Mirada a la Mezquita - Categral

El abrazo de la Mezquita

El calor quema mi nuca, pero la brisa me refresca los hombros. Escucho un coche metros adelante. La campanilla resuena más fuerte que los cascos del caballo que dirige el carro. Las pisadas de los turistas surgen como un ruido secundario. El sonido de miles de talones tocando cientos de años de historia. 

El Alcazar de los Reyes Cristianos me recibe con la figura de un caballero templario. Magnánimo observa indiferente al público. Hablan en inglés, francés, coreano y español. Hay más, pero es lo que reconozco. No es importante, todos estamos ahí, rodeados de ecos tallados entre las pareces que nos reciben. 

Veo mosaicos, restos romanos y cristianos. La obra de Edipo figurada en miles de cuadritos coloridos que configuran su rostro y el de Medusa y el de Eros y Psique.

Camino entre cámaras que en otros tiempos resguardaron gigantes, entre arquitectura romana, árabe, visigoda y cristiana. Me convierto en la viajera del tiempo que escribo en mis historias. Historias paralelas de momentos distantes en mi vida y otros que forman parte de amores fugaces y ficticios. 

Cuando llego a Alcazar, percibo la sombra de sus limones y escucho el agua que rocía sus piscinas. Me veo sola entre un conjunto de extraños que bromean entre ellos o buscan estresados la salida. Deseo desviar mis emociones hacia el presente. Estoy en paz, me apoyo en estatuas que colaboran para que tome las mejores fotografías. Consigo un par y, cuando estoy satisfecha, pienso… Pienso. Pienso en una nueva historia:

-¿Imaginas si los arcos de la mezquina fueran en realidad gusanos?—dijo Antonio abrazando a Javiera por la espalda. 

-O muchos dulces—dijo ella. 

Lo expresó con gracia. Siguiendo el juego de su novio. Era su primer viaje juntos. Con todo, se sentía extraña. Momentos antes, afuera de la Mezquita, un par de gitanas la habían cogido por el brazo y a modo de regalo quisieron leer su mano:

-Recibo lo que tengas cariño—dijo la gitana luego de darle una rama fresca.

-Es que no tengo nada.

-Lo que sea cariño.

-No tengo, sólo monedas. 

-Las monedas son de mala suerte. Anda, que ahí hay un cajero. 

Javiera insistió en que no tenía nada, salvo un euro con cinco centimos. La gitana terminó por aceptarlo. Javiera se resignó a perder un euro, cuando cargaba 5 en su bolsa. Lo que la gitana no sabía es que ella también leía la suerte. Lo hacía a través de sueños y cartas. Los espíritus hablaban a través de ella. Su brazos solían estar morados por largo tiempo y otros tantos, debía cerrar los ojos para no ver demasiado.

Esa mañana la gitana le había dicho a Javiera que un abrazo cambiaría su futuro y dejaría de doler. 

Ella, poco antes de salir de la hostal donde alojaban, había barajado sus propias cartas y por sí sola cayeron dos. Los amantes y el Colgado. 

Javiera sabía que se trataba de Antonio. Pero poco después, cuando recibía su abrazo, tuvo una visión extraña y temió. Vio un fantasma, más bien dos. Un anciano, vestido de toga sentado con un bastón en una de las bancas de la Mezquita. Su color traslúcido se mezclaba en la luminaria que colgada entre el haram. El espíritu observaba hacia ella mientras señalaba a Antonio con una sonrisa. A su lado, otro espíritu que oraba en dirección a la catedral, desvió sus oraciones hacia la pareja y con él, otros surgieron. Javiera percibió el dolor en sus brazos. Marcas que los amorataban y también sus piernas. 

“Un abrazo cambiará tu vida” recordó y se asustó. 

-Tengo que salir—dijo al tiempo que el campanar resonó en la ciudad. 

Antonio la siguió, pero turistas interrumpieron el paso. 

Javiera se abrió camino entre el gentío. Cruzó el patio de acceso a la mezquita rumbo a la salida. “Si le pasa algo, me muero”. Surgió en su cabeza. Tal vez la gitana le había echado un maleficio. A Antonio, no a ella, porque ella no quiso darle plata. “Si le pasa algo es mi culpa”. 

