos. 

-Porque no fue fácil.

-Nunca lo es—Y permaneceríamos así. Abrazados a pesar de la tormenta, entonces, luego de una mirada cómplice, entraríamos la leña y pondríamos el agua nuevamente a hervir. Esta vez serían dos tazas. Un café para él, un té para mí y una porción de kuchen para compartir.

Daniela Olavarría Lepe.

El valor del momento

Gracias. La vida se conforma de pequeños momentos. Thank you. Los recuerdos consisten en retornar a nosotros los instantes en que estuvimos vivos. Arigatō. Nuestra mente es una máquina del tiempo. El guionista en una película de ciencia ficción que nos hace recordar cuando estuvimos vivos, imaginar sobre nuestro futuro y olvidar el único momento en que realmente existimos. Nuestro propio presente.

Esta historia es una hebra que se hila, como las raíces de un sabio alerce. La trama de una novela, la gota que se desliza por los surcos de una hoja hasta caer sobre un charco de agua. El punto de origen que se expande como el aleteo de una mariposa que generó un sismo al otro lado del mundo:

Obrigado. 

-Se dice abrigada—dijo la joven al grupo de amigos que la acompañaban en su viaje. 

Cruzaban hacia la Vila Nova de Gaia, durante un atardecer confuso entre el sol del verano y el gris del otoño que busca su trono. Colores grises de las nubes interrumpidos por los rayos de sol que intentaban atravesar de bruces el río Duero, mientras barcas de todos los tamaños recorrían su caudal. La luminaria surgía tímida entre las construcciones asentadas irregulares y coloridas. 

El metro asomó al otro extremo del puente desde Gaia. Los ciclistas y transeúntes se hicieron a un lado. Las gaviotas sobrevolaron las cabezas de los turistas que intentaban fotografiar el paisaje. La joven permaneció perpleja un momento ante la postal. El sonido de los pasos, las charlas y las risas se volvían ajenas antes el ocaso. La paz que calmaba su recorrido sólo era interrumpida por los recuerdos del pasado. Ella deseaba que “él” hubiese estado ahí. Lo que por meses se transformaba en el recuerdo de un extraño, ese día aparecía en su retina como la viva remanencia del día anterior. Si tan sólo no hubiera visto su fotografía por redes sociales, tal vez el disfrute del paisaje habría sido otro. 

Fue por casualidad. De esas casualidades traidoras del universo que te ponen a prueba. ¿Cómo realmente sabes que has olvidado a alguien? Muy fácil, cuando al recordar su nombre o ver su fotografía no significa nada para ti. 

Para Marta no fue así. 

Cuando vio su fotografía en las redes sociales fue extraño. Era un recuerdo de hace tres años, cuando vivía en el sur de Chile. En la fotografía ella lucía cansada, ojerosa y con una sonrisa forzada porque odiaba las fotografías cuando no era ella quien las tomaba. A su lado, aparecía él y, todo lo contrario, con una facilidad mayor para otorgar sonrisas honestas incluso si ella recordaba que no estaba de ánimo para sonreír.

Esa noche, a pesar de estar de vacaciones al otro lado del charco, lloró ante el recuerdo como si se hubiesen despedido en ese mismo instante. Su separación no había sido por medio de discusiones o una relación que hubiese terminado en fracaso. Simplemente se habían despedido con un “adiós”. Con todo, ese “adiós” significó para ella un presentimiento. “Nunca más lo volveré a ver”, pensó y en efecto, así fue. Las citas se aplazaron, los mensajes dejaron de responderse y los “me gusta” en Instagram dejaron de aparecer. Un día él escribió por mensaje de texto “Dame un poco de tiempo”. Ella al instante quiso saber por qué. Por largo rato escribió una y otra vez, desesperada, entre lágrimas o resignada, la sentencia de quien por esos días ella consideraba su cómplice. Desde el otro lado del teléfono, “Él” leería en su pantalla “Marta está escribiendo…” una y otra vez y por más tiempo que ella, él esperó lo que fuera que ella tuviera que decirle. Sin embargo, ella calló y de súbito tiró el teléfono al otro lado de su habitación. Los días siguientes, ninguno se atrevió a replicar y tanto él como ella terminaron por comprender el valor del silencio. Luego, el tiempo simplemente continuó su curso hasta tres años más tarde, cuando ella vio su foto y los recuerdos volvieron a aflorar.

