El ruido que emana el silencio

No puedo con este silencio. La parsimonia de no saber e imaginar más de la cuenta. Siento que me estoy convirtiendo en otra persona. El mendrugo de un ser que antes sonreía de emoción ante el aroma de la mañana. La que veía el sol como el inicio de una aventura, el vaso medio lleno. El aura vibrante que llama a ver lo bueno incluso en lo miserable.

Estoy triste, sí. No porque esté sola o porque la fortuna no me sonría. Es la tristeza que genera el vacío de tenerlo todo menos aquello. La remembranza de una vida que me pareció muy mala y ahora considero la mejor de todas. Donde el silencio se rompía con el canto de un ave silvestre, donde me imaginaba en tierras indómitas y místicas. Hoy el sonido de la brisa y el canto de la bandurria cambian a disparos, música foránea e incertidumbre. 

No puedo con el silencio. No aquel que vibra en las ventanas de mi habitación, sino aquel que otorga. Ese que más duele. Porque fui ciega y sorda. Me acostumbré al silencio y preferí permanecer en él porque ciega y sorda seguía sonriendo. Después de todo el sinónimo de la inocencia debería significar “aquel que no quiere escuchar ni ver”.

Con todo, este silencio pesa en mi pecho como si a mi tronco hubieran atado un saco. Me jala hasta lo más profundo de mis pensamientos. Me impide caminar, me impide pensar con claridad.

Quisiera que todo volviera a ser como antes. Desearía volver a ser más valiente y él lo fuera también. Porque ambos somos unos cobardes. Cobardes de la vida, de nuestras decisiones. No lo juzgo, no es bueno juzgar a la gente sin conocer todo el panorama. Me baso en suposiciones, ideas que surgen en mi cabeza por culpa de este silencio.

Tiempo atrás, en una iglesia, escuché un relato que jamás pude olvidar. La historia de un hombre que permanecía colgado en un precipicio, cubierto por la niebla. En su desesperación, el hombre pidió ayuda a Dios y Dios le dijo “Suéltate”. El hombre no lo hizo, prefirió aferrarse al precipicio. Cuando lo encontraron, estaba muerto, colgado a sólo unos centímetros del suelo. 

Si me hubiese soltado del precipicio, estaría en otra parte. Estaría contando una historia diferente, una que empieza en un día nublado, con la ventisca que remueve las latas de los techos, empuja los árboles y aplasta la hierba. Yo saldría de una leñera húmeda, cargando palos secos y otros con musgo entre sus recovecos. Me pesaría la carga, pero la posaría sobre una carretilla cuya rueda rechina mientras avanzo por las piedras y el barro. 

“Ya queda poco” me diría con la respiración cortada. En mi imaginación me esperaría el agua hervida, un trozo de kuchen de manzana y una taza de té lista para servir. 

En el arribo a la entrada de mi casa, la carretilla tropezaría en pleno con una piedra y yo perdería el equilibrio. Seguramente maldeciría el clima, al dios de la tormenta o las carcajadas de la Madre Tierra. 

-¿Estás bien?—me diría él, tendiéndome una mano. Yo aceptaría su ayuda y me pondría de pie—¿Te pasó algo?

Yo no diría nada, pero en un arrebato rompería a llorar y le daría un abrazo. “Ya…ya” me diría él en un consuelo apenas audible.

-¿Por qué tardaste tanto?—yo diría entre sollozos. 

-Porque no fue fácil.

-Nunca lo es—Y permaneceríamos así. Abrazados a pesar de la tormenta, entonces, luego de una mirada cómplice, entraríamos la leña y pondríamos el agua nuevamente a hervir. Esta vez serían dos tazas. Un café para él, un té para mí y una porción de kuchen para compartir.

Daniela Olavarría Lepe.

La línea que cruza el destino

Valeria desde pequeña tenía el afán de mirar la palma de su mano. Los primeros años era una mano pequeñita. Observaba los surcos que la recorrían, la delgadez de los nudillos, la letra «M» en su centro. Ella pensaba que aquella “M” provenía de “mamá”, porque su mamá siempre estaba con ella. Donde fuera que estuviese. En el olor de su bata, cuando estaba enferma de la guatita o cuando jugaba con sus amigos imaginarios. La letra “M” de mamá, siempre estaba escrita en su mano, y a medida que crecía, que sus dedos se volvían más largos y su palma más amplia, ella sabía que aunque pasara el tiempo, su mamá siempre estaría ahí, con ella.

“Te quiero mucho, mamita”. Es la frase que usaba Valeria todos los días por las noches antes de irse a dormir. Lo decía porque sí, incluso de mayor, porque sentía que nadie decía los suficientes “te quiero” en la vida. Siempre lo decían cuando era demasiado tarde. 

