El ruido que emana el silencio

No puedo con este silencio. La parsimonia de no saber e imaginar más de la cuenta. Siento que me estoy convirtiendo en otra persona. El mendrugo de un ser que antes sonreía de emoción ante el aroma de la mañana. La que veía el sol como el inicio de una aventura, el vaso medio lleno. El aura vibrante que llama a ver lo bueno incluso en lo miserable.

Estoy triste, sí. No porque esté sola o porque la fortuna no me sonría. Es la tristeza que genera el vacío de tenerlo todo menos aquello. La remembranza de una vida que me pareció muy mala y ahora considero la mejor de todas. Donde el silencio se rompía con el canto de un ave silvestre, donde me imaginaba en tierras indómitas y místicas. Hoy el sonido de la brisa y el canto de la bandurria cambian a disparos, música foránea e incertidumbre. 

No puedo con el silencio. No aquel que vibra en las ventanas de mi habitación, sino aquel que otorga. Ese que más duele. Porque fui ciega y sorda. Me acostumbré al silencio y preferí permanecer en él porque ciega y sorda seguía sonriendo. Después de todo el sinónimo de la inocencia debería significar “aquel que no quiere escuchar ni ver”.

Con todo, este silencio pesa en mi pecho como si a mi tronco hubieran atado un saco. Me jala hasta lo más profundo de mis pensamientos. Me impide caminar, me impide pensar con claridad.

Quisiera que todo volviera a ser como antes. Desearía volver a ser más valiente y él lo fuera también. Porque ambos somos unos cobardes. Cobardes de la vida, de nuestras decisiones. No lo juzgo, no es bueno juzgar a la gente sin conocer todo el panorama. Me baso en suposiciones, ideas que surgen en mi cabeza por culpa de este silencio.

Tiempo atrás, en una iglesia, escuché un relato que jamás pude olvidar. La historia de un hombre que permanecía colgado en un precipicio, cubierto por la niebla. En su desesperación, el hombre pidió ayuda a Dios y Dios le dijo “Suéltate”. El hombre no lo hizo, prefirió aferrarse al precipicio. Cuando lo encontraron, estaba muerto, colgado a sólo unos centímetros del suelo. 

Si me hubiese soltado del precipicio, estaría en otra parte. Estaría contando una historia diferente, una que empieza en un día nublado, con la ventisca que remueve las latas de los techos, empuja los árboles y aplasta la hierba. Yo saldría de una leñera húmeda, cargando palos secos y otros con musgo entre sus recovecos. Me pesaría la carga, pero la posaría sobre una carretilla cuya rueda rechina mientras avanzo por las piedras y el barro. 

“Ya queda poco” me diría con la respiración cortada. En mi imaginación me esperaría el agua hervida, un trozo de kuchen de manzana y una taza de té lista para servir. 

En el arribo a la entrada de mi casa, la carretilla tropezaría en pleno con una piedra y yo perdería el equilibrio. Seguramente maldeciría el clima, al dios de la tormenta o las carcajadas de la Madre Tierra. 

-¿Estás bien?—me diría él, tendiéndome una mano. Yo aceptaría su ayuda y me pondría de pie—¿Te pasó algo?

Yo no diría nada, pero en un arrebato rompería a llorar y le daría un abrazo. “Ya…ya” me diría él en un consuelo apenas audible.

-¿Por qué tardaste tanto?—yo diría entre sollozos. 

-Porque no fue fácil.

-Nunca lo es—Y permaneceríamos así. Abrazados a pesar de la tormenta, entonces, luego de una mirada cómplice, entraríamos la leña y pondríamos el agua nuevamente a hervir. Esta vez serían dos tazas. Un café para él, un té para mí y una porción de kuchen para compartir.

Daniela Olavarría Lepe.

El valor del momento

Gracias. La vida se conforma de pequeños momentos. Thank you. Los recuerdos consisten en retornar a nosotros los instantes en que estuvimos vivos. Arigatō. Nuestra mente es una máquina del tiempo. El guionista en una película de ciencia ficción que nos hace recordar cuando estuvimos vivos, imaginar sobre nuestro futuro y olvidar el único momento en que realmente existimos. Nuestro propio presente.

Esta historia es una hebra que se hila, como las raíces de un sabio alerce. La trama de una novela, la gota que se desliza por los surcos de una hoja hasta caer sobre un charco de agua. El punto de origen que se expande como el aleteo de una mariposa que generó un sismo al otro lado del mundo:

Obrigado. 

-Se dice abrigada—dijo la joven al grupo de amigos que la acompañaban en su viaje. 

Cruzaban hacia la Vila Nova de Gaia, durante un atardecer confuso entre el sol del verano y el gris del otoño que busca su trono. Colores grises de las nubes interrumpidos por los rayos de sol que intentaban atravesar de bruces el río Duero, mientras barcas de todos los tamaños recorrían su caudal. La luminaria surgía tímida entre las construcciones asentadas irregulares y coloridas. 