La bocina de niebla de una barca turística alzó el vuelo de las gaviotas. Marta levantó la vista un momento, aunque los sonidos le parecían a ratos como una realidad distante.

Su mano acarició la baranda metálica que la separaba del río metros más abajo. Rememoró la mano de “él”, grande y larga entrelazarse con la suya. El calor, la calma, la naturalidad que existía entre ambos cuando estaban juntos. Momentos que se percibían de toda la vida. ¿Cómo un instante finito logra ser eterno?

-¿Y si digo «abrigadou»?—dijo Carlos de pronto. El novio de Olivia, bajito y melenudo detuvo abruptamente su caminata. Olivia, que aún olía la rosa que Carlos le había obsequiado en el mercado, también detuvo sus pasos. 

-Eso es para los hombres. Las mujeres, es “abrigada”.

-¿Y si no tengo frío?—soltó Marta, que intentando despejar su cabeza, pensó en un muy mal chiste.

-¡Es que tengo muuucho calor!—siguió Carlos abanicándose. 

Marta rio sincera y con ella Olivia que la empujó porque le gustaba empujar a su amiga. Siguieron el recorrido hasta Gaia, apresurados porque el cierre de la Bodega Sandeman sería pronto. La suerte no los acompañó esa vez. Cuando llegaron a las puertas del edificio construido en 1790 el guardia señaló su reloj. “Llegaron tarde” y cerró las puertas con un gesto de resignación.  

-¡Te dije que te apresuraras, pero vos andás con la cabeza en otra parte!—la reprendió Olivia y Marta lo culpó a «él», porque tal vez «él» la hubiese motivado a correr más rápido e incluso hubiera intervenido con el guardia para entrar a la bodega aunque fuera por cinco minutos.

El cielo se cubrió de nubes resueltas. Marta reconoció el agua que amenazaba sus colores oscuros. La lluvia se hizo presente poco después. Estaban a varios kilómetros de distancia del hostal donde dormían. Cuando el cielo decidió bajar a tierra, se encontraron corriendo por las calles nocturnas de la ciudad. Eran viajeros, cargaban apenas las suficientes prendas para llenar sus mochilas. “¡Mis calzoncillos!” Gritaba Carlos y ambas mujeres reían histéricas, protegiéndose con las manos y evitando tropezar sobre los adoquines. Marta por un momento olvidó incluso la sensación de estar aferrada a “su” brazo. “Su abrazo” El de «él». El aroma que emanaba su esencia y la naturalidad de buscar su cercanía. Se vio entonces, en otro espacio. Uno lejos del clima cálido que brindaba Europa esos días. Se vio años atrás, es un pueblo. Un sitio apartado del vicio mundano de la capital. Cercana al mar, bajo una tormenta fría, días previos a la llegada de la primavera. Ella apartaba su vehículo a un lado de la berma. 

“Voy a buscar algo para comer y luego hablamos” Escribió en su teléfono celular.

“Te llamo en unos minutos” recibió como respuesta y sonrió.

Estaba a unos kilómetros de Calbuco, en la décima región de los Lagos. En el fin del mundo. En un país largo y angosto llamado Chile. Conocidos que tenía en la ciudad de Valencia solían bromear sobre su país. No podían entender que ella viviera en un lugar tan estrecho. Ella simplemente sonreía. El mapa del mundo era como la ansiedad. Muy diferente a lo que la realidad podía ser.

El viento la empujó contra el auto y ella debió proteger su rostro del azote. Su piel estaba muy dañada con la brisa marina. Cubierta de manchas por la exposición solar y una rosácea que coloreaba sus mejillas, aunque jamás le hubiera gustado usar rubor. Caminó a pesar de todo contra esa lluvia infinita que la calaba y entumía hasta la punta de sus dedos. Tenía hambre y necesitaba calorías para continuar su viaje.

Llegó a un local. Un carrito de comida con un apartado techado. Había algunas mesas y sillas plásticas vacías. La dueña la había visto desde la ventana de su casa metros atrás. Marta consiguió notarla desde lejos. La mujer tardó unos minutos en salir, seguramente se planteaba si una clienta valía la pena para cruzar una tormenta.

