La fragilidad

Su pasatiempo era observar por la ventana. Era el premio por levantarse por la mañana, tomar desayuno, limpiar la casa y preparar el almuerzo. Después de comer, siempre era agradable sentarse detrás de la estufa a leña, apoyar su mano en el mentón y mirar el patio trasero.

No era un patio extenso. Era un patio. Tenía un árbol con manzanas, un carro oxidado y unos rosales. En primavera, los rosales daban flor y ella, apoyando su mano sobre el mentón observaba el color rosáceo surgir de los brotes y las abejas recorrer los pétalos. 

Por ese entonces, era fines de agosto y los rosales bailaban al son de los vientos de septiembre. Los días eran más largos, las siestas la despertaban con el sol anaranjado en sus ojos y la estufa requería menos leña. 

Esa tarde, sin embargo, despertó por algo distinto. El chillido iracundo de una bestia.

Un mal presentimiento la obligó a levantarse. Sus huesos estaban rígidos. La vista muy mala. Caminaba de memoria, palpando el entorno. Con todo, siempre tenía vista para observar por la ventaba y el patio trasero. El florecer de sus bellos rosales.

¡Sus bellos rosales!

-¡Gatos de miechica!—exclamó al tiempo que abrió la ventana. Dos gatos en celo peleaban entre los rosales. Su ira cegaba sus sentidos. Las garras se confundían con las espinas. La anciana arrastró los pies hasta la puerta de la cocina. Salió escoba en mano, asustada por los rosales. Percibió olor a orines, fuerte, tóxico. Habían meado la escoba y los maseteros y la leña—¡Shhh… fuera, largo! 

Amenazó a los gatos, con rabia, con pena. Los botones de ambos rosales estaban en el suelo. Algunas ramas estaba partidas, ni los vendavales habían hecho tanto daño.

Un gato escapó, pero el segundo, lerdo, ahora asustado, miraba con aprensión a la mujer que alzaba la escoba para castigar al felino. ¡Le partiría la cabeza con la escoba al maldito! El gato negro la miraba con ojos grandes y dilatados. Recapacitaba de sus actos, la sangre derramada no solo correspondía a sus heridas.

Llovía. Era el temporal más fuerte de todo el invierno. Una casa de madera en medio del campo temblaba ante la ira del cielo. Luces cálidas se observaban desde el interior, con todo, el viento no lograba aplacar los gritos. La discusión entre un hombre, una mujer y una niña. 

-¡No, papá! ¡No! ¡Por favor! ¡Deja a mi gatito! ¡Deja a mi gatito!

El chillido de dolor indicó el destino de un cachorro. El segundo grito mostró el quiebre de una pequeña. La puerta de la casa se abrió de golpe. Una niña descalza surgió en la oscuridad. Portaba un gatito de apenas unos meses, moribundo. Otorgando el último suspiro.

-Minino…no…—dijo la niña y sus lágrimas se mezclaron con la lluvia.

La anciana pestañeó confundida. Observó al gato que permanecía quieto esperando su veredicto. 

-Shhh… vete, vete de una vez—le dijo con el escobillón. El gato dudó, pero apenas la anciana dio un paso, escapó rumbo a la pandereta—gato de miechica—utilizó el palo de escoba como soporte y recogió uno de los botones del rosal—mis rositas…

Suspiró. Cansada. El ejercicio había sido mucho para ella. Examinó los rosales. Tendría que podarlos, arreglar sus ramas. Tal vez el próximo año… Tal vez lograría verlos.

-Gatos de miechica. Tranquilas… ya verán. Ya verán. 

Guardó el botón en su delantal y usando la escoba como bastón caminó rumbo a su morada. Olía a orines. Por todos lados olía a orines.

Logró escuchar un vehículo pasar frente a su casa antes de entrar a la cocina. Un bocinazo triple indicaba que buscaban al vecino. La anciana dejó la escoba a un lado y caminó por los rincones que conocía de memoria. 

El sol se escondía a esa hora de la tarde. El sol pegaba fuerte desde la ventana hasta su asiento detrás de la estufa. Su rutina le decía que era tiempo de despertar, levantarse a preparar la once. En ese momento, sin embargo, había algo más importante. Sacó un vaso de vidrio, lo llenó con agua y suspendió el botón de rosa. Tal vez, podría salvarla. Tal vez podría ver sus colores.

-Tal vez—se dijo, pensando en un milagro. Esa noche de lluvia, también esperó un milagro. Le rezó al cielo, a la virgen del Carmen. Dejó de pedir zapatos y renunció a su muñeca de trapo. Esa noche ella pidió por su Minino. Pidió por él y por un castigo a su padre. El débil maullido del gatito, le dio a entender que habían respondido sus plegarias, el silencio de ella hacia su papá hasta la adolescencia que tendría castigo suficiente. En ese momento, tenía un nuevo deseo. Esperó, que, aunque fuera por última vez, recibiera un milagro. Mirar el brote de sus rosales a través de la ventana. 

Daniela Olavarría Lepe.

El anciano que vive en la nada

Estoy en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Nadie me responde, el 3G vale una mierda. ¡Cresta! Tengo hambre. ¡Quiero llorar! Estoy en medio de la nada.

El corazón ingenuo no existe. En realidad, es la cabeza. Todo parte por la cabeza. El amor no es ciego, es el cerebro. El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es. 

Ese día estaba en medio de la nada. Perdida, sin señal de teléfono. Orillé el auto a un costado del camino. Presioné las luces de emergencia, aunque los únicos transeúntes eran vacas y chanchos. Una vaca preñada me observaba. Masticaba, masticaba y me miraba. Su vientre era enorme. Masticaba, me observaba y masticaba. Me bajé del vehículo, busqué algo de señal. Levanté el teléfono. Tal vez la señal 4G estaba unos metros arriba. Tal vez estaba a ras del suelo. 

El cerebro no tiene la capacidad de identificar lo que es real de lo que no lo es. Lo que ve por televisión es de verdad, lo que ve por un video juego es de verdad y lo que imagina, también.

-Niña, andai perdida.

Volteé ante la presencia detrás de mí. Una camioneta Ford A150, verde, de los 50’, estaba estacionada al otro lado del camino. Mi abuelo se bajó de la camioneta portando una caja con uvas. Eran uvas del campo. De esas que coloreaban a mediados de marzo. Me gustaban esas uvas. Eran verdes, acidonas, pero dulces y frescas. Sentía el olor a tierra cuando las comía. Extraño el olor a tierra cuando como fruta. Ahora sabe a plástico o no sabe, porque la cortan verde. Es fruta congelada, proviene de Estados Unidos o cualquier país que no sea Chile. 

Recuerdo una vez que mi abuelo me dio tunas. Estaba en su casa. Una casa de adobe y ladrillos, cerca de Lampa. Hacía mucho calor porque era verano. Siempre pienso en esa casa en verano. Mi abuelo era moreno, chico y calvo. También mal genio, estudioso y preguntón. Siempre me preguntaba si sabía lo que sólo sabía él. Así me acostumbré a decir que sí a todo, aunque no tuviera idea de nada.