Una mano la detuvo y ella, pensando que era un espíritu que la requería se defendió. 

-Tranquila. No pasa nada, solo solo soy—dijo Antonio.

-Oh…

-Ya, ya… ¿Qué pasa?

-Vi gente muerta.

Antonio pareció dudar un instante. Entonces sonrió.

-Pero si los muertos no hacen daño—Antonio señaló los brazos de Javiera. Era ella quien los estaba pellizcando. Tomó conciencia de sus actos y rompió en llanto. Antonio, conmovido, la abrazó y besó su nuca. Para Javiera fue extraño. Una revelación. De súbito toda presunción se detuvo. “Un abrazo cambiará tu vida y dejará de doler” recordó y comprendió. Aquel gesto que percibió cómo si se hubiesen dado el primer beso, fue una verdad. Simplemente lo supo. Aquel hombre estaría a su lado. Enseguida entendió el significado de la cartas y que la visión de la gitana era cierta. El colgado era ella, los Amantes… era difícil apresurarse en conclusiones. Lo que sí pensó es que tal vez debió haber sido más amable. Con la gitana, con los espíritus. Como había dicho Antonio, los muertos no hacían daño. Ellos simplemente querían entregarle una verdad.

-Sorry, can you take me a picture?

Salgo de mi ensimismamiento. Un chico moreno y grandes ojos me extiende su teléfono celular. Accedo y luego de varias tomas consigo una imagen que lo deja conforme.

-Thanks. —dice amable y se marcha con el resto de su grupo. 

Mantengo mi vista sobre las estatuas de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que se alzan al final del Alcazar. Parecen ocultarse entre los árboles de granadas, limones y la inmensidad de la arquitectura. Me pregunto si los ojos de piedad que muestra Colón significan que los reyes en ese momento le estaban negando los fondos para viajar a las Indias. Cambio de idea al instante. Tal vez el significado es otro, la estatua está conteniendo «la emoción», de lo contrario la tierra donde nací sería muy distinta. 

Camino hacia la salida. Pensando sobre reyes y caballeros. Pronto llegará noche y deseo fotografiar el Puente Romano que atraviesa el río Guadalquivir. 

“Luces amarillas” pienso mientras llego al otro extremo del puente. La ciudad entera se vuelve de color amarillo, salvo las calles. Las calles siempre son de un color blanco radiante. Rodeados de flores y música. De violín o guitarra. Estoy en terrenos andaluces después de todo, pero por ahora dejémoslo hasta acá. El relato destinado a esas calles me las guardaré para otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

La delgada línea del corazón

Cuando la nostalgia nos invitaba a usar ropa retro y buscar reproductores de VHS, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón.

Un día el sistema financiero colapsó por las criptomonedas y la IA, el medio de pago existente, denominado “soul”, fue lo único que la tecnología no nos pudo quitar.

Los aún consientes y contrarios a entregar su “alma” a la IA,—La revolución de las ideas sucumbió el año 2029 debido a una trampa de Chatgpet—tuvimos que escapar. “Escondernos”. Transformarnos en “Rebels of the heart”. Nosotros sabíamos lo que ocurría con el ser viviente cuando era manipulado su corazón.

La medicina en el mercado negro tenía los medios y la tecnología—la creada aún por seres humanos, estudiosos de los libros—para hacerlo. Bajo un procedimiento exhaustivo, se desprende el músculo latiente sin que el cuerpo deje de funcionar y viceversa. En su lugar, el corazón se reemplaza por un elemento mecánico. Un sistema de engranes recubierto en una jaula certificada por la FDA. El corazón, entretanto, es cubierto por silicona alimenticia y puesto en un cofre a suficientes grados para que este siga palpitando. El corazón jamás descubre que ha abandonado su cuerpo. Es enterrado metros bajo tierra, fuera de nuestro territorio. El límite es un cerco de alambrada. ¿Qué hay al otro lado? “Lo imposible”, ese es su nombre. La tierra donde habitan la creatividad, el amor, el odio, la tristeza, el miedo. Todas las sensaciones que emanan los corazones enterrados en aquella tierra que jamás podrá pertenecer a la Inteligencia Artificial.

