El ruido que emana el silencio

No puedo con este silencio. La parsimonia de no saber e imaginar más de la cuenta. Siento que me estoy convirtiendo en otra persona. El mendrugo de un ser que antes sonreía de emoción ante el aroma de la mañana. La que veía el sol como el inicio de una aventura, el vaso medio lleno. El aura vibrante que llama a ver lo bueno incluso en lo miserable.

Estoy triste, sí. No porque esté sola o porque la fortuna no me sonría. Es la tristeza que genera el vacío de tenerlo todo menos aquello. La remembranza de una vida que me pareció muy mala y ahora considero la mejor de todas. Donde el silencio se rompía con el canto de un ave silvestre, donde me imaginaba en tierras indómitas y místicas. Hoy el sonido de la brisa y el canto de la bandurria cambian a disparos, música foránea e incertidumbre. 

No puedo con el silencio. No aquel que vibra en las ventanas de mi habitación, sino aquel que otorga. Ese que más duele. Porque fui ciega y sorda. Me acostumbré al silencio y preferí permanecer en él porque ciega y sorda seguía sonriendo. Después de todo el sinónimo de la inocencia debería significar “aquel que no quiere escuchar ni ver”.

Con todo, este silencio pesa en mi pecho como si a mi tronco hubieran atado un saco. Me jala hasta lo más profundo de mis pensamientos. Me impide caminar, me impide pensar con claridad.

Quisiera que todo volviera a ser como antes. Desearía volver a ser más valiente y él lo fuera también. Porque ambos somos unos cobardes. Cobardes de la vida, de nuestras decisiones. No lo juzgo, no es bueno juzgar a la gente sin conocer todo el panorama. Me baso en suposiciones, ideas que surgen en mi cabeza por culpa de este silencio.

Tiempo atrás, en una iglesia, escuché un relato que jamás pude olvidar. La historia de un hombre que permanecía colgado en un precipicio, cubierto por la niebla. En su desesperación, el hombre pidió ayuda a Dios y Dios le dijo “Suéltate”. El hombre no lo hizo, prefirió aferrarse al precipicio. Cuando lo encontraron, estaba muerto, colgado a sólo unos centímetros del suelo. 

Si me hubiese soltado del precipicio, estaría en otra parte. Estaría contando una historia diferente, una que empieza en un día nublado, con la ventisca que remueve las latas de los techos, empuja los árboles y aplasta la hierba. Yo saldría de una leñera húmeda, cargando palos secos y otros con musgo entre sus recovecos. Me pesaría la carga, pero la posaría sobre una carretilla cuya rueda rechina mientras avanzo por las piedras y el barro. 

“Ya queda poco” me diría con la respiración cortada. En mi imaginación me esperaría el agua hervida, un trozo de kuchen de manzana y una taza de té lista para servir. 

En el arribo a la entrada de mi casa, la carretilla tropezaría en pleno con una piedra y yo perdería el equilibrio. Seguramente maldeciría el clima, al dios de la tormenta o las carcajadas de la Madre Tierra. 

-¿Estás bien?—me diría él, tendiéndome una mano. Yo aceptaría su ayuda y me pondría de pie—¿Te pasó algo?

Yo no diría nada, pero en un arrebato rompería a llorar y le daría un abrazo. “Ya…ya” me diría él en un consuelo apenas audible.

-¿Por qué tardaste tanto?—yo diría entre sollozos. 

-Porque no fue fácil.

-Nunca lo es—Y permaneceríamos así. Abrazados a pesar de la tormenta, entonces, luego de una mirada cómplice, entraríamos la leña y pondríamos el agua nuevamente a hervir. Esta vez serían dos tazas. Un café para él, un té para mí y una porción de kuchen para compartir.

Daniela Olavarría Lepe.

El valor del momento

Gracias. La vida se conforma de pequeños momentos. Thank you. Los recuerdos consisten en retornar a nosotros los instantes en que estuvimos vivos. Arigatō. Nuestra mente es una máquina del tiempo. El guionista en una película de ciencia ficción que nos hace recordar cuando estuvimos vivos, imaginar sobre nuestro futuro y olvidar el único momento en que realmente existimos. Nuestro propio presente.

Esta historia es una hebra que se hila, como las raíces de un sabio alerce. La trama de una novela, la gota que se desliza por los surcos de una hoja hasta caer sobre un charco de agua. El punto de origen que se expande como el aleteo de una mariposa que generó un sismo al otro lado del mundo:

Obrigado. 

-Se dice abrigada—dijo la joven al grupo de amigos que la acompañaban en su viaje. 

Cruzaban hacia la Vila Nova de Gaia, durante un atardecer confuso entre el sol del verano y el gris del otoño que busca su trono. Colores grises de las nubes interrumpidos por los rayos de sol que intentaban atravesar de bruces el río Duero, mientras barcas de todos los tamaños recorrían su caudal. La luminaria surgía tímida entre las construcciones asentadas irregulares y coloridas. 

El metro asomó al otro extremo del puente desde Gaia. Los ciclistas y transeúntes se hicieron a un lado. Las gaviotas sobrevolaron las cabezas de los turistas que intentaban fotografiar el paisaje. La joven permaneció perpleja un momento ante la postal. El sonido de los pasos, las charlas y las risas se volvían ajenas antes el ocaso. La paz que calmaba su recorrido sólo era interrumpida por los recuerdos del pasado. Ella deseaba que “él” hubiese estado ahí. Lo que por meses se transformaba en el recuerdo de un extraño, ese día aparecía en su retina como la viva remanencia del día anterior. Si tan sólo no hubiera visto su fotografía por redes sociales, tal vez el disfrute del paisaje habría sido otro. 

Fue por casualidad. De esas casualidades traidoras del universo que te ponen a prueba. ¿Cómo realmente sabes que has olvidado a alguien? Muy fácil, cuando al recordar su nombre o ver su fotografía no significa nada para ti. 

Para Marta no fue así. 

Cuando vio su fotografía en las redes sociales fue extraño. Era un recuerdo de hace tres años, cuando vivía en el sur de Chile. En la fotografía ella lucía cansada, ojerosa y con una sonrisa forzada porque odiaba las fotografías cuando no era ella quien las tomaba. A su lado, aparecía él y, todo lo contrario, con una facilidad mayor para otorgar sonrisas honestas incluso si ella recordaba que no estaba de ánimo para sonreír.

Esa noche, a pesar de estar de vacaciones al otro lado del charco, lloró ante el recuerdo como si se hubiesen despedido en ese mismo instante. Su separación no había sido por medio de discusiones o una relación que hubiese terminado en fracaso. Simplemente se habían despedido con un “adiós”. Con todo, ese “adiós” significó para ella un presentimiento. “Nunca más lo volveré a ver”, pensó y en efecto, así fue. Las citas se aplazaron, los mensajes dejaron de responderse y los “me gusta” en Instagram dejaron de aparecer. Un día él escribió por mensaje de texto “Dame un poco de tiempo”. Ella al instante quiso saber por qué. Por largo rato escribió una y otra vez, desesperada, entre lágrimas o resignada, la sentencia de quien por esos días ella consideraba su cómplice. Desde el otro lado del teléfono, “Él” leería en su pantalla “Marta está escribiendo…” una y otra vez y por más tiempo que ella, él esperó lo que fuera que ella tuviera que decirle. Sin embargo, ella calló y de súbito tiró el teléfono al otro lado de su habitación. Los días siguientes, ninguno se atrevió a replicar y tanto él como ella terminaron por comprender el valor del silencio. Luego, el tiempo simplemente continuó su curso hasta tres años más tarde, cuando ella vio su foto y los recuerdos volvieron a aflorar.