Con todo, la mujer salió de la casa y se cubrió con una capucha. Marta la vio correr hacia ella. Tendría unos cuarenta y algo. Cuando llegó le sonrió amable. Marta agradeció la sonrisa, era una sonrisa honesta, de aquellas que no se puede valorar con las estrellas de una aplicación. 

-¿Qué se va a servir?

Marta leyó un cartel con los precios escritos a mano.

-Un completo italiano y un té—dijo ella. 

La mujer sonrió. La envió a tomar asiento porque la lluvia no escamparía hasta más tarde.

-¿Y cómo le pago?

-Efectivo o transferencia—dijo ella.

Marta indicó que prefería la transferencia y la mujer dijo que le daría los datos para pagar. Poco después, mientras la joven agregaba salsas sobre el hotdog, la dueña del local le entregó un papelito escrito a mano.

-A mi cuenta Rut nomás—dijo la mujer y fue la última vez que la vio.

Después de comer Marta intentó ubicarla. Por señas, miradas hacia la casa. La mujer simplemente había desaparecido. Marta permaneció unos minutos más. Nada. Miró su celular, nada. Tampoco. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. 

Decidió entonces hacer la transferencia y dejar como referencia algo que a ella la destacara. “La niña de lentes redondos que compró un completo en la lluvia”, tipeó. Luego escribió en el mismo papel donde la dueña del local dejó sus datos para transferir. “Gracias, hice la transferencia a su cuenta. Buena tarde”. 

Ella simplemente pudo haberse ido. Sin pagar. Nadie lo hubiese notado. La mujer sin duda lo habría lamentado. Pero Marta pagó y se marchó. Tal vez nunca más vería a esa mujer, en la vida, pero le había dado un voto de confianza. Con sólo mirarla. Aquello Marta jamás lo iba a olvidar.

-¡Entremos acá!—dijo Carlos, que las llamó a un local metros adelante.

Los pensamientos de Marta retornaron a Portugal. La lluvia los había empapado, pero no hacía frío. Los tres estaban famélicos. El restaurante donde Carlos las había invitado, servían francesinhas. Un plato típico de Oporto, un sandwich, con salchichas portuguesas, jamón, bistecks de carne, queso derretido por encima, huevo y salsa de tomate. El aroma y el calor los motivó a tomar asiento. Un mozo les llevó la carta, pero ellos pidieron dos francesinhas para compartir. El mozo, alto y de facciones atractivas sonrió. Hablaba español y los tres amigos decidieron pregunta por la “intriga del agradecimiento”. 

-Se dice obrigado, para los hombres—dijo el mozo mientras les servía los platos.

-Gracias—dijo Carlos. Marta y Olivia rieron.

-Obrigada para las mujeres—continuó el mozo divertido.

-Obrigado—dijo Marta cuando el mozo le sirvió el plato.

-De nada—dijo el mozo y le sonrió.

Fue una sonrisa honesta, como aquella que realiza un fan cuando su actor favorito norteamericano intenta hablar en español. Un agradecimiento al que intenta ser amigable con la tierra que lo recibe. 

Marta fijó su vista en un gato negro. Era un gato sentado muy recto en el borde de un pilar a las afueras del restaurante. Marta pensó en la Profesora McGonagall de Harry Potter. Se contaba que el bestseller había sido inspirado en esa ciudad colorida, de irregulares callejuelas y edificaciones dispares. ¿Por qué aquel gato de postura erguida no podía ser un brujo que pensativo buscaba escampar la lluvia? Tal vez la magia no estaba en formular un paraguas con su varita mágica, sino apreciar el momento: El goteo sobre el toldo que separaba calle del restaurant, un barril que hacía pensar que tal vez un pirata se escondía en su interior, el semáforo que daba luz verde, pero sin un vehículo qué cruzar. El tranvía, detenido, que encendía las luces para visualizar en camino. ¿El camino hacia dónde? Hacia un reino oculto de seres fantásticos. 

La magia está en el momento, pensó Marta. Como aquella vez frente al mar, una tarde hibrida entre invierno y primavera. ¿Por qué siempre debían ser tardes hibridas entre dos estaciones? 

