Collage de un sueño. Representa varias instancias del sueño de la protagonista.

El sueño de un beso

Tuve este sueño extraño, formaba parte del cuadro “El beso”. Estoy recostada en sillón de tres cuerpos, escuchando la lluvia golpear dulcemente el techo. Percibo un “Mmmm” al costado de mi oreja. Su aliento entibia mi cuello. Es un cuello delgado, largo y esbelto. Me eriza con aquel suspiro y siento que me cobija con sus brazos largos y el calor de su torso. “Mmm…” Lleno de pereza me envuelve en su abrazo. Mis manos se entrelazan a las suyas y juntos nos cubrimos con aquella manta de lana que nos tejió su abuela cuando me conoció. 

El viento me despierta. Ese viento maldito que termina toda modorra salvo la suya. “Las gallinas”, pienso. Intento liberarme de la jaula que insiste en mantenerme prisionera, pero sus manos presionan mi cintura y el cosquilleo en mis caderas se plantean en ignorar los silbidos y el golpeteo de las latas. 

-No, por favor…—le doy un beso en ambas manos y mi captor cede ante la caricia—ya regreso.

Trastabillo, maldigo por lo bajo y camino hasta la puerta de la cocina. En el patio techado veo a cuatro gatos y una perrita fiel que me invita al laburo. 

Visto una capucha roja, las botas de goma y el…

-¡Amor! ¿Dónde está el martillo?

-¿El qué?

-¡El martillo!

La respuesta tarda lo suficiente para que yo logre encontrarlo primero.

-En la caja de…

-Si… Lo encontré.

-¿Te ayudo?

Escucho que se acomoda en el living. Está buscando sus zapatos. Le digo que no es necesario, que mejor prepare el agua para comer cuando regrese.

 Mi cuerpo se prepara en ese momento para enfrentar la ventisca. La Sofia ladra estridente y yo abro la puerta del patio techado.

“¡Mierda!”

Les recuerdo que esto es un sueño. 

El viento me empuja, siento las manos de la Madre Tierra. Casi veo su rostro ingrato que sonríe ante mi lucha por llegar al gallinero. “Déjame verlas, pienso, déjame reparar las latas que cubren sus nidos”. El viento me desafía y me obliga a esquivar la mirada:

-¡A la Madre Tierra se le respeta! ¡Al suelo debes mirar si al otro lado quieres llegar!

Empujo, forcejeo con el viento. Sus manos gráciles mantienen la fuerza de millones de especies. Estoy luchando contra la Madre Tierra. El frío reseca mi piel, la parte, la quema. El agua me empapa, me entume, recorre los surcos que deja la ventisca.

En un descuido, el viento desacelera la marcha y yo de un impulso corro hacia el gallinero. Ahí está la Sofía, ladra, busca ratones cerca de la leñera. Me llama. “¡Un ratón madre!, ¡Hay un ratón entre los palos”! Le grito que después voy, que ahora necesito ver a las gallinas. Me responde con más ladridos, ahora quiere jugar a la pelota. Yo la ignoro y entro al gallinero. El tiempo es escaso, aunque la Madre Tierra es cruel, siempre me da tregua. Las gallinas cacarean, piden comida, yo les tiro grano, algo queda de lo que José compró hace unos días. Saco algo de alimento…

Un silbido, dos… otra vez surge la tormenta.

Distingo una gotera en la esquina del gallinero. ¡Ahí está la lata suelta! ¡Tengo que repararla!

-¡Dame el martillo!—escucho atrás de mí.

Es José. Mi observa con aquellos ojos enormes que me enamoran. Su mirada es urgente, aunque dulce. ¡Como quiero a ese hombre! Una sonrisa se dibuja en mis mejillas. Saco el martillo de goma de mi capucha y en agradecimiento le brindo un beso y algunos clavos.

Observo su espalda salir del gallinero y enfrentarse a los juegos de la Madre Tierra. Con él no es más gentil que conmigo. Arremete con un diluvio que lo cala hasta los huesos. José maldice sin detener su brazo. No sabe clavar, pero agradezco que lo intente. Clava y clava. Maldice y clava. Clava y un grito me indica que se ha dado en un dedo. 

-¡La conchadesumadre! El martillo como las pelotas…

Guardo mis risas para felicitar su lengua y que la gotera desaparece al fin. Termino de recoger los huevos de oro que han puesto las gallinas en último momento. Los guardo en el bolsillo. Espero no olvidarlos como la última vez. José intentó pellizcar mi cadera y terminó por reventar el huevo. Él aún ríe del chiste, yo no. 

Salgo del gallinero al tiempo que la Sofía me tira una pelota desinflada. Está empapada. La envío bajo techo, pero me ignora por completo. Tiro la pelota unos metros adelante y troto para respaldar a José. No entiendo qué hace hasta que lo veo muy tranquilo, conversando con la Madre Tierra. Al parecer hablan de mí, él le pregunta si acaso ella piensa que diré que sí. 

Algo en mi interior se aprieta. Como la presión de la Sofía sobre mí, como un abrazo en el sillón de tres cuerpos, o simplemente es mi corazón que envía ideas extrañas a mi cabeza.

Carraspeo sin evitarlo. La silueta que ahora conforma la Madre Tierra me da un vistazo, sonríe y desaparece. Se transforma otra vez en viento, aunque ahora parece más una dulce brisa.

-Me molí el dedo—se excusa José señalando lo que parece un dulce—pero la lata está firme.

-Te escuché—dije. Recibo el martillo, acaricio el dedo lastimado y lo meto a mi boca. José se ruboriza y yo aprovecho para besar sus labios. Me fascina su boca, su abrazo y el de la Madre Tierra…

Despierto con un ladrido. Sofía se baja de mi regazo y corre hacia la cocina. Me encuentro recostada en el sofá de tres cuerpos. Frente a mí hay una réplica del cuadro “El beso”. Ver aquel cuadro me recuerda que «algo» estuve soñando. El sonido del viento también lo hace y su abrazo. “El abrazo”. Pero no puedo recordar más, los ladridos de la Sofía son insoportables y el viento, ay no… que odioso viento. ¡Es verdad! Las gallinas me esperan y hay una gotera que debo reparar.

Daniela Olavarría Lepe

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.