El metro asomó al otro extremo del puente desde Gaia. Los ciclistas y transeúntes se hicieron a un lado. Las gaviotas sobrevolaron las cabezas de los turistas que intentaban fotografiar el paisaje. La joven permaneció perpleja un momento ante la postal. El sonido de los pasos, las charlas y las risas se volvían ajenas antes el ocaso. La paz que calmaba su recorrido sólo era interrumpida por los recuerdos del pasado. Ella deseaba que “él” hubiese estado ahí. Lo que por meses se transformaba en el recuerdo de un extraño, ese día aparecía en su retina como la viva remanencia del día anterior. Si tan sólo no hubiera visto su fotografía por redes sociales, tal vez el disfrute del paisaje habría sido otro. 

Fue por casualidad. De esas casualidades traidoras del universo que te ponen a prueba. ¿Cómo realmente sabes que has olvidado a alguien? Muy fácil, cuando al recordar su nombre o ver su fotografía no significa nada para ti. 

Para Marta no fue así. 

Cuando vio su fotografía en las redes sociales fue extraño. Era un recuerdo de hace tres años, cuando vivía en el sur de Chile. En la fotografía ella lucía cansada, ojerosa y con una sonrisa forzada porque odiaba las fotografías cuando no era ella quien las tomaba. A su lado, aparecía él y, todo lo contrario, con una facilidad mayor para otorgar sonrisas honestas incluso si ella recordaba que no estaba de ánimo para sonreír.

Esa noche, a pesar de estar de vacaciones al otro lado del charco, lloró ante el recuerdo como si se hubiesen despedido en ese mismo instante. Su separación no había sido por medio de discusiones o una relación que hubiese terminado en fracaso. Simplemente se habían despedido con un “adiós”. Con todo, ese “adiós” significó para ella un presentimiento. “Nunca más lo volveré a ver”, pensó y en efecto, así fue. Las citas se aplazaron, los mensajes dejaron de responderse y los “me gusta” en Instagram dejaron de aparecer. Un día él escribió por mensaje de texto “Dame un poco de tiempo”. Ella al instante quiso saber por qué. Por largo rato escribió una y otra vez, desesperada, entre lágrimas o resignada, la sentencia de quien por esos días ella consideraba su cómplice. Desde el otro lado del teléfono, “Él” leería en su pantalla “Marta está escribiendo…” una y otra vez y por más tiempo que ella, él esperó lo que fuera que ella tuviera que decirle. Sin embargo, ella calló y de súbito tiró el teléfono al otro lado de su habitación. Los días siguientes, ninguno se atrevió a replicar y tanto él como ella terminaron por comprender el valor del silencio. Luego, el tiempo simplemente continuó su curso hasta tres años más tarde, cuando ella vio su foto y los recuerdos volvieron a aflorar.

La bocina de niebla de una barca turística alzó el vuelo de las gaviotas. Marta levantó la vista un momento, aunque los sonidos le parecían a ratos como una realidad distante.

Su mano acarició la baranda metálica que la separaba del río metros más abajo. Rememoró la mano de “él”, grande y larga entrelazarse con la suya. El calor, la calma, la naturalidad que existía entre ambos cuando estaban juntos. Momentos que se percibían de toda la vida. ¿Cómo un instante finito logra ser eterno?

-¿Y si digo «abrigadou»?—dijo Carlos de pronto. El novio de Olivia, bajito y melenudo detuvo abruptamente su caminata. Olivia, que aún olía la rosa que Carlos le había obsequiado en el mercado, también detuvo sus pasos. 

-Eso es para los hombres. Las mujeres, es “abrigada”.

-¿Y si no tengo frío?—soltó Marta, que intentando despejar su cabeza, pensó en un muy mal chiste.

-¡Es que tengo muuucho calor!—siguió Carlos abanicándose. 

Marta rio sincera y con ella Olivia que la empujó porque le gustaba empujar a su amiga. Siguieron el recorrido hasta Gaia, apresurados porque el cierre de la Bodega Sandeman sería pronto. La suerte no los acompañó esa vez. Cuando llegaron a las puertas del edificio construido en 1790 el guardia señaló su reloj. “Llegaron tarde” y cerró las puertas con un gesto de resignación.  

-¡Te dije que te apresuraras, pero vos andás con la cabeza en otra parte!—la reprendió Olivia y Marta lo culpó a «él», porque tal vez «él» la hubiese motivado a correr más rápido e incluso hubiera intervenido con el guardia para entrar a la bodega aunque fuera por cinco minutos.

