El canto de la rana

Conducía mi auto por un camino de lodo de retorno a mi casa una tarde de invierno el año 2015. El calefactor de mi vehículo acababa de entibiar mis pies luego de 35 minutos de trayecto desde la oficina. El día no había sido malo, pero recuerdo que esa jornada el peso venía desde otra parte. Era un “mal presentimiento”. Ese que en ocasiones nos despierta antes que la alarma, nos recuerda que olvidamos sacar la basura por la noche o el gato, que rascó la puerta hasta el cansancio y nos dejó de mal humor porque no pudimos dormir 5 minutos más.

Esa mañana no fue nada de ello. Simplemente desperté con un “mal presentimiento” y me mantuve así todo el día. Pensé que eran las hormonas. La famosa “regla” que según mi calendario estaba a pocos días de llegar y me ponía paranoica, sentimental o visionaria. Ese día estaba «de malas». Triste. Todo me afectaba. Lo extrañaba. ¿A quién? No sabía. Simplemente a alguien “echaba” de menos. 

Ray Bradbury publicó en 1950 el libro “Crónicas Marcianas”. En una de sus historias, “Ylla”, la protagonista, una marciana llamada señora K, esperaba. ¿Qué esperaba? Ella no sabía. Era algo inesperado. “Lo soñaba”. Poseía un “feeling”. Esperaba por una realidad imposible, que a pesar de todo ella sentía como cierta, al punto que su esposo, el señor K, se empeñó en descubrir hasta el final de la historia.

Durante esa noche me sentí como la señora K. Recorriendo un camino de barro en medio de la penumbra. Escuchando a Sara Bareilles por la radio, sintiendo el calor del calefactor del vehículo en mis pies, mientras el parabrisas hacía a un lado la lluvia.

El sentimiento seguía ahí. “Algo” iba a pasar. “Algo me hacía falta”. Tenía pena. Pensaba en él, pero no sabía en quién. Era un vacío. La espera de un momento indeterminado.

A pesar de la tranquilidad de la noche, a pesar de que era viernes y de la música en la radio.

Hasta que la canción acabó.

La radio de súbito perdió la señal. Cambió a una frecuencia ruidosa que hablaba sobre detergentes y packs de ahorro. Me pareció extraño. Quise cambiar de canal, pero luego vi el portón de mi casa y me despreocupé. Por esos años la iluminaria del camino no estaba terminada y mucho menos la de la casa. Bajé del auto iluminando el paso con la linterna del celular. La lluvia se volvió copiosa por el minuto que estuve buscando la llave del cerrojo, hasta que logré abrir el portón y corrí hasta la puerta del vehículo. Bastó que subiera al auto para que la tormenta acabara. Maldije en voz alta, aunque preferí continuar en mis pensamientos mientras cerraba el portón con premura.

De súbito, llegó a mí el canto de las ranas. Fue un canto sobrecogedor. Similar a los grillos en la zona central durante el verano. Su melodía provenía del final del terreno donde vivía. El agua lluvia se acumulaba en un desnivel que asimilaba un gran charco. Me quedé con la mirada perdida en el vacío. Escuchando su canto, sintiendo las gotas de agua que caían sobre mi nuca y la brisa que me invitaba a buscar refugio. 

La sintonía de la radio se activó por sí sola. El auto seguía encendido. Retorné a mis cabales y troté al vehículo. Entonces, cuando apagaba su motor metros más adelante, la presunción surgió otra vez. “Ahí está”. Pensé. 

El canto de las ranas se volvió más fuerte que nunca. Eran decenas, cientos. La curiosidad y el presentimiento me llamaron a caminar atrás de la casa. Estaba a oscuras. Estaba sola. La luna era cubierta por nubes cargadas de agua. Las casas aledañas mostraban escenas familiares distantes. Puse atención a una de ellas, veían televisión. Me pareció encantador y al mismo tiempo solitario. Por mí. El presentimiento, estaba ahí. Ese algo estaba ahí y yo lo entendí. Ahí, en medio de la nada, entre el canto de las ranas y la lluvia, comprendí que estaba sola.

Con todo, ese algo, en efecto, ocurrió. 

El 25 de junio del año 2015, comprendí que estaba sola. En medio de la nada. Cuando lo hice, me puse a llorar. Sentí todo el peso bajo mis hombros. Las ranas croaron y yo me cobijé en su canto. Las vi verdes, porque a pesar de la oscuridad, su color se iluminó conforme a sus notas y el viento las envolvió como un remolino. Una línea de luz dividió el cielo y yo, esperando que “algo” sucediera, olvidé todo llanto y caminé hipnotizada hacia el remolino de ranas que rodeaban la luz. Extendí mi brazo, sin temor y mi mano, sintió otra. Era suave, cálida y me atrajo hacia un cuerpo firme y protector. Lo que ocurrió en ese momento fue un abrazo. De quién, no lo sé. Pero por un instante, aquel abrazo me dijo que todo estaría bien y que soledad en realidad no existía. Era imposible, porque incluso los astros nos saludaban por las noches, aunque hace miles de años que no estaban ahí.

Desperté en el asiento delantero del auto. Estacionada frente a mi casa, con la radio del vehículo reproduciendo una canción cristiana. Escuché el croar de las ranas. La lluvia seguía copiosa en medio de la noche, pero la curiosidad sólo me invitó a la casa por una taza de té. La cocina me recibió en silencio. Con la loza del desayuno sin lavar y el gato que se desperezaba de la siesta. “Ya estoy aquí”. Le dije. Llené su plato de comida y encendí el hervidor. Pensativa puse la mano sobre mi pecho. El presentimiento ya no estaba. Desde aquel «sueño» lo que fuera que me hiciera falta ya no era necesario. Lo que quería estaba ahí, entre las caricias de mi gato, la calidez de la lluvia y el abrigo de un abrazo que hasta el día de hoy no he podido olvidar.

Daniela Olavarría Lepe.

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.