Cuando me invitó a comer tunas, mi abuela chillaba a “grito pelado” desde el otro lado de la casa. Llamaba a su perro Rocke, o a su gato Minino o Micifuz. Corrí hasta la cocina y saqué la tuna de una bolsa plástica. El reto vino al mismo tiempo que el grito de mi abuela y mi propio grito.

-¡Con un tenedor po’h niña tonta! ¡Están llenas de espinas!

-Perdida estoy—respondí a mi abuelo, que dejaba las uvas sobre el capo de su camioneta y sacaba un racimo.

-¿Querí? Están buenas. 

-Imagino que están buenas. ¿Qué haces acá?

-Busco tu libro, todavía no puedo leer tu libro. ¿Escribiste un libro?

-Dos, pero ahora estoy trabajando. ¿Sabes que estoy trabajando?

Mi abuelo se encogió de hombros. Ahora buscaba mi libro al interior de la camioneta.

-¿De qué se trata tu libro? 

En ese momento no me pude acordar. Nunca lo hacía cuando me preguntaba. Recordé que estaba perdida en medio de la nada y que quería volver a mi casa.

-Tengo manzanas. ¿Quieres manzanas? Toma, llévale a tu mamá y a tu hermana—Dejó una bolsa en el interior del auto. ¿Querí tomates?—dio una palmada en su pierna—¡Ya sé dónde está tu libro!

Desperté con el piteo de una bocina. El sonido lo había provocado yo misma. Me había dormido sobre el volante. <<Trágame tierra>> pensé cuando vi a un anciano en bicicleta unos metros adelante. Me miraba con malos ojos, seguramente el bocinazo lo creyó para él. Me disculpé con la mano y bajé el vidrio de la ventana.

-Perdón… Me dormí en volante. Estoy perdida. ¿Cómo salgo a la carretera?

El anciano se hizo el sordo, pero yo insistí en la pregunta. 

-¿A dónde va?

-A la carretera.

-Entonces hacia allá, al norte. ¿Sabe dónde está el norte?

No tenía idea, de todas formas dije que sí.

-Gracias. Buena tarde.

-Espere—dijo y sacó un par de manzanas de su bolsillo—Tome, para el camino y dos más para su hermana y su mamá. 

Daniela Olavarría Lepe.

El castigo del duende

Había una vez, un duende. Un ser de luz que vivía entre los bosques del fin del mundo. Vivía entre los recovecos de un roble. Convivía con un chucao que le encantaba cantar en su oído las mañanas que no había tormenta. 

El duende tenía un poder sobrenatural. Podía escuchar a los árboles y alcanzar la figura de un niño pequeño. Le encantaba tomar la forma de niños, sobre todo, aquellos que se perdían en el bosque cuando paseaban con sus padres.

Un día, el duende, o anchimallén, vio a una niñita jugar con piedras cerca de lo que los humanos llamaban “Parque Vicente Pérez Rosales”. Juntaba piedrecillas de todos los tamaños mientras cantaba una melodía que le pareció divertida. La niña, que no tenía más de tres años, cantaba al son de las piedras que juntaba una tras otra mientras mantenía una sentadilla perfecta, con la planta del pie completamente apoyada en el suelo. 

-¡Hermana!—escuchó el duende en un grito estridente. Una niña, unos años mayor, se lanzó sobre la pequeña y la estrujó por la espalda. La niñita perdió el equilibrio y echó abajo la torre de piedras.

El duende maldijo. Sus orejas se volvieron rojas de ira. ¿Quién se creía aquel ser desproporcionado? ¡Loco como las brujas de la Chillwe, para arruinar la obra de aquella niñita!

Decidió vengarse de la niña mayor. Le haría pasar el peor de los males. La atraparía, la colgaría a un alerce y cobraría su forma para que sus papás se olvidaran de ella. ¡Nunca más volvería a molestar a la niñita! ¡Nunca más volvería a estrujarla ni mucho menos destruir sus maravillosas obras!

Estaba por concretar su plan, cuando sintió un ligero silbido. Era el chucao con el que vivía en aquel roble viejo. El chucao le advertía que no hiciera mal a la niña, ella no era mala y él tampoco lo era. Con todo el anchimallén estaba decidido. Castigaría a la pequeña por sus actos. ¡Ni la Madre Tierra sería capaz de detenerlo!

Acto seguido, una raíz asomó bajo el suelo. Se enrolló en ambas piernas y lo azotó contra la tierra. Nadie lo vio, nadie lo consoló. Su amigo, el chucao se rio de él. Azorado, impotente, se puso a llorar. Lloró y pataleó y así se quedó. Entonces, dos sombras coloridas lo invitaron a levantar la mirada.

-¿Qué te pasó niño? 

El duende, se vio al acto como un niño. Por instinto, siempre se transformaba en uno cuando notaba a humanos cerca. En ese momento, las niñas, ambas hermanas, lo miraban con curiosidad. La mayor, que en un principio pensó una bruja, le tendía una mano. La pequeña, cuyos rizos apenas cubrían sus orejas le hicieron pensar en una dulce murra. Ella también le tendía una mano. La misma que tendía la hermana mayor. Era lo que hacían las hermanas pequeñas. Reflejar el actuar de sus mayores. 

-Me trompecé—dijo el duende.

-Se dice tropecé—corrigió la hermana mayor—Tro-pe-cé. 

-Tropecé—repitió el duende.

La niña sonrió.

-Tienes tus cordones mal abrochados. No sabes amarrarte los zapatos.

-Yo tampoco—dijo la hermana menor—y mostró sus zapatos con velcro. 

-Que tonta—dijo el duende.

-Tonto tú—dijo la pequeña.

El duende enrojeció y de súbito odió a la pequeña con todo su corazón. ¡Se transformaría en ella, la colgaría a un alerce! ¡Nunca más vol…!

-Tonto nadie—dijo la niña mayor—Yo te amarro los zapatos. Dame uno. Hermana, amarra el otro.

-Yo no sé. 

-Aprende.

El duende le sacó la lengua. En eso la hermana mayor ató las agujetas de sus zapatos. ¡Que linda niñita! Pensó entonces. ¡Que linda las dos! Pensó de nuevo. El chucao entonces cantó del lado derecho y las raíces que lo afiataban al suelo lo soltaron. Se puso de pie. 

-Gracias—dijo el anchimallén—tengo que irme ahora.

-Nosotras también—dijo la niña mayor—vamos hermana. 

-Toma—dijo la niña pequeña. Le entregó una piedra de color verde. Era muy bonita—para que hagas una torre.

Al duende se le iluminaron los ojos. Se imaginó haciendo una torre gigante. Del porte de una casa ¡Ni siquiera el lobo feroz la podría botar!

Sonrió radiante y de un brinco se retiró entre los arbustos. Observó a las niñas marcharse tomadas de la mano. Se despidió de ellas hasta que no las vio más. Así también lo hizo la raíz que muy chistosa lo había azotado al suelo y el chucao, el chucao no paraba de cantar.