El cielo se cubrió de nubes resueltas. Marta reconoció el agua que amenazaba sus colores oscuros. La lluvia se hizo presente poco después. Estaban a varios kilómetros de distancia del hostal donde dormían. Cuando el cielo decidió bajar a tierra, se encontraron corriendo por las calles nocturnas de la ciudad. Eran viajeros, cargaban apenas las suficientes prendas para llenar sus mochilas. “¡Mis calzoncillos!” Gritaba Carlos y ambas mujeres reían histéricas, protegiéndose con las manos y evitando tropezar sobre los adoquines. Marta por un momento olvidó incluso la sensación de estar aferrada a “su” brazo. “Su abrazo” El de «él». El aroma que emanaba su esencia y la naturalidad de buscar su cercanía. Se vio entonces, en otro espacio. Uno lejos del clima cálido que brindaba Europa esos días. Se vio años atrás, es un pueblo. Un sitio apartado del vicio mundano de la capital. Cercana al mar, bajo una tormenta fría, días previos a la llegada de la primavera. Ella apartaba su vehículo a un lado de la berma. 

“Voy a buscar algo para comer y luego hablamos” Escribió en su teléfono celular.

“Te llamo en unos minutos” recibió como respuesta y sonrió.

Estaba a unos kilómetros de Calbuco, en la décima región de los Lagos. En el fin del mundo. En un país largo y angosto llamado Chile. Conocidos que tenía en la ciudad de Valencia solían bromear sobre su país. No podían entender que ella viviera en un lugar tan estrecho. Ella simplemente sonreía. El mapa del mundo era como la ansiedad. Muy diferente a lo que la realidad podía ser.

El viento la empujó contra el auto y ella debió proteger su rostro del azote. Su piel estaba muy dañada con la brisa marina. Cubierta de manchas por la exposición solar y una rosácea que coloreaba sus mejillas, aunque jamás le hubiera gustado usar rubor. Caminó a pesar de todo contra esa lluvia infinita que la calaba y entumía hasta la punta de sus dedos. Tenía hambre y necesitaba calorías para continuar su viaje.

Llegó a un local. Un carrito de comida con un apartado techado. Había algunas mesas y sillas plásticas vacías. La dueña la había visto desde la ventana de su casa metros atrás. Marta consiguió notarla desde lejos. La mujer tardó unos minutos en salir, seguramente se planteaba si una clienta valía la pena para cruzar una tormenta.

Con todo, la mujer salió de la casa y se cubrió con una capucha. Marta la vio correr hacia ella. Tendría unos cuarenta y algo. Cuando llegó le sonrió amable. Marta agradeció la sonrisa, era una sonrisa honesta, de aquellas que no se puede valorar con las estrellas de una aplicación. 

-¿Qué se va a servir?

Marta leyó un cartel con los precios escritos a mano.

-Un completo italiano y un té—dijo ella. 

La mujer sonrió. La envió a tomar asiento porque la lluvia no escamparía hasta más tarde.

-¿Y cómo le pago?

-Efectivo o transferencia—dijo ella.

Marta indicó que prefería la transferencia y la mujer dijo que le daría los datos para pagar. Poco después, mientras la joven agregaba salsas sobre el hotdog, la dueña del local le entregó un papelito escrito a mano.

-A mi cuenta Rut nomás—dijo la mujer y fue la última vez que la vio.

Después de comer Marta intentó ubicarla. Por señas, miradas hacia la casa. La mujer simplemente había desaparecido. Marta permaneció unos minutos más. Nada. Miró su celular, nada. Tampoco. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. 

Decidió entonces hacer la transferencia y dejar como referencia algo que a ella la destacara. “La niña de lentes redondos que compró un completo en la lluvia”, tipeó. Luego escribió en el mismo papel donde la dueña del local dejó sus datos para transferir. “Gracias, hice la transferencia a su cuenta. Buena tarde”. 

Ella simplemente pudo haberse ido. Sin pagar. Nadie lo hubiese notado. La mujer sin duda lo habría lamentado. Pero Marta pagó y se marchó. Tal vez nunca más vería a esa mujer, en la vida, pero le había dado un voto de confianza. Con sólo mirarla. Aquello Marta jamás lo iba a olvidar.

-¡Entremos acá!—dijo Carlos, que las llamó a un local metros adelante.

Los pensamientos de Marta retornaron a Portugal. La lluvia los había empapado, pero no hacía frío. Los tres estaban famélicos. El restaurante donde Carlos las había invitado, servían francesinhas. Un plato típico de Oporto, un sandwich, con salchichas portuguesas, jamón, bistecks de carne, queso derretido por encima, huevo y salsa de tomate. El aroma y el calor los motivó a tomar asiento. Un mozo les llevó la carta, pero ellos pidieron dos francesinhas para compartir. El mozo, alto y de facciones atractivas sonrió. Hablaba español y los tres amigos decidieron pregunta por la “intriga del agradecimiento”. 

