Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico.
No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio.
Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos?
Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.
Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.
Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.
-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.
Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo.
Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.
-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.
-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.
Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.
Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre.
Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír.
Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.
¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.
-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.
La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.
Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.
-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.
Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.
El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.
Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.
Daniela Olavarría Lepe.