Daniela Olavarría Lepe

Reflexiones de un muerto por veinte segundos

Se ha descubierto que un humano puede permanecer entre dos a veinte segundos consciente después de muerto. En otras palabras, la vida después de la muerte existe. Entre 2 a 20 segundos, pero existe. Bajo una oleada de choques electromagnéticos que llegan a nuestro cerebro. Es decir, que podemos pensar que “Vi mi vida pasar en un segundo” también es real.

Pienso en La Amortajada, de María Luisa Bombal. Pienso en ella porque recuerda su vida después de muerta. Científicamente hablando, su vida la vio pasar entre 2 a 20 segundos y en 20 segundos perdona, ama, odia y comprende. También imagina, desea y se desconoce a ella misma.

Siempre he pensado lo que significa estar muerta. Debe ser como mirar a todos desde arriba, así, sin más. Mirarlos y llorar, en silencio. Desde la impotencia. Creo, que, si los científicos están en lo cierto, la impotencia es el mayor sentimiento presente en todos los muertos. 

Cuando estamos vivos, somos estúpidos. Nos enfadamos de cualquier huevada, pensamos que hasta una flor marchita es nuestro enemigo. Tememos a todo. A vivir, per se. Tememos confesarnos, dejar el trabajo que no nos gusta, a pararle los carros al imbécil que te faltó el respeto porque andaba con la neura. Cuando estamos cerca de morir, nos damos cuenta de que nada era tan complicado. Por eso cuando morimos lo vemos todo desde la impotencia. Nos ponemos creativos y se nos ocurre hacer, decir y pensar todo lo que temimos en vida. El problema, es que no podemos, porque estamos muertos.

Esta pequeña historia la escribo desde la perspectiva de un muerto. No es La Amortajada, porque Amortajada sólo hay una. Es la perspectiva de un muerto, que recibe veinte segundos de vida para hacer una sola cosa por todas aquellas que pudo haber hecho en su vida. Esta persona, que no era vieja, por lo tanto tenía mucho qué hacer, pensó en muchas en un segundo. Pensó en el amigo que siempre quiso besar, en el tatuaje que siempre se quiso hacer, en la moto que quiso manejar. Recordó la plata que nunca pagó, la familia que nunca formó y la vida que no disfrutó. Con todo, con los 19 segundos que le quedaban, olvidó todo lo demás y visitó a su madre. La vio sentada frente a una ventana, mirando al infinito. Posiblemente pensaba en ella, tal vez en otros que también se habían ido. Apoyaba su mano en el mentón, al tanto que acariciaba a un gato peludo en su regazo. El gato logró verla. La muerta escuchó un ligero “prrr” en el entrecerrar esos ojos felinos. Ella entonces acarició su nuca, dio un abrazo a su madre y con un nudo en la garganta dijo, “Te quiero mamita” y “adiós”.

Daniela Olavarría Lepe

El curso del río

El gran problema de mi existencia es que soy mujer. Mujer a secas. No valgo nada, mi palabra tampoco. No me alcanza, no llego, no cumplo. Estoy sola. Sola. 

Me apoyo en la baranda de un puente. El viento frío pega en mi rostro, quema mis orejas y párpados. Siento el aroma del metal de la baranda pintada de blanco. Veo el río abajo del puente cruzar hacia el horizonte rumbo a la cordillera nevada. La paz del entorno se confunde con mi aliento insípido. La soledad, los pensamientos iracundos. ¿Y si ya no estoy aquí? ¿Y si ya no estoy aquí…?

Observo el puente sobre mí. Respiro la calma del río que conduce rumbo a la cordillera nevada. Veo las aguas turquesas que se deforman por el corte del bote. Mi hijo juega con un muñeco de los “Pogüer renyer”, creo que se dice así. El juguete es viejo, era mío, se lo robe a mi hermano cuando era chica porque a él no le gustaban los “Pagüer Renyer”. Él, prefería Dragon Ball. 

Sostengo mi caña de pescar, el letargo me confunde. Los árboles desdibujan el curso de las aguas, un akita, perro malo, eso dicen, me mira desde la orilla del río. Yo estoy lejos. Veo jugar a mi hijo. Yo espero. Inhalo el viento frío que reseca mi boca y tiñe mi piel de rojo. 

-Mami, cierra la boca—escucho al niño, se ríe de mí. Siempre se ríe de mí. Me recuerda a su abuelo, que en paz descanse. Siempre que veo a mi hijo, veo a mi padre…

-¡Niña lesa afirma bien la caña que le arranca el pesca’o!

Despierto ante la tensión de la caña, al tiempo que mi hijo se apoya al borde del bote. Algo busca, pero no le doy importancia. Hago fuerza, más fuerza, el condena’o salió pesa’o. Mi padre estaría contento, “que buena salió mi hija para tirar la caña”.

-¡NO NIÑO!—escucho de súbito. Vuelvo a mí. Mi brazo deja la caña y aferra al chico leso de la pata. La agarré justo a tiempo. Un poco más y se lo lleva el río.

-Que niño de miechica. ¡Te voy a quitar ese mono!—exclamo alterada. Maldito niño. No estoy molesta. Rio de alivio, nerviosa, enojada, contenta. Todo al mismo tiempo. Miro al cielo y en la baranda del puente una muchacha me observa aliviada. Me pregunto por qué llora. La saludo y agradezco su ayuda. ¡Salvó al chico! ¡Salvo a mi hijo!

-¡Dios la bendiga!—grito, pero creo que ella no me escucha. Mira rumbo a la cordillera, se restriega los ojos. Pienso que es lo que hace. Yo olvidé mi pesca, ya habrán otras mejores. Suspiro, recojo los remos del bote, miro a mi hijo y agradezco de corazón que la muchacha del puente haya estado ahí. 

Daniela Olavarría Lepe.

El maullido del brujo

Esta es la historia de un gato que se transformó en brujo para salvar mi vida.

Llegó a ella tan repentinamente como se fue, treinta años más tarde. Por ese entonces era un gato muy viejo y también yo, no lo voy a negar, el tiempo no se excusa por ninguno. 

Gracias a él, dejé mi trabajo, recorrí el mundo—con él, en mi bolso—, conocí a mi esposo y publiqué una novela.

El día que murió, lo hizo en mi regazo, una tarde que dormía siesta en el sillón. Yo sabía que algo pasaba, porque durante la mañana estuvo más juguetón que nunca y a mi esposo le arañó un pie. Reí por un rato, pero enseguida me preocupó su mirada. Era una expresión vidriosa, fija, definitiva. Quería decirme de la forma más honesta que aquella era su despedida y lo hizo, mientras yo dormía. “Me voy madre, acaricia mi lomo durante tus sueños, te prometo que jamás te voy a dejar”.  