-Se dice obrigado, para los hombres—dijo el mozo mientras les servía los platos.

-Gracias—dijo Carlos. Marta y Olivia rieron.

-Obrigada para las mujeres—continuó el mozo divertido.

-Obrigado—dijo Marta cuando el mozo le sirvió el plato.

-De nada—dijo el mozo y le sonrió.

Fue una sonrisa honesta, como aquella que realiza un fan cuando su actor favorito norteamericano intenta hablar en español. Un agradecimiento al que intenta ser amigable con la tierra que lo recibe. 

Marta fijó su vista en un gato negro. Era un gato sentado muy recto en el borde de un pilar a las afueras del restaurante. Marta pensó en la Profesora McGonagall de Harry Potter. Se contaba que el bestseller había sido inspirado en esa ciudad colorida, de irregulares callejuelas y edificaciones dispares. ¿Por qué aquel gato de postura erguida no podía ser un brujo que pensativo buscaba escampar la lluvia? Tal vez la magia no estaba en formular un paraguas con su varita mágica, sino apreciar el momento: El goteo sobre el toldo que separaba calle del restaurant, un barril que hacía pensar que tal vez un pirata se escondía en su interior, el semáforo que daba luz verde, pero sin un vehículo qué cruzar. El tranvía, detenido, que encendía las luces para visualizar en camino. ¿El camino hacia dónde? Hacia un reino oculto de seres fantásticos. 

La magia está en el momento, pensó Marta. Como aquella vez frente al mar, una tarde hibrida entre invierno y primavera. ¿Por qué siempre debían ser tardes hibridas entre dos estaciones? 

Con el auto estacionado frente a la playa en Lenca, una playa de arenas grises y formas planas, donde podían visualizar las formas del continente. A Marta siempre le gustaba recordar que eran un pequeño punto entre los miles de puntos que conformaba el universo. Un grano de arena que se confundía con millones y se mezclaba con los pasos pesados que los aplastaban con su andar.

-¿Qué piensas?—dijo él buscando su aroma. Lo encontró en su cuello y su cabello. Ella salió de su distracción, para disolverse en otra. Unió su palma contra la de él. Sintió el olor de su perfume cuando estuvo cerca. Su corazón aún latía cuando recordaba ese momento.

El mozo dejó sobre la mesa dos platos de francesinha al mismo tiempo que Marta, confundida y con cierta decepción, se percataba que el gato ya se había marchado.

-¿Y vos por qué no comés?—dijo su amiga. Marta sonrió azorada y Olivia confundió el gesto con el interés que mostraba Marta hacia el mozo que trabajaba unas mesas cerca de la entrada. Olivia sonrió con picardía y llamó la atención del mozo. 

-Ay no, esta Olivia…—escuchó Marta mascullar a Carlos.

Marta no alcanzó a detenerla. El mozo apareció solicito y sonrió amable.

-¿Algo más?

-¿Algo más chilena?—dijo Olivia con evidente intención.

-¿Eres de Chile?—dijo el mozo interesado. Marta se ruborizó—Mi novia es chilena, espero un día conocer el país. 

-¿De qué parte de Chile es?

-De Santiago. Vino a Porto por estudios.

Como nadie hizo alguna observación adicional, Carlos pidió más bebidas y Olivia, a modo de disculpa para su amiga, pidió un vaso de Ginja.

-Para pasar las penas—dijo Olivia.

Marta sonrió. Olivia pensó que su amiga se había recuperado rápido y dejó el “ligue” que intentó conseguir para Marta para molestarla más rato. Con todo, la sonrisa de la joven se debía al gato que había regresado a su tribuna y con un pequeño abrir y cerrar de ojos le había otorgado un saludo.

-¿Y tú?—distrajo a un gato las caricias de un transeúnte. Marta se sintió helada. Podía reconocer donde fuera aquella silueta. 

En un amago de levantarse empujó la mesa con comida. Olivia y Carlos notaron la palidez de su amiga. Marta no les prestó atención. Caminó hacia la salida, cuando el joven que acariciaba el gato se arreglaba la capucha que lo protegía de la lluvia. Marta logró distinguir sus facciones y con decepción comprendió que no quien ella pensaba.

<<Que tonta>> 

-Lindo gatihno—dijo él amable. Ella fingió cordialidad, aunque el nudo en su garganta era incontrolable. Permaneció ahí unos momentos, observando al muchacho retirarse y trotar para no mojarse más de la cuenta.

