El castigo del duende

Había una vez, un duende. Un ser de luz que vivía entre los bosques del fin del mundo. Vivía entre los recovecos de un roble. Convivía con un chucao que le encantaba cantar en su oído las mañanas que no había tormenta. 

El duende tenía un poder sobrenatural. Podía escuchar a los árboles y alcanzar la figura de un niño pequeño. Le encantaba tomar la forma de niños, sobre todo, aquellos que se perdían en el bosque cuando paseaban con sus padres.

Un día, el duende, o anchimallén, vio a una niñita jugar con piedras cerca de lo que los humanos llamaban “Parque Vicente Pérez Rosales”. Juntaba piedrecillas de todos los tamaños mientras cantaba una melodía que le pareció divertida. La niña, que no tenía más de tres años, cantaba al son de las piedras que juntaba una tras otra mientras mantenía una sentadilla perfecta, con la planta del pie completamente apoyada en el suelo. 

-¡Hermana!—escuchó el duende en un grito estridente. Una niña, unos años mayor, se lanzó sobre la pequeña y la estrujó por la espalda. La niñita perdió el equilibrio y echó abajo la torre de piedras.

El duende maldijo. Sus orejas se volvieron rojas de ira. ¿Quién se creía aquel ser desproporcionado? ¡Loco como las brujas de la Chillwe, para arruinar la obra de aquella niñita!

Decidió vengarse de la niña mayor. Le haría pasar el peor de los males. La atraparía, la colgaría a un alerce y cobraría su forma para que sus papás se olvidaran de ella. ¡Nunca más volvería a molestar a la niñita! ¡Nunca más volvería a estrujarla ni mucho menos destruir sus maravillosas obras!

Estaba por concretar su plan, cuando sintió un ligero silbido. Era el chucao con el que vivía en aquel roble viejo. El chucao le advertía que no hiciera mal a la niña, ella no era mala y él tampoco lo era. Con todo el anchimallén estaba decidido. Castigaría a la pequeña por sus actos. ¡Ni la Madre Tierra sería capaz de detenerlo!

Acto seguido, una raíz asomó bajo el suelo. Se enrolló en ambas piernas y lo azotó contra la tierra. Nadie lo vio, nadie lo consoló. Su amigo, el chucao se rio de él. Azorado, impotente, se puso a llorar. Lloró y pataleó y así se quedó. Entonces, dos sombras coloridas lo invitaron a levantar la mirada.

-¿Qué te pasó niño? 

El duende, se vio al acto como un niño. Por instinto, siempre se transformaba en uno cuando notaba a humanos cerca. En ese momento, las niñas, ambas hermanas, lo miraban con curiosidad. La mayor, que en un principio pensó una bruja, le tendía una mano. La pequeña, cuyos rizos apenas cubrían sus orejas le hicieron pensar en una dulce murra. Ella también le tendía una mano. La misma que tendía la hermana mayor. Era lo que hacían las hermanas pequeñas. Reflejar el actuar de sus mayores. 

-Me trompecé—dijo el duende.

-Se dice tropecé—corrigió la hermana mayor—Tro-pe-cé. 

-Tropecé—repitió el duende.

La niña sonrió.

-Tienes tus cordones mal abrochados. No sabes amarrarte los zapatos.

-Yo tampoco—dijo la hermana menor—y mostró sus zapatos con velcro. 

-Que tonta—dijo el duende.

-Tonto tú—dijo la pequeña.

El duende enrojeció y de súbito odió a la pequeña con todo su corazón. ¡Se transformaría en ella, la colgaría a un alerce! ¡Nunca más vol…!

-Tonto nadie—dijo la niña mayor—Yo te amarro los zapatos. Dame uno. Hermana, amarra el otro.

-Yo no sé. 

-Aprende.

El duende le sacó la lengua. En eso la hermana mayor ató las agujetas de sus zapatos. ¡Que linda niñita! Pensó entonces. ¡Que linda las dos! Pensó de nuevo. El chucao entonces cantó del lado derecho y las raíces que lo afiataban al suelo lo soltaron. Se puso de pie. 

-Gracias—dijo el anchimallén—tengo que irme ahora.

-Nosotras también—dijo la niña mayor—vamos hermana. 

-Toma—dijo la niña pequeña. Le entregó una piedra de color verde. Era muy bonita—para que hagas una torre.

Al duende se le iluminaron los ojos. Se imaginó haciendo una torre gigante. Del porte de una casa ¡Ni siquiera el lobo feroz la podría botar!

Sonrió radiante y de un brinco se retiró entre los arbustos. Observó a las niñas marcharse tomadas de la mano. Se despidió de ellas hasta que no las vio más. Así también lo hizo la raíz que muy chistosa lo había azotado al suelo y el chucao, el chucao no paraba de cantar.

Daniela Olavarría Lepe