El valor del momento

Gracias. La vida se conforma de pequeños momentos. Thank you. Los recuerdos consisten en retornar a nosotros los instantes en que estuvimos vivos. Arigatō. Nuestra mente es una máquina del tiempo. El guionista en una película de ciencia ficción que nos hace recordar cuando estuvimos vivos, imaginar sobre nuestro futuro y olvidar el único momento en que realmente existimos. Nuestro propio presente.

Esta historia es una hebra que se hila, como las raíces de un sabio alerce. La trama de una novela, la gota que se desliza por los surcos de una hoja hasta caer sobre un charco de agua. El punto de origen que se expande como el aleteo de una mariposa que generó un sismo al otro lado del mundo:

Obrigado. 

-Se dice abrigada—dijo la joven al grupo de amigos que la acompañaban en su viaje. 

Cruzaban hacia la Vila Nova de Gaia, durante un atardecer confuso entre el sol del verano y el gris del otoño que busca su trono. Colores grises de las nubes interrumpidos por los rayos de sol que intentaban atravesar de bruces el río Duero, mientras barcas de todos los tamaños recorrían su caudal. La luminaria surgía tímida entre las construcciones asentadas irregulares y coloridas. 

El metro asomó al otro extremo del puente desde Gaia. Los ciclistas y transeúntes se hicieron a un lado. Las gaviotas sobrevolaron las cabezas de los turistas que intentaban fotografiar el paisaje. La joven permaneció perpleja un momento ante la postal. El sonido de los pasos, las charlas y las risas se volvían ajenas antes el ocaso. La paz que calmaba su recorrido sólo era interrumpida por los recuerdos del pasado. Ella deseaba que “él” hubiese estado ahí. Lo que por meses se transformaba en el recuerdo de un extraño, ese día aparecía en su retina como la viva remanencia del día anterior. Si tan sólo no hubiera visto su fotografía por redes sociales, tal vez el disfrute del paisaje habría sido otro. 

Fue por casualidad. De esas casualidades traidoras del universo que te ponen a prueba. ¿Cómo realmente sabes que has olvidado a alguien? Muy fácil, cuando al recordar su nombre o ver su fotografía no significa nada para ti. 

Para Marta no fue así. 

Cuando vio su fotografía en las redes sociales fue extraño. Era un recuerdo de hace tres años, cuando vivía en el sur de Chile. En la fotografía ella lucía cansada, ojerosa y con una sonrisa forzada porque odiaba las fotografías cuando no era ella quien las tomaba. A su lado, aparecía él y, todo lo contrario, con una facilidad mayor para otorgar sonrisas honestas incluso si ella recordaba que no estaba de ánimo para sonreír.

Esa noche, a pesar de estar de vacaciones al otro lado del charco, lloró ante el recuerdo como si se hubiesen despedido en ese mismo instante. Su separación no había sido por medio de discusiones o una relación que hubiese terminado en fracaso. Simplemente se habían despedido con un “adiós”. Con todo, ese “adiós” significó para ella un presentimiento. “Nunca más lo volveré a ver”, pensó y en efecto, así fue. Las citas se aplazaron, los mensajes dejaron de responderse y los “me gusta” en Instagram dejaron de aparecer. Un día él escribió por mensaje de texto “Dame un poco de tiempo”. Ella al instante quiso saber por qué. Por largo rato escribió una y otra vez, desesperada, entre lágrimas o resignada, la sentencia de quien por esos días ella consideraba su cómplice. Desde el otro lado del teléfono, “Él” leería en su pantalla “Marta está escribiendo…” una y otra vez y por más tiempo que ella, él esperó lo que fuera que ella tuviera que decirle. Sin embargo, ella calló y de súbito tiró el teléfono al otro lado de su habitación. Los días siguientes, ninguno se atrevió a replicar y tanto él como ella terminaron por comprender el valor del silencio. Luego, el tiempo simplemente continuó su curso hasta tres años más tarde, cuando ella vio su foto y los recuerdos volvieron a aflorar.

La bocina de niebla de una barca turística alzó el vuelo de las gaviotas. Marta levantó la vista un momento, aunque los sonidos le parecían a ratos como una realidad distante.

Su mano acarició la baranda metálica que la separaba del río metros más abajo. Rememoró la mano de “él”, grande y larga entrelazarse con la suya. El calor, la calma, la naturalidad que existía entre ambos cuando estaban juntos. Momentos que se percibían de toda la vida. ¿Cómo un instante finito logra ser eterno?

-¿Y si digo «abrigadou»?—dijo Carlos de pronto. El novio de Olivia, bajito y melenudo detuvo abruptamente su caminata. Olivia, que aún olía la rosa que Carlos le había obsequiado en el mercado, también detuvo sus pasos. 

-Eso es para los hombres. Las mujeres, es “abrigada”.

-¿Y si no tengo frío?—soltó Marta, que intentando despejar su cabeza, pensó en un muy mal chiste.

-¡Es que tengo muuucho calor!—siguió Carlos abanicándose. 

Marta rio sincera y con ella Olivia que la empujó porque le gustaba empujar a su amiga. Siguieron el recorrido hasta Gaia, apresurados porque el cierre de la Bodega Sandeman sería pronto. La suerte no los acompañó esa vez. Cuando llegaron a las puertas del edificio construido en 1790 el guardia señaló su reloj. “Llegaron tarde” y cerró las puertas con un gesto de resignación.  

-¡Te dije que te apresuraras, pero vos andás con la cabeza en otra parte!—la reprendió Olivia y Marta lo culpó a «él», porque tal vez «él» la hubiese motivado a correr más rápido e incluso hubiera intervenido con el guardia para entrar a la bodega aunque fuera por cinco minutos.

