La línea que cruza el destino

Valeria desde pequeña tenía el afán de mirar la palma de su mano. Los primeros años era una mano pequeñita. Observaba los surcos que la recorrían, la delgadez de los nudillos, la letra «M» en su centro. Ella pensaba que aquella “M” provenía de “mamá”, porque su mamá siempre estaba con ella. Donde fuera que estuviese. En el olor de su bata, cuando estaba enferma de la guatita o cuando jugaba con sus amigos imaginarios. La letra “M” de mamá, siempre estaba escrita en su mano, y a medida que crecía, que sus dedos se volvían más largos y su palma más amplia, ella sabía que aunque pasara el tiempo, su mamá siempre estaría ahí, con ella.

“Te quiero mucho, mamita”. Es la frase que usaba Valeria todos los días por las noches antes de irse a dormir. Lo decía porque sí, incluso de mayor, porque sentía que nadie decía los suficientes “te quiero” en la vida. Siempre lo decían cuando era demasiado tarde. 

El día que Valeria dejó de mirar su mano y decir a su mamá “te quiero mucho”, fue cuando estaba en el colegio. No se dio cuenta cuando se detuvo. Simplemente lo hizo y cuando lo recordó quedó espantada. La palma de su mano había cambiado. Era la misma palma, pero se habían agregado nuevos surcos y una de las líneas de la letra “M” parecía difusa. Ese día volvió a despedir a su mamá por las noches y mirar su mano. Se juró así misma que jamás dejaría de mirar su mano.

Años más tarde Valeria conoció a un chico. Era pelirrojo. Bonito. Se parecía Ron Weasley. A ella le gustaba el cabello rojo en los chicos. El cabello rojo y las pecas. Con todo, cuando tuvo la oportunidad de hablar frente a él, cubrió su boca. No porque no pudiera hablar, sino porque camino al paradero de buses, un anciano gordo y con ojotas lo aventó con su bicicleta. 

El chiquillo se puso a llorar. Estaba enojadísimo. No aceptó ayuda de nadie, tampoco la de Valeria. Sin mirarla lanzó manotazos a diestra y siniestra y ella se retiró a punta de llanto. Ofendida por fijarse en alguien que sólo sabía quejarse y dar manotazos. 

Años más tarde, a Valeria no le atraían los pelirrojos. No tenía un prototipo. Se fijaba en el carácter y en el buen humor. Su primer pololo le rompió el corazón, el segundo también y el tercero mucho más. La pelea que sostuvo fue tan dolorosa, que sus piernas perdieron fuerza. En la mampara de su casa, el chico se marchó tan triste como ella. Valeria cayó de rodillas, un viernes Santo. Su mano derecha se apoyó en el marco de la puerta y la izquierda la mantuvo abierta, con la palma frente a sus ojos. La letra “M” se manchaba con el rímel y saliva. Esa noche, sólo quiso abrazar a su mamá y lo hizo, lloró abrazada a una foto de ella en su habitación, hasta la mañana siguiente.

Valeria dejó pasar el tiempo. Prefirió enfocarse en ella, en su carrera y en su futuro. Visitaba a su madre a diario en el cementerio. Era una mujer independiente. Tenía un trabajo que le permitió arrendar un departamento en el centro de la ciudad y pasear los sábados por la plaza. Uno de esos sábados, que no era frío, pero sí con mucho viento y una nube negra amenazaba el cielo, Valeria salió del supermercado. Cargaba una bolsa de pan y queso para la once.

-¡Disculpa!—escuchó atrás de ella—¿Te conozco?

Valeria vio a un joven de cabellera pelirroja y muchas pecas. Había crecido varios centímetros desde la última vez que lo vio.

-¿Fuimos compañeros en el colegio?—dijo ella aún dudosa, pero sabía de quien se trataba. Su último recuerdo sobre él había borrado los buenos. El joven pelirrojo sonrió. 

-¡Sí! Me acuerdo. ¿Vale? Soy Martín, del C. Nos topamos varias veces—Valeria sonrió. Fue una sonrisa honesta. No la esperaba, lo seguía viendo en el suelo maldiciendo y llorando. Con todo, se preguntó por qué él recordaba su nombre si apenas la había visto un par de veces.

La nube negra se volvió densa y el viento fuerte. Granizos cayeron sobre ellos y ambos apostaron cruzar la calle. Ninguno supo de dónde vino la idea. Simplemente uno cedió al otro y corrieron riendo a carcajadas. 

-Te invito un café—dijo Martín jadeante. Valeria había ganado la carrera y daba saltos de alegría—Vamos a ese que está en la esquina. Yo invito el café y tú el pan que llevas en la bolsa.

Valeria asintió. La bolsa de pan aún se remecía en su mano. Ambos avanzaron al trote, atentos a la próxima nube. Martín la adelantó unos pasos, era alto, más alto que ella. Valeria vio su espalda algo encorvada y sus brazos largos y delgados. Se imaginó sujetando aquella mano y para su sorpresa, cuando él le devolvió la sonrisa, ella alzó ligeramente la palma de la mano frente a sus ojos. Pensó en su madre que siempre la cuidaba desde «arriba», en las marcas que había dejado su vida y en las nuevas, otorgando un nuevo significado a la letra M.  

Daniela Olavarría Lepe.