El día que Valeria dejó de mirar su mano y decir a su mamá “te quiero mucho”, fue cuando estaba en el colegio. No se dio cuenta cuando se detuvo. Simplemente lo hizo y cuando lo recordó quedó espantada. La palma de su mano había cambiado. Era la misma palma, pero se habían agregado nuevos surcos y una de las líneas de la letra “M” parecía difusa. Ese día volvió a despedir a su mamá por las noches y mirar su mano. Se juró así misma que jamás dejaría de mirar su mano.

Años más tarde Valeria conoció a un chico. Era pelirrojo. Bonito. Se parecía Ron Weasley. A ella le gustaba el cabello rojo en los chicos. El cabello rojo y las pecas. Con todo, cuando tuvo la oportunidad de hablar frente a él, cubrió su boca. No porque no pudiera hablar, sino porque camino al paradero de buses, un anciano gordo y con ojotas lo aventó con su bicicleta. 

El chiquillo se puso a llorar. Estaba enojadísimo. No aceptó ayuda de nadie, tampoco la de Valeria. Sin mirarla lanzó manotazos a diestra y siniestra y ella se retiró a punta de llanto. Ofendida por fijarse en alguien que sólo sabía quejarse y dar manotazos. 

Años más tarde, a Valeria no le atraían los pelirrojos. No tenía un prototipo. Se fijaba en el carácter y en el buen humor. Su primer pololo le rompió el corazón, el segundo también y el tercero mucho más. La pelea que sostuvo fue tan dolorosa, que sus piernas perdieron fuerza. En la mampara de su casa, el chico se marchó tan triste como ella. Valeria cayó de rodillas, un viernes Santo. Su mano derecha se apoyó en el marco de la puerta y la izquierda la mantuvo abierta, con la palma frente a sus ojos. La letra “M” se manchaba con el rímel y saliva. Esa noche, sólo quiso abrazar a su mamá y lo hizo, lloró abrazada a una foto de ella en su habitación, hasta la mañana siguiente.

Valeria dejó pasar el tiempo. Prefirió enfocarse en ella, en su carrera y en su futuro. Visitaba a su madre a diario en el cementerio. Era una mujer independiente. Tenía un trabajo que le permitió arrendar un departamento en el centro de la ciudad y pasear los sábados por la plaza. Uno de esos sábados, que no era frío, pero sí con mucho viento y una nube negra amenazaba el cielo, Valeria salió del supermercado. Cargaba una bolsa de pan y queso para la once.

-¡Disculpa!—escuchó atrás de ella—¿Te conozco?

Valeria vio a un joven de cabellera pelirroja y muchas pecas. Había crecido varios centímetros desde la última vez que lo vio.

-¿Fuimos compañeros en el colegio?—dijo ella aún dudosa, pero sabía de quien se trataba. Su último recuerdo sobre él había borrado los buenos. El joven pelirrojo sonrió. 

-¡Sí! Me acuerdo. ¿Vale? Soy Martín, del C. Nos topamos varias veces—Valeria sonrió. Fue una sonrisa honesta. No la esperaba, lo seguía viendo en el suelo maldiciendo y llorando. Con todo, se preguntó por qué él recordaba su nombre si apenas la había visto un par de veces.

La nube negra se volvió densa y el viento fuerte. Granizos cayeron sobre ellos y ambos apostaron cruzar la calle. Ninguno supo de dónde vino la idea. Simplemente uno cedió al otro y corrieron riendo a carcajadas. 

-Te invito un café—dijo Martín jadeante. Valeria había ganado la carrera y daba saltos de alegría—Vamos a ese que está en la esquina. Yo invito el café y tú el pan que llevas en la bolsa.

Valeria asintió. La bolsa de pan aún se remecía en su mano. Ambos avanzaron al trote, atentos a la próxima nube. Martín la adelantó unos pasos, era alto, más alto que ella. Valeria vio su espalda algo encorvada y sus brazos largos y delgados. Se imaginó sujetando aquella mano y para su sorpresa, cuando él le devolvió la sonrisa, ella alzó ligeramente la palma de la mano frente a sus ojos. Pensó en su madre que siempre la cuidaba desde «arriba», en las marcas que había dejado su vida y en las nuevas, otorgando un nuevo significado a la letra M.  

Daniela Olavarría Lepe.

El valor del abismo

El mar rozaba ondulante la arena gris. La empujaba, arrastraba piedrecitas, restos de moluscos y algas. El aroma del cochayuyo se mezclaba con la brisa salada que secaba su boca. 