La bocina de niebla de una barca turística alzó el vuelo de las gaviotas. Marta levantó la vista un momento, aunque los sonidos le parecían a ratos como una realidad distante.

Su mano acarició la baranda metálica que la separaba del río metros más abajo. Rememoró la mano de “él”, grande y larga entrelazarse con la suya. El calor, la calma, la naturalidad que existía entre ambos cuando estaban juntos. Momentos que se percibían de toda la vida. ¿Cómo un instante finito logra ser eterno?

-¿Y si digo «abrigadou»?—dijo Carlos de pronto. El novio de Olivia, bajito y melenudo detuvo abruptamente su caminata. Olivia, que aún olía la rosa que Carlos le había obsequiado en el mercado, también detuvo sus pasos. 

-Eso es para los hombres. Las mujeres, es “abrigada”.

-¿Y si no tengo frío?—soltó Marta, que intentando despejar su cabeza, pensó en un muy mal chiste.

-¡Es que tengo muuucho calor!—siguió Carlos abanicándose. 

Marta rio sincera y con ella Olivia que la empujó porque le gustaba empujar a su amiga. Siguieron el recorrido hasta Gaia, apresurados porque el cierre de la Bodega Sandeman sería pronto. La suerte no los acompañó esa vez. Cuando llegaron a las puertas del edificio construido en 1790 el guardia señaló su reloj. “Llegaron tarde” y cerró las puertas con un gesto de resignación.  

-¡Te dije que te apresuraras, pero vos andás con la cabeza en otra parte!—la reprendió Olivia y Marta lo culpó a «él», porque tal vez «él» la hubiese motivado a correr más rápido e incluso hubiera intervenido con el guardia para entrar a la bodega aunque fuera por cinco minutos.

El cielo se cubrió de nubes resueltas. Marta reconoció el agua que amenazaba sus colores oscuros. La lluvia se hizo presente poco después. Estaban a varios kilómetros de distancia del hostal donde dormían. Cuando el cielo decidió bajar a tierra, se encontraron corriendo por las calles nocturnas de la ciudad. Eran viajeros, cargaban apenas las suficientes prendas para llenar sus mochilas. “¡Mis calzoncillos!” Gritaba Carlos y ambas mujeres reían histéricas, protegiéndose con las manos y evitando tropezar sobre los adoquines. Marta por un momento olvidó incluso la sensación de estar aferrada a “su” brazo. “Su abrazo” El de «él». El aroma que emanaba su esencia y la naturalidad de buscar su cercanía. Se vio entonces, en otro espacio. Uno lejos del clima cálido que brindaba Europa esos días. Se vio años atrás, es un pueblo. Un sitio apartado del vicio mundano de la capital. Cercana al mar, bajo una tormenta fría, días previos a la llegada de la primavera. Ella apartaba su vehículo a un lado de la berma. 

“Voy a buscar algo para comer y luego hablamos” Escribió en su teléfono celular.

“Te llamo en unos minutos” recibió como respuesta y sonrió.

Estaba a unos kilómetros de Calbuco, en la décima región de los Lagos. En el fin del mundo. En un país largo y angosto llamado Chile. Conocidos que tenía en la ciudad de Valencia solían bromear sobre su país. No podían entender que ella viviera en un lugar tan estrecho. Ella simplemente sonreía. El mapa del mundo era como la ansiedad. Muy diferente a lo que la realidad podía ser.

El viento la empujó contra el auto y ella debió proteger su rostro del azote. Su piel estaba muy dañada con la brisa marina. Cubierta de manchas por la exposición solar y una rosácea que coloreaba sus mejillas, aunque jamás le hubiera gustado usar rubor. Caminó a pesar de todo contra esa lluvia infinita que la calaba y entumía hasta la punta de sus dedos. Tenía hambre y necesitaba calorías para continuar su viaje.

Llegó a un local. Un carrito de comida con un apartado techado. Había algunas mesas y sillas plásticas vacías. La dueña la había visto desde la ventana de su casa metros atrás. Marta consiguió notarla desde lejos. La mujer tardó unos minutos en salir, seguramente se planteaba si una clienta valía la pena para cruzar una tormenta.

Con todo, la mujer salió de la casa y se cubrió con una capucha. Marta la vio correr hacia ella. Tendría unos cuarenta y algo. Cuando llegó le sonrió amable. Marta agradeció la sonrisa, era una sonrisa honesta, de aquellas que no se puede valorar con las estrellas de una aplicación. 

-¿Qué se va a servir?

Marta leyó un cartel con los precios escritos a mano.

-Un completo italiano y un té—dijo ella. 

La mujer sonrió. La envió a tomar asiento porque la lluvia no escamparía hasta más tarde.

-¿Y cómo le pago?

-Efectivo o transferencia—dijo ella.

Marta indicó que prefería la transferencia y la mujer dijo que le daría los datos para pagar. Poco después, mientras la joven agregaba salsas sobre el hotdog, la dueña del local le entregó un papelito escrito a mano.

-A mi cuenta Rut nomás—dijo la mujer y fue la última vez que la vio.

Después de comer Marta intentó ubicarla. Por señas, miradas hacia la casa. La mujer simplemente había desaparecido. Marta permaneció unos minutos más. Nada. Miró su celular, nada. Tampoco. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. 

Decidió entonces hacer la transferencia y dejar como referencia algo que a ella la destacara. “La niña de lentes redondos que compró un completo en la lluvia”, tipeó. Luego escribió en el mismo papel donde la dueña del local dejó sus datos para transferir. “Gracias, hice la transferencia a su cuenta. Buena tarde”. 

Ella simplemente pudo haberse ido. Sin pagar. Nadie lo hubiese notado. La mujer sin duda lo habría lamentado. Pero Marta pagó y se marchó. Tal vez nunca más vería a esa mujer, en la vida, pero le había dado un voto de confianza. Con sólo mirarla. Aquello Marta jamás lo iba a olvidar.

-¡Entremos acá!—dijo Carlos, que las llamó a un local metros adelante.

Los pensamientos de Marta retornaron a Portugal. La lluvia los había empapado, pero no hacía frío. Los tres estaban famélicos. El restaurante donde Carlos las había invitado, servían francesinhas. Un plato típico de Oporto, un sandwich, con salchichas portuguesas, jamón, bistecks de carne, queso derretido por encima, huevo y salsa de tomate. El aroma y el calor los motivó a tomar asiento. Un mozo les llevó la carta, pero ellos pidieron dos francesinhas para compartir. El mozo, alto y de facciones atractivas sonrió. Hablaba español y los tres amigos decidieron pregunta por la “intriga del agradecimiento”. 

-Se dice obrigado, para los hombres—dijo el mozo mientras les servía los platos.

-Gracias—dijo Carlos. Marta y Olivia rieron.

-Obrigada para las mujeres—continuó el mozo divertido.

-Obrigado—dijo Marta cuando el mozo le sirvió el plato.

-De nada—dijo el mozo y le sonrió.

Fue una sonrisa honesta, como aquella que realiza un fan cuando su actor favorito norteamericano intenta hablar en español. Un agradecimiento al que intenta ser amigable con la tierra que lo recibe. 