El cielo se cubrió de nubes resueltas. Marta reconoció el agua que amenazaba sus colores oscuros. La lluvia se hizo presente poco después. Estaban a varios kilómetros de distancia del hostal donde dormían. Cuando el cielo decidió bajar a tierra, se encontraron corriendo por las calles nocturnas de la ciudad. Eran viajeros, cargaban apenas las suficientes prendas para llenar sus mochilas. “¡Mis calzoncillos!” Gritaba Carlos y ambas mujeres reían histéricas, protegiéndose con las manos y evitando tropezar sobre los adoquines. Marta por un momento olvidó incluso la sensación de estar aferrada a “su” brazo. “Su abrazo” El de «él». El aroma que emanaba su esencia y la naturalidad de buscar su cercanía. Se vio entonces, en otro espacio. Uno lejos del clima cálido que brindaba Europa esos días. Se vio años atrás, es un pueblo. Un sitio apartado del vicio mundano de la capital. Cercana al mar, bajo una tormenta fría, días previos a la llegada de la primavera. Ella apartaba su vehículo a un lado de la berma. 

“Voy a buscar algo para comer y luego hablamos” Escribió en su teléfono celular.

“Te llamo en unos minutos” recibió como respuesta y sonrió.

Estaba a unos kilómetros de Calbuco, en la décima región de los Lagos. En el fin del mundo. En un país largo y angosto llamado Chile. Conocidos que tenía en la ciudad de Valencia solían bromear sobre su país. No podían entender que ella viviera en un lugar tan estrecho. Ella simplemente sonreía. El mapa del mundo era como la ansiedad. Muy diferente a lo que la realidad podía ser.

El viento la empujó contra el auto y ella debió proteger su rostro del azote. Su piel estaba muy dañada con la brisa marina. Cubierta de manchas por la exposición solar y una rosácea que coloreaba sus mejillas, aunque jamás le hubiera gustado usar rubor. Caminó a pesar de todo contra esa lluvia infinita que la calaba y entumía hasta la punta de sus dedos. Tenía hambre y necesitaba calorías para continuar su viaje.

Llegó a un local. Un carrito de comida con un apartado techado. Había algunas mesas y sillas plásticas vacías. La dueña la había visto desde la ventana de su casa metros atrás. Marta consiguió notarla desde lejos. La mujer tardó unos minutos en salir, seguramente se planteaba si una clienta valía la pena para cruzar una tormenta.

Con todo, la mujer salió de la casa y se cubrió con una capucha. Marta la vio correr hacia ella. Tendría unos cuarenta y algo. Cuando llegó le sonrió amable. Marta agradeció la sonrisa, era una sonrisa honesta, de aquellas que no se puede valorar con las estrellas de una aplicación. 

-¿Qué se va a servir?

Marta leyó un cartel con los precios escritos a mano.

-Un completo italiano y un té—dijo ella. 

La mujer sonrió. La envió a tomar asiento porque la lluvia no escamparía hasta más tarde.

-¿Y cómo le pago?

-Efectivo o transferencia—dijo ella.

Marta indicó que prefería la transferencia y la mujer dijo que le daría los datos para pagar. Poco después, mientras la joven agregaba salsas sobre el hotdog, la dueña del local le entregó un papelito escrito a mano.

-A mi cuenta Rut nomás—dijo la mujer y fue la última vez que la vio.

Después de comer Marta intentó ubicarla. Por señas, miradas hacia la casa. La mujer simplemente había desaparecido. Marta permaneció unos minutos más. Nada. Miró su celular, nada. Tampoco. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. 

Decidió entonces hacer la transferencia y dejar como referencia algo que a ella la destacara. “La niña de lentes redondos que compró un completo en la lluvia”, tipeó. Luego escribió en el mismo papel donde la dueña del local dejó sus datos para transferir. “Gracias, hice la transferencia a su cuenta. Buena tarde”. 

Ella simplemente pudo haberse ido. Sin pagar. Nadie lo hubiese notado. La mujer sin duda lo habría lamentado. Pero Marta pagó y se marchó. Tal vez nunca más vería a esa mujer, en la vida, pero le había dado un voto de confianza. Con sólo mirarla. Aquello Marta jamás lo iba a olvidar.

-¡Entremos acá!—dijo Carlos, que las llamó a un local metros adelante.

Los pensamientos de Marta retornaron a Portugal. La lluvia los había empapado, pero no hacía frío. Los tres estaban famélicos. El restaurante donde Carlos las había invitado, servían francesinhas. Un plato típico de Oporto, un sandwich, con salchichas portuguesas, jamón, bistecks de carne, queso derretido por encima, huevo y salsa de tomate. El aroma y el calor los motivó a tomar asiento. Un mozo les llevó la carta, pero ellos pidieron dos francesinhas para compartir. El mozo, alto y de facciones atractivas sonrió. Hablaba español y los tres amigos decidieron pregunta por la “intriga del agradecimiento”. 

-Se dice obrigado, para los hombres—dijo el mozo mientras les servía los platos.

-Gracias—dijo Carlos. Marta y Olivia rieron.

-Obrigada para las mujeres—continuó el mozo divertido.

-Obrigado—dijo Marta cuando el mozo le sirvió el plato.

-De nada—dijo el mozo y le sonrió.

Fue una sonrisa honesta, como aquella que realiza un fan cuando su actor favorito norteamericano intenta hablar en español. Un agradecimiento al que intenta ser amigable con la tierra que lo recibe. 

Marta fijó su vista en un gato negro. Era un gato sentado muy recto en el borde de un pilar a las afueras del restaurante. Marta pensó en la Profesora McGonagall de Harry Potter. Se contaba que el bestseller había sido inspirado en esa ciudad colorida, de irregulares callejuelas y edificaciones dispares. ¿Por qué aquel gato de postura erguida no podía ser un brujo que pensativo buscaba escampar la lluvia? Tal vez la magia no estaba en formular un paraguas con su varita mágica, sino apreciar el momento: El goteo sobre el toldo que separaba calle del restaurant, un barril que hacía pensar que tal vez un pirata se escondía en su interior, el semáforo que daba luz verde, pero sin un vehículo qué cruzar. El tranvía, detenido, que encendía las luces para visualizar en camino. ¿El camino hacia dónde? Hacia un reino oculto de seres fantásticos. 