Si bien la operación “A corazón abierto” fue un éxito, pronto se vieron los efectos secundarios. Lo leí un jueves en primera plana: 

SIN CORAZÓN, LOS IA’S DE CARNE

Recientes estudios indican que el grupo revolucionario contra el gobierno de IA, presenta desperfectos en su procedimiento de corazón abierto. Agentes informan, que los pacientes pierden toda sensibilidad unas horas después de ser separados de la bomba palpitante denominada “cordiaco”. Se transforman en maniquíes vivientes. Olvidan a sus seres queridos, se enfocan en cumplir objetivos y pierden todo sentido de vivir…

-Ignacio Labarca se ahorcó la semana pasada—interrumpió mi padre—El vacío de no sentir lo volvió loco.

Lo miré espantada y así también sobre nuestras cabezas. Vivíamos al interior de un búnker que mi padre construyó antes de fallecer nuestra madre. Él era de las pocas personas que conocía la realidad de la tecnología incipiente. “Nos va a matar un día o nosotros mismos con ella a nuestro lado”.

Se escuchaba el temblor de los bombardeos. Era el de las 15 PM, hora en que se buscaban a reclutas que se opusieran al uso de la IA para su vida. El que prefería pensar por su cuenta, recibía un disparo en la cabeza apenas ideaba cómo escapar de los robots. 

Para otros casos, existía la manipulación. Por medio de los seres queridos. Familiares, amigos o amantes. De mascotas nada. Pasamos de tenerlas a liberarlas, precisamente en la Tierra de lo imposible. Era eso o que pasaran a la Tierra gobernada por la IA, manipulada por la realidad virtual y el celular, mientras que el entorno físico se caía a pedazos.

Escuchamos tres golpes en la entrada del búnker. Insté a abrir la puerta, pero mi padre me detuvo.

-Son ellos.

-Imposible.

-Escucha.

Nada. Ni un solo suspiro. El silencio se mantuvo tenso por largo rato. Finalmente, un sobre de papel se deslizó bajo la puerta.

Mi padre me habló con señas de manos.

“Espera”.

Esperamos. Horas. Entonces, él mismo se dirigió al recibidor.

-Mierda.

-¿Qué pasa?

Me mostró una postal. Quedé helada.

Era el rostro de Rubén. Mi amigo, Rubén. Nos conocíamos hace años. No éramos amantes, pero por Dios—¿lo puedo decir ahora?—¡Lo quiero! No sé lo que él siente por mí, porque vivimos en un tiempo en que cruzar la línea de las emociones es difícil. Un abrazo, un beso, una mirada, está prohibido. Al menos para los revolucionarios. Si nos permitimos sentir, imaginar el amor, caemos en la mira de la Inteligencia Artificial.

El gran problema, desde mi nacimiento, es que nunca tuve control sobre mi imaginación.

Pasó de pronto. A través de un sueño. Lo vi frente a mí. Rogaba mi beso y yo se lo permití. “De a poco” dije, lento. Y él me besó, lento. Una, dos, tres veces. La tercera vez, sentí que mi estómago se revolvía y el calor subía a mis orejas. 

Desperté confundida y cuando hablé con él por radio, mi aliento se contuvo un momento. Tal vez, en ese instante fui descubierta. Éramos revolucionarios, pero muy tontos. Pensábamos que un robot o sus aliados, serían incapaces de intervenir una frecuencia.

-¿Qué hago papá?

Me quebré. Temblaba de miedo. Estoy temblando ahora. Mi padre salió del bunker sin decir una palabra. Volvió horas después en compañía de dos hombres robustos. Él me quería, lo sé, pero en este mundo dónde no tenemos permitido sentir, él no pudo decir: “lo siento hija, es por tu bien”. Me habría gustado que lo hubiese dicho.