Lo conocí por primera vez el día de mi cumpleaños 39. Era un día de invierno, frío, en las calles de Santiago. Salía de mi departamento para botar la basura cuando me pareció escuchar un piído. Fue extraño. ¿Era un piído u otro sonido? <<¡Un maullido!>>pensé. Era el maullido de un gatito. Lo busqué de un lado a otro, omitiendo el ruido citadino un martes a las 7 de la mañana. Estudiantes, escolares, padres y atascos. Atascos y más atascos. El transporte público. Los bocinazos. Con todo, lo único que me interesaba escuchar era ese débil maullido. Entonces, lo encontré. Oculto entre otras bolsas de basura, había una que se movía. ¡La bolsa estaba viva! Quité la bolsa de las otras al tiempo que visualicé el camión de la basura en la otra esquina. El maullido se volvió más fuerte. Ahí estaban. Tres gatitos desnutridos, en una caja de zapatos. <<Mierda>> ¿Y se iban al camión de la basura? ¿Qué maldito arrojaba al camión de la basura tres mininos? Me olvidé del trabajo, en realidad estaba en mi cabeza, pero el cargo de conciencia me impidió dejarlos solos. Tomé la caja de zapatos, la llevé a mi auto y con el celular tomé una fotografía. “Postié” en Facebook. “Encontré esta caja al interior de una bolsa de basura. El camión está en la otra esquina. Quien quiera un gatito, me envía un MD”. Unos minutos después, tenía 100 me gusta, 70 me enoja y 50 me entristece. Se sumaron varios comentarios de odio hacia el maltrato animal y otros de apoyo indicando que los gatitos eran hermosos, pero que ya tenían 2 gatitos y un perro. Así, muchos otros. Finalmente, recibí dos MD, uno de un vecino que me seguía por todas las redes sociales y que se animó a adoptar a uno de los gatos y otro de una colega que estaba buscando un gatito para regalarle a su sobrina. Partí al trabajo con dos gatitos—el vecino se apresuró a elegir al gatito rubio, el más grande, según él porque era macho—uno negro y uno de tres colores y retorné a mi casa con sólo el gatito negro. 

Era el gatito más pequeño, más flaco y feo. Durante todo el día no probó nada de lo que mi colega les compró en la oficina—una pasta para gatitos, “Sabores del campo”—Pienso que nadie lo quiso precisamente por su apariencia débil y porque era mudo. Con todo, me percaté que era muy limpio. Hacia sus necesidades solamente en la caja de zapatos. El otro gatito—gatita, mi colega dijo que era gatita—se orinó en el teclado de un colega muy “chupamedias” y corto de genio. La gatita se convirtió en la heroína de la oficina. 

Salí del trabajo y pasé a comer directo al McDonald. Ese día no había almorzado. El tiempo pasa muy rápido desde que tengo 25. De pronto son treinta, en un suspiro tengo 35 y ese día—que estaba de cumpleaños, pero hasta eso había olvidado—cumplía 39. 

Vivía sola en un departamento de 21 metros cuadrados, cerca del metro Santa Isabel y lo único vivo en él eran dos plantas. Mi mayor logro era que ambas estuvieran vivas después de seis meses y tenía que reconocer que lucían más vivas que yo. Vivía para mi trabajo y nada más. Me consumía día a día. Como un tornado que se llevaba mis días sin que pudiera darme cuenta. Trabajo, trabajo, trabajo. Nada más que trabajo. Vender, hacer, número, llegar a conseguir el bono de fin de mes. Salir un rato con los colegas, tomarme una cerveza. Tal vez dos si no estaba conduciendo. Dormir todo el fin de semana y ver alguna película del canal de streaming que estuviera de turno. Luego volvía el lunes y empezaba el tornado otra vez.

De mis colegas, era la única que seguía soltera y si soy honesta, ya no me preocupaba. Para mí se había pasado el tren. Lo creía desde los 33, el día, precisamente que mi mejor amiga se casó con su novio luego de 5 años de relación. Luego de eso comencé a sumar y a restar. Todas mis amistades estaban casadas, solteros con hijos o al menos con un matrimonio fallido. Estar soltera-soltera, era la definición de solterona a secas. Mi excusa era que no tenía tiempo. Tenía que trabajar, pagar deudas, conseguir mis sueños. ¿Sueños de qué? En ese momento, que cumplía 39 años, me daba cuenta de que los había abandonado todos por dedicarme a hacer una cifra más en mi deposito mensual.

Decidí, como regalo de cumpleaños, ir al McDonald. Mi teléfono personal estaba apagado para no recibir saludos de cumpleaños—“Un año más para el cambio de folio, 39 y ni una papa pelah, ¿has pensado en congelar tus óvulos?” —Decidí que no quería escuchar nada de eso y tampoco las buenas intenciones, porque cada una de ellas significaba el mismo recordatorio de siempre. “Estas vieja y sola” y aunque actualmente existen personas de 93 años que hacen películas y otros de 105 que practican gimnasia artística, sabía a lo que se referían: Que había desperdiciado mi vida.

Para ahogar las penas, pedí el combo McDonald más grande y recibí a cambio una hamburguesa tamaño normal, unas papas fritas de tamaño decente y una garrafa de bebida con mucho hielo—lo había pedido sin hielo—Me estacioné en algún espacio solitario y observé el entorno. Estaba oscuro, apenas iluminado por la luminaria amarilla y los semáforos. Pasó un sujeto en bicicleta. Un par de estudiantes, algunos escolares con el celular en la mano—nunca aprenderían a soltar ese teléfono—y luego una señora paseando el perro junto a su marido. Aunque estaba ansiosa de probar la hamburguesa, de súbito, al darle un mordisco, sentí mucha pena y me puse a llorar. Fue un llanto desgarrador. Como no lloraba hace años. Lloré a moco tendido, mientras la hamburguesa se mantenía ahí, entre mis manos, apoyada en el volante del vehículo.

Con que así pasaba mi cumpleaños número 39. Sola, en un estacionamiento, comiendo una hamburguesa que seguramente se me repetiría toda la noche. <<Mierda>>pensé, en realidad pensé más palabrotas, pero aquella resume en el estado que me sentí en ese momento. 

Limpié mis lágrimas, como siempre lo hacía luego de llorar en el baño de la oficina o cada noche por medio en mi habitación. Me dispuse a comer el resto de la hamburguesa cuando percibí que un ser me indagaba con la mirada. Ahí estaba él. El pequeño gatito negro, salvo por una mancha blanca en su bigote, observándome con sus pequeños ojos de bolita. Era la primera vez que lo veía tan atento y me asusté. Sentí como si observara dentro de mí. Sentí un vínculo. Un lazo que nos uniría por el resto de la vida.

El gatito maulló y su estómago rugió.

Me eché a reír.

-¿Tienes hambre gatito?—miré la hamburguesa y me pregunté si le haría daño comer un poco. La hamburguesa era carne. ¿Era carne o no? Esperé que lo fuera, porque saqué un trocito y lo invité a comer. Se la devoró y pidió más—No más gatito, acá tengo tu comida.

Dejé la hamburguesa a un lado y subí al minino sobre el tablero del auto. Era muy delicado, un huesito con pelos. Cabía en la palma de mi mano. Tenía pelones entre las orejas y su barriguita era sólo piel.