-Linda gatita—dijo ella que reconoció su género. La gatita permitió las caricias—Me siento una bruta. ¿Existe algún remedio para dejar de serlo?—Ella había escuchado que los gatos eran verdaderos brujos. Podían distinguir entre una persona buena y una mala. Sabían cuando su “humano” estaba enfermo y cuando estaba triste. Ella no le pertenecía a esa gatita, pero la felina sabía que ella estaba triste. ¿Por qué no había dicho nada? ¿Por qué «él» no había dicho algo? ¿Por qué seguía importando si el tiempo seguía pasando? ¿O acaso seguiría viendo su nombre, percibiendo su esencia y presencia en su memoria y en otros hasta que finalmente decidiera dejar de guardar silencio?

<<Pero lo hice—se dijo ella—y él también lo hizo. Fin del asunto>>

Respiró larga y profundamente. Por ese instante decidió obviar el dolor y la tristeza. Prefirió calmarse con el sonido de la lluvia, las caricias de la gata que ronroneaba amistosa y sus amigos que la llamaban a retornar a la mesa.

-Obrigada—le dijo a la gatita. Ella cerró brevemente los ojos y los abrió. Marta comprendió. “De nada” había dicho y satisfecha de aquel pequeño triunfo retornó con sus amigos.

Daniela Olavarría Lepe.

El boleto

Esta historia es real. Nada de lo que voy a contar es mentira. No es basado en hechos reales. No es con referencia a una película, tampoco a una serie de streaming. Lo que voy a contar ocurrió hace muchos años. En un pueblo. A kilómetros de la capital. 

Era un pueblo olvidado. Ubicado en una realidad alternativa. En mi casa le decíamos el triángulo de la Bermudas porque jamás tenía buena señal de teléfono y todos se perdían cuando querían llegar a nuestra casa. Al menos así pasaba en los cumpleaños, porque de los invitados jamás apareció uno.

El verano era abrazador y seco. Se escuchaban rancheras cruzando en camioneras de los 60’, de cabina simple. Algunos huasos cabalgaban en sus caballos usando chupalla y espuelas. Los buses, viajaban kilómetros desde la capital dando rebotes y recibiendo a vendedores ambulantes que gritaban “Pa’ la se’, pa’ la calor”. Vendían helados de palitos, «cubos» y agua congelada en una botella que servía para enfriarse la frente. Eran buses, micros interurbanas. No recibían la BIP, sólo efectivo. Algo menos de luca el pasaje y para los escolares como cien pesos. Todavía guardo esos boletos. El inspector subía gritando a todo pulmón que el famoso “tío Pepe” había llegado a revisar los pasajes.

En este relato yo no iba en ningún bus, pero me gusta recordar su ambiente porque viajé en esas micros por muchos años. Esa tarde, en particular, simplemente los veía parar frente a un paradero metálico, deforme por algún choque y rallado y con él, veía bajar a uno que otro pasajero, tomando un helado o apoyando una botella congelada en su frente.

Esperaba a esas horas junto a mi madre, en un auto GOL del 98’, al otro extremo de la larga curva que representaba el camino principal. ¿Qué esperaba? No recuerdo. Sólo recuerdo que estaba esperando en el interior del auto a un costado del paradero junto a mi mamá. En ese momento charlaba con ella. Hablábamos de la vida. Del colegio, de las pruebas. Para mí, esos días eran temas interesantísimos. Hablar de las notas y las tareas. El colegio era algo importante. Definía a la persona y a la vida misma. 

En la calle frente a nosotras, un chico pasó en bicicleta rumbo a un galpón. Era un chico delgado y de cabello crespo. Lo conocíamos de alguna parte. Su bicicleta era verde. Lucía nueva, ágil y brillante frente a las casas de colores anaranjados y el tono de la tierra que a ratos generaba espejismos por el calor del sol.

La conversación con mi madre pasaba ahora a temas más importantes. Del próximo libro de Harry Potter, qué pediría para navidad y si el paseo de curso sería ir a la piscina de una tal señora Rosa. Como les dije, era una vida compleja, la vida del escolar lo es.

Un grito desde el galpón nos interrumpió. 

Mi mamá dejó de prestarme atención. El joven en la bicicleta verde salió del galpón y se perdió por el camino principal. Me llamó la atención que el joven no era el mismo que antes.

-¿¡No me digas que le robaron la bicicleta…!?—dijo mi mamá.

En efecto. El joven de cabello crespo asomó poco después corriendo detrás del ladrón.

-Hija, pasa al asiento de atrás. ¡Al asiento de atrás hija!

Obedecí. Mi mamá echó a andar el motor del auto y lo encaminó rumbo al joven de cabello crespo. Bajó la ventana.

-¿Te robaron la bicicleta?—dijo mi mamá. El joven asintió—¡Vamos, sube! ¡SUBE!