Marta fijó su vista en un gato negro. Era un gato sentado muy recto en el borde de un pilar a las afueras del restaurante. Marta pensó en la Profesora McGonagall de Harry Potter. Se contaba que el bestseller había sido inspirado en esa ciudad colorida, de irregulares callejuelas y edificaciones dispares. ¿Por qué aquel gato de postura erguida no podía ser un brujo que pensativo buscaba escampar la lluvia? Tal vez la magia no estaba en formular un paraguas con su varita mágica, sino apreciar el momento: El goteo sobre el toldo que separaba calle del restaurant, un barril que hacía pensar que tal vez un pirata se escondía en su interior, el semáforo que daba luz verde, pero sin un vehículo qué cruzar. El tranvía, detenido, que encendía las luces para visualizar en camino. ¿El camino hacia dónde? Hacia un reino oculto de seres fantásticos. 

La magia está en el momento, pensó Marta. Como aquella vez frente al mar, una tarde hibrida entre invierno y primavera. ¿Por qué siempre debían ser tardes hibridas entre dos estaciones? 

Con el auto estacionado frente a la playa en Lenca, una playa de arenas grises y formas planas, donde podían visualizar las formas del continente. A Marta siempre le gustaba recordar que eran un pequeño punto entre los miles de puntos que conformaba el universo. Un grano de arena que se confundía con millones y se mezclaba con los pasos pesados que los aplastaban con su andar.

-¿Qué piensas?—dijo él buscando su aroma. Lo encontró en su cuello y su cabello. Ella salió de su distracción, para disolverse en otra. Unió su palma contra la de él. Sintió el olor de su perfume cuando estuvo cerca. Su corazón aún latía cuando recordaba ese momento.

El mozo dejó sobre la mesa dos platos de francesinha al mismo tiempo que Marta, confundida y con cierta decepción, se percataba que el gato ya se había marchado.

-¿Y vos por qué no comés?—dijo su amiga. Marta sonrió azorada y Olivia confundió el gesto con el interés que mostraba Marta hacia el mozo que trabajaba unas mesas cerca de la entrada. Olivia sonrió con picardía y llamó la atención del mozo. 

-Ay no, esta Olivia…—escuchó Marta mascullar a Carlos.

Marta no alcanzó a detenerla. El mozo apareció solicito y sonrió amable.

-¿Algo más?

-¿Algo más chilena?—dijo Olivia con evidente intención.

-¿Eres de Chile?—dijo el mozo interesado. Marta se ruborizó—Mi novia es chilena, espero un día conocer el país. 

-¿De qué parte de Chile es?

-De Santiago. Vino a Porto por estudios.

Como nadie hizo alguna observación adicional, Carlos pidió más bebidas y Olivia, a modo de disculpa para su amiga, pidió un vaso de Ginja.

-Para pasar las penas—dijo Olivia.

Marta sonrió. Olivia pensó que su amiga se había recuperado rápido y dejó el “ligue” que intentó conseguir para Marta para molestarla más rato. Con todo, la sonrisa de la joven se debía al gato que había regresado a su tribuna y con un pequeño abrir y cerrar de ojos le había otorgado un saludo.

-¿Y tú?—distrajo a un gato las caricias de un transeúnte. Marta se sintió helada. Podía reconocer donde fuera aquella silueta. 

En un amago de levantarse empujó la mesa con comida. Olivia y Carlos notaron la palidez de su amiga. Marta no les prestó atención. Caminó hacia la salida, cuando el joven que acariciaba el gato se arreglaba la capucha que lo protegía de la lluvia. Marta logró distinguir sus facciones y con decepción comprendió que no quien ella pensaba.

<<Que tonta>> 

-Lindo gatihno—dijo él amable. Ella fingió cordialidad, aunque el nudo en su garganta era incontrolable. Permaneció ahí unos momentos, observando al muchacho retirarse y trotar para no mojarse más de la cuenta.

-Linda gatita—dijo ella que reconoció su género. La gatita permitió las caricias—Me siento una bruta. ¿Existe algún remedio para dejar de serlo?—Ella había escuchado que los gatos eran verdaderos brujos. Podían distinguir entre una persona buena y una mala. Sabían cuando su “humano” estaba enfermo y cuando estaba triste. Ella no le pertenecía a esa gatita, pero la felina sabía que ella estaba triste. ¿Por qué no había dicho nada? ¿Por qué «él» no había dicho algo? ¿Por qué seguía importando si el tiempo seguía pasando? ¿O acaso seguiría viendo su nombre, percibiendo su esencia y presencia en su memoria y en otros hasta que finalmente decidiera dejar de guardar silencio?

<<Pero lo hice—se dijo ella—y él también lo hizo. Fin del asunto>>

Respiró larga y profundamente. Por ese instante decidió obviar el dolor y la tristeza. Prefirió calmarse con el sonido de la lluvia, las caricias de la gata que ronroneaba amistosa y sus amigos que la llamaban a retornar a la mesa.

-Obrigada—le dijo a la gatita. Ella cerró brevemente los ojos y los abrió. Marta comprendió. “De nada” había dicho y satisfecha de aquel pequeño triunfo retornó con sus amigos.

Daniela Olavarría Lepe.

Mirada a la Mezquita - Categral

El abrazo de la Mezquita

El calor quema mi nuca, pero la brisa me refresca los hombros. Escucho un coche metros adelante. La campanilla resuena más fuerte que los cascos del caballo que dirige el carro. Las pisadas de los turistas surgen como un ruido secundario. El sonido de miles de talones tocando cientos de años de historia. 

El Alcazar de los Reyes Cristianos me recibe con la figura de un caballero templario. Magnánimo observa indiferente al público. Hablan en inglés, francés, coreano y español. Hay más, pero es lo que reconozco. No es importante, todos estamos ahí, rodeados de ecos tallados entre las pareces que nos reciben. 

Veo mosaicos, restos romanos y cristianos. La obra de Edipo figurada en miles de cuadritos coloridos que configuran su rostro y el de Medusa y el de Eros y Psique.

Camino entre cámaras que en otros tiempos resguardaron gigantes, entre arquitectura romana, árabe, visigoda y cristiana. Me convierto en la viajera del tiempo que escribo en mis historias. Historias paralelas de momentos distantes en mi vida y otros que forman parte de amores fugaces y ficticios. 

Cuando llego a Alcazar, percibo la sombra de sus limones y escucho el agua que rocía sus piscinas. Me veo sola entre un conjunto de extraños que bromean entre ellos o buscan estresados la salida. Deseo desviar mis emociones hacia el presente. Estoy en paz, me apoyo en estatuas que colaboran para que tome las mejores fotografías. Consigo un par y, cuando estoy satisfecha, pienso… Pienso. Pienso en una nueva historia:

-¿Imaginas si los arcos de la mezquina fueran en realidad gusanos?—dijo Antonio abrazando a Javiera por la espalda. 

-O muchos dulces—dijo ella. 

Lo expresó con gracia. Siguiendo el juego de su novio. Era su primer viaje juntos. Con todo, se sentía extraña. Momentos antes, afuera de la Mezquita, un par de gitanas la habían cogido por el brazo y a modo de regalo quisieron leer su mano:

-Recibo lo que tengas cariño—dijo la gitana luego de darle una rama fresca.

-Es que no tengo nada.

-Lo que sea cariño.

-No tengo, sólo monedas. 

-Las monedas son de mala suerte. Anda, que ahí hay un cajero. 

Javiera insistió en que no tenía nada, salvo un euro con cinco centimos. La gitana terminó por aceptarlo. Javiera se resignó a perder un euro, cuando cargaba 5 en su bolsa. Lo que la gitana no sabía es que ella también leía la suerte. Lo hacía a través de sueños y cartas. Los espíritus hablaban a través de ella. Su brazos solían estar morados por largo tiempo y otros tantos, debía cerrar los ojos para no ver demasiado.