Me llevaron amordazada y atada de manos, bajo el efecto de las drogas para no escapar. Desperté hace poco, en el quirófano. Rubén vigila la puerta. No puedo ver su rostro. A un lado, un doctor prepara el instrumental quirúrgico para arrebatar mi corazón.

-Tranquila—dice el cirujano—todo estará bien.

Pero no estará bien. ¡No está bien! Pienso en mi padre, en mi madre, en Rubén. Ese hombre que me da la espalda y con quien me atreví a soñar. ¡Mierda! Incluso si el amor no es mutuo, no estoy dispuesta a perder mi corazón. Para olvidarlo a él, a otros, jamás.

-Tranquila—escucho con dolor y dulzura. Viene desde la entrada. ¿Es Rubén? No voy a averiguarlo. Lo siento, no puedo. Mis brazos sienten sus amarras. Quiero escapar, mis pies sangran. El cuero que lo sujeta se entierra en mis tobillos. Me afirman entre varios, Rubén sostiene mi cabeza. Llama al anestesista. Algo punzante atraviesa mi cuello. Algo… Rubén llora, veo sus ojos… Una pequeña felicidad asoma den… Apenas sien…

A principios de siglo, estuvo de moda la “nostalgia”. Con todo, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón. 

De mi corazón, apenas recuerdo. Lo veo como algo ajeno. Rubén dice que puedo recuperarlo. Él dice que debo hacerlo. Me pregunto por qué. Por qué su necesidad de que yo vuelva a sentir. Desde que no siento todo es más simple, más liviano. ¿Pesará mucho en él? El corazón digo, tal vez por eso siempre lo veo llorar. Tal vez por eso Rubén insiste. Dice que necesita darme algo. Yo simplemente lo sigo. Caminamos entre las sombras hacia la Tierra de lo imposible. “Ya verás, dice, cuando crucemos esa delgada línea, entenderás”. 

El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

Collage de un sueño. Representa varias instancias del sueño de la protagonista.

El sueño de un beso

Tuve este sueño extraño, formaba parte del cuadro “El beso”. Estoy recostada en sillón de tres cuerpos, escuchando la lluvia golpear dulcemente el techo. Percibo un “Mmmm” al costado de mi oreja. Su aliento entibia mi cuello. Es un cuello delgado, largo y esbelto. Me eriza con aquel suspiro y siento que me cobija con sus brazos largos y el calor de su torso. “Mmm…” Lleno de pereza me envuelve en su abrazo. Mis manos se entrelazan a las suyas y juntos nos cubrimos con aquella manta de lana que nos tejió su abuela cuando me conoció. 

El viento me despierta. Ese viento maldito que termina toda modorra salvo la suya. “Las gallinas”, pienso. Intento liberarme de la jaula que insiste en mantenerme prisionera, pero sus manos presionan mi cintura y el cosquilleo en mis caderas se plantean en ignorar los silbidos y el golpeteo de las latas. 

-No, por favor…—le doy un beso en ambas manos y mi captor cede ante la caricia—ya regreso.

Trastabillo, maldigo por lo bajo y camino hasta la puerta de la cocina. En el patio techado veo a cuatro gatos y una perrita fiel que me invita al laburo. 

Visto una capucha roja, las botas de goma y el…

-¡Amor! ¿Dónde está el martillo?

-¿El qué?

-¡El martillo!

La respuesta tarda lo suficiente para que yo logre encontrarlo primero.

-En la caja de…

-Si… Lo encontré.

-¿Te ayudo?

Escucho que se acomoda en el living. Está buscando sus zapatos. Le digo que no es necesario, que mejor prepare el agua para comer cuando regrese.

 Mi cuerpo se prepara en ese momento para enfrentar la ventisca. La Sofia ladra estridente y yo abro la puerta del patio techado.

“¡Mierda!”

Les recuerdo que esto es un sueño. 

