Me pareció conocerlo por años, pero apenas interactuábamos por un par de días. Era alto, moreno y despreocupado. Lo conocí durante mi trayecto a Roma en una pequeña escala en el Aeropuerto de Barajas en Madrid y desde entonces las coincidencias generaron entre nosotros una complicidad que ahora no podría explicar.
El destino final del joven lo supe poco después. Pensé, luego de encontrarnos en uno de los tantos cafés del aeropuerto, los números de nuestros asientos, el trueque con el taxista y el hostal, que compartir la misma ruta también era parte de chiste que nos jugaba el destino. Dos días más tarde, sin embargo, mientras reposábamos sobre una cama blanca, en una pequeña habitación de paredes también blancas, él reconoció que su viaje original era otro. Era Pisa. No iría a fotografiar la torre, más bien la palmera chilena que mantenían en el museo de historia natural de la ciudad. Con todo, en la salida del aeropuerto de Roma, cuando me vio discutir con el taxista—un calvo de dos metros y medio y mirada inquisidora—prefirió unir fuerzas y apelar a un precio razonable por dos pasajeros muy cansados.
-Y henos aquí compartiendo habitación—dijo acercando su rostro al mío.
-Y henos aquí…—pero no dije nada más porque sentí la punta de su nariz rozar la mía.
Recorrimos las calles de piedra de la bella Roma, asoleándonos por el calor abrazador de julio y compartiendo un gelatto de dos sabores, como si nuestras bocas se conocieran desde otra vida. Caminamos con las manos entrelazadas, acariciando nuestros nudillos y gritando a carcajadas porque el otro osaba con correr primero a la Fontana de Trevi. El gentío se aglutinaba alrededor de la estatua que gloriosa observaba indiferente al público que tomaba fotografías y pedía deseos con más de una moneda.
-Una para volver—dije y lancé una moneda a la fuente.
-Dos, para volver y enamorarse—y él lanzó dos monedas a la fuente.
-Tres…—reí y él abrió los ojos con desafío, como si me retara a lanzar las monedas—Para volver, enamorarse y casarse—pero solo lancé dos.
Él rio.
-Cuatro—dijo un anciano a nuestro lado—Para volver, enamorarse, casarse y divorciarse—A cada enfermedad, una solución.
Sonreímos cordiales y nos abrazamos. El anciano portaba un anillo de matrimonio y atrás de su espalda una rosa de aquellas que vendían en Trinità dei Monti. Yo lo sabía porque un chico de piernas chuecas ofreció un par a unas alemanas que pasaban al lado de nosotros. Se las dio de obsequio, pero a mí prefirió darme tres por 2 euros. Yo lo mandé a volar, en chileno, aunque en mis pensamientos. «Él»—prefiero llamarlo así—rio con ganas y señaló que tenía un rostro muy italiano y muy guapo, chiquillos como ese sólo preferían halagar a turistas.
—Porque cargan pasta—dijo imitando un acento español muy malo.
No creí su mentira, pero me agradó la intención. Al menos me sentí halagada. Poco después observábamos al anciano marcharse a una banquita puesta a la sombra. Estaba realizando un intercambio equivalente. Él entregaba a una anciana la rosa y la anciana, luego de acariciar su mejilla, le entregaba un vasito de gelatto.
Sonrientes, decidimos marcharnos. Nos abríamos paso entre el gentío, cuando de un arrebato él sacó tres céntimos de euro, retornó a la fuente y los lanzó. Yo sólo atiné a saltar sobre su espalda, aterrizar a su lado y revolver su cabello. Para nosotros era un juego, uno cuyas coincidencias de un momento a otro llegarían un fin.
-¿Y si no tiene fin?—dijo él cuyo eco se expandía al interior de la iglesia Santa Agnes.
Tomé su barbilla y lo besé. Él respondió el beso y enseguida tomó la palma de mi mano con devoción. La besó, largamente y extendió sus brazos atrayendo mi cuerpo hacia su torso. Permanecimos así, largo rato. Me habría quedado una eternidad.
Cuando nos despedimos en el aeropuerto, mantuvimos el contacto. El tiempo, a contar de entonces, pasó muy rápido. Días, semanas, meses. Supe por él, dos años más tarde, que había conocido a alguien y le había propuesto matrimonio. La luna de miel sería en Roma. Bella Roma. Tierra de amores y desencanto. La ciudad donde olvidé empacar mi corazón y donde debí lanzar una moneda por tercera vez.
Daniela Olavarría Lepe.