Con el auto estacionado frente a la playa en Lenca, una playa de arenas grises y formas planas, donde podían visualizar las formas del continente. A Marta siempre le gustaba recordar que eran un pequeño punto entre los miles de puntos que conformaba el universo. Un grano de arena que se confundía con millones y se mezclaba con los pasos pesados que los aplastaban con su andar.

-¿Qué piensas?—dijo él buscando su aroma. Lo encontró en su cuello y su cabello. Ella salió de su distracción, para disolverse en otra. Unió su palma contra la de él. Sintió el olor de su perfume cuando estuvo cerca. Su corazón aún latía cuando recordaba ese momento.

El mozo dejó sobre la mesa dos platos de francesinha al mismo tiempo que Marta, confundida y con cierta decepción, se percataba que el gato ya se había marchado.

-¿Y vos por qué no comés?—dijo su amiga. Marta sonrió azorada y Olivia confundió el gesto con el interés que mostraba Marta hacia el mozo que trabajaba unas mesas cerca de la entrada. Olivia sonrió con picardía y llamó la atención del mozo. 

-Ay no, esta Olivia…—escuchó Marta mascullar a Carlos.

Marta no alcanzó a detenerla. El mozo apareció solicito y sonrió amable.

-¿Algo más?

-¿Algo más chilena?—dijo Olivia con evidente intención.

-¿Eres de Chile?—dijo el mozo interesado. Marta se ruborizó—Mi novia es chilena, espero un día conocer el país. 

-¿De qué parte de Chile es?

-De Santiago. Vino a Porto por estudios.

Como nadie hizo alguna observación adicional, Carlos pidió más bebidas y Olivia, a modo de disculpa para su amiga, pidió un vaso de Ginja.

-Para pasar las penas—dijo Olivia.

Marta sonrió. Olivia pensó que su amiga se había recuperado rápido y dejó el “ligue” que intentó conseguir para Marta para molestarla más rato. Con todo, la sonrisa de la joven se debía al gato que había regresado a su tribuna y con un pequeño abrir y cerrar de ojos le había otorgado un saludo.

-¿Y tú?—distrajo a un gato las caricias de un transeúnte. Marta se sintió helada. Podía reconocer donde fuera aquella silueta. 

En un amago de levantarse empujó la mesa con comida. Olivia y Carlos notaron la palidez de su amiga. Marta no les prestó atención. Caminó hacia la salida, cuando el joven que acariciaba el gato se arreglaba la capucha que lo protegía de la lluvia. Marta logró distinguir sus facciones y con decepción comprendió que no quien ella pensaba.

<<Que tonta>> 

-Lindo gatihno—dijo él amable. Ella fingió cordialidad, aunque el nudo en su garganta era incontrolable. Permaneció ahí unos momentos, observando al muchacho retirarse y trotar para no mojarse más de la cuenta.

-Linda gatita—dijo ella que reconoció su género. La gatita permitió las caricias—Me siento una bruta. ¿Existe algún remedio para dejar de serlo?—Ella había escuchado que los gatos eran verdaderos brujos. Podían distinguir entre una persona buena y una mala. Sabían cuando su “humano” estaba enfermo y cuando estaba triste. Ella no le pertenecía a esa gatita, pero la felina sabía que ella estaba triste. ¿Por qué no había dicho nada? ¿Por qué «él» no había dicho algo? ¿Por qué seguía importando si el tiempo seguía pasando? ¿O acaso seguiría viendo su nombre, percibiendo su esencia y presencia en su memoria y en otros hasta que finalmente decidiera dejar de guardar silencio?

<<Pero lo hice—se dijo ella—y él también lo hizo. Fin del asunto>>

Respiró larga y profundamente. Por ese instante decidió obviar el dolor y la tristeza. Prefirió calmarse con el sonido de la lluvia, las caricias de la gata que ronroneaba amistosa y sus amigos que la llamaban a retornar a la mesa.

-Obrigada—le dijo a la gatita. Ella cerró brevemente los ojos y los abrió. Marta comprendió. “De nada” había dicho y satisfecha de aquel pequeño triunfo retornó con sus amigos.

Daniela Olavarría Lepe.