El chico subió y mi mamá pisó el acelerador. El ladrón pedaleaba hacia el final de la calle, pero se desvió por un puente que unía un canal. Mi mamá pasó a tercera, impidió que un camioncito cruzara antes que ella, y luego de recibir un largo bocinazo, subió el cambio a cuarta y de cuarta a quinta. El ladrón se percató que lo seguíamos. Pedaleó más fuerte, pero mi mamá también aceleró hasta alcanzarlo. Yo no podía pensar. Estaba helada, veía a mi mamá y al maldito que nos retornaba miradas escuetas mientras se equilibraba en la bicicleta. Mi mamá se ubicó en paralelo al ladrón y lo amenazó con el auto. Tocó la bocina repetidas veces.

-¡La bicicleta!

-¡Qué! Nooo, es mía.

-Mentira ¡PASA LA BICICLETA!

Y el tipo saltó a la calle y tiró la bicicleta contra el auto. Mi mamá lo esquivó y frenó en seco. Mi estómago se contrajo. El sujeto corrió hasta un portón metálico y desapareció. Nos quedamos un segundo quietos.

-¡Bájate luego y arranca! Va a volver con otros—dijo mi mamá al chico de cabello crespo.

El joven, aún atontado, le dio la razón.

Apenas se bajó, yo me pasé al puesto del copiloto. Mi mamá no esperó a que me pusiera el cinturón de seguridad. Aceleró como pudo. Me pareció escuchar un «gracias». Vi al chico pedalear su bicicleta raudo hacia otro extremo de la calle. Por un instante me pregunté si llegaría bien a su casa. Fue lo único que pasó por mi cabeza. Después solo pensé en nosotras. Debíamos escapar. Lo que fuera que esperábamos frente al paradero sería para otra ocasión.

Daniela Olavarría Lepe.

El anciano que vive en la nada

Estoy en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Nadie me responde, el 3G vale una mierda. ¡Cresta! Tengo hambre. ¡Quiero llorar! Estoy en medio de la nada.

El corazón ingenuo no existe. En realidad, es la cabeza. Todo parte por la cabeza. El amor no es ciego, es el cerebro. El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es. 

Ese día estaba en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Orillé el auto a un costado del camino. Presioné las luces de emergencia, aunque los únicos transeúntes eran vacas y chanchos. Una vaca preñada me observaba. Masticaba, masticaba y me miraba. Su vientre era enorme. Masticaba, me observaba y masticaba. Me bajé del vehículo, busqué algo de señal. Levanté el teléfono. Tal vez la señal 4G estaba unos metros arriba. Tal vez estaba a ras del suelo. 

El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es. Lo que ve por televisión es de verdad, lo que ve por un video juego es de verdad y lo que imagina, también.

-Niña, andai perdida.

Volteé ante la presencia detrás de mí. Una camioneta Ford A150, verde, de los 50’, estaba estacionada al otro lado del camino. Mi abuelo se bajó de la camioneta portando una caja con uvas. Eran uvas del campo. De esas que coloreaban a mediados de marzo. Me gustaban esas uvas. Eran verdes, acidonas, pero dulces y frescas. Sentía el olor a tierra cuando las comía. Extraño el olor a tierra cuando como fruta. Ahora sabe a plástico o no sabe, porque la cortan verde. Es fruta congelada, proviene de Estados Unidos o cualquier país que no sea Chile. 

Recuerdo una vez que mi abuelo me dio tunas. Estaba en su casa. Una casa de adobe y ladrillos, cerca de Lampa. Hacía mucho calor porque era verano. Siempre pienso en esa casa en verano. Mi abuelo era moreno, chico y calvo. También mal genio, estudioso y preguntón. Siempre me preguntaba si sabía lo que sólo sabía él. Así me acostumbré a decir que sí a todo, aunque no tuviera idea de nada.

Cuando me invitó a comer tunas, mi abuela chillaba a “grito pelado” desde el otro lado de la casa. Llamaba a su perro Rocke, o a su gato Minino o Micifuz. Corrí hasta la cocina y saqué la tuna de una bolsa plástica. El reto vino al mismo tiempo que el grito de mi abuela y mi propio grito.

-¡Con un tenedor po’h niña tonta! ¡Están llenas de espinas!

-Perdida estoy—respondí a mi abuelo, que dejaba las uvas sobre el capo de su camioneta y sacaba un racimo.

-¿Querí? Están buenas. 

-Imagino que están buenas. ¿Qué haces acá?

-Busco tu libro, todavía no puedo leer tu libro. ¿Escribiste un libro?

-Dos, pero ahora estoy trabajando. ¿Sabes que estoy trabajando?

Mi abuelo se encogió de hombros. Ahora buscaba mi libro al interior de la camioneta.

-¿De qué se trata tu libro? 

En ese momento no me pude acordar. Nunca lo hacía cuando me preguntaba. Recordé que estaba perdida en medio de la nada y que quería volver a mi casa.