—Espera un poco—y sobre la caja de la hamburguesa puse la comida de gato que me dio la colega—pasta para gatitos “sabores del campo”—Ahora comeremos los dos—El gatito olfateó la comida que dejé sobre el tablero. Comió con ganas y yo también. Si soy honesta, la hamburguesa estaba más deliciosa que nunca. Sería el primer cumpleaños de muchos—Feliz día, querido Brujito.

Daniela Olavarría Lepe.

La veracidad del miedo

Esta es la historia de un hombre que amó a una mujer, pero nunca lo dijo porque estaba maldito. Sus padres, con el fin de concebirlo, rogaron a una bruja que cumpliera sus plegarias. “Un niño, dijeron, todo lo que queremos es un niño”. La bruja accedió, pero pidió algo a cambio. Más bien, fueron dos. La lengua del primogénito cuando conociera el amor. 

Aceptaron de esta forma los padres, pensando que lo segundo que le quitaría la bruja al hijo sería su corazón. Con todo, lo sintieron justo, porque todo es justo cuando se busca tener la razón. 

Seis meses más tarde, nació un niño. Uno con palpitar fuerte y llanto muy chirriante. Pensaron los padres entonces que tal vez la bruja cobraría su favor más tarde y por miedo a verlo sufrir, lo criaron con la primicia de su maldición. “La lengua perderás y tu corazón negro se volverá. Querido niño nunca te podrás enamorar”.

Así creció el niño. Temeroso incluso de estimar a sus propios padres. Creció encorvado, cabizbajo, cubriendo su boca en cada tanto su corazón daba un respingo. Decidió que la vida tampoco valía la pena disfrutar. Sus pares lo encontraron sonso, bruto y feo. Porque no quería sonreír y tampoco jugar con ellos. Maduró de esta forma, en soledad, temeroso de su propia sombra. 

Un día de lluvia, maldecía contra el tráfico, el clima y su falta de dinero para comprar un café. Odiaba su trabajo, pero se negaba a abandonarlo porque temía encontrar un lugar donde sentirse a gusto. Odiaba la lluvia, pero temía viajar a una zona más cálida por miedo a disfrutar el calor en su piel. 

-Por favor, acepte el café—dijo la mujer que atendía el local—está frío afuera. 

-No, no—y volteó para buscar monedas en su bolso roto.

-¡Ay!

Preocupado olvidó sus temores y asistió a la dama que recibió el café caliente en sus manos. El hombre maldijo, se maldijo así mismo y pidió perdón a la joven que lloraba por el dolor de sus nudillos. 

-Ya pasará—dijo ella—un poco de crema y santo remedio. 

-Trabajaré para usted hasta el día que sus manos estén sanas. 

-Nada de eso, pronto estaré bien.

-Por favor—dijo él—no puedo pagar un médico para vendar sus manos, permítame al menos ser las suyas, un tiempo.

La joven sonrió. El hombre tuvo un extraño dolor cerca del esternón.

-De acuerdo—dijo—Pero a cambio, cuando me recupere, usted me aceptar un café.

Todos los días, por muchos días, el hombre temeroso de amar trabajó junto a la mujer. Aprendió a sonreír, a disfrutar del trabajo y apreciar de la compañía. No tuvo ni un disgusto, salvo uno cuando la mujer reveló que sus manos hacía mucho estaban sanas, pero no quería perder su amistad. 

-Lo estimo—dijo ella—me encantaría que siguiera a mi lado.

El hombre se aterró. No por la propuesta, sino por la alegría que surgió en su corazón. Comprendió de súbito, que se había enamorado la mujer. 

Decidió en ese instante, no verla más. Se marchó cubriendo su boca, por temor a relevar su amor por ella. Se fue muy lejos. Por la tierra de la bruja. La bruja había muerto hace años, pero bastó su tumba, para maldecirla y también a sus padres por haberlo hecho tan infeliz.

Días más tarde, decidió visitarlos y descubrió algo asombroso. Tenía un hermano. Había nacido muchos años después que él. Resultó para todos “un verdadero milagro”. El niño era mudo, lo era desde que aprendió a caminar. Dijeron sus padres que perdió la voz así, sin más, el día que su madre lo besó en la nuca y él dijo “Te quiero mucho mamá”.

Comprendieron al acto que no fue el primer hijo el niño de la maldición, si no el segundo. 

-Tu madre estaba encinta cuando visitamos a la bruja, no lo sabíamos. Pensábamos que por eso resultaste prematuro.

-¿Entonces perdió su lengua y su corazón se volvió negro?

-Perdió la voz—dijo el padre—pero jamás su capacidad de querer. Me pregunto… ¿qué habría sido de ti si jamás hubiésemos malinterpretado las palabras de la bruja?

El hombre turbado retornó a la ciudad. Comprendía que era libre de toda maldición. Él era él, podía amar, podía aceptar un café. Podía ser feliz.

Regresó al puesto de la mujer, Rosa, la mujer que amaba se llamaba Rosa, para confesar sus sentimientos. Él también quería estar con ella. Él quería aceptar un café. 

La vio ahí, en solitario, bailando al ritmo del Rock&Roll mientras limpiaba las mesas de local. La única mesa que no tocaba era una mesa con dos tazas y un hervidor. El vapor salía por la boquilla, él pudo imaginar el aroma del grano tostado, hecho polvo para disolverse en esa pequeña taza de porcelana barata.

“La mesa esta servida” pensó. Él era un hombre que podía disfrutar. El agua estaba hirviendo, podría apreciar su sabor y el agrado de la compañía. Podría decir “te quiero, quiero estar contigo». 

Con todo, el hombre se quedó ahí. Mirando, por muchos años. Porque, aunque la quería, no sabía cómo tener valor. El temor era más grande, ¿a qué? Jamás lo supo, pero fue feliz. Con sólo mirarla, a pesar de todo, fue feliz.

Daniela Olavarría Lepe.

La delgada línea del corazón

Cuando la nostalgia nos invitaba a usar ropa retro y buscar reproductores de VHS, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón.

Un día el sistema financiero colapsó por las criptomonedas y la IA, el medio de pago existente, denominado “soul”, fue lo único que la tecnología no nos pudo quitar.

Los aún consientes y contrarios a entregar su “alma” a la IA,—La revolución de las ideas sucumbió el año 2029 debido a una trampa de Chatgpet—tuvimos que escapar. “Escondernos”. Transformarnos en “Rebels of the heart”. Nosotros sabíamos lo que ocurría con el ser viviente cuando era manipulado su corazón.