El viento me empuja, siento las manos de la Madre Tierra. Casi veo su rostro ingrato que sonríe ante mi lucha por llegar al gallinero. “Déjame verlas, pienso, déjame reparar las latas que cubren sus nidos”. El viento me desafía y me obliga a esquivar la mirada:

-¡A la Madre Tierra se le respeta! ¡Al suelo debes mirar si al otro lado quieres llegar!

Empujo, forcejeo con el viento. Sus manos gráciles mantienen la fuerza de millones de especies. Estoy luchando contra la Madre Tierra. El frío reseca mi piel, la parte, la quema. El agua me empapa, me entume, recorre los surcos que deja la ventisca.

En un descuido, el viento desacelera la marcha y yo de un impulso corro hacia el gallinero. Ahí está la Sofía, ladra, busca ratones cerca de la leñera. Me llama. “¡Un ratón madre!, ¡Hay un ratón entre los palos”! Le grito que después voy, que ahora necesito ver a las gallinas. Me responde con más ladridos, ahora quiere jugar a la pelota. Yo la ignoro y entro al gallinero. El tiempo es escaso, aunque la Madre Tierra es cruel, siempre me da tregua. Las gallinas cacarean, piden comida, yo les tiro grano, algo queda de lo que José compró hace unos días. Saco algo de alimento…

Un silbido, dos… otra vez surge la tormenta.

Distingo una gotera en la esquina del gallinero. ¡Ahí está la lata suelta! ¡Tengo que repararla!

-¡Dame el martillo!—escucho atrás de mí.

Es José. Mi observa con aquellos ojos enormes que me enamoran. Su mirada es urgente, aunque dulce. ¡Como quiero a ese hombre! Una sonrisa se dibuja en mis mejillas. Saco el martillo de goma de mi capucha y en agradecimiento le brindo un beso y algunos clavos.

Observo su espalda salir del gallinero y enfrentarse a los juegos de la Madre Tierra. Con él no es más gentil que conmigo. Arremete con un diluvio que lo cala hasta los huesos. José maldice sin detener su brazo. No sabe clavar, pero agradezco que lo intente. Clava y clava. Maldice y clava. Clava y un grito me indica que se ha dado en un dedo. 

-¡La conchadesumadre! El martillo como las pelotas…

Guardo mis risas para felicitar su lengua y que la gotera desaparece al fin. Termino de recoger los huevos de oro que han puesto las gallinas en último momento. Los guardo en el bolsillo. Espero no olvidarlos como la última vez. José intentó pellizcar mi cadera y terminó por reventar el huevo. Él aún ríe del chiste, yo no. 

Salgo del gallinero al tiempo que la Sofía me tira una pelota desinflada. Está empapada. La envío bajo techo, pero me ignora por completo. Tiro la pelota unos metros adelante y troto para respaldar a José. No entiendo qué hace hasta que lo veo muy tranquilo, conversando con la Madre Tierra. Al parecer hablan de mí, él le pregunta si acaso ella piensa que diré que sí. 

Algo en mi interior se aprieta. Como la presión de la Sofía sobre mí, como un abrazo en el sillón de tres cuerpos, o simplemente es mi corazón que envía ideas extrañas a mi cabeza.

Carraspeo sin evitarlo. La silueta que ahora conforma la Madre Tierra me da un vistazo, sonríe y desaparece. Se transforma otra vez en viento, aunque ahora parece más una dulce brisa.

-Me molí el dedo—se excusa José señalando lo que parece un dulce—pero la lata está firme.

-Te escuché—dije. Recibo el martillo, acaricio el dedo lastimado y lo meto a mi boca. José se ruboriza y yo aprovecho para besar sus labios. Me fascina su boca, su abrazo y el de la Madre Tierra…

Despierto con un ladrido. Sofía se baja de mi regazo y corre hacia la cocina. Me encuentro recostada en el sofá de tres cuerpos. Frente a mí hay una réplica del cuadro “El beso”. Ver aquel cuadro me recuerda que «algo» estuve soñando. El sonido del viento también lo hace y su abrazo. “El abrazo”. Pero no puedo recordar más, los ladridos de la Sofía son insoportables y el viento, ay no… que odioso viento. ¡Es verdad! Las gallinas me esperan y hay una gotera que debo reparar.

