El valor del abismo

El mar rozaba ondulante la arena gris. La empujaba, arrastraba piedrecitas, restos de moluscos y algas. El aroma del cochayuyo se mezclaba con la brisa salada que secaba su boca. 

«A veces simplemente es más sencillo estar muerta». Pensó la mujer.

Escuchaba los gaviotines levantar el vuelo. El cielo oscuro era similar a sus emociones turbulentas. No había salida. Estaba sola. Hacía mucho tiempo que lo estaba. Se había cansado de luchar. De elegir. De no tener qué elegir. Las decisiones siempre se adelantaban a ella. Ella era una simple marioneta. Todo valía un carajo.

Y ahí estaba, cansada de un círculo sin salida. De altos y bajos. De muchos no, pocos sí y más no sé. Las lágrimas brotaban de sus ojos sólo de pensarlo. ¿Pensar qué? Todo. ¡Lo bruta que siempre era, que no salía del hoyo y que aunque lo intentase, todo resultaba mal para ella! Quería lo que no podía, porque siempre era demasiado tarde. Los problemas, el amor, las decisiones, las alternativas, las deudas…la vida. Estaba sola y su única compañía estaba ahí, entre la arena que se metía al interior de sus zapatos y la mugre entre sus uñas.

-Mierda—se encogió en el suelo. Apoyó la mejilla contra la arena negra y sus lágrimas desaparecieron entre los lamentos y las piedras.

«Es mejor estar muerta». Se volvió a decir.

Alzó la vista y en la orilla del mar, vio frente a ella una silueta. Era una sombra oscura. Sostenía un bastón y una soga. Entre ambos se alzó la niebla. Era niebla densa, húmeda y tibia. El abrazo que esperó recibir más tiempo del necesario. “¿Quién eres?” Pasó por su cabeza, pero ella sabía lo que ahí la esperaba. 

Limpió su llanto, se levantó y con resquemor avanzó hacia la orilla. “¿Quién eres tú?” se dijo otra vez, pero el escalofrío que percibió al distinguir el bote atrás de la sombra hizo que todas sus dudas desaparecieran. 

Lo que tenía frente a ella era «La muerte».

La Muerte no tenía rostro, pero sí una toga raída que cubría un cuerpo delgado, encorvado y firme. Extendió un brazo desnudo, ella vio sus dedos largos y amarillos que la invitaron a un viaje sin retorno. 

“Ven” dijo la sombra en sus pensamientos y ella se acercó. Quiso tomar su mano, pero, para su sorpresa, la sombra la rechazó.

-¿Por qué?—dijo ella.

-Cinco monedas—respondió la muerte en un susurro.

-No tengo…

La muerte extendió su mano una vez más. “En la vida, morir tampoco es gratis”. Percibió que la sombra expresaba en su insistencia.  

Indignada, ella dio un paso atrás.

Abrió los ojos acurrucada en la playa. Los gaviotines alzaban el vuelo. Una barcaza cruzaba al otro extremo de la isla. Ella se incorporó en la arena y tomó asiento con dirección hacia el mar. Lluvia fina empapó su nuca. Sintió frío. Necesitaba abrigarse y un café. En su pantalón guardaba varias monedas y un billete. Le alcanzaba. Miró su celular. Tenía algo de batería y muchas llamadas perdidas. Decidió que no iba a contestar. Primero caminaría hasta el local de la esquina, se protegería de la lluvia, de sus problemas y pediría un café. Ni la muerte sería capaz de privarle de uno.  

Daniela Olavarría Lepe.