Mirada a la Mezquita - Categral

El abrazo de la Mezquita

El calor quema mi nuca, pero la brisa me refresca los hombros. Escucho un coche metros adelante. La campanilla resuena más fuerte que los cascos del caballo que dirige el carro. Las pisadas de los turistas surgen como un ruido secundario. El sonido de miles de talones tocando cientos de años de historia. 

El Alcazar de los Reyes Cristianos me recibe con la figura de un caballero templario. Magnánimo observa indiferente al público. Hablan en inglés, francés, coreano y español. Hay más, pero es lo que reconozco. No es importante, todos estamos ahí, rodeados de ecos tallados entre las pareces que nos reciben. 

Veo mosaicos, restos romanos y cristianos. La obra de Edipo figurada en miles de cuadritos coloridos que configuran su rostro y el de Medusa y el de Eros y Psique.

Camino entre cámaras que en otros tiempos resguardaron gigantes, entre arquitectura romana, árabe, visigoda y cristiana. Me convierto en la viajera del tiempo que escribo en mis historias. Historias paralelas de momentos distantes en mi vida y otros que forman parte de amores fugaces y ficticios. 

Cuando llego a Alcazar, percibo la sombra de sus limones y escucho el agua que rocía sus piscinas. Me veo sola entre un conjunto de extraños que bromean entre ellos o buscan estresados la salida. Deseo desviar mis emociones hacia el presente. Estoy en paz, me apoyo en estatuas que colaboran para que tome las mejores fotografías. Consigo un par y, cuando estoy satisfecha, pienso… Pienso. Pienso en una nueva historia:

-¿Imaginas si los arcos de la mezquina fueran en realidad gusanos?—dijo Antonio abrazando a Javiera por la espalda. 

-O muchos dulces—dijo ella. 

Lo expresó con gracia. Siguiendo el juego de su novio. Era su primer viaje juntos. Con todo, se sentía extraña. Momentos antes, afuera de la Mezquita, un par de gitanas la habían cogido por el brazo y a modo de regalo quisieron leer su mano:

-Recibo lo que tengas cariño—dijo la gitana luego de darle una rama fresca.

-Es que no tengo nada.

-Lo que sea cariño.

-No tengo, sólo monedas. 

-Las monedas son de mala suerte. Anda, que ahí hay un cajero. 

Javiera insistió en que no tenía nada, salvo un euro con cinco centimos. La gitana terminó por aceptarlo. Javiera se resignó a perder un euro, cuando cargaba 5 en su bolsa. Lo que la gitana no sabía es que ella también leía la suerte. Lo hacía a través de sueños y cartas. Los espíritus hablaban a través de ella. Su brazos solían estar morados por largo tiempo y otros tantos, debía cerrar los ojos para no ver demasiado.

Esa mañana la gitana le había dicho a Javiera que un abrazo cambiaría su futuro y dejaría de doler. 

Ella, poco antes de salir de la hostal donde alojaban, había barajado sus propias cartas y por sí sola cayeron dos. Los amantes y el Colgado. 

Javiera sabía que se trataba de Antonio. Pero poco después, cuando recibía su abrazo, tuvo una visión extraña y temió. Vio un fantasma, más bien dos. Un anciano, vestido de toga sentado con un bastón en una de las bancas de la Mezquita. Su color traslúcido se mezclaba en la luminaria que colgada entre el haram. El espíritu observaba hacia ella mientras señalaba a Antonio con una sonrisa. A su lado, otro espíritu que oraba en dirección a la catedral, desvió sus oraciones hacia la pareja y con él, otros surgieron. Javiera percibió el dolor en sus brazos. Marcas que los amorataban y también sus piernas. 

“Un abrazo cambiará tu vida” recordó y se asustó. 

-Tengo que salir—dijo al tiempo que el campanar resonó en la ciudad. 

Antonio la siguió, pero turistas interrumpieron el paso. 

Javiera se abrió camino entre el gentío. Cruzó el patio de acceso a la mezquita rumbo a la salida. “Si le pasa algo, me muero”. Surgió en su cabeza. Tal vez la gitana le había echado un maleficio. A Antonio, no a ella, porque ella no quiso darle plata. “Si le pasa algo es mi culpa”. 

Una mano la detuvo y ella, pensando que era un espíritu que la requería se defendió. 