La magia está en el momento, pensó Marta. Como aquella vez frente al mar, una tarde hibrida entre invierno y primavera. ¿Por qué siempre debían ser tardes hibridas entre dos estaciones? 

Con el auto estacionado frente a la playa en Lenca, una playa de arenas grises y formas planas, donde podían visualizar las formas del continente. A Marta siempre le gustaba recordar que eran un pequeño punto entre los miles de puntos que conformaba el universo. Un grano de arena que se confundía con millones y se mezclaba con los pasos pesados que los aplastaban con su andar.

-¿Qué piensas?—dijo él buscando su aroma. Lo encontró en su cuello y su cabello. Ella salió de su distracción, para disolverse en otra. Unió su palma contra la de él. Sintió el olor de su perfume cuando estuvo cerca. Su corazón aún latía cuando recordaba ese momento.

El mozo dejó sobre la mesa dos platos de francesinha al mismo tiempo que Marta, confundida y con cierta decepción, se percataba que el gato ya se había marchado.

-¿Y vos por qué no comés?—dijo su amiga. Marta sonrió azorada y Olivia confundió el gesto con el interés que mostraba Marta hacia el mozo que trabajaba unas mesas cerca de la entrada. Olivia sonrió con picardía y llamó la atención del mozo. 

-Ay no, esta Olivia…—escuchó Marta mascullar a Carlos.

Marta no alcanzó a detenerla. El mozo apareció solicito y sonrió amable.

-¿Algo más?

-¿Algo más chilena?—dijo Olivia con evidente intención.

-¿Eres de Chile?—dijo el mozo interesado. Marta se ruborizó—Mi novia es chilena, espero un día conocer el país. 

-¿De qué parte de Chile es?

-De Santiago. Vino a Porto por estudios.

Como nadie hizo alguna observación adicional, Carlos pidió más bebidas y Olivia, a modo de disculpa para su amiga, pidió un vaso de Ginja.

-Para pasar las penas—dijo Olivia.

Marta sonrió. Olivia pensó que su amiga se había recuperado rápido y dejó el “ligue” que intentó conseguir para Marta para molestarla más rato. Con todo, la sonrisa de la joven se debía al gato que había regresado a su tribuna y con un pequeño abrir y cerrar de ojos le había otorgado un saludo.

-¿Y tú?—distrajo a un gato las caricias de un transeúnte. Marta se sintió helada. Podía reconocer donde fuera aquella silueta. 

En un amago de levantarse empujó la mesa con comida. Olivia y Carlos notaron la palidez de su amiga. Marta no les prestó atención. Caminó hacia la salida, cuando el joven que acariciaba el gato se arreglaba la capucha que lo protegía de la lluvia. Marta logró distinguir sus facciones y con decepción comprendió que no quien ella pensaba.

<<Que tonta>> 

-Lindo gatihno—dijo él amable. Ella fingió cordialidad, aunque el nudo en su garganta era incontrolable. Permaneció ahí unos momentos, observando al muchacho retirarse y trotar para no mojarse más de la cuenta.

-Linda gatita—dijo ella que reconoció su género. La gatita permitió las caricias—Me siento una bruta. ¿Existe algún remedio para dejar de serlo?—Ella había escuchado que los gatos eran verdaderos brujos. Podían distinguir entre una persona buena y una mala. Sabían cuando su “humano” estaba enfermo y cuando estaba triste. Ella no le pertenecía a esa gatita, pero la felina sabía que ella estaba triste. ¿Por qué no había dicho nada? ¿Por qué «él» no había dicho algo? ¿Por qué seguía importando si el tiempo seguía pasando? ¿O acaso seguiría viendo su nombre, percibiendo su esencia y presencia en su memoria y en otros hasta que finalmente decidiera dejar de guardar silencio?

<<Pero lo hice—se dijo ella—y él también lo hizo. Fin del asunto>>

Respiró larga y profundamente. Por ese instante decidió obviar el dolor y la tristeza. Prefirió calmarse con el sonido de la lluvia, las caricias de la gata que ronroneaba amistosa y sus amigos que la llamaban a retornar a la mesa.

-Obrigada—le dijo a la gatita. Ella cerró brevemente los ojos y los abrió. Marta comprendió. “De nada” había dicho y satisfecha de aquel pequeño triunfo retornó con sus amigos.

Daniela Olavarría Lepe.

Mirada a la Mezquita - Categral

El abrazo de la Mezquita

El calor quema mi nuca, pero la brisa me refresca los hombros. Escucho un coche metros adelante. La campanilla resuena más fuerte que los cascos del caballo que dirige el carro. Las pisadas de los turistas surgen como un ruido secundario. El sonido de miles de talones tocando cientos de años de historia. 

El Alcazar de los Reyes Cristianos me recibe con la figura de un caballero templario. Magnánimo observa indiferente al público. Hablan en inglés, francés, coreano y español. Hay más, pero es lo que reconozco. No es importante, todos estamos ahí, rodeados de ecos tallados entre las pareces que nos reciben. 

Veo mosaicos, restos romanos y cristianos. La obra de Edipo figurada en miles de cuadritos coloridos que configuran su rostro y el de Medusa y el de Eros y Psique.

Camino entre cámaras que en otros tiempos resguardaron gigantes, entre arquitectura romana, árabe, visigoda y cristiana. Me convierto en la viajera del tiempo que escribo en mis historias. Historias paralelas de momentos distantes en mi vida y otros que forman parte de amores fugaces y ficticios. 