Esa mañana la gitana le había dicho a Javiera que un abrazo cambiaría su futuro y dejaría de doler. 

Ella, poco antes de salir de la hostal donde alojaban, había barajado sus propias cartas y por sí sola cayeron dos. Los amantes y el Colgado. 

Javiera sabía que se trataba de Antonio. Pero poco después, cuando recibía su abrazo, tuvo una visión extraña y temió. Vio un fantasma, más bien dos. Un anciano, vestido de toga sentado con un bastón en una de las bancas de la Mezquita. Su color traslúcido se mezclaba en la luminaria que colgada entre el haram. El espíritu observaba hacia ella mientras señalaba a Antonio con una sonrisa. A su lado, otro espíritu que oraba en dirección a la catedral, desvió sus oraciones hacia la pareja y con él, otros surgieron. Javiera percibió el dolor en sus brazos. Marcas que los amorataban y también sus piernas. 

“Un abrazo cambiará tu vida” recordó y se asustó. 

-Tengo que salir—dijo al tiempo que el campanar resonó en la ciudad. 

Antonio la siguió, pero turistas interrumpieron el paso. 

Javiera se abrió camino entre el gentío. Cruzó el patio de acceso a la mezquita rumbo a la salida. “Si le pasa algo, me muero”. Surgió en su cabeza. Tal vez la gitana le había echado un maleficio. A Antonio, no a ella, porque ella no quiso darle plata. “Si le pasa algo es mi culpa”. 

Una mano la detuvo y ella, pensando que era un espíritu que la requería se defendió. 

-Tranquila. No pasa nada, solo solo soy—dijo Antonio.

-Oh…

-Ya, ya… ¿Qué pasa?

-Vi gente muerta.

Antonio pareció dudar un instante. Entonces sonrió.

-Pero si los muertos no hacen daño—Antonio señaló los brazos de Javiera. Era ella quien los estaba pellizcando. Tomó conciencia de sus actos y rompió en llanto. Antonio, conmovido, la abrazó y besó su nuca. Para Javiera fue extraño. Una revelación. De súbito toda presunción se detuvo. “Un abrazo cambiará tu vida y dejará de doler” recordó y comprendió. Aquel gesto que percibió cómo si se hubiesen dado el primer beso, fue una verdad. Simplemente lo supo. Aquel hombre estaría a su lado. Enseguida entendió el significado de la cartas y que la visión de la gitana era cierta. El colgado era ella, los Amantes… era difícil apresurarse en conclusiones. Lo que sí pensó es que tal vez debió haber sido más amable. Con la gitana, con los espíritus. Como había dicho Antonio, los muertos no hacían daño. Ellos simplemente querían entregarle una verdad.

-Sorry, can you take me a picture?

Salgo de mi ensimismamiento. Un chico moreno y grandes ojos me extiende su teléfono celular. Accedo y luego de varias tomas consigo una imagen que lo deja conforme.

-Thanks. —dice amable y se marcha con el resto de su grupo. 

Mantengo mi vista sobre las estatuas de Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que se alzan al final del Alcazar. Parecen ocultarse entre los árboles de granadas, limones y la inmensidad de la arquitectura. Me pregunto si los ojos de piedad que muestra Colón significan que los reyes en ese momento le estaban negando los fondos para viajar a las Indias. Cambio de idea al instante. Tal vez el significado es otro, la estatua está conteniendo «la emoción», de lo contrario la tierra donde nací sería muy distinta. 

Camino hacia la salida. Pensando sobre reyes y caballeros. Pronto llegará noche y deseo fotografiar el Puente Romano que atraviesa el río Guadalquivir. 

“Luces amarillas” pienso mientras llego al otro extremo del puente. La ciudad entera se vuelve de color amarillo, salvo las calles. Las calles siempre son de un color blanco radiante. Rodeados de flores y música. De violín o guitarra. Estoy en terrenos andaluces después de todo, pero por ahora dejémoslo hasta acá. El relato destinado a esas calles me las guardaré para otra historia.

Daniela Olavarría Lepe

La tercera moneda

Me pareció conocerlo por años, pero apenas interactuábamos por un par de días. Era alto, moreno y despreocupado. Lo conocí durante mi trayecto a Roma en una pequeña escala en el Aeropuerto de Barajas en Madrid y desde entonces las coincidencias generaron entre nosotros una complicidad que ahora no podría explicar.

El destino final del joven lo supe poco después. Pensé, luego de encontrarnos en uno de los tantos cafés del aeropuerto, los números de nuestros asientos, el trueque con el taxista y el hostal, que compartir la misma ruta también era parte de chiste que nos jugaba el destino. Dos días más tarde, sin embargo, mientras reposábamos sobre una cama blanca, en una pequeña habitación de paredes también blancas, él reconoció que su viaje original era otro. Era Pisa. No iría a fotografiar la torre, más bien la palmera chilena que mantenían en el museo de historia natural de la ciudad. Con todo, en la salida del aeropuerto de Roma, cuando me vio discutir con el taxista—un calvo de dos metros y medio y mirada inquisidora—prefirió unir fuerzas y apelar a un precio razonable por dos pasajeros muy cansados.

-Y henos aquí compartiendo habitación—dijo acercando su rostro al mío.

-Y henos aquí…—pero no dije nada más porque sentí la punta de su nariz rozar la mía.

Recorrimos las calles de piedra de la bella Roma, asoleándonos por el calor abrazador de julio y compartiendo un gelatto de dos sabores, como si nuestras bocas se conocieran desde otra vida. Caminamos con las manos entrelazadas, acariciando nuestros nudillos y gritando a carcajadas porque el otro osaba con correr primero a la Fontana de Trevi. El gentío se aglutinaba alrededor de la estatua que gloriosa observaba indiferente al público que tomaba fotografías y pedía deseos con más de una moneda.

-Una para volver—dije y lancé una moneda a la fuente.

-Dos, para volver y enamorarse—y él lanzó dos monedas a la fuente.

-Tres…—reí y él abrió los ojos con desafío, como si me retara a lanzar las monedas—Para volver, enamorarse y casarse—pero solo lancé dos.

Él rio. 

-Cuatro—dijo un anciano a nuestro lado—Para volver, enamorarse, casarse y divorciarse—A cada enfermedad, una solución.

Sonreímos cordiales y nos abrazamos. El anciano portaba un anillo de matrimonio y atrás de su espalda una rosa de aquellas que vendían en Trinità dei Monti. Yo lo sabía porque un chico de piernas chuecas ofreció un par a unas alemanas que pasaban al lado de nosotros. Se las dio de obsequio, pero a mí prefirió darme tres por 2 euros. Yo lo mandé a volar, en chileno, aunque en mis pensamientos. «Él»—prefiero llamarlo así—rio con ganas y señaló que tenía un rostro muy italiano y muy guapo, chiquillos como ese sólo preferían halagar a turistas.

—Porque cargan pasta—dijo imitando un acento español muy malo.

No creí su mentira, pero me agradó la intención. Al menos me sentí halagada. Poco después observábamos al anciano marcharse a una banquita puesta a la sombra. Estaba realizando un intercambio equivalente. Él entregaba a una anciana la rosa y la anciana, luego de acariciar su mejilla, le entregaba un vasito de gelatto.

Sonrientes, decidimos marcharnos. Nos abríamos paso entre el gentío, cuando de un arrebato él sacó tres céntimos de euro, retornó a la fuente y los lanzó. Yo sólo atiné a saltar sobre su espalda, aterrizar a su lado y revolver su cabello. Para nosotros era un juego, uno cuyas coincidencias de un momento a otro llegarían un fin.