«A veces simplemente es más sencillo estar muerta». Pensó la mujer.

Escuchaba los gaviotines levantar el vuelo. El cielo oscuro era similar a sus emociones turbulentas. No había salida. Estaba sola. Hacía mucho tiempo que lo estaba. Se había cansado de luchar. De elegir. De no tener qué elegir. Las decisiones siempre se adelantaban a ella. Ella era una simple marioneta. Todo valía un carajo.

Y ahí estaba, cansada de un círculo sin salida. De altos y bajos. De muchos no, pocos sí y más no sé. Las lágrimas brotaban de sus ojos sólo de pensarlo. ¿Pensar qué? Todo. ¡Lo bruta que siempre era, que no salía del hoyo y que aunque lo intentase, todo resultaba mal para ella! Quería lo que no podía, porque siempre era demasiado tarde. Los problemas, el amor, las decisiones, las alternativas, las deudas…la vida. Estaba sola y su única compañía estaba ahí, entre la arena que se metía al interior de sus zapatos y la mugre entre sus uñas.

-Mierda—se encogió en el suelo. Apoyó la mejilla contra la arena negra y sus lágrimas desaparecieron entre los lamentos y las piedras.

«Es mejor estar muerta». Se volvió a decir.

Alzó la vista y en la orilla del mar, vio frente a ella una silueta. Era una sombra oscura. Sostenía un bastón y una soga. Entre ambos se alzó la niebla. Era niebla densa, húmeda y tibia. El abrazo que esperó recibir más tiempo del necesario. “¿Quién eres?” Pasó por su cabeza, pero ella sabía lo que ahí la esperaba. 

Limpió su llanto, se levantó y con resquemor avanzó hacia la orilla. “¿Quién eres tú?” se dijo otra vez, pero el escalofrío que percibió al distinguir el bote atrás de la sombra hizo que todas sus dudas desaparecieran. 

Lo que tenía frente a ella era «La muerte».

La Muerte no tenía rostro, pero sí una toga raída que cubría un cuerpo delgado, encorvado y firme. Extendió un brazo desnudo, ella vio sus dedos largos y amarillos que la invitaron a un viaje sin retorno. 

“Ven” dijo la sombra en sus pensamientos y ella se acercó. Quiso tomar su mano, pero, para su sorpresa, la sombra la rechazó.

-¿Por qué?—dijo ella.

-Cinco monedas—respondió la muerte en un susurro.

-No tengo…

La muerte extendió su mano una vez más. “En la vida, morir tampoco es gratis”. Percibió que la sombra expresaba en su insistencia.  

Indignada, ella dio un paso atrás.

Abrió los ojos acurrucada en la playa. Los gaviotines alzaban el vuelo. Una barcaza cruzaba al otro extremo de la isla. Ella se incorporó en la arena y tomó asiento con dirección hacia el mar. Lluvia fina empapó su nuca. Sintió frío. Necesitaba abrigarse y un café. En su pantalón guardaba varias monedas y un billete. Le alcanzaba. Miró su celular. Tenía algo de batería y muchas llamadas perdidas. Decidió que no iba a contestar. Primero caminaría hasta el local de la esquina, se protegería de la lluvia, de sus problemas y pediría un café. Ni la muerte sería capaz de privarle de uno.  

Daniela Olavarría Lepe.

La veracidad del miedo

Esta es la historia de un hombre que amó a una mujer, pero nunca lo dijo porque estaba maldito. Sus padres, con el fin de concebirlo, rogaron a una bruja que cumpliera sus plegarias. “Un niño, dijeron, todo lo que queremos es un niño”. La bruja accedió, pero pidió algo a cambio. Más bien, fueron dos. La lengua del primogénito cuando conociera el amor. 

Aceptaron de esta forma los padres, pensando que lo segundo que le quitaría la bruja al hijo sería su corazón. Con todo, lo sintieron justo, porque todo es justo cuando se busca tener la razón. 

Seis meses más tarde, nació un niño. Uno con palpitar fuerte y llanto muy chirriante. Pensaron los padres entonces que tal vez la bruja cobraría su favor más tarde y por miedo a verlo sufrir, lo criaron con la primicia de su maldición. “La lengua perderás y tu corazón negro se volverá. Querido niño nunca te podrás enamorar”.

Así creció el niño. Temeroso incluso de estimar a sus propios padres. Creció encorvado, cabizbajo, cubriendo su boca en cada tanto su corazón daba un respingo. Decidió que la vida tampoco valía la pena disfrutar. Sus pares lo encontraron sonso, bruto y feo. Porque no quería sonreír y tampoco jugar con ellos. Maduró de esta forma, en soledad, temeroso de su propia sombra. 