Cuando llego a Alcazar, percibo la sombra de sus limones y escucho el agua que rocía sus piscinas. Me veo sola entre un conjunto de extraños que bromean entre ellos o buscan estresados la salida. Deseo desviar mis emociones hacia el presente. Estoy en paz, me apoyo en estatuas que colaboran para que tome las mejores fotografías. Consigo un par y, cuando estoy satisfecha, pienso… Pienso. Pienso en una nueva historia:

-¿Imaginas si los arcos de la mezquina fueran en realidad gusanos?—dijo Antonio abrazando a Javiera por la espalda. 

-O muchos dulces—dijo ella. 

Lo expresó con gracia. Siguiendo el juego de su novio. Era su primer viaje juntos. Con todo, se sentía extraña. Momentos antes, afuera de la Mezquita, un par de gitanas la habían cogido por el brazo y a modo de regalo quisieron leer su mano:

-Recibo lo que tengas cariño—dijo la gitana luego de darle una rama fresca.

-Es que no tengo nada.

-Lo que sea cariño.

-No tengo, sólo monedas. 

-Las monedas son de mala suerte. Anda, que ahí hay un cajero. 

Javiera insistió en que no tenía nada, salvo un euro con cinco centimos. La gitana terminó por aceptarlo. Javiera se resignó a perder un euro, cuando cargaba 5 en su bolsa. Lo que la gitana no sabía es que ella también leía la suerte. Lo hacía a través de sueños y cartas. Los espíritus hablaban a través de ella. Su brazos solían estar morados por largo tiempo y otros tantos, debía cerrar los ojos para no ver demasiado.

Esa mañana la gitana le había dicho a Javiera que un abrazo cambiaría su futuro y dejaría de doler. 

Ella, poco antes de salir de la hostal donde alojaban, había barajado sus propias cartas y por sí sola cayeron dos. Los amantes y el Colgado. 

Javiera sabía que se trataba de Antonio. Pero poco después, cuando recibía su abrazo, tuvo una visión extraña y temió. Vio un fantasma, más bien dos. Un anciano, vestido de toga sentado con un bastón en una de las bancas de la Mezquita. Su color traslúcido se mezclaba en la luminaria que colgada entre el haram. El espíritu observaba hacia ella mientras señalaba a Antonio con una sonrisa. A su lado, otro espíritu que oraba en dirección a la catedral, desvió sus oraciones hacia la pareja y con él, otros surgieron. Javiera percibió el dolor en sus brazos. Marcas que los amorataban y también sus piernas. 

“Un abrazo cambiará tu vida” recordó y se asustó. 

-Tengo que salir—dijo al tiempo que el campanar resonó en la ciudad. 

Antonio la siguió, pero turistas interrumpieron el paso. 

Javiera se abrió camino entre el gentío. Cruzó el patio de acceso a la mezquita rumbo a la salida. “Si le pasa algo, me muero”. Surgió en su cabeza. Tal vez la gitana le había echado un maleficio. A Antonio, no a ella, porque ella no quiso darle plata. “Si le pasa algo es mi culpa”. 

Una mano la detuvo y ella, pensando que era un espíritu que la requería se defendió. 

-Tranquila. No pasa nada, solo solo soy—dijo Antonio.

-Oh…

-Ya, ya… ¿Qué pasa?

-Vi gente muerta.

Antonio pareció dudar un instante. Entonces sonrió.

-Pero si los muertos no hacen daño—Antonio señaló los brazos de Javiera. Era ella quien los estaba pellizcando. Tomó conciencia de sus actos y rompió en llanto. Antonio, conmovido, la abrazó y besó su nuca. Para Javiera fue extraño. Una revelación. De súbito toda presunción se detuvo. “Un abrazo cambiará tu vida y dejará de doler” recordó y comprendió. Aquel gesto que percibió cómo si se hubiesen dado el primer beso, fue una verdad. Simplemente lo supo. Aquel hombre estaría a su lado. Enseguida entendió el significado de la cartas y que la visión de la gitana era cierta. El colgado era ella, los Amantes… era difícil apresurarse en conclusiones. Lo que sí pensó es que tal vez debió haber sido más amable. Con la gitana, con los espíritus. Como había dicho Antonio, los muertos no hacían daño. Ellos simplemente querían entregarle una verdad.

-Sorry, can you take me a picture?

Salgo de mi ensimismamiento. Un chico moreno y grandes ojos me extiende su teléfono celular. Accedo y luego de varias tomas consigo una imagen que lo deja conforme.

-Thanks. —dice amable y se marcha con el resto de su grupo. 

Mantengo mi vista sobre las estatuas de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que se alzan al final del Alcazar. Parecen ocultarse entre los árboles de granadas, limones y la inmensidad de la arquitectura. Me pregunto si los ojos de piedad que muestra Colón significan que los reyes en ese momento le estaban negando los fondos para viajar a las Indias. Cambio de idea al instante. Tal vez el significado es otro, la estatua está conteniendo «la emoción», de lo contrario la tierra donde nací sería muy distinta. 

Camino hacia la salida. Pensando sobre reyes y caballeros. Pronto llegará noche y deseo fotografiar el Puente Romano que atraviesa el río Guadalquivir. 

“Luces amarillas” pienso mientras llego al otro extremo del puente. La ciudad entera se vuelve de color amarillo, salvo las calles. Las calles siempre son de un color blanco radiante. Rodeados de flores y música. De violín o guitarra. Estoy en terrenos andaluces después de todo, pero por ahora dejémoslo hasta acá. El relato destinado a esas calles me las guardaré para otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

El maullido del brujo

Esta es la historia de un gato que se transformó en brujo para salvar mi vida.

Llegó a ella tan repentinamente como se fue, treinta años más tarde. Por ese entonces era un gato muy viejo y también yo, no lo voy a negar, el tiempo no se excusa por ninguno. 

Gracias a él, dejé mi trabajo, recorrí el mundo—con él, en mi bolso—, conocí a mi esposo y publiqué una novela.

