El cuento de la naranja

Cuando tenía 12 años escribí un cuento sobre un naranjo. Lo recuerdo poco, más bien de esencia. Por ese entonces tenía más imaginación, pero menos lógica. Creía en la metamorfosis y la reencarnación. Hoy también, aunque desde una perspectiva más espiritual. Por esos años, tal vez un poco después, pensaba que “La metamorfosis” de Franz Kafka era literal. El protagonista, en efecto, se había transformado en un gran insecto. Reconozco, sin desviarme del tema, que por mucho tiempo tuve miedo a crecer, porque pensaba que me transformaría en un insecto. ¿Pero cuántos el día de hoy temen verse al espejo y no reconocerse?

En fin, cuando tenía 12 años, escribí un cuento sobre un naranjo. Lo hice tal vez porque vivía en una época maravillosa, donde las naranjas eran gigantes y cada vez que viajaba a Vega Central con mi mamá—¡Caserita lleve barato, lleve barato casera! —compraba a 100 pesos—0.12 dólares—el kilo el naranjas. LA naranja, pesaba un kilo. Era gigante, como un melón. Puro jugo, sabor y vitamina C. “Lleve de lo bueno, lleve de lo bueno”. Mi mamá compraba al menos 5 kilos. Con una moneda de quinientos, podíamos cargar una bolsa con 5 kilos de naranja y aunque extraño que por esos años todo fuera más barato, lo que en realidad extraño es volverme a encontrar con esa calidad de fruta. Por esa razón y porque acabo de ver un reportaje sobre «los beneficios de la cascara de naranja», es que decidí recordar esta historia:

“Érase una vez una naranja. Una naranja, jugosa y aromática. Estaba en las manos de un niño que la dejaba caer al suelo y la naranja, sin comprender las vueltas del destino, se vio girando por el prado hasta detenerse en una arboleda. Ahí se quedó, en solitario. En silencio. Esperando que los árboles en los alrededores dejaran de darle sombra. El tiempo pasó, sin embargo, y la naranja permaneció ahí, entre el barro, las hojas y el picoteo de las aves que la consideraban alimento.

Día y noche, día y noche. La naranja se sintió lánguida y porosa. El aroma se había esfumado, también su color y los gajos llenos de jugo. Día y noche. Día y noche. Lluvia y sol. La naranja ya no era una naranja. Quedaba solo su corazón.

Érase una vez una semilla. Era blanquecina e inolora. Permanecía oculta metros bajo tierra. La semilla sentía insectos pasar sobre ella. Hormigas extendían sus tenazas. Cargaban trozos de hoja y algún aliado muerto. Silencio. El sonido del viento. Las pisadas de algún humano. Las hojas se quebraban ante sus pisadas. Silencio. Una gota de agua chocaba contra el suelo. Dos gotas. Tres. La lluvia se volvió intensa. Humedeció la tierra. Surgía el olor a musgo. Un trueno. Dos. Un ave chilló desde su nido. Silencio. Oscuridad. Silencio.

El sol iluminó la tierra húmeda. La secó. La volvió fértil. La semilla se desprendió de su cascara. Emergió una raíz, dos, tres. La raíz se hizo una con la madre tierra. De pronto pudo ver otra vez la luz del sol. Era una vez, brote.

Y el brote creció. Se elevó junto a los otros árboles. Las estaciones pasaron, sus brazos se extendieron en dirección al sol. Los días se volvieron cálidos, los vientos invitaron a bailar entre aves, insectos y las flores que surgían entre los despuntes. Los despuntes… el fruto que surgía entre los despuntes. Verde iracundo. El color de la envidia, de la joven inmadura. Pero entonces, su color se volvió cálido, como el sol al termino del verano. El aroma expelía el azúcar de sus gajos. 

El árbol escuchó las pisadas de un humano. Llevaba botas y un canasto. Un pequeño le seguía el paso. El humano extendió su brazo y examinó entre las ramas del naranjo hasta tomar la naranja más madura. Acercó la naranja a su nariz; inhaló y su nariz percibió el sabor que se escondía bajo sus ropas.

-Ten—dijo el humano al pequeño y el niño sostuvo la fruta entre sus manos.

Érase una vez, una naranja. 

Daniela Olavarría Lepe.

El pasajero

Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico. 

No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio. 

Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos? 

Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.

Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.

-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.

Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo. 

Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.

-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.

-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.

Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.

Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre. 

Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír. 

Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.

¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.

-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.

La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.

-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.

Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.

El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.

Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.

Daniela Olavarría Lepe.