-¿Y si no tiene fin?—dijo él cuyo eco se expandía al interior de la iglesia Santa Agnes. 

Tomé su barbilla y lo besé. Él respondió el beso y enseguida tomó la palma de mi mano con devoción. La besó, largamente y extendió sus brazos atrayendo mi cuerpo hacia su torso. Permanecimos así, largo rato. Me habría quedado una eternidad.

Cuando nos despedimos en el aeropuerto, mantuvimos el contacto. El tiempo, a contar de entonces, pasó muy rápido. Días, semanas, meses. Supe por él, dos años más tarde, que había conocido a alguien y le había propuesto matrimonio. La luna de miel sería en Roma. Bella Roma. Tierra de amores y desencanto. La ciudad donde olvidé empacar mi corazón y donde debí lanzar una moneda por tercera vez.

Daniela Olavarría Lepe.

La línea que cruza el destino

Valeria desde pequeña tenía el afán de mirar la palma de su mano. Los primeros años era una mano pequeñita. Observaba los surcos que la recorrían, la delgadez de los nudillos, la letra «M» en su centro. Ella pensaba que aquella “M” provenía de “mamá”, porque su mamá siempre estaba con ella. Donde fuera que estuviese. En el olor de su bata, cuando estaba enferma de la guatita o cuando jugaba con sus amigos imaginarios. La letra “M” de mamá, siempre estaba escrita en su mano, y a medida que crecía, que sus dedos se volvían más largos y su palma más amplia, ella sabía que aunque pasara el tiempo, su mamá siempre estaría ahí, con ella.

“Te quiero mucho, mamita”. Es la frase que usaba Valeria todos los días por las noches antes de irse a dormir. Lo decía porque sí, incluso de mayor, porque sentía que nadie decía los suficientes “te quiero” en la vida. Siempre lo decían cuando era demasiado tarde. 

El día que Valeria dejó de mirar su mano y decir a su mamá “te quiero mucho”, fue cuando estaba en el colegio. No se dio cuenta cuando se detuvo. Simplemente lo hizo y cuando lo recordó quedó espantada. La palma de su mano había cambiado. Era la misma palma, pero se habían agregado nuevos surcos y una de las líneas de la letra “M” parecía difusa. Ese día volvió a despedir a su mamá por las noches y mirar su mano. Se juró así misma que jamás dejaría de mirar su mano.

Años más tarde Valeria conoció a un chico. Era pelirrojo. Bonito. Se parecía Ron Weasley. A ella le gustaba el cabello rojo en los chicos. El cabello rojo y las pecas. Con todo, cuando tuvo la oportunidad de hablar frente a él, cubrió su boca. No porque no pudiera hablar, sino porque camino al paradero de buses, un anciano gordo y con ojotas lo aventó con su bicicleta. 

El chiquillo se puso a llorar. Estaba enojadísimo. No aceptó ayuda de nadie, tampoco la de Valeria. Sin mirarla lanzó manotazos a diestra y siniestra y ella se retiró a punta de llanto. Ofendida por fijarse en alguien que sólo sabía quejarse y dar manotazos. 

Años más tarde, a Valeria no le atraían los pelirrojos. No tenía un prototipo. Se fijaba en el carácter y en el buen humor. Su primer pololo le rompió el corazón, el segundo también y el tercero mucho más. La pelea que sostuvo fue tan dolorosa, que sus piernas perdieron fuerza. En la mampara de su casa, el chico se marchó tan triste como ella. Valeria cayó de rodillas, un viernes Santo. Su mano derecha se apoyó en el marco de la puerta y la izquierda la mantuvo abierta, con la palma frente a sus ojos. La letra “M” se manchaba con el rímel y saliva. Esa noche, sólo quiso abrazar a su mamá y lo hizo, lloró abrazada a una foto de ella en su habitación, hasta la mañana siguiente.

Valeria dejó pasar el tiempo. Prefirió enfocarse en ella, en su carrera y en su futuro. Visitaba a su madre a diario en el cementerio. Era una mujer independiente. Tenía un trabajo que le permitió arrendar un departamento en el centro de la ciudad y pasear los sábados por la plaza. Uno de esos sábados, que no era frío, pero sí con mucho viento y una nube negra amenazaba el cielo, Valeria salió del supermercado. Cargaba una bolsa de pan y queso para la once.

-¡Disculpa!—escuchó atrás de ella—¿Te conozco?

Valeria vio a un joven de cabellera pelirroja y muchas pecas. Había crecido varios centímetros desde la última vez que lo vio.

-¿Fuimos compañeros en el colegio?—dijo ella aún dudosa, pero sabía de quien se trataba. Su último recuerdo sobre él había borrado los buenos. El joven pelirrojo sonrió. 

-¡Sí! Me acuerdo. ¿Vale? Soy Martín, del C. Nos topamos varias veces—Valeria sonrió. Fue una sonrisa honesta. No la esperaba, lo seguía viendo en el suelo maldiciendo y llorando. Con todo, se preguntó por qué él recordaba su nombre si apenas la había visto un par de veces.

La nube negra se volvió densa y el viento fuerte. Granizos cayeron sobre ellos y ambos apostaron cruzar la calle. Ninguno supo de dónde vino la idea. Simplemente uno cedió al otro y corrieron riendo a carcajadas. 

-Te invito un café—dijo Martín jadeante. Valeria había ganado la carrera y daba saltos de alegría—Vamos a ese que está en la esquina. Yo invito el café y tú el pan que llevas en la bolsa.

Valeria asintió. La bolsa de pan aún se remecía en su mano. Ambos avanzaron al trote, atentos a la próxima nube. Martín la adelantó unos pasos, era alto, más alto que ella. Valeria vio su espalda algo encorvada y sus brazos largos y delgados. Se imaginó sujetando aquella mano y para su sorpresa, cuando él le devolvió la sonrisa, ella alzó ligeramente la palma de la mano frente a sus ojos. Pensó en su madre que siempre la cuidaba desde «arriba», en las marcas que había dejado su vida y en las nuevas, otorgando un nuevo significado a la letra M.  

Daniela Olavarría Lepe.

El valor del abismo

El mar rozaba ondulante la arena gris. La empujaba, arrastraba piedrecitas, restos de moluscos y algas. El aroma del cochayuyo se mezclaba con la brisa salada que secaba su boca. 

«A veces simplemente es más sencillo estar muerta». Pensó la mujer.

Escuchaba los gaviotines levantar el vuelo. El cielo oscuro era similar a sus emociones turbulentas. No había salida. Estaba sola. Hacía mucho tiempo que lo estaba. Se había cansado de luchar. De elegir. De no tener qué elegir. Las decisiones siempre se adelantaban a ella. Ella era una simple marioneta. Todo valía un carajo.

Y ahí estaba, cansada de un círculo sin salida. De altos y bajos. De muchos no, pocos sí y más no sé. Las lágrimas brotaban de sus ojos sólo de pensarlo. ¿Pensar qué? Todo. ¡Lo bruta que siempre era, que no salía del hoyo y que aunque lo intentase, todo resultaba mal para ella! Quería lo que no podía, porque siempre era demasiado tarde. Los problemas, el amor, las decisiones, las alternativas, las deudas…la vida. Estaba sola y su única compañía estaba ahí, entre la arena que se metía al interior de sus zapatos y la mugre entre sus uñas.

-Mierda—se encogió en el suelo. Apoyó la mejilla contra la arena negra y sus lágrimas desaparecieron entre los lamentos y las piedras.