El día que murió, lo hizo en mi regazo, una tarde que dormía siesta en el sillón. Yo sabía que algo pasaba, porque durante la mañana estuvo más juguetón que nunca y a mi esposo le arañó un pie. Reí por un rato, pero enseguida me preocupó su mirada. Era una expresión vidriosa, fija, definitiva. Quería decirme de la forma más honesta que aquella era su despedida y lo hizo, mientras yo dormía. “Me voy madre, acaricia mi lomo durante tus sueños, te prometo que jamás te voy a dejar”.  

Lo conocí por primera vez el día de mi cumpleaños 39. Era un día de invierno, frío, en las calles de Santiago. Salía de mi departamento para botar la basura cuando me pareció escuchar un piído. Fue extraño. ¿Era un piído u otro sonido? <<¡Un maullido!>>pensé. Era el maullido de un gatito. Lo busqué de un lado a otro, omitiendo el ruido citadino un martes a las 7 de la mañana. Estudiantes, escolares, padres y atascos. Atascos y más atascos. El transporte público. Los bocinazos. Con todo, lo único que me interesaba escuchar era ese débil maullido. Entonces, lo encontré. Oculto entre otras bolsas de basura, había una que se movía. ¡La bolsa estaba viva! Quité la bolsa de las otras al tiempo que visualicé el camión de la basura en la otra esquina. El maullido se volvió más fuerte. Ahí estaban. Tres gatitos desnutridos, en una caja de zapatos. <<Mierda>> ¿Y se iban al camión de la basura? ¿Qué maldito arrojaba al camión de la basura tres mininos? Me olvidé del trabajo, en realidad estaba en mi cabeza, pero el cargo de conciencia me impidió dejarlos solos. Tomé la caja de zapatos, la llevé a mi auto y con el celular tomé una fotografía. “Postié” en Facebook. “Encontré esta caja al interior de una bolsa de basura. El camión está en la otra esquina. Quien quiera un gatito, me envía un MD”. Unos minutos después, tenía 100 me gusta, 70 me enoja y 50 me entristece. Se sumaron varios comentarios de odio hacia el maltrato animal y otros de apoyo indicando que los gatitos eran hermosos, pero que ya tenían 2 gatitos y un perro. Así, muchos otros. Finalmente, recibí dos MD, uno de un vecino que me seguía por todas las redes sociales y que se animó a adoptar a uno de los gatos y otro de una colega que estaba buscando un gatito para regalarle a su sobrina. Partí al trabajo con dos gatitos—el vecino se apresuró a elegir al gatito rubio, el más grande, según él porque era macho—uno negro y uno de tres colores y retorné a mi casa con sólo el gatito negro. 

Era el gatito más pequeño, más flaco y feo. Durante todo el día no probó nada de lo que mi colega les compró en la oficina—una pasta para gatitos, “Sabores del campo”—Pienso que nadie lo quiso precisamente por su apariencia débil y porque era mudo. Con todo, me percaté que era muy limpio. Hacia sus necesidades solamente en la caja de zapatos. El otro gatito—gatita, mi colega dijo que era gatita—se orinó en el teclado de un colega muy “chupamedias” y corto de genio. La gatita se convirtió en la heroína de la oficina. 

Salí del trabajo y pasé a comer directo al McDonald. Ese día no había almorzado. El tiempo pasa muy rápido desde que tengo 25. De pronto son treinta, en un suspiro tengo 35 y ese día—que estaba de cumpleaños, pero hasta eso había olvidado—cumplía 39. 

Vivía sola en un departamento de 21 metros cuadrados, cerca del metro Santa Isabel y lo único vivo en él eran dos plantas. Mi mayor logro era que ambas estuvieran vivas después de seis meses y tenía que reconocer que lucían más vivas que yo. Vivía para mi trabajo y nada más. Me consumía día a día. Como un tornado que se llevaba mis días sin que pudiera darme cuenta. Trabajo, trabajo, trabajo. Nada más que trabajo. Vender, hacer, número, llegar a conseguir el bono de fin de mes. Salir un rato con los colegas, tomarme una cerveza. Tal vez dos si no estaba conduciendo. Dormir todo el fin de semana y ver alguna película del canal de streaming que estuviera de turno. Luego volvía el lunes y empezaba el tornado otra vez.

De mis colegas, era la única que seguía soltera y si soy honesta, ya no me preocupaba. Para mí se había pasado el tren. Lo creía desde los 33, el día, precisamente que mi mejor amiga se casó con su novio luego de 5 años de relación. Luego de eso comencé a sumar y a restar. Todas mis amistades estaban casadas, solteros con hijos o al menos con un matrimonio fallido. Estar soltera-soltera, era la definición de solterona a secas. Mi excusa era que no tenía tiempo. Tenía que trabajar, pagar deudas, conseguir mis sueños. ¿Sueños de qué? En ese momento, que cumplía 39 años, me daba cuenta de que los había abandonado todos por dedicarme a hacer una cifra más en mi deposito mensual.

Decidí, como regalo de cumpleaños, ir al McDonald. Mi teléfono personal estaba apagado para no recibir saludos de cumpleaños—“Un año más para el cambio de folio, 39 y ni una papa pelah, ¿has pensado en congelar tus óvulos?” —Decidí que no quería escuchar nada de eso y tampoco las buenas intenciones, porque cada una de ellas significaba el mismo recordatorio de siempre. “Estas vieja y sola” y aunque actualmente existen personas de 93 años que hacen películas y otros de 105 que practican gimnasia artística, sabía a lo que se referían: Que había desperdiciado mi vida.

Para ahogar las penas, pedí el combo McDonald más grande y recibí a cambio una hamburguesa tamaño normal, unas papas fritas de tamaño decente y una garrafa de bebida con mucho hielo—lo había pedido sin hielo—Me estacioné en algún espacio solitario y observé el entorno. Estaba oscuro, apenas iluminado por la luminaria amarilla y los semáforos. Pasó un sujeto en bicicleta. Un par de estudiantes, algunos escolares con el celular en la mano—nunca aprenderían a soltar ese teléfono—y luego una señora paseando el perro junto a su marido. Aunque estaba ansiosa de probar la hamburguesa, de súbito, al darle un mordisco, sentí mucha pena y me puse a llorar. Fue un llanto desgarrador. Como no lloraba hace años. Lloré a moco tendido, mientras la hamburguesa se mantenía ahí, entre mis manos, apoyada en el volante del vehículo.