-Tranquila. No pasa nada, solo solo soy—dijo Antonio.

-Oh…

-Ya, ya… ¿Qué pasa?

-Vi gente muerta.

Antonio pareció dudar un instante. Entonces sonrió.

-Pero si los muertos no hacen daño—Antonio señaló los brazos de Javiera. Era ella quien los estaba pellizcando. Tomó conciencia de sus actos y rompió en llanto. Antonio, conmovido, la abrazó y besó su nuca. Para Javiera fue extraño. Una revelación. De súbito toda presunción se detuvo. “Un abrazo cambiará tu vida y dejará de doler” recordó y comprendió. Aquel gesto que percibió cómo si se hubiesen dado el primer beso, fue una verdad. Simplemente lo supo. Aquel hombre estaría a su lado. Enseguida entendió el significado de la cartas y que la visión de la gitana era cierta. El colgado era ella, los Amantes… era difícil apresurarse en conclusiones. Lo que sí pensó es que tal vez debió haber sido más amable. Con la gitana, con los espíritus. Como había dicho Antonio, los muertos no hacían daño. Ellos simplemente querían entregarle una verdad.

-Sorry, can you take me a picture?

Salgo de mi ensimismamiento. Un chico moreno y grandes ojos me extiende su teléfono celular. Accedo y luego de varias tomas consigo una imagen que lo deja conforme.

-Thanks. —dice amable y se marcha con el resto de su grupo. 

Mantengo mi vista sobre las estatuas de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que se alzan al final del Alcazar. Parecen ocultarse entre los árboles de granadas, limones y la inmensidad de la arquitectura. Me pregunto si los ojos de piedad que muestra Colón significan que los reyes en ese momento le estaban negando los fondos para viajar a las Indias. Cambio de idea al instante. Tal vez el significado es otro, la estatua está conteniendo «la emoción», de lo contrario la tierra donde nací sería muy distinta. 

Camino hacia la salida. Pensando sobre reyes y caballeros. Pronto llegará noche y deseo fotografiar el Puente Romano que atraviesa el río Guadalquivir. 

“Luces amarillas” pienso mientras llego al otro extremo del puente. La ciudad entera se vuelve de color amarillo, salvo las calles. Las calles siempre son de un color blanco radiante. Rodeados de flores y música. De violín o guitarra. Estoy en terrenos andaluces después de todo, pero por ahora dejémoslo hasta acá. El relato destinado a esas calles me las guardaré para otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

El canto de la rana

Conducía mi auto por un camino de lodo de retorno a mi casa una tarde de invierno el año 2015. El calefactor de mi vehículo acababa de entibiar mis pies luego de 35 minutos de trayecto desde la oficina. El día no había sido malo, pero recuerdo que esa jornada el peso venía desde otra parte. Era un “mal presentimiento”. Ese que en ocasiones nos despierta antes que la alarma, nos recuerda que olvidamos sacar la basura por la noche o el gato, que rascó la puerta hasta el cansancio y nos dejó de mal humor porque no pudimos dormir 5 minutos más.

Esa mañana no fue nada de ello. Simplemente desperté con un “mal presentimiento” y me mantuve así todo el día. Pensé que eran las hormonas. La famosa “regla” que según mi calendario estaba a pocos días de llegar y me ponía paranoica, sentimental o visionaria. Ese día estaba «de malas». Triste. Todo me afectaba. Lo extrañaba. ¿A quién? No sabía. Simplemente a alguien “echaba” de menos. 

Ray Bradbury publicó en 1950 el libro “Crónicas Marcianas”. En una de sus historias, “Ylla”, la protagonista, una marciana llamada señora K, esperaba. ¿Qué esperaba? Ella no sabía. Era algo inesperado. “Lo soñaba”. Poseía un “feeling”. Esperaba por una realidad imposible, que a pesar de todo ella sentía como cierta, al punto que su esposo, el señor K, se empeñó en descubrir hasta el final de la historia.

Durante esa noche me sentí como la señora K. Recorriendo un camino de barro en medio de la penumbra. Escuchando a Sara Bareilles por la radio, sintiendo el calor del calefactor del vehículo en mis pies, mientras el parabrisas hacía a un lado la lluvia.