Un día de lluvia, maldecía contra el tráfico, el clima y su falta de dinero para comprar un café. Odiaba su trabajo, pero se negaba a abandonarlo porque temía encontrar un lugar donde sentirse a gusto. Odiaba la lluvia, pero temía viajar a una zona más cálida por miedo a disfrutar el calor en su piel. 

-Por favor, acepte el café—dijo la mujer que atendía el local—está frío afuera. 

-No, no—y volteó para buscar monedas en su bolso roto.

-¡Ay!

Preocupado olvidó sus temores y asistió a la dama que recibió el café caliente en sus manos. El hombre maldijo, se maldijo así mismo y pidió perdón a la joven que lloraba por el dolor de sus nudillos. 

-Ya pasará—dijo ella—un poco de crema y santo remedio. 

-Trabajaré para usted hasta el día que sus manos estén sanas. 

-Nada de eso, pronto estaré bien.

-Por favor—dijo él—no puedo pagar un médico para vendar sus manos, permítame al menos ser las suyas, un tiempo.

La joven sonrió. El hombre tuvo un extraño dolor cerca del esternón.

-De acuerdo—dijo—Pero a cambio, cuando me recupere, usted me aceptar un café.

Todos los días, por muchos días, el hombre temeroso de amar trabajó junto a la mujer. Aprendió a sonreír, a disfrutar del trabajo y apreciar de la compañía. No tuvo ni un disgusto, salvo uno cuando la mujer reveló que sus manos hacía mucho estaban sanas, pero no quería perder su amistad. 

-Lo estimo—dijo ella—me encantaría que siguiera a mi lado.

El hombre se aterró. No por la propuesta, sino por la alegría que surgió en su corazón. Comprendió de súbito, que se había enamorado la mujer. 

Decidió en ese instante, no verla más. Se marchó cubriendo su boca, por temor a relevar su amor por ella. Se fue muy lejos. Por la tierra de la bruja. La bruja había muerto hace años, pero bastó su tumba, para maldecirla y también a sus padres por haberlo hecho tan infeliz.

Días más tarde, decidió visitarlos y descubrió algo asombroso. Tenía un hermano. Había nacido muchos años después que él. Resultó para todos “un verdadero milagro”. El niño era mudo, lo era desde que aprendió a caminar. Dijeron sus padres que perdió la voz así, sin más, el día que su madre lo besó en la nuca y él dijo “Te quiero mucho mamá”.

Comprendieron al acto que no fue el primer hijo el niño de la maldición, si no el segundo. 

-Tu madre estaba encinta cuando visitamos a la bruja, no lo sabíamos. Pensábamos que por eso resultaste prematuro.

-¿Entonces perdió su lengua y su corazón se volvió negro?

-Perdió la voz—dijo el padre—pero jamás su capacidad de querer. Me pregunto… ¿qué habría sido de ti si jamás hubiésemos malinterpretado las palabras de la bruja?

El hombre turbado retornó a la ciudad. Comprendía que era libre de toda maldición. Él era él, podía amar, podía aceptar un café. Podía ser feliz.

Regresó al puesto de la mujer, Rosa, la mujer que amaba se llamaba Rosa, para confesar sus sentimientos. Él también quería estar con ella. Él quería aceptar un café. 

La vio ahí, en solitario, bailando al ritmo del Rock&Roll mientras limpiaba las mesas de local. La única mesa que no tocaba era una mesa con dos tazas y un hervidor. El vapor salía por la boquilla, él pudo imaginar el aroma del grano tostado, hecho polvo para disolverse en esa pequeña taza de porcelana barata.

“La mesa esta servida” pensó. Él era un hombre que podía disfrutar. El agua estaba hirviendo, podría apreciar su sabor y el agrado de la compañía. Podría decir “te quiero, quiero estar contigo». 

Con todo, el hombre se quedó ahí. Mirando, por muchos años. Porque, aunque la quería, no sabía cómo tener valor. El temor era más grande, ¿a qué? Jamás lo supo, pero fue feliz. Con sólo mirarla, a pesar de todo, fue feliz.

Daniela Olavarría Lepe.

Retorno

A veces olvida que es un alma antigua, aquella romántica que se transporta ante el sonido de los cascos de un caballo, suspira con burdos clichés o clásicos de los 90’.

Se inspira en días nublados y escribe historias durante noches de tormenta.

Que recuerda su último beso al sentir el aroma de una taza de café o imagina el que vendrá, mientras pellizca sus labios, cierra los ojos y escucha el goteo de la ventana que la protege contra la lluvia.