Con que así pasaba mi cumpleaños número 39. Sola, en un estacionamiento, comiendo una hamburguesa que seguramente se me repetiría toda la noche. <<Mierda>>pensé, en realidad pensé más palabrotas, pero aquella resume en el estado que me sentí en ese momento. 

Limpié mis lágrimas, como siempre lo hacía luego de llorar en el baño de la oficina o cada noche por medio en mi habitación. Me dispuse a comer el resto de la hamburguesa cuando percibí que un ser me indagaba con la mirada. Ahí estaba él. El pequeño gatito negro, salvo por una mancha blanca en su bigote, observándome con sus pequeños ojos de bolita. Era la primera vez que lo veía tan atento y me asusté. Sentí como si observara dentro de mí. Sentí un vínculo. Un lazo que nos uniría por el resto de la vida.

El gatito maulló y su estómago rugió.

Me eché a reír.

-¿Tienes hambre gatito?—miré la hamburguesa y me pregunté si le haría daño comer un poco. La hamburguesa era carne. ¿Era carne o no? Esperé que lo fuera, porque saqué un trocito y lo invité a comer. Se la devoró y pidió más—No más gatito, acá tengo tu comida.

Dejé la hamburguesa a un lado y subí al minino sobre el tablero del auto. Era muy delicado, un huesito con pelos. Cabía en la palma de mi mano. Tenía pelones entre las orejas y su barriguita era sólo piel.

—Espera un poco—y sobre la caja de la hamburguesa puse la comida de gato que me dio la colega—pasta para gatitos “sabores del campo”—Ahora comeremos los dos—El gatito olfateó la comida que dejé sobre el tablero. Comió con ganas y yo también. Si soy honesta, la hamburguesa estaba más deliciosa que nunca. Sería el primer cumpleaños de muchos—Feliz día, querido Brujito.

Daniela Olavarría Lepe.

El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

El pasajero

Me uno a los pasajeros que bajaron del avión y como yo, buscan la salida. Estoy cansada. No soporto el ardor en mis ojos. Pesan. Me obligan a golpetear mis mejillas. Mi carga es un bolso café de tamaño medio, parece un bolso de mano. Entra bajo el asiento delantero del avión. Está permitido en el pasaje básico. 

No llevo canasto. Aquel lo abandoné hace mucho en ese laberinto llamado “recuerdos”. A veces retornan como un filme de antaño. Son ligeros flashes que surgen frente a mis ojos. Me dejan pensativa un rato, luego los ecos del presente regresan mi juicio. 

Una joven colabora con la carga que para ella es mucho para una anciana. No sabe que aún no cumplo ochenta. ¡Estoy en la flor de mi juventud! ¿Qué son setenta años comparado a los millones que han vivido las montañas y los árboles y el suelo que pisamos? 

Llevo bastón, aquello si es molesto. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tú tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Conocí a mi marido de chiquilla, en un parquecito, por allá en una placita ubicada en los Andes. Hacían unas calores oiga, de aquellas que mi taita Juan no contaba por esos años. Yo cargaba un canasto de mimbre, vestía una falda muy fea y trenzas que las amarraba a mi cintura. Eran negras azabaches que combinaba con mis ojos y se confundían con la penumbra. “Pareces una muerta—decía mi hermana todas las mañanas—la hija de la llorona”.

Decidí una noche castigar a mi hermana por sus actos, y esa luna llena, corté su cabello con las tijeras que usábamos para cortar trapos. Pienso que le corté el cabello con demasiado odio, porque jamás le volvió a crecer. Dicen, que las intenciones cobran forma si se desean de corazón, sean buenas o malas, se cumplen. Desearía haber tenido cuidado con mis intenciones, mi hermana jamás volvió a hablarme.

-¡Que lindas trenzas lleva la niña!—recuerdo escuchar a lo lejos—Alcé la vista y entre el embarazo, mi canasto y mis feas faldas pasaron a llevar al mozo que había soltado el piropo. Yo, azorada, no dije nada, tampoco saludé al mocoso que junto al joven de lindas palabras me sonreía con la mirada.

Semanas más tarde, supe que no era el mozo que había alabado mis trenzas, sino el mocoso que se escondía atrás de él. Me odié a mi misma por atraer a un chiquillo tan feo. Era flacucho, pecoso y su rostro me recordaba más a un tubérculo que a un rostro. Con todo, tenía una linda sonrisa y sabía hablar. ¡Por la Virgen del Carmen que bien hablaba! Hablaba y cantaba. Recitaba poemas. Versos sobre la vida y sobre mis ojos negros. Decía que desde el primer día que los vio lo habían encandilado y yo me encandilé. Olvidé sus pecas y que apenas pudiera espoliar su caballo. 

Los años lo volvieron culto, sagaz y enamoradizo, incluso se olvidó de mí. Prefirió seguir a otras, buscar otros ojos. Lo descubrí robando besos y abrazos. Lo espiaba en silencio, lo veía cantando solo. Llorando tras el despecho de todas, pero ignorando el cariño de quien había sido su primera vez.

-Me voy a casar—le dije un día, cansada de esperarlo—Tú buscas otros ojos y yo ya no deseo buscar más en ti.

-Me parece bien—dijo él—Yo no puedo hacerte feliz. Te mereces versos honestos y abrazos sinceros. Nada de eso podrá venir de mí.

Me fui llorando esa tarde y dos meses más tarde entraba a la iglesia vestida de blanco. Desposaba al mozo que en un principio pensaba que me pretendía. Los años lo habían vuelto maduro, robusto y práctico. No encontraba en mi nada bello, pero tampoco nada insensato. Lo distraería de otras conquistas, pero podría sacarme a la calle y sería respetado por todos en el pueblo.