El boleto

Esta historia es real. Nada de lo que voy a contar es mentira. No es basado en hechos reales. No es con referencia a una película, tampoco a una serie de streaming. Lo que voy a contar ocurrió hace muchos años. En un pueblo. A kilómetros de la capital. 

Era un pueblo olvidado. Ubicado en una realidad alternativa. En mi casa le decíamos el triángulo de la Bermudas porque jamás tenía buena señal de teléfono y todos se perdían cuando querían llegar a nuestra casa. Al menos así pasaba en los cumpleaños, porque de los invitados jamás apareció uno.

El verano era abrazador y seco. Se escuchaban rancheras cruzando en camioneras de los 60’, de cabina simple. Algunos huasos cabalgaban en sus caballos usando chupalla y espuelas. Los buses, viajaban kilómetros desde la capital dando rebotes y recibiendo a vendedores ambulantes que gritaban “Pa’ la se’, pa’ la calor”. Vendían helados de palitos, «cubos» y agua congelada en una botella que servía para enfriarse la frente. Eran buses, micros interurbanas. No recibían la BIP, sólo efectivo. Algo menos de luca el pasaje y para los escolares como cien pesos. Todavía guardo esos boletos. El inspector subía gritando a todo pulmón que el famoso “tío Pepe” había llegado a revisar los pasajes.

En este relato yo no iba en ningún bus, pero me gusta recordar su ambiente porque viajé en esas micros por muchos años. Esa tarde, en particular, simplemente los veía parar frente a un paradero metálico, deforme por algún choque y rallado y con él, veía bajar a uno que otro pasajero, tomando un helado o apoyando una botella congelada en su frente.

Esperaba a esas horas junto a mi madre, en un auto GOL del 98’, al otro extremo de la larga curva que representaba el camino principal. ¿Qué esperaba? No recuerdo. Sólo recuerdo que estaba esperando en el interior del auto a un costado del paradero junto a mi mamá. En ese momento charlaba con ella. Hablábamos de la vida. Del colegio, de las pruebas. Para mí, esos días eran temas interesantísimos. Hablar de las notas y las tareas. El colegio era algo importante. Definía a la persona y a la vida misma. 

En la calle frente a nosotras, un chico pasó en bicicleta rumbo a un galpón. Era un chico delgado y de cabello crespo. Lo conocíamos de alguna parte. Su bicicleta era verde. Lucía nueva, ágil y brillante frente a las casas de colores anaranjados y el tono de la tierra que a ratos generaba espejismos por el calor del sol.

La conversación con mi madre pasaba ahora a temas más importantes. Del próximo libro de Harry Potter, qué pediría para navidad y si el paseo de curso sería ir a la piscina de una tal señora Rosa. Como les dije, era una vida compleja, la vida del escolar lo es.

Un grito desde el galpón nos interrumpió. 

Mi mamá dejó de prestarme atención. El joven en la bicicleta verde salió del galpón y se perdió por el camino principal. Me llamó la atención que el joven no era el mismo que antes.

-¿¡No me digas que le robaron la bicicleta…!?—dijo mi mamá.

En efecto. El joven de cabello crespo asomó poco después corriendo detrás del ladrón.

-Hija, pasa al asiento de atrás. ¡Al asiento de atrás hija!

Obedecí. Mi mamá echó a andar el motor del auto y lo encaminó rumbo al joven de cabello crespo. Bajó la ventana.

-¿Te robaron la bicicleta?—dijo mi mamá. El joven asintió—¡Vamos, sube! ¡SUBE!

El chico subió y mi mamá pisó el acelerador. El ladrón pedaleaba hacia el final de la calle, pero se desvió por un puente que unía un canal. Mi mamá pasó a tercera, impidió que un camioncito cruzara antes que ella, y luego de recibir un largo bocinazo, subió el cambio a cuarta y de cuarta a quinta. El ladrón se percató que lo seguíamos. Pedaleó más fuerte, pero mi mamá también aceleró hasta alcanzarlo. Yo no podía pensar. Estaba helada, veía a mi mamá y al maldito que nos retornaba miradas escuetas mientras se equilibraba en la bicicleta. Mi mamá se ubicó en paralelo al ladrón y lo amenazó con el auto. Tocó la bocina repetidas veces.

-¡La bicicleta!

-¡Qué! Nooo, es mía.

-Mentira ¡PASA LA BICICLETA!

Y el tipo saltó a la calle y tiró la bicicleta contra el auto. Mi mamá lo esquivó y frenó en seco. Mi estómago se contrajo. El sujeto corrió hasta un portón metálico y desapareció. Nos quedamos un segundo quietos.

-¡Bájate luego y arranca! Va a volver con otros—dijo mi mamá al chico de cabello crespo.

El joven, aún atontado, le dio la razón.

Apenas se bajó, yo me pasé al puesto del copiloto. Mi mamá no esperó a que me pusiera el cinturón de seguridad. Aceleró como pudo. Me pareció escuchar un «gracias». Vi al chico pedalear su bicicleta raudo hacia otro extremo de la calle. Por un instante me pregunté si llegaría bien a su casa. Fue lo único que pasó por mi cabeza. Después solo pensé en nosotras. Debíamos escapar. Lo que fuera que esperábamos frente al paradero sería para otra ocasión.

Daniela Olavarría Lepe.