Esta historia es real. Nada de lo que voy a contar es mentira. No es basado en hechos reales. No es con referencia a una película, tampoco a una serie de streaming. Lo que voy a contar ocurrió hace muchos años. En un pueblo. A kilómetros de la capital.
Era un pueblo olvidado. Ubicado en una realidad alternativa. En mi casa le decíamos el triángulo de la Bermudas porque jamás tenía buena señal de teléfono y todos se perdían cuando querían llegar a nuestra casa. Al menos así pasaba en los cumpleaños, porque de los invitados jamás apareció uno.
El verano era abrazador y seco. Se escuchaban rancheras cruzando en camioneras de los 60’, de cabina simple. Algunos huasos cabalgaban en sus caballos usando chupalla y espuelas. Los buses, viajaban kilómetros desde la capital dando rebotes y recibiendo a vendedores ambulantes que gritaban “Pa’ la se’, pa’ la calor”. Vendían helados de palitos, «cubos» y agua congelada en una botella que servía para enfriarse la frente. Eran buses, micros interurbanas. No recibían la BIP, sólo efectivo. Algo menos de luca el pasaje y para los escolares como cien pesos. Todavía guardo esos boletos. El inspector subía gritando a todo pulmón que el famoso “tío Pepe” había llegado a revisar los pasajes.
En este relato yo no iba en ningún bus, pero me gusta recordar su ambiente porque viajé en esas micros por muchos años. Esa tarde, en particular, simplemente los veía parar frente a un paradero metálico, deforme por algún choque y rallado y con él, veía bajar a uno que otro pasajero, tomando un helado o apoyando una botella congelada en su frente.
Esperaba a esas horas junto a mi madre, en un auto GOL del 98’, al otro extremo de la larga curva que representaba el camino principal. ¿Qué esperaba? No recuerdo. Sólo recuerdo que estaba esperando en el interior del auto a un costado del paradero junto a mi mamá. En ese momento charlaba con ella. Hablábamos de la vida. Del colegio, de las pruebas. Para mí, esos días eran temas interesantísimos. Hablar de las notas y las tareas. El colegio era algo importante. Definía a la persona y a la vida misma.
En la calle frente a nosotras, un chico pasó en bicicleta rumbo a un galpón. Era un chico delgado y de cabello crespo. Lo conocíamos de alguna parte. Su bicicleta era verde. Lucía nueva, ágil y brillante frente a las casas de colores anaranjados y el tono de la tierra que a ratos generaba espejismos por el calor del sol.
La conversación con mi madre pasaba ahora a temas más importantes. Del próximo libro de Harry Potter, qué pediría para navidad y si el paseo de curso sería ir a la piscina de una tal señora Rosa. Como les dije, era una vida compleja, la vida del escolar lo es.
Un grito desde el galpón nos interrumpió.
Mi mamá dejó de prestarme atención. El joven en la bicicleta verde salió del galpón y se perdió por el camino principal. Me llamó la atención que el joven no era el mismo que antes.
-¿¡No me digas que le robaron la bicicleta…!?—dijo mi mamá.
En efecto. El joven de cabello crespo asomó poco después corriendo detrás del ladrón.
-Hija, pasa al asiento de atrás. ¡Al asiento de atrás hija!
Obedecí. Mi mamá echó a andar el motor del auto y lo encaminó rumbo al joven de cabello crespo. Bajó la ventana.
-¿Te robaron la bicicleta?—dijo mi mamá. El joven asintió—¡Vamos, sube! ¡SUBE!
El chico subió y mi mamá pisó el acelerador. El ladrón pedaleaba hacia el final de la calle, pero se desvió por un puente que unía un canal. Mi mamá pasó a tercera, impidió que un camioncito cruzara antes que ella, y luego de recibir un largo bocinazo, subió el cambio a cuarta y de cuarta a quinta. El ladrón se percató que lo seguíamos. Pedaleó más fuerte, pero mi mamá también aceleró hasta alcanzarlo. Yo no podía pensar. Estaba helada, veía a mi mamá y al maldito que nos retornaba miradas escuetas mientras se equilibraba en la bicicleta. Mi mamá se ubicó en paralelo al ladrón y lo amenazó con el auto. Tocó la bocina repetidas veces.
-¡La bicicleta!
-¡Qué! Nooo, es mía.
-Mentira ¡PASA LA BICICLETA!
Y el tipo saltó a la calle y tiró la bicicleta contra el auto. Mi mamá lo esquivó y frenó en seco. Mi estómago se contrajo. El sujeto corrió hasta un portón metálico y desapareció. Nos quedamos un segundo quietos.
-¡Bájate luego y arranca! Va a volver con otros—dijo mi mamá al chico de cabello crespo.
El joven, aún atontado, le dio la razón.
Apenas se bajó, yo me pasé al puesto del copiloto. Mi mamá no esperó a que me pusiera el cinturón de seguridad. Aceleró como pudo. Me pareció escuchar un «gracias». Vi al chico pedalear su bicicleta raudo hacia otro extremo de la calle. Por un instante me pregunté si llegaría bien a su casa. Fue lo único que pasó por mi cabeza. Después solo pensé en nosotras. Debíamos escapar. Lo que fuera que esperábamos frente al paradero sería para otra ocasión.
Daniela Olavarría Lepe.