La medicina en el mercado negro tenía los medios y la tecnología—la creada aún por seres humanos, estudiosos de los libros—para hacerlo. Bajo un procedimiento exhaustivo, se desprende el músculo latiente sin que el cuerpo deje de funcionar y viceversa. En su lugar, el corazón se reemplaza por un elemento mecánico. Un sistema de engranes recubierto en una jaula certificada por la FDA. El corazón, entretanto, es cubierto por silicona alimenticia y puesto en un cofre a suficientes grados para que este siga palpitando. El corazón jamás descubre que ha abandonado su cuerpo. Es enterrado metros bajo tierra, fuera de nuestro territorio. El límite es un cerco de alambrada. ¿Qué hay al otro lado? “Lo imposible”, ese es su nombre. La tierra donde habitan la creatividad, el amor, el odio, la tristeza, el miedo. Todas las sensaciones que emanan los corazones enterrados en aquella tierra que jamás podrá pertenecer a la Inteligencia Artificial.

Si bien la operación “A corazón abierto” fue un éxito, pronto se vieron los efectos secundarios. Lo leí un jueves en primera plana: 

SIN CORAZÓN, LOS IA’S DE CARNE

Recientes estudios indican que el grupo revolucionario contra el gobierno de IA, presenta desperfectos en su procedimiento de corazón abierto. Agentes informan, que los pacientes pierden toda sensibilidad unas horas después de ser separados de la bomba palpitante denominada “cordiaco”. Se transforman en maniquíes vivientes. Olvidan a sus seres queridos, se enfocan en cumplir objetivos y pierden todo sentido de vivir…

-Ignacio Labarca se ahorcó la semana pasada—interrumpió mi padre—El vacío de no sentir lo volvió loco.

Lo miré espantada y así también sobre nuestras cabezas. Vivíamos al interior de un búnker que mi padre construyó antes de fallecer nuestra madre. Él era de las pocas personas que conocía la realidad de la tecnología incipiente. “Nos va a matar un día o nosotros mismos con ella a nuestro lado”.

Se escuchaba el temblor de los bombardeos. Era el de las 15 PM, hora en que se buscaban a reclutas que se opusieran al uso de la IA para su vida. El que prefería pensar por su cuenta, recibía un disparo en la cabeza apenas ideaba cómo escapar de los robots. 

Para otros casos, existía la manipulación. Por medio de los seres queridos. Familiares, amigos o amantes. De mascotas nada. Pasamos de tenerlas a liberarlas, precisamente en la Tierra de lo imposible. Era eso o que pasaran a la Tierra gobernada por la IA, manipulada por la realidad virtual y el celular, mientras que el entorno físico se caía a pedazos.

Escuchamos tres golpes en la entrada del búnker. Insté a abrir la puerta, pero mi padre me detuvo.

-Son ellos.

-Imposible.

-Escucha.

Nada. Ni un solo suspiro. El silencio se mantuvo tenso por largo rato. Finalmente, un sobre de papel se deslizó bajo la puerta.

Mi padre me habló con señas de manos.

“Espera”.

Esperamos. Horas. Entonces, él mismo se dirigió al recibidor.

-Mierda.

-¿Qué pasa?

Me mostró una postal. Quedé helada.

Era el rostro de Rubén. Mi amigo, Rubén. Nos conocíamos hace años. No éramos amantes, pero por Dios—¿lo puedo decir ahora?—¡Lo quiero! No sé lo que él siente por mí, porque vivimos en un tiempo en que cruzar la línea de las emociones es difícil. Un abrazo, un beso, una mirada, está prohibido. Al menos para los revolucionarios. Si nos permitimos sentir, imaginar el amor, caemos en la mira de la Inteligencia Artificial.

El gran problema, desde mi nacimiento, es que nunca tuve control sobre mi imaginación.

Pasó de pronto. A través de un sueño. Lo vi frente a mí. Rogaba mi beso y yo se lo permití. “De a poco” dije, lento. Y él me besó, lento. Una, dos, tres veces. La tercera vez, sentí que mi estómago se revolvía y el calor subía a mis orejas. 

Desperté confundida y cuando hablé con él por radio, mi aliento se contuvo un momento. Tal vez, en ese instante fui descubierta. Éramos revolucionarios, pero muy tontos. Pensábamos que un robot o sus aliados, serían incapaces de intervenir una frecuencia.

-¿Qué hago papá?

Me quebré. Temblaba de miedo. Estoy temblando ahora. Mi padre salió del bunker sin decir una palabra. Volvió horas después en compañía de dos hombres robustos. Él me quería, lo sé, pero en este mundo dónde no tenemos permitido sentir, él no pudo decir: “lo siento hija, es por tu bien”. Me habría gustado que lo hubiese dicho.

Me llevaron amordazada y atada de manos, bajo el efecto de las drogas para no escapar. Desperté hace poco, en el quirófano. Rubén vigila la puerta. No puedo ver su rostro. A un lado, un doctor prepara el instrumental quirúrgico para arrebatar mi corazón.

-Tranquila—dice el cirujano—todo estará bien.

Pero no estará bien. ¡No está bien! Pienso en mi padre, en mi madre, en Rubén. Ese hombre que me da la espalda y con quien me atreví a soñar. ¡Mierda! Incluso si el amor no es mutuo, no estoy dispuesta a perder mi corazón. Para olvidarlo a él, a otros, jamás.

-Tranquila—escucho con dolor y dulzura. Viene desde la entrada. ¿Es Rubén? No voy a averiguarlo. Lo siento, no puedo. Mis brazos sienten sus amarras. Quiero escapar, mis pies sangran. El cuero que lo sujeta se entierra en mis tobillos. Me afirman entre varios, Rubén sostiene mi cabeza. Llama al anestesista. Algo punzante atraviesa mi cuello. Algo… Rubén llora, veo sus ojos… Una pequeña felicidad asoma den… Apenas sien…

A principios de siglo, estuvo de moda la “nostalgia”. Con todo, la tecnología consumió nuestra cabeza. El vicio del consumo nos llamó a querer más, entregarlo todo, incluso nuestro corazón. 

De mi corazón, apenas recuerdo. Lo veo como algo ajeno. Rubén dice que puedo recuperarlo. Él dice que debo hacerlo. Me pregunto por qué. Por qué su necesidad de que yo vuelva a sentir. Desde que no siento todo es más simple, más liviano. ¿Pesará mucho en él? El corazón digo, tal vez por eso siempre lo veo llorar. Tal vez por eso Rubén insiste. Dice que necesita darme algo. Yo simplemente lo sigo. Caminamos entre las sombras hacia la Tierra de lo imposible. “Ya verás, dice, cuando crucemos esa delgada línea, entenderás”. 

El abrazo del viento

Tengo varios recuerdos respecto al viento. Vivo en una tierra de grandes ventiscas y aunque Ventisquero está a bastantes kilómetros de mi casa, vivo, en efecto, en un lugar llamado Grandes Vientos.

Las ventoleras en este sitio son algo frecuente. Caminan entre nosotros, como espíritus andantes que saludan a los transeúntes de carne y hueso. Suelen reírse de nosotros, porque caminamos con piedras dentro de los pantalones, para que no nos vuelen cuando pasan cerca nuestro.

En Grandes Vientos, el viento suele ser tan fuerte, que no recuerdo el día que mi casa se mantuvo quieta. Mi casa es firme, la nueva, ya sabrán por qué, y fue diseñada por las mismas ventoleras, que supieron hacer buen negocio de sus atributos. 