-Tengo manzanas. ¿Quieres manzanas? Toma, llévale a tu mamá y a tu hermana—Dejó una bolsa en el interior del auto. ¿Querí tomates?—dio una palmada en su pierna—¡Ya sé dónde está tu libro!

Desperté con el piteo de una bocina. El sonido lo había provocado yo misma. Me había dormido sobre el volante. <<Trágame tierra>> pensé cuando vi a un anciano en bicicleta unos metros adelante. Me miraba con malos ojos, seguramente el bocinazo lo creyó para él. Me disculpé con la mano y bajé el vidrio de la ventana.

-Perdón… Me dormí en volante. Estoy perdida. ¿Cómo salgo a la carretera?

El anciano se hizo el sordo, pero yo insistí en la pregunta. 

-¿A dónde va?

-A la carretera.

-Entonces hacia allá, al norte. ¿Sabe dónde está el norte?

No tenía idea, de todas formas dije que sí.

-Gracias. Buena tarde.

-Espere—dijo y sacó un par de manzanas de su bolsillo—Tome, para el camino y dos más para su hermana y su mamá. 

Daniela Olavarría Lepe.

Reflexiones de un muerto por veinte segundos

Se ha descubierto que un humano puede permanecer entre dos a veinte segundos consciente después de muerto. En otras palabras, la vida después de la muerte existe. Entre 2 a 20 segundos, pero existe. Bajo una oleada de choques electromagnéticos que llegan a nuestro cerebro. Es decir, que podemos pensar que “Vi mi vida pasar en un segundo” también es real.

Pienso en La Amortajada, de María Luisa Bombal. Pienso en ella porque recuerda su vida después de muerta. Científicamente hablando, su vida la vio pasar entre 2 a 20 segundos y en 20 segundos perdona, ama, odia y comprende. También imagina, desea y se desconoce a ella misma.

Siempre he pensado lo que significa estar muerta. Debe ser como mirar a todos desde arriba, así, sin más. Mirarlos y llorar, en silencio. Desde la impotencia. Creo, que, si los científicos están en lo cierto, la impotencia es el mayor sentimiento presente en todos los muertos. 

Cuando estamos vivos, somos estúpidos. Nos enfadamos de cualquier huevada, pensamos que hasta una flor marchita es nuestro enemigo. Tememos a todo. A vivir, per se. Tememos confesarnos, dejar el trabajo que no nos gusta, a pararle los carros al imbécil que te faltó el respeto porque andaba con la neura. Cuando estamos cerca de morir, nos damos cuenta de que nada era tan complicado. Por eso cuando morimos lo vemos todo desde la impotencia. Nos ponemos creativos y se nos ocurre hacer, decir y pensar todo lo que temimos en vida. El problema, es que no podemos, porque estamos muertos.

Esta pequeña historia la escribo desde la perspectiva de un muerto. No es La Amortajada, porque Amortajada sólo hay una. Es la perspectiva de un muerto, que recibe veinte segundos de vida para hacer una sola cosa por todas aquellas que pudo haber hecho en su vida. Esta persona, que no era vieja, por lo tanto tenía mucho qué hacer, pensó en muchas en un segundo. Pensó en el amigo que siempre quiso besar, en el tatuaje que siempre se quiso hacer, en la moto que quiso manejar. Recordó la plata que nunca pagó, la familia que nunca formó y la vida que no disfrutó. Con todo, con los 19 segundos que le quedaban, olvidó todo lo demás y visitó a su madre. La vio sentada frente a una ventana, mirando al infinito. Posiblemente pensaba en ella, tal vez en otros que también se habían ido. Apoyaba su mano en el mentón, al tanto que acariciaba a un gato peludo en su regazo. El gato logró verla. La muerta escuchó un ligero “prrr” en el entrecerrar esos ojos felinos. Ella entonces acarició su nuca, dio un abrazo a su madre y con un nudo en la garganta dijo, “Te quiero mamita” y “adiós”.

Daniela Olavarría Lepe

Lo que ella respira

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. El viento sopla azotando los plásticos de las jaulas que guardan las gallinas en plena hora de postura. 

No necesitan gallo. Una gallina ponedora no necesita gallo para poner huevos, una mujer no necesita hombre para monstruar. Sí, monstruar, porque a veces ella sentía que por esos días se transformaba en un monstruo. 

Inhala. Exhala. Ese es el aroma de la tierra mojada. Siente el viento húmedo mojar su cara y el frío resecar sus labios. Los muerde, recuerda la última vez que su boca estuvo ahí. Recuerda su beso, su sabor ligeramente dulce y la suavidad de sus labios. 

El viento la empuja. Reacciona ante el evento. “Despierta” se dice y camina con las botas de goma por el barro y las pozas de agua. Entra a una casucha, una leñera que da paso al gallinero. Huele a tierra mojada mezclada con madera húmeda. Huele a musgo, huele a comida de pollo. A lo lejos escucha a una bandurria, el viento y la lluvia que golpea el techo. 

