El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

Collage de un sueño. Representa varias instancias del sueño de la protagonista.

El sueño de un beso

Tuve este sueño extraño, formaba parte del cuadro “El beso”. Estoy recostada en sillón de tres cuerpos, escuchando la lluvia golpear dulcemente el techo. Percibo un “Mmmm” al costado de mi oreja. Su aliento entibia mi cuello. Es un cuello delgado, largo y esbelto. Me eriza con aquel suspiro y siento que me cobija con sus brazos largos y el calor de su torso. “Mmm…” Lleno de pereza me envuelve en su abrazo. Mis manos se entrelazan a las suyas y juntos nos cubrimos con aquella manta de lana que nos tejió su abuela cuando me conoció. 

El viento me despierta. Ese viento maldito que termina toda modorra salvo la suya. “Las gallinas”, pienso. Intento liberarme de la jaula que insiste en mantenerme prisionera, pero sus manos presionan mi cintura y el cosquilleo en mis caderas se plantean en ignorar los silbidos y el golpeteo de las latas. 

-No, por favor…—le doy un beso en ambas manos y mi captor cede ante la caricia—ya regreso.

Trastabillo, maldigo por lo bajo y camino hasta la puerta de la cocina. En el patio techado veo a cuatro gatos y una perrita fiel que me invita al laburo. 

Visto una capucha roja, las botas de goma y el…

-¡Amor! ¿Dónde está el martillo?

-¿El qué?

-¡El martillo!

La respuesta tarda lo suficiente para que yo logre encontrarlo primero.

-En la caja de…

-Si… Lo encontré.

-¿Te ayudo?

Escucho que se acomoda en el living. Está buscando sus zapatos. Le digo que no es necesario, que mejor prepare el agua para comer cuando regrese.

 Mi cuerpo se prepara en ese momento para enfrentar la ventisca. La Sofia ladra estridente y yo abro la puerta del patio techado.

“¡Mierda!”

Les recuerdo que esto es un sueño. 

El viento me empuja, siento las manos de la Madre Tierra. Casi veo su rostro ingrato que sonríe ante mi lucha por llegar al gallinero. “Déjame verlas, pienso, déjame reparar las latas que cubren sus nidos”. El viento me desafía y me obliga a esquivar la mirada:

-¡A la Madre Tierra se le respeta! ¡Al suelo debes mirar si al otro lado quieres llegar!

Empujo, forcejeo con el viento. Sus manos gráciles mantienen la fuerza de millones de especies. Estoy luchando contra la Madre Tierra. El frío reseca mi piel, la parte, la quema. El agua me empapa, me entume, recorre los surcos que deja la ventisca.

En un descuido, el viento desacelera la marcha y yo de un impulso corro hacia el gallinero. Ahí está la Sofía, ladra, busca ratones cerca de la leñera. Me llama. “¡Un ratón madre!, ¡Hay un ratón entre los palos”! Le grito que después voy, que ahora necesito ver a las gallinas. Me responde con más ladridos, ahora quiere jugar a la pelota. Yo la ignoro y entro al gallinero. El tiempo es escaso, aunque la Madre Tierra es cruel, siempre me da tregua. Las gallinas cacarean, piden comida, yo les tiro grano, algo queda de lo que José compró hace unos días. Saco algo de alimento…

Un silbido, dos… otra vez surge la tormenta.

Distingo una gotera en la esquina del gallinero. ¡Ahí está la lata suelta! ¡Tengo que repararla!

-¡Dame el martillo!—escucho atrás de mí.

Es José. Mi observa con aquellos ojos enormes que me enamoran. Su mirada es urgente, aunque dulce. ¡Como quiero a ese hombre! Una sonrisa se dibuja en mis mejillas. Saco el martillo de goma de mi capucha y en agradecimiento le brindo un beso y algunos clavos.

Observo su espalda salir del gallinero y enfrentarse a los juegos de la Madre Tierra. Con él no es más gentil que conmigo. Arremete con un diluvio que lo cala hasta los huesos. José maldice sin detener su brazo. No sabe clavar, pero agradezco que lo intente. Clava y clava. Maldice y clava. Clava y un grito me indica que se ha dado en un dedo. 

-¡La conchadesumadre! El martillo como las pelotas…

Guardo mis risas para felicitar su lengua y que la gotera desaparece al fin. Termino de recoger los huevos de oro que han puesto las gallinas en último momento. Los guardo en el bolsillo. Espero no olvidarlos como la última vez. José intentó pellizcar mi cadera y terminó por reventar el huevo. Él aún ríe del chiste, yo no. 

Salgo del gallinero al tiempo que la Sofía me tira una pelota desinflada. Está empapada. La envío bajo techo, pero me ignora por completo. Tiro la pelota unos metros adelante y troto para respaldar a José. No entiendo qué hace hasta que lo veo muy tranquilo, conversando con la Madre Tierra. Al parecer hablan de mí, él le pregunta si acaso ella piensa que diré que sí. 

Algo en mi interior se aprieta. Como la presión de la Sofía sobre mí, como un abrazo en el sillón de tres cuerpos, o simplemente es mi corazón que envía ideas extrañas a mi cabeza.

Carraspeo sin evitarlo. La silueta que ahora conforma la Madre Tierra me da un vistazo, sonríe y desaparece. Se transforma otra vez en viento, aunque ahora parece más una dulce brisa.

-Me molí el dedo—se excusa José señalando lo que parece un dulce—pero la lata está firme.

-Te escuché—dije. Recibo el martillo, acaricio el dedo lastimado y lo meto a mi boca. José se ruboriza y yo aprovecho para besar sus labios. Me fascina su boca, su abrazo y el de la Madre Tierra…

Despierto con un ladrido. Sofía se baja de mi regazo y corre hacia la cocina. Me encuentro recostada en el sofá de tres cuerpos. Frente a mí hay una réplica del cuadro “El beso”. Ver aquel cuadro me recuerda que «algo» estuve soñando. El sonido del viento también lo hace y su abrazo. “El abrazo”. Pero no puedo recordar más, los ladridos de la Sofía son insoportables y el viento, ay no… que odioso viento. ¡Es verdad! Las gallinas me esperan y hay una gotera que debo reparar.

Daniela Olavarría Lepe

El pasajero

Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico. 

No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio. 

Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos? 

Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.

Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.

-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.

Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo. 

Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.

-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.

-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.

Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.

Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre. 

Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír. 

Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.

¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.

-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.

La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.

-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.

Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.

El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.

Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.

Daniela Olavarría Lepe.

Retorno

A veces olvida que es un alma antigua, aquella romántica que se transporta ante el sonido de los cascos de un caballo, suspira con burdos clichés o clásicos de los 90’.

Se inspira en días nublados y escribe historias durante noches de tormenta.

Que recuerda su último beso al sentir el aroma de una taza de café o imagina el que vendrá, mientras pellizca sus labios, cierra los ojos y escucha el goteo de la ventana que la protege contra la lluvia.