«Es mejor estar muerta». Se volvió a decir.

Alzó la vista y en la orilla del mar, vio frente a ella una silueta. Era una sombra oscura. Sostenía un bastón y una soga. Entre ambos se alzó la niebla. Era niebla densa, húmeda y tibia. El abrazo que esperó recibir más tiempo del necesario. “¿Quién eres?” Pasó por su cabeza, pero ella sabía lo que ahí la esperaba. 

Limpió su llanto, se levantó y con resquemor avanzó hacia la orilla. “¿Quién eres tú?” se dijo otra vez, pero el escalofrío que percibió al distinguir el bote atrás de la sombra hizo que todas sus dudas desaparecieran. 

Lo que tenía frente a ella era «La muerte».

La Muerte no tenía rostro, pero sí una toga raída que cubría un cuerpo delgado, encorvado y firme. Extendió un brazo desnudo, ella vio sus dedos largos y amarillos que la invitaron a un viaje sin retorno. 

“Ven” dijo la sombra en sus pensamientos y ella se acercó. Quiso tomar su mano, pero, para su sorpresa, la sombra la rechazó.

-¿Por qué?—dijo ella.

-Cinco monedas—respondió la muerte en un susurro.

-No tengo…

La muerte extendió su mano una vez más. “En la vida, morir tampoco es gratis”. Percibió que la sombra expresaba en su insistencia.  

Indignada, ella dio un paso atrás.

Abrió los ojos acurrucada en la playa. Los gaviotines alzaban el vuelo. Una barcaza cruzaba al otro extremo de la isla. Ella se incorporó en la arena y tomó asiento con dirección hacia el mar. Lluvia fina empapó su nuca. Sintió frío. Necesitaba abrigarse y un café. En su pantalón guardaba varias monedas y un billete. Le alcanzaba. Miró su celular. Tenía algo de batería y muchas llamadas perdidas. Decidió que no iba a contestar. Primero caminaría hasta el local de la esquina, se protegería de la lluvia, de sus problemas y pediría un café. Ni la muerte sería capaz de privarle de uno.  

Daniela Olavarría Lepe.

El experimiento

Era un experimento social universitario. 

Nada más que eso.

Las consecuencias del experimento, no.

-¡TU! Sí. ¡Tú eres el culpable! ¿Qué haces mirando de un lado a otro? ¿Con qué cara te haces el desentendido? Mentiroso. Maldito hijo de puta. Conchadesumadre. Ojalá le vuelven la raja cuando te metan en la cárcel. 

Los peatones se detenían con el paso del discurso. El reloj marcaba la hora punta en la estación del metro donde se aglomeraba los pasajeros esperando tomar el siguiente tren. Algunos sacaban sus celulares. Otros pasaban de largo. El “espectáculo” era evidente. Una joven que no tenía más de veinte años, cubierta de piercings y el cabello de verde, rosa y naranjo, acorralaba a un sujeto de gruesa figura. Aparentemente era un caballero y lo era. Tenía cerca de sesenta años y estaba pronto a jubilarse. Era un hombre de bien. Pagaba los impuestos, llevaba más de 40 años trabajando para la misma empresa y todos los días sacaba a pasear al perro. Por esos días, no sacaba el auto muy a menudo. Prefería caminar. También porque los combustibles estaban muy caros y necesitaba ahorrar dinero. Eran tiempos difíciles. Pero, así no más tocaba. Había que gastar menos y seguir el día a día siempre con buena disposición y una sonrisa. 

Como fruto de su buen carácter, minutos antes siguió a la joven por todo el andén para retornarle un billete de cinco mil pesos que ella había dejado caer al suelo. Le pareció extraño que una joven dejara caer un billete a propósito, menos cuando la plata no abundaba. Sin asumir más pensó que solamente tenía la mochila abierta. El hombre siguió a la chica por todo el andén y cumplió su objetivo. Al recibir el agradecimiento de la muchacha, sonrió amable. La historia se la contaría a sus hijos y a su señora, que ese día lo esperaba con un queque y manjar casero. 

Fue cuando inició el experimento:

La niña deformó su expresión y pegó el grito en el cielo.

-¡TU! Sí. ¡Tú eres el culpable! ¿Qué haces mirando de un lado a otro? ¿Con qué cara te haces el desentendido? Mentiroso. Maldito hijo de puta. Conchadesumadre. Ojalá le vuelven la raja cuando te metan en la cárcel. 

El hombre quedó congelado. No entendía nada. Sus pulsaciones estaban aceleradas. Sentía la atención del público y quienes comenzaban a grabar con sus teléfonos. Debía pedir disculpas. ¿De qué? ¿De qué pediría disculpas? ¿Qué había hecho él para generar la reacción de la muchacha? Entonces entendió. ¡El billete! ¡La joven pensó que le estaba robando!

-Perdón, perdón. No fue mi intención. ¡Fue un malentendido!

-¡Malentendido saco’wea! ¿Cuándo me violentaste? ¿Cuándo pasaste a llevar mis derechos?—la joven lo empujó. El hombre acorralado mantenía sus manos alzadas. Se sentía un ladrón descubierto en pleno asalto. Quiso detenerla, decir “por favor, para”y lo hizo. Extendió los brazos hacia ella—¡Me pegaste maricón! ME PEGÓ. 

-¡Le pegó!

-¡Funen al weon!

Y la gente comenzó a hablar. Unas con otras. El guardia se acercó a interrumpir. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa? Señor, por favor, acompáñeme. 

Pero el hombre apenas cabía en sí. Era un buen hombre. Era un hombre de bien. Era amable, pagaba sus cuentas. Llevaba más de cuarenta años trabajando en la misma empresa. Tenía hijos, pronto sería abuelo. Jamás había tocado un pelo a su mujer. Era feliz. ¿Por qué esa hija de puta lo maltrataba así?

-¡VAYANSE A LA MIERDA!—exclamó exasperado y a empujones se fue rumbo al tren que acababa de detenerse. Empujó, empujó. Maldijo a todo el mundo. No alcanzó a ver a la joven que lo detenía para pedirle disculpas. Que sólo era una broma. «Perdón señor, era tarea de la U». Tampoco al público que tenía opiniones dispares. 

Era un experimento, sí. Pero las consecuencias de éste, no. Quienes grabaron con sus teléfonos, subieron pronto el video a las redes. Jamás supieron que era un montaje. Quienes lo vieron, asumieron que el sujeto era un tipo estresado de la vida. Otros que era un viejo verde que se había propasado con la joven. Los haters llamaban a funar al sujeto asqueroso que se había aprovechado de la joven inocente. Otros pronto llamaron a generar un par de memes. Quienes lo vieron entrar al metro lo miraron con desprecio y lo hicieron a un lado. El sujeto no era de fiar. Era un maldito que se había propasado con la niña y lo habían encarado. Un tipo de gorra y gafas se acercó a él en la estación cerca de su casa. Lo había seguido todo el camino. Lo insultó durante el viaje y él, enojado, también. Un amigo del sujeto de gorra quiso defender a su amigo. Entre los dos, siguieron al sujeto del experimento hasta su casa. Con todo, el experimento ya se había terminado, pero las consecuencias de éste, jamás. 

Daniela Olavarría Lepe.

El boleto

Esta historia es real. Nada de lo que voy a contar es mentira. No es basado en hechos reales. No es con referencia a una película, tampoco a una serie de streaming. Lo que voy a contar ocurrió hace muchos años. En un pueblo. A kilómetros de la capital. 