Las ventoleras son dueños de las tierras con altos vientos. Son seres de primera categoría, nacieron incluso antes que otros elementos. El problema es que son cambiantes. Impredecibles, como los terremotos. Ay de aquel ser de carne que se atraviesa con un ser de vientos de mal genio.

Julián, el mediero del campo contiguo es un sujeto enjuto y medio calvo que perdió un ojo por culpa de un ser de vientos. Me contó, un día que bebíamos café de grano, que una mañana se quedó dormido para ir al trabajo y salió hecho “una bala” rumbo al trabajo. Era un día soleado, espectacular, con ligeras brisas que saludaban con sus trajes veraniegos y ligeras caricias. Con todo, en un cruce peatonal, Julián no se percató de la brisa que cruzaba la calle y no logró frenar. “Por suerte no era un ser de carne, dijo él, de lo contrario me voy preso”. Se fue preso de todas formas, pero no por atropellar a una brisa, sino porque a pesar de tener culpa, se puso a la defensiva. Se disculpó con alegatos, que su vida era difícil y que, si llegaba tarde, su jefe, un ser de vientos, lo mandaría a volar por irresponsable. Las disculpas le ahorraron la celda, pero le otorgaron una multa. Acá fue donde Julián perdió la paciencia “porque no estaba para pagar huevadas, mucho menos por un desaire”. 

El problema con los seres de viento es que son impredecibles, cambiantes a toda hora. Desvían noticias, cambian realidades, incluso sentimientos. Lo peor de los seres de viento, es que se ofenden por cualquier cosa y si de desaires se trata, éste fue el peor de todos.

La brisa, de pronto se transformó en ventisca y llena de rabia oscureció hasta convertirse en tormenta. El cielo se confundió con la tierra. La gente se olvidó del verano, metió piedras a sus pantalones y corrió a sus refugios. Julián, entre mil perdones intentó escapar, pero el ser tormentoso lo atrapó convertido en torbellino. Julián no pudo enfrentarlo, apenas logró proteger su cuerpo. Un árbol entonces se desprendió de la tierra y fue todo lo que Julián supo por varias semanas.

Cuando despertó, lo hizo en un hospital para seres de carne. Lo cuidaba su esposa y su nieto. Se extrañó en un principio de solo ver la mitad. Su cuerpo le decía que su ojo seguía ahí, pero lo que en realidad sentía era un ojo de vidrio que supliría el original. “En parte”, me dijo Julián con tristeza, aunque luego me sonrió ante la ironía.

-¿Y volvió a su trabajo?

-Jamás. Según Carlos, mi jefe me sigue esperando. Yo no volvería, aunque me devolvieran el ojo. Prefiero vivir de la tierra. Lo seres de tierra son más estables y dan para comer.

Yo le di la razón, aunque a medias, porque a Julián todo se le debía creer a la mitad. Julián era buen vecino, y regalaba buenas papas, pero nada más. Era alguien de sonrisa afable, simpático, amable, pero el día que estaba de mal genio, era capaz de atravesar a quién fuera con su rastrillo.

Para él los seres de viento eran lo peor de la tierra de los vientos, pero el sujeto era incapaz de vivir en otra parte. Con todo, criticaba a todo el mundo, incluso a los seres de carne y hueso. Mucho más a los seres de carne que se involucraban con los seres de viento. Según él, era anti-naturaleza. Falta de sensatez y tenía razón, pero incluso en seres sin pulso, no manda la cabeza, sino el corazón.

Si soy honesta, no me gustaba hablar en voz alta de esos temas, menos por estos días que acabo de romper con un ser de vientos luego de varios años de relación. Se imaginarán por qué no funcionó. Es cosa de tacto. Partió como una amistad, teníamos muchos temas en común, era un tipo muy gracioso. Pero nos quisimos al punto que el amor platónico no fue suficiente. 

Lo conocí durante la época de tormentas, cuando salía del trabajo. Él me vio cruzar la calle y me advirtió de una granizada que venía atrás de mí. Yo logré esquivarla y con ello esquivé a Julián que, por esos años, ya se sentía campeón de la fórmula uno, corriendo como un loco a más de 100 km/h, cuando era zona de ráfagas de 90. 

Ese día, el Señor V, como solía llamarlo, me invitó a tomar un café. Lo hizo porque me vio empapadísima y él tenía conocimiento de que los seres de carne tenían tendencia a enfermar con casi todo. Era el problema de ser tangible, decía él. Todo nos afecta, “más a ustedes”. Me llamó la atención que usara el término “Nos” cuando él jamás había sentido. Me contó que no era así, que incluso el viento tenía sentimientos. Sentía incluso mucho más que la tierra. Para él todo parecía una constante caricia. Algunas veces más brusca que otra, algunas veces más desastrosa que otra. Pero disfrutaba las brisas en verano, cuando los caballos lanzaban gases al aire para demorar su gusto por el viento o el baile con los sauces llorones cuando agitaban sus melenas con el dulce sonido de las hojas. 

-Polvo eres y en polvo te convertirás-me atreví a decir.

-Y el viento los difundirá por su campos, como abono para la tierra.

En mi cabeza me imaginé muy vieja. Muerta y hecha ceniza. El señor V sería mi guía por ese largo camino, y yo lo seguiría entonces viajando con el viento por toda la eternidad.

Me pareció ver sus mejillas traslúcidas sonrojadas y yo acto reflejo me sonrojé también. Reímos entonces como dos tontos y él, intentando hacerse el desentendido, me recomendó que lo mejor para mí, era buscar un amor de carne y hueso. Uno que sujetara mi mano los días de tormenta. Esos días cuando seres como él se volvían locos, silbaban y volaban las casas por los aires.

Yo, con cierta decepción, le dije que tenía a alguien. Mi madre, mi hermana, mi padre y alguien más. Un joven que me escribía poemas y le gustaba silbar. Para mi sorpresa, en ese momento él apoyó su mano sobre la mía y aunque no sentí su tacto, me pareció que él estaba ahí.

-Yo también puedo silbar.

A contar de entonces, se transformó en mi vigía. En mis pensamientos y mis sueños. Me acompañaba a toda hora y yo, sin darme cuenta, se lo permitía. Era un ser amable, me hacía reír. Me hacía “sentir”. Me contaba de su larga vida, de sus amores, sus amores pasados y su amor por mí. Nunca entendí cómo se enamoró de mí y yo de él. Simplemente ocurrió así. Un día me encontré en mi habitación pensando en él. La ventana estaba abierta y una brisa me acogió. Lo vi, como un manto traslúcido que me envolvió, me recorrió, silbó dulcemente en mi oído y susurró. 

Años más tarde su silbido nos separó. Comprendí nuestras grandes diferencias. Lo que yo quería era a alguien que sujetara mi mano. No alguien que vigilara sin parar mis pensamientos y demostrara sus sentimientos con dulces silbidos. Buscaba a alguien que me diera un abrazo, uno que yo pudiera sentir y no uno que yo debiera fingir.