Daniela Olavarría Lepe

Un cuento de fin de semana

La mañana era gris, impredecible. Con asomos de luz y vientos que impedían caminar hasta que el sol surgía entre las nubes y todos olvidábamos la lluvia que nos mantenía atorados en casa.

En ese momento, no llovía y yo esperaba la llegada de un delivery. No era un delivery cualquiera era un delivery de la tierra bajo la Tierra. Era un duende o como se conoce por acá, un anchimallen. 

Vivimos años muy extraños. Los cuentos se han olvidado y los seres de fantasía conviven con todos los seres, incluso los humanos. De un día para otro se cansaron de estar ocultos. Dijeron que el hombre había perdido toda esperanza. Había sucumbido ante el dinero, la IA y las drogas. Que estaba destruyendo el planeta y la Madre Tierra había perdido la paciencia. Por lo tanto ellos, como guardianes de la Madre Tierra, debían dejar de mirar y actuar. Claro está, que no pensaban salvar nuestro pellejo, sino el propio y el de cualquier ser distinto al homo-stupidus. 

-¿Te das cuenta de la boludez chiquilla?—me dijo una vez un hada, de un vozarrón tremendo, que llevaba algunos años viviendo al otro lado de la cordillera—¿Con qué fin quieren más y más plata, más y más edificios, más y más lujos, si luego no tendrán en qué gastarla, dónde vivir y cómo disfrutar? ¡Hay que ser pelotudo!

Yo también lo pensaba, pero tal vez porque mi sangre era cien por ciento humana, me era inherente defender a mi propio linaje. Mi novio, que era mitad elfo y besaba exquisito—que no va al caso, pero quería dejarlo en claro—, lo tenía más difícil. Los almuerzos familiares siempre resultaban una disputa sobre quién tenía la culpa de que se hubieran secado las Siete Tazas y que ahora Santiago fuera un desierto. Según los humanos, la culpa era de la Gran Serpiente Blanca, cuyo terremoto el 2028 cambió el curso de los ríos, partió el Lago Llanquihue en dos y cuanto desastre trajo la tragedia que se conmemora cada 20 de junio. Los elfos, por otro lado, tenían mejores argumentos, culpando al calentamiento global. Lo que pasó ese día no era culpa de los seres fantásticos, era una advertencia de la Madre Tierra por los actos de los hombres.

-¡Ese día murieron millones!—decía el lado humano de la familia.

-¡Y por siglos! ¿Cuántas especies ha extinguido el hombre?

Las discusiones eran tales, que mi novio dejó de asistir a las reuniones familiares. A las mías también, porque a nadie de mi familia le gustaba que estuviera saliendo con un hibrido. “Es o no es”, decía mi padre. «O es un maldito como nosotros o un mojigato como Legolas». 

Ese día yo envié a mi padre a “freír monos”. De mi madre nada que decir, menos de mi hermana. Ellas preferían mi felicidad. Les bastaba verme enamorada y de alguien que me quisiera, como se quería en tiempos de antaño. Similar a las prosas románticas que escribían los humanos durante el siglo XIX o que décadas después, mostraba el cine en comedias románticas durante los 90’.

El delivery me envió un mensaje por WhatsApp 2.8 para informarme que estaba “por llegar”. Los duendes eran cascarrabias y muy inteligentes, más que la inteligencia artificial que por estos días está en declive porque los humanos vivimos de modas y la moda de hoy es lo antiguo y lo fantástico. 

Dejamos la ciencia ficción para otra época. Desde que los seres fantásticos intervinieron en nuestra vida y posterior al terremoto del 2028, sufrimos un blackout que nos mantuvo sin energía eléctrica y sin redes por seis meses. En ese tiempo aprendimos de las viejas usanzas y si soy honesta, gracias a los seres fantásticos. Por ellos no nos volvimos locos, porque ya lo estábamos con la tecnología y las guerras y las pandemias, y por sus enseñanzas logramos sobrevivir. 