Era un pueblo olvidado. Ubicado en una realidad alternativa. En mi casa le decíamos el triángulo de la Bermudas porque jamás tenía buena señal de teléfono y todos se perdían cuando querían llegar a nuestra casa. Al menos así pasaba en los cumpleaños, porque de los invitados jamás apareció uno.

El verano era abrazador y seco. Se escuchaban rancheras cruzando en camioneras de los 60’, de cabina simple. Algunos huasos cabalgaban en sus caballos usando chupalla y espuelas. Los buses, viajaban kilómetros desde la capital dando rebotes y recibiendo a vendedores ambulantes que gritaban “Pa’ la se’, pa’ la calor”. Vendían helados de palitos, «cubos» y agua congelada en una botella que servía para enfriarse la frente. Eran buses, micros interurbanas. No recibían la BIP, sólo efectivo. Algo menos de luca el pasaje y para los escolares como cien pesos. Todavía guardo esos boletos. El inspector subía gritando a todo pulmón que el famoso “tío Pepe” había llegado a revisar los pasajes.

En este relato yo no iba en ningún bus, pero me gusta recordar su ambiente porque viajé en esas micros por muchos años. Esa tarde, en particular, simplemente los veía parar frente a un paradero metálico, deforme por algún choque y rallado y con él, veía bajar a uno que otro pasajero, tomando un helado o apoyando una botella congelada en su frente.

Esperaba a esas horas junto a mi madre, en un auto GOL del 98’, al otro extremo de la larga curva que representaba el camino principal. ¿Qué esperaba? No recuerdo. Sólo recuerdo que estaba esperando en el interior del auto a un costado del paradero junto a mi mamá. En ese momento charlaba con ella. Hablábamos de la vida. Del colegio, de las pruebas. Para mí, esos días eran temas interesantísimos. Hablar de las notas y las tareas. El colegio era algo importante. Definía a la persona y a la vida misma. 

En la calle frente a nosotras, un chico pasó en bicicleta rumbo a un galpón. Era un chico delgado y de cabello crespo. Lo conocíamos de alguna parte. Su bicicleta era verde. Lucía nueva, ágil y brillante frente a las casas de colores anaranjados y el tono de la tierra que a ratos generaba espejismos por el calor del sol.

La conversación con mi madre pasaba ahora a temas más importantes. Del próximo libro de Harry Potter, qué pediría para navidad y si el paseo de curso sería ir a la piscina de una tal señora Rosa. Como les dije, era una vida compleja, la vida del escolar lo es.

Un grito desde el galpón nos interrumpió. 

Mi mamá dejó de prestarme atención. El joven en la bicicleta verde salió del galpón y se perdió por el camino principal. Me llamó la atención que el joven no era el mismo que antes.

-¿¡No me digas que le robaron la bicicleta…!?—dijo mi mamá.

En efecto. El joven de cabello crespo asomó poco después corriendo detrás del ladrón.

-Hija, pasa al asiento de atrás. ¡Al asiento de atrás hija!

Obedecí. Mi mamá echó a andar el motor del auto y lo encaminó rumbo al joven de cabello crespo. Bajó la ventana.

-¿Te robaron la bicicleta?—dijo mi mamá. El joven asintió—¡Vamos, sube! ¡SUBE!

El chico subió y mi mamá pisó el acelerador. El ladrón pedaleaba hacia el final de la calle, pero se desvió por un puente que unía un canal. Mi mamá pasó a tercera, impidió que un camioncito cruzara antes que ella, y luego de recibir un largo bocinazo, subió el cambio a cuarta y de cuarta a quinta. El ladrón se percató que lo seguíamos. Pedaleó más fuerte, pero mi mamá también aceleró hasta alcanzarlo. Yo no podía pensar. Estaba helada, veía a mi mamá y al maldito que nos retornaba miradas escuetas mientras se equilibraba en la bicicleta. Mi mamá se ubicó en paralelo al ladrón y lo amenazó con el auto. Tocó la bocina repetidas veces.

-¡La bicicleta!

-¡Qué! Nooo, es mía.

-Mentira ¡PASA LA BICICLETA!

Y el tipo saltó a la calle y tiró la bicicleta contra el auto. Mi mamá lo esquivó y frenó en seco. Mi estómago se contrajo. El sujeto corrió hasta un portón metálico y desapareció. Nos quedamos un segundo quietos.

-¡Bájate luego y arranca! Va a volver con otros—dijo mi mamá al chico de cabello crespo.

El joven, aún atontado, le dio la razón.

Apenas se bajó, yo me pasé al puesto del copiloto. Mi mamá no esperó a que me pusiera el cinturón de seguridad. Aceleró como pudo. Me pareció escuchar un «gracias». Vi al chico pedalear su bicicleta raudo hacia otro extremo de la calle. Por un instante me pregunté si llegaría bien a su casa. Fue lo único que pasó por mi cabeza. Después solo pensé en nosotras. Debíamos escapar. Lo que fuera que esperábamos frente al paradero sería para otra ocasión.

Daniela Olavarría Lepe.

El canto de la rana

Conducía mi auto por un camino de lodo de retorno a mi casa una tarde de invierno el año 2015. El calefactor de mi vehículo acababa de entibiar mis pies luego de 35 minutos de trayecto desde la oficina. El día no había sido malo, pero recuerdo que esa jornada el peso venía desde otra parte. Era un “mal presentimiento”. Ese que en ocasiones nos despierta antes que la alarma, nos recuerda que olvidamos sacar la basura por la noche o el gato, que rascó la puerta hasta el cansancio y nos dejó de mal humor porque no pudimos dormir 5 minutos más.

Esa mañana no fue nada de ello. Simplemente desperté con un “mal presentimiento” y me mantuve así todo el día. Pensé que eran las hormonas. La famosa “regla” que según mi calendario estaba a pocos días de llegar y me ponía paranoica, sentimental o visionaria. Ese día estaba «de malas». Triste. Todo me afectaba. Lo extrañaba. ¿A quién? No sabía. Simplemente a alguien “echaba” de menos. 

Ray Bradbury publicó en 1950 el libro “Crónicas Marcianas”. En una de sus historias, “Ylla”, la protagonista, una marciana llamada señora K, esperaba. ¿Qué esperaba? Ella no sabía. Era algo inesperado. “Lo soñaba”. Poseía un “feeling”. Esperaba por una realidad imposible, que a pesar de todo ella sentía como cierta, al punto que su esposo, el señor K, se empeñó en descubrir hasta el final de la historia.

Durante esa noche me sentí como la señora K. Recorriendo un camino de barro en medio de la penumbra. Escuchando a Sara Bareilles por la radio, sintiendo el calor del calefactor del vehículo en mis pies, mientras el parabrisas hacía a un lado la lluvia.

El sentimiento seguía ahí. “Algo” iba a pasar. “Algo me hacía falta”. Tenía pena. Pensaba en él, pero no sabía en quién. Era un vacío. La espera de un momento indeterminado.

A pesar de la tranquilidad de la noche, a pesar de que era viernes y de la música en la radio.

Hasta que la canción acabó.

La radio de súbito perdió la señal. Cambió a una frecuencia ruidosa que hablaba sobre detergentes y packs de ahorro. Me pareció extraño. Quise cambiar de canal, pero luego vi el portón de mi casa y me despreocupé. Por esos años la iluminaria del camino no estaba terminada y mucho menos la de la casa. Bajé del auto iluminando el paso con la linterna del celular. La lluvia se volvió copiosa por el minuto que estuve buscando la llave del cerrojo, hasta que logré abrir el portón y corrí hasta la puerta del vehículo. Bastó que subiera al auto para que la tormenta acabara. Maldije en voz alta, aunque preferí continuar en mis pensamientos mientras cerraba el portón con premura.