Las gallinas cacarean como señoras que chismosean en un bingo. Esperan la comida, esperan picotear más grano y llenar sus buches. Algunas gritan porque han puesto un huevo, otras porque una gallina más grande la ha picado. 

-Ya voy, ya voy—dice para detener el chismorreo, pero lo incrementa. Abre el tarro con comida y llena otro más pequeño con un cucharon. Uno, dos, tres, cuatro cucharones de alimento para gallinas que están en su primera postura—Ya voy…—el ladrido del perro le avisa que su madre lo ha dejado salir. Las bandurrias habrán emprendido el vuelo u otro perro se habrá arrepentido de cruzar el cerco. 

La lluvia oscila. Rápido, lento, fuerte, de a goteras. Recuerda aquel día en la playa, cuando le cogió la mano. Le encantaba entrelazar sus dedos, pero no sujetar su mano. Más bien como una caricia, que oscila. Como las olas del mar, como aquella lluvia. Como el abrazo que los empujó esa tarde en el alféizar. 

Un gato acaricia su bota. Es un gato negro y blanco. Tiene dos bigotes que destacan su rostro y la miran con encanto. Quiere algo de ella. Siempre que la mira de esa forma quiere algo de ella. Juana le sonríe y acaricia su nuca. El gato sube a los leños mojados y la observa entrar al gallinero.

Permanece ahí el gato, mientras Juana desaparece tras una malla acma forrada con plástico. Se escucha el alboroto de las gallinas y a Juana imitar el sonido de estas mientras las invita a comer.

El gato observa la jaula, lava su pata. Insecto. Mosca. Viento. Ratón. Ratón, ratón, ratón… Sus orejas se mueven con atención hacia los ladridos del perro. El perro viene. “Peligro” piensa. Está atento. Insecto. Rata. La lluvia golpea. Fuerte, rápido, lento. El frío estremece su lomo. El perro olfatea, no es el perro amigo, no es el perro de la casa. El olor es a otro. Las gallinas lo saben, el gato siente su angustia. La humana piensa que es por el hambre. El gato sabe que es por el miedo. 

Se escucha otro ladrido. Uno conocido. La humana siente el peligro y él se altera. 

-¡Ah…! ¡Fuera perro!—Juana aparece, cierra de un empujón la jaula y corre para espantar al perro. Resbala. Maldice. El gato se altera y corre también, pero hacia debajo de la casa—Perro maldito. ¡Fuera, fuera! ¡Allá Pardo! ¡Uhhhh perro! ¡Uhhh perro!

El perro se pierde a lo lejos y ella al trote retorna al gallinero. Maldito perro que le viene a robar los huesos a Pardo y de paso le hace pedazos la siembra de papas. Con el trabajo que le llevó revolver la tierra y el infeliz se meó en los primeros brotes.

Intenta calmarse, reparar su aliento. Si él la hubiera visto, seguro se habría reído. “Mira como corre mi campesina”. Seguro le habría dicho eso. 

Escucha un maullido. El gato la llama. Le dice que entre a la casa, que se proteja del perro malo.

-Ya voy, ya voy—grita y cojea rumbo al gallinero. La capucha ahora está en su espalda. Su pelo estila, también su rostro. Sus mejillas sonrojadas contrastan con su piel pálida y el lodo que la ensució cuando cayó al barro.

-¡Pardo!—grita—PARDO, VEN PERRITO—Entra a la jaula de las gallinas. Está bien cerrada. La patea en caso de que otra vez entre el perro. Guarda la comida, cierra todas las puertas—¡PARDO!

El perro aparece, radiante y empapado. Ha eliminado al enemigo y no le robo ningún hueso. Está orgulloso. El gato lo sabe, por eso sale a encontrar a la humana, que desde ese día tiene una expresión muy triste. Todos los días se levanta temprano, cuida a su madre, cuida a su niña, cuida a Pardo y a él. Pero a pesar de los arrumacos, de las sonrisas falsas, el gato siente el nudo en el pescuezo de su humana. El perro también lo sabe, por eso lame su mano y sonríe con goce. Por eso duerme junto a la cama, aunque tiene la propia. Todos en la casa reconocen el dolor de la humana, incluso las gallinas, que gritan, que cacarean, que alertan del enemigo, pero también insinúan “¿ya estás mejor?”.

-Vamos gatito—y Juana carga al gato, que desde pequeño se acostumbró al agua. Lo abraza y el gato sabe que no sólo lo abraza a él. 

Juana al mismo tiempo, recuerda aquel último abrazo. Los susurros en su oído y su lamento, porque hace mucho tiempo que él no está ahí.

Daniela Olavarría Lepe.