Luego, cuando volvieron las comunicaciones, fuimos nosotros los que enseñamos a los seres fantásticos a vivir con ellas, al menos para las llamadas de emergencia. Es cierto, nos odiamos a veces y ellos nos mantienen a raya cuando nos asoma el demonio que tenemos dentro, que nos pide más y más y más, pero también colaboramos entre nosotros y hasta el día de hoy, funciona.

Una brisa enfrió mis hombros a pesar del sol. Les dije desde el principio, el día estaba muy extraño. Leí en el chat de la junta de vecinos que unos titanes estaban sosteniendo un partido de futbol a unos kilómetros. Algunos humanos, me incluyo porque vivo con mi novio en una parcelita a 30 kilómetros de la ciudad, nos quejamos porque siempre para estos partidos se escapa la pelota y terminamos con un socavón de media hectárea o con una cosecha completa perdida. En fin, varias discusiones han surgido en la Junta de Vecinos. Incluso los enanos y algunos gigantes se han quejado.

Mi atención se dirigió al gallinero cuando escuché los granizos azotar el techo. La tormenta venía. Del delivery nada se sabía. Alcé la vista y mis temores tomaron forma. Un Titan, un ser de tormentas corría hacia mí. Sus piernas cual tornado, avanzaba a zancadas. Mi novio, Filis, salió de la casa y me llamó a gritos. Nuestra perrita, Nieve, salió a la siga. Ladraba a la tempestad que pronto nos aplastaría. Yo también intenté frenarlo. “¡Para!, le dije, ¡PARA INFELIZ! Fue inútil. No tuve más opción que correr. Me protegí de los granizos y el viento con los brazos. Filis salió a mi encuentro. ¡Mierda! ¿Debía acabarse así? Hacía unas horas nos revolcábamos en las sábanas, Filis me había pedido que fuera su mujer. Por eso esperaba al delivery, porque queríamos celebrar. Él iba a cocinar y yo lo iba a observar mientras entonaba canticos élficos. Aquellos que le enseñó su abuela y él enseñaría a nuestros hijos por la eternidad.

Intenté atrapar a Nieve, pero tropecé y en el desequilibrio Filis me cogió del brazo. Lo abracé y miré sus facciones. Alargadas y serias. En ese instante pensé que íbamos a morir. Recordé el día que lo conocí. Esa tarde, caminando por el Parque Alerce Andino, sobre la copa de un alerce. Me pareció un dios griego. Imaginé que no sonreía, entonces lo hizo y me enamoré. En ese momento, bajo la tormenta y la muerte sobre nosotros, él sonrió emocionado y yo me volví a enamorar.

-También te amo—respondió él, que sabía leer la mente.

Lo besé. Con brío. Sentí el calor de su aliento. Su abrazo a pesar de la tormenta. Cerramos los ojos y no pensamos nada más. 

El viento gélido y el granizo nos empapó. Los pájaros chillaron, los perros ladraron, el chucao cantó del lado derecho. Escuché que un trueno gritó “GOOOL” y que una bocina nos llamó desde el portón. 

Confundida me alejé de Filis, que me retornó el beso con repentino alivio. El Titan se había disuelto apenas nos vio en la mitad del campo de juego. El gol seguramente lo hizo el equipo contrario y él, decepcionado, prefirió retornar a su posición.

-¡Merde, eso estuvo cerca!—dijo un duende con cabellos disparatados—¡Esta es la parcela t… mierda, sale perro!—chilló escondiéndose en la moto—¡alejen a ese perro, yo me los como!

Nieve vino a mi llamado y luego de atraparla por el lomo se la entregué a Filis.

-¿Necesitas ayuda?

-Tranquilo mi vida, que no pedí mucho. Entren a la casa. Ya voy.

-¿Esta es la parcela 33 o el Titan me lanzó a otro sitio?

-Es la parcela 33—noté que el cartel con el número había volado muy lejos—Perdón, a nosotros casi nos deja sin casa.

El duende miró nuestra casita. No era la mejor casa, pero los duendes eran expertos criticando lo que no construían ellos.