De súbito, llegó a mí el canto de las ranas. Fue un canto sobrecogedor. Similar a los grillos en la zona central durante el verano. Su melodía provenía del final del terreno donde vivía. El agua lluvia se acumulaba en un desnivel que asimilaba un gran charco. Me quedé con la mirada perdida en el vacío. Escuchando su canto, sintiendo las gotas de agua que caían sobre mi nuca y la brisa que me invitaba a buscar refugio. 

La sintonía de la radio se activó por sí sola. El auto seguía encendido. Retorné a mis cabales y troté al vehículo. Entonces, cuando apagaba su motor metros más adelante, la presunción surgió otra vez. “Ahí está”. Pensé. 

El canto de las ranas se volvió más fuerte que nunca. Eran decenas, cientos. La curiosidad y el presentimiento me llamaron a caminar atrás de la casa. Estaba a oscuras. Estaba sola. La luna era cubierta por nubes cargadas de agua. Las casas aledañas mostraban escenas familiares distantes. Puse atención a una de ellas, veían televisión. Me pareció encantador y al mismo tiempo solitario. Por mí. El presentimiento, estaba ahí. Ese algo estaba ahí y yo lo entendí. Ahí, en medio de la nada, entre el canto de las ranas y la lluvia, comprendí que estaba sola.

Con todo, ese algo, en efecto, ocurrió. 

El 25 de junio del año 2015, comprendí que estaba sola. En medio de la nada. Cuando lo hice, me puse a llorar. Sentí todo el peso bajo mis hombros. Las ranas croaron y yo me cobijé en su canto. Las vi verdes, porque a pesar de la oscuridad, su color se iluminó conforme a sus notas y el viento las envolvió como un remolino. Una línea de luz dividió el cielo y yo, esperando que “algo” sucediera, olvidé todo llanto y caminé hipnotizada hacia el remolino de ranas que rodeaban la luz. Extendí mi brazo, sin temor y mi mano, sintió otra. Era suave, cálida y me atrajo hacia un cuerpo firme y protector. Lo que ocurrió en ese momento fue un abrazo. De quién, no lo sé. Pero por un instante, aquel abrazo me dijo que todo estaría bien y que soledad en realidad no existía. Era imposible, porque incluso los astros nos saludaban por las noches, aunque hace miles de años que no estaban ahí.

Desperté en el asiento delantero del auto. Estacionada frente a mi casa, con la radio del vehículo reproduciendo una canción cristiana. Escuché el croar de las ranas. La lluvia seguía copiosa en medio de la noche, pero la curiosidad sólo me invitó a la casa por una taza de té. La cocina me recibió en silencio. Con la loza del desayuno sin lavar y el gato que se desperezaba de la siesta. “Ya estoy aquí”. Le dije. Llené su plato de comida y encendí el hervidor. Pensativa puse la mano sobre mi pecho. El presentimiento ya no estaba. Desde aquel «sueño» lo que fuera que me hiciera falta ya no era necesario. Lo que quería estaba ahí, entre las caricias de mi gato, la calidez de la lluvia y el abrigo de un abrazo que hasta el día de hoy no he podido olvidar.

Daniela Olavarría Lepe.

El cuento de la naranja

Cuando tenía 12 años escribí un cuento sobre un naranjo. Lo recuerdo poco, más bien de esencia. Por ese entonces tenía más imaginación, pero menos lógica. Creía en la metamorfosis y la reencarnación. Hoy también, aunque desde una perspectiva más espiritual. Por esos años, tal vez un poco después, pensaba que “La metamorfosis” de Franz Kafka era literal. El protagonista, en efecto, se había transformado en un gran insecto. Reconozco, sin desviarme del tema, que por mucho tiempo tuve miedo a crecer, porque pensaba que me transformaría en un insecto. ¿Pero cuántos el día de hoy temen verse al espejo y no reconocerse?

En fin, cuando tenía 12 años, escribí un cuento sobre un naranjo. Lo hice tal vez porque vivía en una época maravillosa, donde las naranjas eran gigantes y cada vez que viajaba a Vega Central con mi mamá—¡Caserita lleve barato, lleve barato casera! —compraba a 100 pesos—0.12 dólares—el kilo el naranjas. LA naranja, pesaba un kilo. Era gigante, como un melón. Puro jugo, sabor y vitamina C. “Lleve de lo bueno, lleve de lo bueno”. Mi mamá compraba al menos 5 kilos. Con una moneda de quinientos, podíamos cargar una bolsa con 5 kilos de naranja y aunque extraño que por esos años todo fuera más barato, lo que en realidad extraño es volverme a encontrar con esa calidad de fruta. Por esa razón y porque acabo de ver un reportaje sobre «los beneficios de la cascara de naranja», es que decidí recordar esta historia:

“Érase una vez una naranja. Una naranja, jugosa y aromática. Estaba en las manos de un niño que la dejaba caer al suelo y la naranja, sin comprender las vueltas del destino, se vio girando por el prado hasta detenerse en una arboleda. Ahí se quedó, en solitario. En silencio. Esperando que los árboles en los alrededores dejaran de darle sombra. El tiempo pasó, sin embargo, y la naranja permaneció ahí, entre el barro, las hojas y el picoteo de las aves que la consideraban alimento.

Día y noche, día y noche. La naranja se sintió lánguida y porosa. El aroma se había esfumado, también su color y los gajos llenos de jugo. Día y noche. Día y noche. Lluvia y sol. La naranja ya no era una naranja. Quedaba solo su corazón.

Érase una vez una semilla. Era blanquecina e inolora. Permanecía oculta metros bajo tierra. La semilla sentía insectos pasar sobre ella. Hormigas extendían sus tenazas. Cargaban trozos de hoja y algún aliado muerto. Silencio. El sonido del viento. Las pisadas de algún humano. Las hojas se quebraban ante sus pisadas. Silencio. Una gota de agua chocaba contra el suelo. Dos gotas. Tres. La lluvia se volvió intensa. Humedeció la tierra. Surgía el olor a musgo. Un trueno. Dos. Un ave chilló desde su nido. Silencio. Oscuridad. Silencio.

El sol iluminó la tierra húmeda. La secó. La volvió fértil. La semilla se desprendió de su cascara. Emergió una raíz, dos, tres. La raíz se hizo una con la madre tierra. De pronto pudo ver otra vez la luz del sol. Era una vez, brote.

Y el brote creció. Se elevó junto a los otros árboles. Las estaciones pasaron, sus brazos se extendieron en dirección al sol. Los días se volvieron cálidos, los vientos invitaron a bailar entre aves, insectos y las flores que surgían entre los despuntes. Los despuntes… el fruto que surgía entre los despuntes. Verde iracundo. El color de la envidia, de la joven inmadura. Pero entonces, su color se volvió cálido, como el sol al termino del verano. El aroma expelía el azúcar de sus gajos. 

El árbol escuchó las pisadas de un humano. Llevaba botas y un canasto. Un pequeño le seguía el paso. El humano extendió su brazo y examinó entre las ramas del naranjo hasta tomar la naranja más madura. Acercó la naranja a su nariz; inhaló y su nariz percibió el sabor que se escondía bajo sus ropas.

-Ten—dijo el humano al pequeño y el niño sostuvo la fruta entre sus manos.

Érase una vez, una naranja. 

Daniela Olavarría Lepe.