Desearía contar que ese día, aquel mocoso de lindas palabras, fue por mí a la iglesia. No fue así. La ceremonia acabó y salí yo de la capilla en brazos de otro hombre. 

Mi marido se llamaba Gustavo, y aunque no fue mi primer amor, con los años lo aprendí a querer. Aprendimos a bailar por las tardes. Yo le enseñé a leer poesía y él me enseñó a cantar. Por las noches, cantábamos canciones antiguas, la vieja ola, el baile de Tuis. Nos reíamos, es lo que nos mantuvo unidos por todo este tiempo. Nuestro gusto por reír. 

Juntos tuvimos 6 hijos, 10 nietos y pronto nacerá mi primera bisnieta. Por eso estoy aquí, pisando la capital por primera vez en 20 años.

¡Por Dios que chirrido! Una muchacha en el segundo piso corrige el ruido de su micrófono. Invita a los pasajeros a subir al vuelo LA456 con destino a Iquique.

-Voy por su maleta abuelita, ya regreso.

La muchacha suelta mi brazo, yo la observo caminar hacia la cinta transportadora. En seguida me falta el bastón. Mi marido solía ser mi bastón. Pero se fue hace mucho y yo pienso que en ese momento yo me fui con él. La vida es dura cuando pierdes a tu otra mitad. Castiga como si tuvieras la culpa de que la muerte se lo haya llevado.

Mi nieta, Carla, ahora reconozco que es mi nieta, espera la llegada de mi maleta. No es una gran maleta. Cargo dulces para los nietos más jóvenes. Seguro a Sergio le gustaran los de chocolate, a ese chiquillo le encanta el chocolate.

-Ahora sí, Nina, vamos al auto—dice Carla.

Yo me sostengo al brazo de Carla, aunque miro al frente. Un anciano enclenque reposa en silla de ruedas. Reconozco su expresión enjuta. Aun guarda algunas pecas y los ojos aún muestran aquel carisma que pregonaba con sus versos.

El anciano fija su mirada en la mi y por un breve instante se transformó en aquel mozo. Yo vestía largas faldas, usaba trenzas azabaches y portaba un canasto. Deseo por un momento golpearlo con aquel canasto, pero hace tiempo que no lo cargo. Ahora llevo un bastón y mi nieta insiste en apresurar el paso.

Esquivo la mirada del anciano y continuo mi camino. Vamos raudas rumbo al estacionamiento. Con todo, mi cabeza aún está al interior del aeropuerto. Juraría que por el rabillo del ojo el mozo reconoció aquellas trenzas, pero entonces se percató que ya no era un mozo y mi pelo era corto y gris. A pesar de, estas canas no guardan tristezas. Esas las dejé en mi canasto. En mi cabello solo dejo lo bonito, lo que me hace sonreír. Como la recepción de mis nietos, la memoria de mi esposo y el brazo de mi nieta que me recuerda que aún estoy aquí.

Daniela Olavarría Lepe.

Cotilla

El arte de escribir puede ser un don o un maleficio, dependiendo de quien lo mire.

Convierte al autor en una especie de espía social. Un observador meticuloso como se muestra a Sherlock Holmes en la televisión y el cine. 

En palabras sencillas el escritor se vuelve copuchento. Cotilla como se dice en España. Cada detalle es valioso. La forma en que sujeto puede hablar, expresarse o esquivar la mirada. La manera en que cierra su chaqueta, el vaivén de su caminata o el chirrido de sus carcajadas.

Recuerdo una oportunidad que caminaba rumbo al metro. Mi ruta de retorno consistía en viajar desde Santiago centro hasta las afueras de la capital. Era un viaje largo, lares que muchos no reconocen como Región Metropolitana porque no está dentro de las direcciones estándares de una calle:

Camino LO CASTRO. Parcela NªXX. Sitio XX-X. Estación Colina. Comuna de Lampa.

Para los delivery, una dirección así no pertenece a la Región Metropolitana. Para los Uber tampoco y si pides un transporte para llegar a esa ubicación, te cancelan, porque “no les sale a cuenta”. 

En fin, no quiero distraerme. Hablar de detalles a veces me pasa la cuenta. Ser copuchenta también. Esa tarde en el metro escuché tantas historias que mi memoria las mezcló todas. No quise sacar el celular para tomar notas, menos una libreta. Ya imaginan por qué, pero también porque era imposible hacer algo en ese vagón más que encontrar un espacio apto para apoyar ambos pies.

Ese día había al menos 34 grados de calor, a la sombra. Cargaba mi mochila al frente, como una gran barriga. Vestía una blusa sin mangas, jeans, sandalias y muchos parches curitas que se despegaban de las heridas de mis talones.

El vagón olía a diantres. Era plena hora punta y donde pude aferrarme era al costado de un sujeto espalda peluda, camiseta de la Cato y fanático de Luis Miguel. Usaba unos audífonos enormes. A pesar del bullicio del tren, pude escuchar “Tengo todo excepto a ti”.

-Se inicia el cierre de puertas…

Un tumulto mayor entró en el vagón y necesité hacer equilibrio. Una muchacha masticaba chicle desde su asiento. Chateaba con el teléfono. Sus ojos se movían de un lado a otro. A veces sonreía y enviaba emoticones: un beso, un corazón, otro corazón y otro corazón. Quien le escribía se llamaba, “Amorcito bebé”.

-Próxima estación. Next station… La Moneda.

-Atención, dama, caballero, mi intención no es molestarlos. Sólo ofrecer un momento de agrado de regreso a sus casa’…

-Y yo le dije, weona no…—dijo una señora—Pero ella se le tiró encima y se lo comió weona…Ahí mismo en la oficina.

-Pucha maire, adiós dieta entonces…

-Aloh… se escucha. Sí. Sí—entonó el cantante urbano—vamo’ a empezar con la improvisación.