-Hubiesen tenido suerte—dijo—Si no la vuela el Titán, seguro lo hará el Lobo feroz que está rondando por las noches. Salió en el diario de esta mañana, tenga cuidado. Le recomiendo que forre su casa con ladrillo—miró el gallinero—y lo que está por allá también. Dicen que el Lobo feroz es buen amigo del chupacabras. 

-Gracias por avisar—dije y pensé en preguntar en el chat de los vecinos.

-Espere—me entregó la bolsa del pedido—necesito sacarle una foto y esta aplicación no es muy amiga.

-¿Le ayudo?

-No… ya está—su cuerpo brilló de pronto. Siempre brillaban de satisfacción—Hasta luego señora y ojo con el lobo. 

Asentí y miré el cielo. Parecía que llovería otra vez. Seguramente comenzaría el segundo tiempo. Preferí cerrar el portón y retirarme. Filis y Nieve me miraban desde la ventana. A pesar de las molestias pasadas, sonreí y entré a la casa. Necesitaba cambiarme, poner una queja con la junta de vecinos y preguntar si en efecto, el Lobo Feroz estaba asediando las calles. 

Daniela Olavarría Lepe

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.

Señales

Había una vez un tal “Perico” que un día decidió comprar un auto. Esa misma tarde, el auto apareció al menos veinte veces, incluso en sus sueños. Tal vez, en aquel comercial de los 80’, estaba soñando. Por eso le gritaban “¡Cómprate un auto Perico!” y no porque prefería perseguir a su eterna novia en bicicleta.

El día que yo decidí comprarme un auto, lo pensé en color azul, o más bien “morado”, y en efecto, apenas encontré el modelo que me gustaba, el auto apareció en cada esquina hasta el día que viajé a la concesionaria y lo compré, aunque en color rojo, sólo para darme el gusto de eludir las señales del destino.

Tal vez aquella fue la razón de que nunca haya podido utilizar el auto como quería y una mañana, camino al trabajo, quedara atrapada entre una camioneta, un camioncito y un taxi, en plena rotonda de Vespucio Norte.

El auto lo vendí con menos de 10.000 km. Ahora, posiblemente le habría sacado más provecho. Desde ese entonces he aprendido muchas cosas, entre ellas a escuchar las señales de tránsito.

La vida está llena de señales de tránsito: “Luz verde, luz amarilla, luz roja”. “PARE”, “SIGA”, “NO ESTACIONAR, NI DETENERSE”. Dicen que la luz del semáforo más peligrosa no es la roja, es la verde. Porque el conductor insta pisar el acelerador a fondo antes de que aparezca la “luz amarilla”. 

En la vida, aquel jueguito del cambio de luces es peligroso. Tengo una amiga muy pava que pensó que le habían dado “luz verde” y finalmente nunca pasó de la “roja”. En fin, por allá anda llorando mi comadre, diciendo que no va a querer nunca más y que “mejor sola que mal acompañada”. Si soy honesta le creo poco, la conozco desde hace mucho. Es de las que lee las cartas, usa talismanes y busca números repetidos por las calles. Seguramente seguirá nuevas señales y una de ellas la guiará hasta otro perico, uno que sea más gallito. Que tenga su propio auto o que prefiera salir a caminar con ella. Esperando en el cruce de peatones para robarle un beso o para tomar su mano. Es probable que en ese momento aparezca yo, tocando la bocina. Primero feliz, luego pidiendo que apresuren la marcha. También quiero encontrar mi propio final feliz. Siguiendo señales; quizás, cumpliendo sueños. Los de verdad, aquellos que generan tal anhelo, que ni los desvíos del camino lograrían distraer.

Daniela Olavarría Lepe

Retorno

A veces olvida que es un alma antigua, aquella romántica que se transporta ante el sonido de los cascos de un caballo, suspira con burdos clichés o clásicos de los 90’.

Se inspira en días nublados y escribe historias durante noches de tormenta.

Que recuerda su último beso al sentir el aroma de una taza de café o imagina el que vendrá, mientras pellizca sus labios, cierra los ojos y escucha el goteo de la ventana que la protege contra la lluvia.