Ese día, triste día. Discutimos. Fue terrible. Se transformó en una tormenta. Yo, en el ojo del huracán, me mantenía hecha un ovillo, llorando y protegiendo mis oídos con mis manos. Mi casa la había hecho añicos, la elevó por los cielos y la hizo llegar a tierra de cuentos y brujos.

-Por favor para—le dije muchas veces—¡Por favor, no me hagas odiarte!

De súbito, se detuvo. La tormenta se transformó en un triste rocío. Sentí una caricia en mi nuca, o más bien un tierno beso. Entonces abrí los ojos, porque el sol surgió entre las nubes y me dijo que más pronto que tarde, todo iba a estar bien.

Daniela Olavarría Lepe.

Collage de un sueño. Representa varias instancias del sueño de la protagonista.

El sueño de un beso

Tuve este sueño extraño, formaba parte del cuadro “El beso”. Estoy recostada en sillón de tres cuerpos, escuchando la lluvia golpear dulcemente el techo. Percibo un “Mmmm” al costado de mi oreja. Su aliento entibia mi cuello. Es un cuello delgado, largo y esbelto. Me eriza con aquel suspiro y siento que me cobija con sus brazos largos y el calor de su torso. “Mmm…” Lleno de pereza me envuelve en su abrazo. Mis manos se entrelazan a las suyas y juntos nos cubrimos con aquella manta de lana que nos tejió su abuela cuando me conoció. 

El viento me despierta. Ese viento maldito que termina toda modorra salvo la suya. “Las gallinas”, pienso. Intento liberarme de la jaula que insiste en mantenerme prisionera, pero sus manos presionan mi cintura y el cosquilleo en mis caderas se plantean en ignorar los silbidos y el golpeteo de las latas. 

-No, por favor…—le doy un beso en ambas manos y mi captor cede ante la caricia—ya regreso.

Trastabillo, maldigo por lo bajo y camino hasta la puerta de la cocina. En el patio techado veo a cuatro gatos y una perrita fiel que me invita al laburo. 

Visto una capucha roja, las botas de goma y el…

-¡Amor! ¿Dónde está el martillo?

-¿El qué?

-¡El martillo!

La respuesta tarda lo suficiente para que yo logre encontrarlo primero.

-En la caja de…

-Si… Lo encontré.

-¿Te ayudo?

Escucho que se acomoda en el living. Está buscando sus zapatos. Le digo que no es necesario, que mejor prepare el agua para comer cuando regrese.

 Mi cuerpo se prepara en ese momento para enfrentar la ventisca. La Sofia ladra estridente y yo abro la puerta del patio techado.

“¡Mierda!”

Les recuerdo que esto es un sueño. 

El viento me empuja, siento las manos de la Madre Tierra. Casi veo su rostro ingrato que sonríe ante mi lucha por llegar al gallinero. “Déjame verlas, pienso, déjame reparar las latas que cubren sus nidos”. El viento me desafía y me obliga a esquivar la mirada:

-¡A la Madre Tierra se le respeta! ¡Al suelo debes mirar si al otro lado quieres llegar!

Empujo, forcejeo con el viento. Sus manos gráciles mantienen la fuerza de millones de especies. Estoy luchando contra la Madre Tierra. El frío reseca mi piel, la parte, la quema. El agua me empapa, me entume, recorre los surcos que deja la ventisca.

En un descuido, el viento desacelera la marcha y yo de un impulso corro hacia el gallinero. Ahí está la Sofía, ladra, busca ratones cerca de la leñera. Me llama. “¡Un ratón madre!, ¡Hay un ratón entre los palos”! Le grito que después voy, que ahora necesito ver a las gallinas. Me responde con más ladridos, ahora quiere jugar a la pelota. Yo la ignoro y entro al gallinero. El tiempo es escaso, aunque la Madre Tierra es cruel, siempre me da tregua. Las gallinas cacarean, piden comida, yo les tiro grano, algo queda de lo que José compró hace unos días. Saco algo de alimento…

Un silbido, dos… otra vez surge la tormenta.

Distingo una gotera en la esquina del gallinero. ¡Ahí está la lata suelta! ¡Tengo que repararla!

-¡Dame el martillo!—escucho atrás de mí.

Es José. Mi observa con aquellos ojos enormes que me enamoran. Su mirada es urgente, aunque dulce. ¡Como quiero a ese hombre! Una sonrisa se dibuja en mis mejillas. Saco el martillo de goma de mi capucha y en agradecimiento le brindo un beso y algunos clavos.

Observo su espalda salir del gallinero y enfrentarse a los juegos de la Madre Tierra. Con él no es más gentil que conmigo. Arremete con un diluvio que lo cala hasta los huesos. José maldice sin detener su brazo. No sabe clavar, pero agradezco que lo intente. Clava y clava. Maldice y clava. Clava y un grito me indica que se ha dado en un dedo. 

-¡La conchadesumadre! El martillo como las pelotas…

Guardo mis risas para felicitar su lengua y que la gotera desaparece al fin. Termino de recoger los huevos de oro que han puesto las gallinas en último momento. Los guardo en el bolsillo. Espero no olvidarlos como la última vez. José intentó pellizcar mi cadera y terminó por reventar el huevo. Él aún ríe del chiste, yo no. 

Salgo del gallinero al tiempo que la Sofía me tira una pelota desinflada. Está empapada. La envío bajo techo, pero me ignora por completo. Tiro la pelota unos metros adelante y troto para respaldar a José. No entiendo qué hace hasta que lo veo muy tranquilo, conversando con la Madre Tierra. Al parecer hablan de mí, él le pregunta si acaso ella piensa que diré que sí. 

Algo en mi interior se aprieta. Como la presión de la Sofía sobre mí, como un abrazo en el sillón de tres cuerpos, o simplemente es mi corazón que envía ideas extrañas a mi cabeza.

Carraspeo sin evitarlo. La silueta que ahora conforma la Madre Tierra me da un vistazo, sonríe y desaparece. Se transforma otra vez en viento, aunque ahora parece más una dulce brisa.

-Me molí el dedo—se excusa José señalando lo que parece un dulce—pero la lata está firme.

-Te escuché—dije. Recibo el martillo, acaricio el dedo lastimado y lo meto a mi boca. José se ruboriza y yo aprovecho para besar sus labios. Me fascina su boca, su abrazo y el de la Madre Tierra…

Despierto con un ladrido. Sofía se baja de mi regazo y corre hacia la cocina. Me encuentro recostada en el sofá de tres cuerpos. Frente a mí hay una réplica del cuadro “El beso”. Ver aquel cuadro me recuerda que «algo» estuve soñando. El sonido del viento también lo hace y su abrazo. “El abrazo”. Pero no puedo recordar más, los ladridos de la Sofía son insoportables y el viento, ay no… que odioso viento. ¡Es verdad! Las gallinas me esperan y hay una gotera que debo reparar.

Daniela Olavarría Lepe