-Vendo aguita, pa’ la sed, pa’ la calor…

La Moneda…

El tren frenó de súbito y varios tropezamos. Se escucharon quejas, un par de grititos. 

-Me saqué la chucha en verdad…

Yo logré salvarme. El zorrón que estaba atrás mío, efectivamente, se sacó la chucha. Su amigo pelirrojo, no lo ayudó. Estaba “cagado” de la risa. “Me meo”, lo escuché decir, cuando al fin le tendió la mano. 

En mi caso, quien me salvó fue el sujeto fan de Luismi. Le agradecí cordial y él, para mi sorpresa, sonrió. El rostro de la gente cambia cuando sonríe. Hasta lo encontré bonito. 

El sujeto bajó en la estación Los Héroes al igual que yo. Lo último que logré escuchar fue “No me busques, no me llames…”, pero mi atención se había posicionado en otra persona. Un chico que acababa de ingresar al vagón antes de que yo bajara. Tenía los ojos llorosos y las manos cubiertas de helado de chocolate.

Retrocedí años atrás, cerca al Metro Santa Lucía. Estaba sentada frente a un chico en la mesita de una heladería. Él cabizbajo miraba el helado de chocolate que yo había pagado. Me sentía culpable. Le acababa de decir que no podía salir con él, porque ya no sentía lo mismo que el día que me declaré. Era mentira. Estaba muerta de miedo y quería arrancar. En temas del corazón siempre he tenido miedo y ese día, cuando me llamó por teléfono, viajé dos horas en transporte público para verlo. Esa mañana, había escuchado su desesperación. “Necesito hablar contigo”, había dicho y yo pensé de inmediato: “me va a patear, por burra”.

Llevábamos saliendo—o algo parecido—un par de semanas en la universidad, pero luego salimos de vacaciones y yo simplemente me hice “la loca”. Les digo, soy cobarde, con todo, ese día viajé dos horas en bus para verlo y lo primero que me dijo cuando me vio fue: “estoy saliendo con una chica, pero me gustas tú, por favor dime qué hacer”. 

«A la mierda», pensé.

-Sal con ella y listo—le dije a secas y por su expresión, entendí que su plan se había ido al carajo. 

Esa tarde, mientras tomábamos helado, yo intentaba actuar como si no me importara, aunque en realidad quería darle un abrazo. Le había roto el corazón. Sus manos temblaban mientras el chocolate se derretía entre el cono y sus manos. Jamás voy a olvidar aquellas manos. 

El tren desapareció en el túnel y el chico dentro de él. Me pregunté si le habrían dado un abrazo. Yo se lo habría dado.

Mi última parada fue la estación Patronato. Para ese entonces mis pies apenas sentían las zuelas de mis sandalias. Caminé, arrastrando los pies por las escaleras, pasé el torniquete y tomé la escalera mecánica. Salí directo a la Vega. Lo primero que sentí fue un grito, el pitido de una bocina y el calor abrazador.

Esquivé a un ambulante, a otro, a otro y a otro. Pregunté por el precio del agua en un puesto de mote con huesillo, pero estaban muy congeladas. Seguí por la Vega—“donde no está Dios está la Vega”—y me ofrecieron tomates, plátanos y uvas globo. 

Escuché un silbido, una chicharra, un ofertón. Lo que más me tentó en ese momento fue el olor a cilantro, a tierra y a fruta. Olía a curtidos, a cebolla en escabeche, harina tostada y frutillas frescas. Era época de frutillas. Me tenté y compré medio kilo. Quien me atendió era bajito, calvo, aunque llevaba gorra. Me regaló una matita de ciboulette y me ofreció zapallo y tomates.

-También tengo cebollines caserita…

-No, gracias—y me fui. Mi abuelo vendía cebollines, seguramente eran los mismos que ofrecía el caballero.

Caminé hacia la Estación la Paz. Por la calle pasaban vehículos y gente empujando grandes carros. Iban cargados de cajas, de verduras, frutas o cajas vacías. Por los costados, las vitrinas vendían curtidos y frutos secos. 

En la esquina, don Luis entregaba el vuelto de una señora que acababa de comprar una botella de agua sin gas.

-¡Don Luis, cómo le va!

Hola niña, bien. Aquí estamos. Cómo está la salud, la familia, los estudios.

-Ya estoy trabajando don Luis, llevo un par de años trabajando.

-¡Que bueno escucharlo! ¡Cómo pasa el tiempo! Pero me alegra saberlo. Primero son los estudios, después encontrar trabajo. Así ayuda a los papitos, que la criaron y la formaron.

-Así es…—el semáforo pasó a verde—Me alegra haberlo visto. Saludos a su familia.

-Lo mismo digo niña—y me regaló una bebida que sacó de un cooler y secó con un paño. Era de pomelo, la homologa de la “Quatro”. Se me hizo agua la boca, estaba heladísima.

Crucé la calle. Era la rutina de siempre. La hacía desde que iba al colegio. Un día don Luis me saludó y al día siguiente yo lo saludé a él. Así lo hacemos hace años, incluso si no nos vemos por mucho tiempo. El tema de conversación es el mismo. Los minutos son escasos, con lo que dura el semáforo basta. 

Un día él simplemente me dijo su nombre y yo lo recordé. Desconozco si él recordará el mío. Lo único que sé, es de lo que hablaremos la próxima vez que nos veamos. No importa ya de lo que estaba hablando cuando comencé esta historia. En ese momento ya estaba en el bus rumbo a mi casa. “En LO CASTRO” dije y el chofer se atrevió a decir “¡Ay no!” Tomé asiento donde no me llegara el viento frío. Una pasajera en el bus, sonrió desdentada y me ofreció sopaipilla mordisqueada. Para ese entonces ya era invierno. Se los dije, soy copuchenta. Buena para los detalles, salvo que a veces me confundo y ésta ya es otra historia.

Daniela Olavarría Lepe