El sentimiento seguía ahí. “Algo” iba a pasar. “Algo me hacía falta”. Tenía pena. Pensaba en él, pero no sabía en quién. Era un vacío. La espera de un momento indeterminado.

A pesar de la tranquilidad de la noche, a pesar de que era viernes y de la música en la radio.

Hasta que la canción acabó.

La radio de súbito perdió la señal. Cambió a una frecuencia ruidosa que hablaba sobre detergentes y packs de ahorro. Me pareció extraño. Quise cambiar de canal, pero luego vi el portón de mi casa y me despreocupé. Por esos años la iluminaria del camino no estaba terminada y mucho menos la de la casa. Bajé del auto iluminando el paso con la linterna del celular. La lluvia se volvió copiosa por el minuto que estuve buscando la llave del cerrojo, hasta que logré abrir el portón y corrí hasta la puerta del vehículo. Bastó que subiera al auto para que la tormenta acabara. Maldije en voz alta, aunque preferí continuar en mis pensamientos mientras cerraba el portón con premura.

De súbito, llegó a mí el canto de las ranas. Fue un canto sobrecogedor. Similar a los grillos en la zona central durante el verano. Su melodía provenía del final del terreno donde vivía. El agua lluvia se acumulaba en un desnivel que asimilaba un gran charco. Me quedé con la mirada perdida en el vacío. Escuchando su canto, sintiendo las gotas de agua que caían sobre mi nuca y la brisa que me invitaba a buscar refugio. 

La sintonía de la radio se activó por sí sola. El auto seguía encendido. Retorné a mis cabales y troté al vehículo. Entonces, cuando apagaba su motor metros más adelante, la presunción surgió otra vez. “Ahí está”. Pensé. 

El canto de las ranas se volvió más fuerte que nunca. Eran decenas, cientos. La curiosidad y el presentimiento me llamaron a caminar atrás de la casa. Estaba a oscuras. Estaba sola. La luna era cubierta por nubes cargadas de agua. Las casas aledañas mostraban escenas familiares distantes. Puse atención a una de ellas, veían televisión. Me pareció encantador y al mismo tiempo solitario. Por mí. El presentimiento, estaba ahí. Ese algo estaba ahí y yo lo entendí. Ahí, en medio de la nada, entre el canto de las ranas y la lluvia, comprendí que estaba sola.

Con todo, ese algo, en efecto, ocurrió. 

El 25 de junio del año 2015, comprendí que estaba sola. En medio de la nada. Cuando lo hice, me puse a llorar. Sentí todo el peso bajo mis hombros. Las ranas croaron y yo me cobijé en su canto. Las vi verdes, porque a pesar de la oscuridad, su color se iluminó conforme a sus notas y el viento las envolvió como un remolino. Una línea de luz dividió el cielo y yo, esperando que “algo” sucediera, olvidé todo llanto y caminé hipnotizada hacia el remolino de ranas que rodeaban la luz. Extendí mi brazo, sin temor y mi mano, sintió otra. Era suave, cálida y me atrajo hacia un cuerpo firme y protector. Lo que ocurrió en ese momento fue un abrazo. De quién, no lo sé. Pero por un instante, aquel abrazo me dijo que todo estaría bien y que soledad en realidad no existía. Era imposible, porque incluso los astros nos saludaban por las noches, aunque hace miles de años que no estaban ahí.

Desperté en el asiento delantero del auto. Estacionada frente a mi casa, con la radio del vehículo reproduciendo una canción cristiana. Escuché el croar de las ranas. La lluvia seguía copiosa en medio de la noche, pero la curiosidad sólo me invitó a la casa por una taza de té. La cocina me recibió en silencio. Con la loza del desayuno sin lavar y el gato que se desperezaba de la siesta. “Ya estoy aquí”. Le dije. Llené su plato de comida y encendí el hervidor. Pensativa puse la mano sobre mi pecho. El presentimiento ya no estaba. Desde aquel «sueño» lo que fuera que me hiciera falta ya no era necesario. Lo que quería estaba ahí, entre las caricias de mi gato, la calidez de la lluvia y el abrigo de un abrazo que hasta el día de hoy no he podido olvidar.

Daniela Olavarría Lepe.

El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.